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Bella
Mujeres de base

Angustia y ganas de llorar. Eso fue lo que sintió Bellanir Montes al subir a la flota que la llevaría al lugar de encuentro de mujeres de base por la conmemoración del día de la mujer trabajadora. Era el 6 de marzo del año 2011 y acababa de hablar con su hija Nayibe, quien se encontraba en su casa en el barrio El Tesoro de Ciudad Bolívar.



- “¿Ya salió por ahí a pasear?, ¿ya se consiguió un novio mamita?”


Le preguntó Nayibe a Bella, a la vez que le contaba sobre su día y sobre sus nietos.
Bellanir y Nayibe eran, además de madre e hija, amigas muy cercanas y lideresas de la
localidad en la defensa por los derechos de las mujeres. Ese día, antes de subirse a la flota,
Nayibe le repitió un sueño que había tenido varias veces:


Es un sepelio y ustedes todos lloran (...) yo no sé quién será porque yo soy la que está
viendo el sueño (…) yo paso y eso son una mano de flores mami, de esas que huelen de
noche (…) de las que tiene mi abuela, orquídeas de esas que me gustan a mí y son divinas, y
huelen, y yo camino por ese callejón. Y es que es chistoso, el ataúd yo lo veo allá al fondo
(…) yo camino y cuando llego al ataúd, me despierto. Y nunca he podido ver quién es el
muerto (…)


Toda su vida creyó en los sueños, “era agüerera” dice Bellanir, y al despedir a su madre le
dijo que se cuidara, que en la casa se podía morir cualquiera menos ella.


- Si mi mamita se muere toca enterrarnos contigo. Yo le pido a Dios que nunca nos dé ese
chicharrón de enterrarte. Yo me muero primero.
- Claro y me deja el chicharrón a mí.
- Claro, porque tú eres como Popeye, fuerte; en cambio yo no.


Al momento en que hablaron por teléfono eran más o menos las 10 de la noche, Nayibe
todavía tenía que comprar comida para sus hijos y prometió llamar a Bella cuando
volviera. Esa noche de marzo, al salir de su casa, Nayibe escuchó gritos que provenían de
un balcón en la cuadra del barrio. Era John Jairo, su vecino (un paramilitar desmovilizado),
quien estaba lastimando a una mujer. Hace días la maltrataba y, Nayibe, con la

sensibilidad heredada de su madre y su trabajo en pro de las mujeres, alzó su voz en
protesta frente a un hecho que se repite a diario en el país.


- ¡Déjela que la va a matar! gritó ella.


Embriagado y colérico, Jhon Jairo bajó las escaleras que conducen de su casa a la calle y la
enfrentó.


- “No sea sapa”, “¿quiere que la haga comer tierra?”


Pero antes de que tuviera tiempo de reaccionar, Nayibe ya había sido atravesada por una
bala en la frente.


Bellanir dice que el sueño que visitó a su hija durante tantos días era el de su propio
sepelio. Tenía 26 años, era trabajadora social de la Universidad Distrital y madre de tres
hijos.

La historia de Nayibe Reyes Montes suma a la insondable cifra de feminicidios en nuestro
país. Estas situaciones de violencia tienen su origen en aspectos simbólicos
profundamente arraigados e incluso normalizados en nuestra cultura. Las relaciones entre
hombres y mujeres han establecido estereotipos que relegan a estas últimas a una
posición inferior ante los hombres. Se las relaciona con trabajos o roles pasivos o privados
como la maternidad, la limpieza, el cuidado de los niños, ser ‘ama de casa’, con lo cual las
actitudes hacia ellas generan escenarios de inseguridad y sumisión. Comportamientos
como estos se reflejan también en escenarios estructurales o institucionales, al no
reconocer el potencial de las mujeres en el plano político y en general en espacios
públicos.


Hoy 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, hacemos un reconocimiento a las mujeres
que como Nayibe, se nos adelantaron en el camino, y a las que, como Bella, continúan
creyendo profundamente en sí mismas y en su trabajo y por lo mismo sobresalen en todas
las dimensiones de su cotidianidad. Ellas resaltan el valor de las mujeres como agentes
activas de transformación, participación y construcción para la paz, a la vez que re-
significan el rol privado de las mujeres y lo conectan con la esfera pública con acciones
como la representación y el fortalecimiento de las madres comunitarias y la red de
mujeres en Ciudad Bolívar.

El asesinato de Nayibe Reyes Montes nos revela además un escenario sobre el cual no
hemos debatido ni reflexionado a profundidad: los barrios periféricos como territorios en
donde confluyen distintos actores del conflicto por la falta de planeación gubernamental y
de oportunidades, así como por la ausencia de procesos estructurados de reinserción a la
vida civil de excombatientes y desmovilizados, que permitan transitar hacia la
reconciliación y evitar la repetición de la violencia.


Así pues, el reto de la construcción de la paz sigue vigente y es por demás mayúsculo
desde muchos aspectos: ¿cómo reconocer la violencia contra las mujeres desde nuestras
actitudes cotidianas para así transformar y disminuir dichos escenarios? ¿Cómo asegurar
el desarme cuando no hemos entendido los aspectos violentos de nuestra cultura a nivel
local? ¿Qué significa reconciliarse y construir escenarios pacíficos “estables y duraderos”
en medio de nuestro contexto?

 

*Esta crónica corta (texto-audiovisual) se realizó en alianza entre Rutas del Conflicto y la Fundación Artesa para el desarrollo cultural, educativo y social, como parte inicial de un proceso de cartografía audiovisual junto a las lideresas de Ciudad Bolívar.

   

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