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Yo Sobreviví

"Yo no nací para matar"

El 5 de mayo de 1996, 150 guerrilleros de los frentes 58 y Quinto de las Farc asesinaron a 16 personas en Turbo, Antioquia. La historia de Gustavo Díaz, un habitante de la vereda Pueblo Bello, pone evidencia un ciclo de violencia y pobreza que no termina. El hecho marcó el declive de las Farc en la guerra contra los desmovilizados del Epl, que se aliaron con ‘paras’ de los Castaño y miembros de la fuerza pública. (Especial: Seis semanas de dolor en Urabá)

“Lo que pasó fue muy duro, casi no me gusta relatarlo, pero pasó y hay que aceptarlo.

En ese tiempo no había presencia del Ejército en el corregimiento, el gobierno no se manifestaba con nada, la verdad es que todo lo que se vivió fue debido a la falta de presencia del Estado.

Al final quienes sufrimos las consecuencias de la guerra fuimos quienes no estábamos armados, los que no nos metíamos con ninguno. Yo puedo decir que había mucha gente cómplice de la maldad, pero también murió mucha gente que nunca tuvo nada que ver, como mis hijas y mi esposa.

Una de las niñas, ni siquiera vivía ahí. Era mi esposa la que me ayudaba a atender el negocio que yo tenía. En ese tiempo yo no estaba mal económicamente, los que me dejaron mal fueron ellos. Yo era comerciante, tenía un negocio de abarrotes.

Recuerdo que tanto la guerrilla como los paramilitares iban y me ‘compraban’. En realidad me quitaban los productos, me decía que era un mercado que para un comandante, que para el otro… pero nunca me pagaron.

Una de mis hijas estaba en octavo de bachillerato, ella apenas había cumplido 16 años, la otra tenía 17, iba a cumplir los 18 ese año, y estaba terminando el bachillerato en Turbo. Habíamos hecho un cambio con un concejal, yo le mantenía los hijos y él me mantenía la hija en Turbo. Con él no me le faltaba nada a mi hija, pero a uno siempre le hacen falta los hijos, cuando uno tiene a su hijo y convive con él. Toda la vida los tuve conmigo hasta ese 5 de mayo que el destino nos separó.

Unos dos días antes de la masacre, como un miércoles, yo bajé y le dije "Mija sube que tu mamá te quiere ver, quiere hablar contigo", le dije que fuera porque hacía como un mes que no iba a la casa. Ese viernes por la tardecita ella había llegado en un carro, casi en la noche. Pasó todo el viernes en la casa y todo el sábado estuvo contenta porque las amigas llegaban a visitarla.

Ese sábado, para amanecer domingo, fue que las mataron. Todo fue por la madrugadita casi a las cuatro de la mañana. Recuerdo que ese día estaba lloviendo mucho, tronaba y relampagueaba.

Yo oí un golpe durísimo y me desperté. Recuerdo que mi esposa estaba orando cuando levantó la cabeza y me preguntó, ‘¿qué fue eso?’ le dije que no sabía, que seguro era esa gente peleando de nuevo.

Uno de mis hijos salió a tirarse al río tratando de huir, yo le gritaba: ‘¡Hijo, hijo no corras hacia el río que te ahogas!’. Yo salí corriendo detrás de él y ya cuando llegué al lago me agarré de una rama, lo cogí por el suéter y lo tiré hacia atrás. Yo sé que ellos iban detrás de mí, pero caí en un barranco de unos tres metros y medio de alto. Recuerdo que ellos disparaban y disparaban como para ver si me mataban, pero no me encontraron.

Yo siempre me demoré ahí abajo porque el pelao me decía que no saliéramos porque nos mataban, por eso me quedé escondido como por una hora y veinte minutos mientras todo se calmaba. Había mucho humo, y en el cementerio tenían una ametralladora M60 que descargaban a cada rato contra todo, además sonaban granadas todo el tiempo.

Casi a las 4 de la mañana decidí salir porque ya se oía Ejército. Cuando salí, estaba desesperado. Yendo hacia mi casa me encontré con una conocida, ella me cogía y solo me preguntaba qué estaba pasando.

En un momento, recuerdo que uno de esos hombres tumbó la puerta y yo alcancé a oír que alguien gritaba ‘¡tírenle una bomba al hombre de la proveedora!’. Él alcanzó a entrar a la casa, se quitó la gorra, medio se secó el agua de la frente porque estaba lloviendo, y aunque sé que me vio, no sé por qué no me quiso matar.

Así fue eso, rompían las puertas, le daban patadas, golpes duros, disparaban desde la puerta. Así mataron a mi esposa y a mis hijas, en realidad fueron cuatro con una nuera que esa noche estaba durmiendo ahí. Las mandaron bajar una colchoneta para que se tiraran al piso y ahí las mataron.

Cuando volví a la casa mi hija menor, que en ese momento tenía como 7 años me dijo: ‘No las busque papi que están muertas debajo de esa candela que se ve allá, las mataron toditas’. Mi hija también estaba con ellas pero creo que fue un milagro que no muriera.

Después de haberlas matado esos hombres me las amarraron con alambres de púas y las sacaron para quemarlas, junto con el resto de mi negocio. De ellas no quedó nada, todo quedó reducido a cenizas.

Recuerdo que yo pedí llorando que me sacaran de donde ellas estaban. Apenas le pedí el favor a un muchacho que conocía que recogiera y enterrara lo poco que quedo de ellas, que yo le pagaba, pero nunca pude pagarle. Cuando yo volví ya lo habían matado. Por eso yo nunca supe en dónde quedaron los restos de mi esposa y mis dos hijas.

Después de eso el gobierno me dio plata, pero el dinero no lo es todo, porque el dolor es una cosa imborrable.

Yo quedé sin un peso, sin nada. Por eso me fui de ahí. Nunca me imaginé que eso me pudiera pasar porque yo tenía mi corazón limpio y nunca participé en nada de eso. Yo quedé con tres hijos, el mayor, que para el momento de la masacre ya se había ido de la casa, un niño de 16 y la menor de 8.

Para mí fue muy duro al principio porque tocaba hacerme cargo de todas las cosas del hogar, especialmente de mi hija; me tocaba bañarla, lavarle la ropa interior y ese tipo de cosas que antes no hacía. Antes de la masacre, yo casi no compartía con mi hija menor.

Para mis hijos fue muy difícil crecer sin su mamá, el menor me cogió mal camino, se me fue de las manos, se fue con los paramilitares, porque allá él no veía sino guerra. Tiempo después de estar en eso lo mataron. Y mi hija menor se fue con la abuela.

Hoy estoy casado y me he vuelto muy creyente, algunas veces hablo con mi hija menor porque en medio del mal también se vive, y al final de todo Dios me dio fuerza porque hoy estoy aquí y no allá, yo no nací para matar.”

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