La guardería de frailejones “bebés” que busca restaurar los páramos del Parque El Cocuy
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Uno de los viveros a mayor altura de Colombia reproduce las condiciones para germinar y sembrar 10 000 plantas al año en el Parque Nacional Natural El Cocuy.
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Entre las especies germinadas, propagadas y sembradas está el árbol coloradito y una especie de frailejón que se encuentran en la lista de especies amenazadas de la UICN.
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El proyecto ha incluido a población campesina en los procesos del vivero para educar sobre los beneficios de la conservación ambiental e incluir sus saberes tradicionales.
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Se han logrado restaurar aproximadamente 9451 hectáreas de páramos desde 2011.
Por: Óscar Parra
*En alianza con Mongabay Latam
En medio de un extenso páramo lleno de frailejones, con un paisaje de fondo en el que se ven con facilidad varios glaciares de la sierra nevada de El Cocuy, Guicán y Chita, sobresale un pequeño invernadero a cerca de 4000 metros de altura. Se trata del Centro Experimental Piloto de la Alta Montaña Ecuatorial (Cepame), un vivero de gran altitud en el que funcionarios del Parque Nacional Natural El Cocuy han germinado y propagado semillas de plantas nativas de la zona por cerca de 30 años, para aportar en la restauración y conservación de la flora del ecosistema de páramo.
Desde 2011 se han logrado restaurar aproximadamente 9451 hectáreas de páramo gracias a este vivero donde siempre se pueden ver filas de miles de pequeñas plantas en bolsas negras: frailejones, colorados, romeros, todos en su fase “bebé”, a la espera de cumplir dos años de vida para ser sembrados en diversas zonas del páramo. Es un trabajo arduo y de mucha paciencia, según explican los empleados del Parque, porque busca replicar las condiciones naturales para la germinación de semillas en medio de un ambiente con condiciones climáticas marcadas por las bajas temperaturas, que llegan a los -10 grados centígrados y una radiación solar extrema.
Víctor Raúl Buitrago Niño, técnico en recursos naturales y empleado del Parque desde hace 36 años, cuenta que la construcción de esta especie de “guardería” en la que se “crían” estas plantas del páramo, surgió en 1998 debido a la deforestación que sufrían varias zonas del área protegida. “En ese tiempo había mucha presión, mucha deforestación, sobre todo de la especie del coloradito, que lo utilizaba la gente como leña para cocinar. Entonces surgió la idea de construir ese vivero para conservar y restaurar. En ese momento era el único vivero de alta montaña que existía en Colombia”, cuenta Buitrago.
Un informe de Parques Nacionales agrega que la idea de tener un vivero para plantas endémicas también surgió por malas prácticas de reforestación que habían hecho otras entidades públicas en el pasado, en las que usaron especies que no son nativas de esa zona como el aliso o el pino. Estas plantas foráneas tienen un impacto negativo sobre la flora de la zona, incluso, empeorando las condiciones del ecosistema, resalta el informe.
Adriana Sánchez Andrade, bióloga con Doctorado en Biología de Wake Forest University y quien lidera un proyecto de investigación vinculado al vivero Cepame, explica que hay árboles típicos del páramo de El Cocuy que están bajo amenaza, como el coloradito (Polylepis quadrijuga) conocido también como siete cueros, una especie amenazada que incluso se encuentra en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN)
Esta especie de árbol puede crecer hasta tres metros en altitudes que superan los 4000 metros sobre el nivel del mar y por mucho tiempo se convirtieron en una de las pocas fuentes de madera para los campesinos que colonizaron el páramo. “A esta altura no es fácil que crezcan plantas de estas dimensiones, entonces los bosques de ‘coloraditos’ se usaron mucho como leña para el uso diario”, explica Johny Calderón, guía turístico del parque, mientras señala uno de estos árboles, que fue germinado y propagado en el Cepame, y luego sembrado cerca a un camino que conduce a uno de los glaciares del Parque.

