Con la caída del sol

Por: Alejandra Parra

El 11 de mayo de 2002, paramilitares del Bloque Central Bolívar asesinaron a seis personas en diferentes veredas del municipio de Quinchia, Risaralda. Eduar Bartolo, hijo de los fallecidos y testigo de la masacre, cuenta su historia en un ejercicio narrativo escrito por la periodista Alejandra Parra, que busca poner al lector en el doloroso y resiliente lugar de la víctima.

El día en que cambió tu vida decidiste faltar a clase, andabas con pereza y le mentiste a tu papá para poder pasar el día con él. Ya estabas en décimo y sentías que ir a clase, a veces, era perder el tiempo. Además, era un día cultural, estabas seguro que ni falta ibas a hacer. Hoy sientes que fue ese el día en que mejor la pasaste con tu viejo. Le mamaste gallo, se rieron. No estás seguro si es que lo recuerdas así porque los días después de ese fueron distintos, o si así fue en realidad. 

Aquél día fue lluvioso, lento para la tienda, y tu papá te dijo que fueras a ayudar. Te fuiste caminando tranquilo, como quien no quiere la cosa, detrás de Buche, un hombre que a veces ayudaba a tu papá con vueltas de la tienda. Creías que era porque debía una plata, o algo así. En el sótano estaban los granos de café que ya habían secado y tenías que armar unos bultos. Los días lentos te ponían curioso con lo que ocurría a tu alrededor. Con la caída del sol se pintaba del color de su nombre, lo único que había de las frutas que le habían dado el nombre a tu corregimiento, El Naranjal. Abajo en la carretera veías a unos hombres pesados de cargar encima el camuflaje de sus uniformes. 

Tenías meses oyendo de un grupo y de otro -que si las FARC, que si los paramilitares- pero nunca habías visto unos de cerca. No entendías por qué estaban en tu pueblo, si ahí nunca pasaba nada, consideraste incluso bajar con la moto. Tu casa estaba sobre la única avenida principal de El Naranjal, desde donde tu mirada podía llegar al parque central y más allá, hacia una terraza donde hacían eventos de vez en cuando. Y ahí estaban ellos de pie, con fusiles al hombro, buscando entre tus amigos y familia simpatizantes de la guerrilla. En un momento se acercaron a tu viejo, le dijeron que querían conversar un rato y hacia aquella terraza fueron caminando. 

Oíste disparos, y la angustia de tu madre inundó tu casa, te decía que fueras a ver qué había pasado con tu papá. Desde donde estabas no podías demorarte más de tres minutos llegando hasta allá. Ibas llevando en tu espalda algo pesado, era como uno de los bultos de café que solías ayudar a tu papá a cargar cuando debía vender, pero este no se podía ver. Ahí lo tenías, lo sentías tan encima que no entendías como nadie más lo veía. Te encogía la espalda. 

Llegaste a la terraza, subiste las escalas y viste a cuatro hombres: los dos uniformados de antes y dos en el suelo. Uno de ellos era tu papá, y no sabías si sangraba porque el otro estaba convulsionando los últimos alientos que le quedaban. No quisiste que pasara, pero te distraía ver a otro hombre muriendo. Miraste a los muchachos, unos chicos no mucho mayores que vos, y les dijiste que ahí estaba tu papá. Quizás gritaste, quizás sonaste desesperado, pero a ellos no les gustó que estuvieras ahí, con la punta del fusil contra tu cachete izquierdo te instaban a que te fueras, a que no jodieras más de la cuenta. Has sabido, desde entonces, que a veces les molestan los niños llorando por sus muertos y los matan para no tener que oírlos. Así que buscaste callar, señalaste a tu padre y con calma pediste acercarte a él. 

Tu padre murió acostado boca abajo.

Hasta entonces nunca habías abrazado a tu viejo. Nunca le habías dicho te quiero mucho, tu padre y vos se trataban con respeto. La consentida de él era tu hermana y vos eras el de tu madre. Así pasa muchas veces, lo has visto, los niños conectan más con la mamá. Pero ese día, al verlo tendido ahí, le dijiste al oído –una cuenca que era canal a un receptáculo vacío, tu padre ya no habitaba ese cuerpo- que lo querías. Que lo amabas.

