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Patascoy: la fría madrugada (primera entrega)

Hace 20 años miembros de las FARC se tomaron la base de Patascoy, dejando 10 soldados muertos y 18 secuestrados. El ataque ocurrió en medio de un diciembre violento: el grupo, que habían arremetido contra guarniciones del Ejército, dio tres golpes más solo en ese mes. También, hubo seis ataques paramilitares, tres del ELN y dos del EPL.



Por: Lucía Chávez, Natalia Romero y Julián Ríos

Al sur oriente de los Andes nariñenses se levanta Patascoy, un cerro que alcanza los 4.200 metros de altura y se extiende por el límite de Nariño y Putumayo. En su cima se encontraba la estación de comunicaciones del Tercer Contingente del Batallón Boyacá, atacada por el Bloque Sur de las FARC el 21 de diciembre de 1997.

Aquella madrugada, la tierra cubierta por frailejones fue cedida a decenas de cartuchos de ametralladora, escombros de concreto y bombas fabricadas en tarros de avena. La mudez del páramo se transformaba en estruendos de explosivos y disparos que, escasamente, dejaban entreoír un grito: “Entréguense, no se hagan matar”.

Aunque la comunidad y la misma guerrilla habían hecho advertencias de un ataque a Patascoy, la toma fue sorpresiva. Los guerrilleros llegaron a la base militar alrededor de las dos de la madrugada, y comenzaron a disparar contra los militares que dormían en la estación.

Tras el ataque, diez de los 32 militares de la base murieron, 18 fueron retenidos y sólo cinco pudieron escapar con vida.

El ataque

Pablo Emilio Moncayo fue uno de los 18 militares secuestrados en la toma de Patascoy. Según recuerda, el 20 de diciembre fue un sábado normal. Se realizaron las actividades de rutina y se cumplió con las revistas y normas de seguridad establecidas en el régimen interno de la base.

“Se realizó el relevo del teniente Hidalgo, hacia las 2 a.m. Cerca de 10 o 20 minutos después, ocurrió la primera explosión en el techo, en el límite de la habitación donde dormían los comandantes. Era una habitación adyacente, en donde estaban todos los equipos de comunicación. Yo me tiré al piso, porque empezaron a caer latas incandescentes”, recuerda Moncayo.

Después de eso comenzó el combate: “Ocurrió una segunda explosión, sentí que fue del otro lado de la pared, dentro de la casa. Se derribó ese muro y me cayó encima. Yo quedé atrapado dentro de esa estructura. El resto de compañeros salieron y reaccionaron, intentando repeler el ataque, pero fueron minimizados por la cantidad de personas en contra”. Inmóvil bajo el muro, Pablo Emilio contó alrededor de 80 explosiones. “Podía escuchar las voces de los soldados, algunos malheridos, que llamaban a un cabo de apellido Cortés, el enfermero del batallón. Oí los lamentos, las explosiones, las balas y lo único que alcanzaba a ver eran destellos”, recuerda Moncayo.

Tras la ofensiva, los militares tomaron posiciones con lo que llevaban puesto. Incluso uno de ellos, el cabo Hugo Naranjo, emprendió la batalla sin tiempo para ponerse sus botas. Un soldado empezó a disparar desde la ventana de su habitación. “Otro de apellido Caicedo, estaba encargado de la ametralladora y repelió parte del ataque. Hacía el sur de la base, a unos 35 metros, queda la parte más alta del cerro, donde hay un nacimiento de agua. Al parecer, los guerrilleros emplazaron dos ametralladoras y empezaron a contraatacar. El soldado fue trozado en dos por el fuego”, señala Moncayo.

El combate era arduo y la tropa de las FARC superaba en número a la del Ejército. “Estaban en una relación de un soldado por cada cinco guerrilleros”, señala Rojas*, un oficial retirado que pertenecía al Batallón Boyacá y escuchó las primeras declaraciones de los sobrevivientes cuando llegaron a Pasto. “Las FARC tenían tiradores en puntos estratégicos y conocían los puestos de defensa de la base, por eso, antes de que llegara un soldado a su posición, caía un mortero de la guerrilla”, cuenta Rojas.

Con casi una decena de soldados heridos y otros ya muertos, se veía más cercana la rendición ante la guerrilla. En ese momento, el cabo Hugo Naranjo, acompañado de cuatro soldados más, emprendió la huida. “La ruta de escape partió desde la zona en la que se botaban las basuras y llevaba a un despeñadero. Naranjo, que iba sin botas, por poco se cae a un abismo en el afán de conducir a sus subalternos”, cuenta Rojas.

Esa madrugada la temperatura rondaba los diez grados bajo cero y la niebla espesa dificultaba el trayecto. De los cinco que escaparon, solo tres llegaron a Pasto. Como lo narró el periódico caucano El Liberal, el soldado Acevedo presentaba mayores dificultades para continuar la marcha, puesto que tenía esquirlas de granada en sus piernas y espalda. La situación fue tan grave que decidieron esconderlo “en un hueco hecho con las manos y, luego de cubrirlo con ramas de frailejón, le entregaron su fusil y la promesa de regresar a buscarlo”, publicó el diario.