Eventualmente los hombres que mataron a tu padre se fueron, y con ellos se llevaron también las letras que llevaban en los brazos, aquellas que te aseguraron que no eran del ejército ni de alguna guerrilla. Se fueron y te dejaron con un par de cuerpos inertes. Gritaste para que alguien te ayudara, y juntos, intentaron que la policía bajara al pueblo para llevarse a aquellos dos muertos. Te dijeron una vez que no podían bajar, que estaba muy peligroso. Sabías que eso no era cierto, ya el pueblo estaba en silencio una vez más. Creíste que habían desconectado los teléfonos en la comisaría, pues después de un rato las llamadas ni siquiera entraban. Supiste que los habían dejado solos.

Esa noche velaron a tu padre mientras su cuerpo yacía en una mesa a la que te ayudaron a subirlo. No te habías dado cuenta antes, pero tu perro Rocky se había acostado bajo esa mesa y la sangre que se derramaba por los orificios que las balas habían abierto en tu padre le habían pintado las puntas de su pelaje. Esa noche se despidieron de él tú, tu mamá y tu hermana. Mamá te dijo que ahora eras el hombre de la casa, y que tenían que salir adelante. Que así se hacen las cosas.

Seis meses antes habían visitado otros del mismo bloque paramilitar. Otros rostros, mismas intenciones. Fueron casa por casa, pidiéndoles que voltearan colchones, que movieran muebles, que desarmaran la cocina, pues estaban seguros que ustedes escondían las armas de la guerrilla. Tenías un amigo, algo mayor que tú, que se llamaba Orlando. Les dijo algo en el tono equivocado, y hasta ahí llegaron sus comentarios. Tal vez los otros cinco que murieron ese día dijeron algo cómo no era también. Nunca estuviste seguro.

Por años buscaste respuestas, no podías entender que murieran personas porque sí. Cuando cumpliste la edad en que los hombres deben cumplir con su deuda a la nación, estuviste dispuesto a entregar tu vida a las armas. Era otro bando, y estabas seguro que así ibas a dar con quienes te robaron una vida junto a tu padre. Pensaste que tú no dejarías a la gente sola cuando peligrara, no ibas a dejar que se sintieran como tú te sentiste. ¿Quién sabe? Tal vez si hubieses seguido con los militares los habrías encontrado. Pero, ¿estás seguro de lo qué habrías hecho? ¿Sabías, a los diecisiete, exactamente lo qué querías al dar con ellos?

 

Has visto a tu mamá allá en la casa de El Naranjal, pues con el pasar de los años quiso devolverse. Te ha dicho que ahí está su vida, que la dejen quietica mijo, que está muy vieja para que la anden moviendo de un lado a otro. Siempre que la ves, está de espalda a ti, una mujer muy menuda, morena como vos. Y siempre le está hablando a sus plantas. Dice que eso las ayuda a crecer contentas. 

La última vez que fuiste para allá estabas sentado en la sala hablándole del trabajo, ella te contaba que estaba contenta de saber que tu hermana y tú eran profesionales. Justo pasó una señora a quien no veías desde tus quince años, era una amiga de la familia que estaba vieja ya. Parecía que un soplo de viento sería suficiente para deshacerla. Allá, ustedes siempre han dejado las puertas abiertas, y cuando viste a esta señora pasar frente a la ventana, pero nunca frente a la puerta, pensaste que de pronto justo eso le había ocurrido. Quizás fue desintegrándose por pedazos, justo ahí en la mitad de la pared. Entre la ventana y la puerta.

Tu mamá luego te dijo que casi mataste a aquella amiga de un susto, que al verte pensó que veía al fantasma de tu padre.  

Supiste el nombre de quien dio la orden de ir a tu pueblo hace muchos años. Pero ya no estabas en una edad para considerar la venganza. Para ti no era más que revivir un dolor del que no hablabas demasiado. Hay que dejar las cosas allá donde pasaron, en un pasado muy incómodo de visitar. Lo has hecho, es inevitable, pero visitarlo no es quedarse a vivir en él. El tiempo es un buen barco para el perdón, aunque no sabes si realmente es eso lo que has hecho. Perdonar suena a algo que no te corresponde a ti, pero así has oído que le llaman a lo que tu sientes ahora.

Tus preguntas no han desaparecido, sigues sin entender por qué pasó. Igual crees que ninguna respuesta que puedan darte sería suficiente. Las palabras no resucitan a nadie. Sabes que ustedes han corrido con suerte, que al fin sí salieron adelante. Sabes que así no ha sido para muchos. Que vueltas da la vida, ¿no? Antes era un manto que te envolvía en un frío ensordecedor. Es posible que ahora puedas caminar con tu viejo, lado a lado. 

 

Gracias a Eduard Bartolo por permitirme escuchar su historia y escribir acerca de ella.