Carlos Eduardo Bermúdez, uno de los que logró escapar, decidió guiar al grupo. Su gallardía para sobrevivir al ataque guerrillero no lo salvó de la geografía escarpada del cerro. “El soldado arrancó, y unos minutos después lo que se escuchó fue un grito, que paró cuando se estrelló con las piedras abajo”, narra Rojas.

Mientras los soldados Naranjo, Buitrón y Cancimanci intentaban encontrar el cuerpo de Bermúdez, arriba, en la cúspide del cerro, la guerrilla había tomado el control de la base. Eran casi las cinco de la mañana cuando los guerrilleros ayudaron a salir de entre los escombros a Moncayo, quien tenía unos rasguños menores, el tobillo derecho fracturado y dos disparos que rozaron su espalda. Lo ubicaron junto a los heridos de menor gravedad, bajo los paneles solares que alimentaban los equipos de comunicación. “Los heridos más graves fueron ubicados en un puesto específico y lo único que se les suministró fueron unas cobijas para que se protegieran del frío”, recuerda Moncayo.

En una conversación con Alfredo Molano publicada en El Espectador, uno de los sobrevivientes narró que los guerrilleros atendieron a los heridos de menor gravedad y remataron a quienes estaban en situación más crítica.

Aunque es unánime la crueldad del ataque de las FARC, las versiones sobre los actos de sevicia que cometieron los guerrilleros son contradictorias. “Cuentan que a mi teniente Hidalgo lo amarraron, le colocaron explosivos en los testículos y en el estómago y lo accionaron”, señala Rojas. Su relato es reafirmado por el entonces comandante de la Tercera División del Ejército, Eduardo Camelo, en entrevista con El Tiempo el 27 de diciembre de 1997. “El cadáver del oficial quedó diseminado. Esto no fue una acción de combate sino una cosa de bárbaros”, declaró el general.

Pablo Emilio Moncayo tiene un relato muy distinto sobre la muerte del teniente. “Hidalgo ingresó a la habitación donde yo estaba, alcancé a pensar que iba a ordenarme que comunicara el ataque a la base, pero la pared cayó sobre él y murió aplastado a los pies míos”, cuenta el militar.

Después de atender a los heridos les comunicaron que serían prisioneros de guerra. “Hacia las siete de la mañana, nos organizaron, nos pusieron guardias, como dos o tres a cada uno, y empezamos a bajar de la base hacia el campamento que ellos tenían”, recuerda Pablo Emilio. La ruta pasaba por la trocha del oleoducto trasandino hasta descender a la orilla del río Guamués, que bordea el cerro de Patascoy.

Entretanto, los soldados Naranjo, Buitrón y Cancimanci continuaron su trayecto de escape “hasta llegar a la localidad Santa Lucía, a eso de las 4:30 de la tarde del lunes 22 de diciembre, de donde fueron trasladados a Pasto a la medianoche”, como narraron al diario El Tiempo.

Días después de la toma, el Ejército interceptó una comunicación entre Jorge Briceño, alias ‘Mono Jojoy’ y otro guerrillero que se identificó como ‘VH’, en la que se reportó lo siguiente: “Bueno lo de Patascoy me tocó… hay 10 muertos, 18 prisioneros, 27 galil en poder de las FARC, dos M-798, dos morteros, otra cantidad de material de dotación y de intendencia, o mejor de guerra, y propios sin novedad…”

Vísperas en llanto

El 22 de diciembre, mientras muchos colombianos preparaban la celebración de navidad, en el Batallón Boyacá la situación era visiblemente dolorosa. Decenas de familiares se concentraron para averiguar la suerte de la tropa que custodiaba el cerro, pero la información todavía era incierta.

Inicialmente, el diario El Liberal registraba 22 soldados asesinados, tres heridos y 6 secuestrados, y señalaba que la toma había sido perpetrada por más de 300 guerrilleros. El Espectador sólo mencionaba que había 35 militares y que los guerrilleros eran más de 400. El Tiempo señalaba que como resultado del ataque quedaban 22 muertos, siete heridos y cinco desaparecidos.

En el Batallón también reinaba la incertidumbre. “Apenas llegué a preguntar por mis lanzas el brigadier me abrazó. El hombre estaba impotente, en parte porque sabía que había sido un error de los altos mandos”, recuerda Rojas, agregando también que “la única opción era esperar los reportes que llegaban cada cierto tiempo. Salía un oficial del despacho, leía la lista de secuestrados o muertos, y volvía a ingresar”.

Para las familias de Naranjo, Buitrón y Cancimanci, la tranquilidad regresó la madrugada del 23 de diciembre, cuando los militares lograron llegar a Pasto. Horas más tarde, un equipo de rescate encontró a Acevedo, el soldado herido que sus compañeros habían dejado en un improvisado escondite durante su escape.

Días después se confirmó que había 18 militares secuestrados. 16 eran soldados rasos y dos eran suboficiales: Libio José Martínez y Pablo Emilio Moncayo. A cargo del grupo estaba una delegación de guerrilleros conformada por miembros de distintos frentes del Bloque Sur, liderado por alias ‘El Paisa’.

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