Paisaje de frailejones en el Parque Nacional El Cocuy. Foto: cortesía Parques Nacionales Naturales de Colombia
Mauricio Aguilar, doctor en conservación y restauración de ecosistemas de la Universidad de Alicante y profesor de la Universidad Javeriana, explica que antes de la colonización de estos páramos era fácil encontrar bosques ‘achaparrados’ (de baja altura y alta densidad), dominados por especies como los coloraditos o siete cueros. “Estas especies se caracterizan por tener el tallo de color rojizo. Son plantas de muy lento crecimiento que tienen unos requerimientos ecológicos del suelo y ambientales muy particulares”, explica el experto.
Aguilar señala que estos bosques tupidos dejan caer su biomasa sobre el suelo, lo que genera espacios secos que están cubiertos por las copas entrecruzadas de los árboles. Esto sucede en medio del suelo húmedo del páramo, que además se encharca con facilidad, especialmente en los meses de invierno. “Ahí era precisamente donde hacían sus ‘camas’, por así decirlo, los osos y los pumas. Cuando desaparecen estos árboles por la tala, no solamente desaparece esta especie, sino las otras que están relacionadas con ellos”, explica el profesor.
Además de los ‘coloraditos’, en el vivero también se germinan y propagan cinco especies de frailejones, entre los que destaca el lopezi (Espeletia Lopezii), así como senecios (similares a los frailejones) y otras especies de plantas medicinales como el lítamo real (Euphorbia tithymaloides) y el anamú (Petiveria alliacea). “En ese tiempo escogimos los frailejones porque se hacían muchas quemas para que brotara pasto para ganadería. También escogimos las medicinales porque la gente subía y las arrancaba para venderlas en los pueblos. Entonces, con el vivero podíamos entregarles plantas que habíamos trabajado y así bajar la presión sobre el ecosistema”, explica Víctor Buitrago.
Un laboratorio para germinar, cuidar y sembrar
César González Barrero, profesional de restauración ecológica, quien está a cargo de los cuatro viveros que tiene Parques Nacionales dentro del parque El Cocuy, incluyendo Cepame (el que está a mayor altitud), explica que todo el proceso comienza con la recolección de semillas para germinación en la zona de páramo.
“La propagación no es un trabajo fácil porque cada planta tiene unas características particulares, que llevan a formas distintas de buscar y recoger esas semillas, para llevarlas al vivero y hacer que germinen. Luego se ponen en bolsas y se cuidan hasta que tengan una altura de 20 centímetros para poder sembrarlas”, explica González.
Todo el proceso, hasta que la planta está lista para sembrar, tarda aproximadamente dos años, debido a las particulares condiciones climáticas que se viven a 4000 metros de altura. “Por la altitud y por el frío no hay muchas enfermedades o plagas, pero condiciones ambientales como el granizo sí las afectan, por lo que hay que tenerles mucho cuidado durante todo ese tiempo”, explica González.
Según datos oficiales del Parque El Cocuy, el vivero Cepame tiene 250 metros cuadrados y una capacidad para 20 000 plantas, de las cuales 10 000 cierran el proceso de propagación cada año para pasar al sembrado, aunque existe un porcentaje que no sobrevive a las condiciones climáticas.
“En el transcurso de un año quedan unas 9500 plantas vivas, óptimas para ir al campo para hacer la siembra en el sitio definitivo. Después, depende del sitio donde queden, por diferentes factores como el clima o animales que están en la zona, puede que haya una supervivencia del 70 % u 80%. Al final quedan entre 7000 y 8000 cada año”, detalla González.
La siembra se realiza en predios privados que colindan con el Parque Nacional, en fincas de campesinos con los que se hacen acuerdos para restaurar o conservar el ecosistema de páramo y en zonas del mismo parque que históricamente han sido afectadas por procesos de deforestación.
“Hablamos con los finqueros y ellos nos dicen que tienen áreas para conservar, entonces uno va, visita el predio, levanta el polígono, mira qué especies son las que hay en la zona y con base en eso se determina qué plantas tenemos en el vivero que son aptas y se hace la siembra”, dice González.
Los funcionarios del Parque señalan que también han desarrollado proyectos en terrenos colindantes que pertenecen a los municipios de El Cocuy, Güicán y El Espino, para conservar zonas clave para la producción de agua de la población. Varios de estos proyectos han sido financiados por recursos de cooperación internacional.
Los ojos puestos en el cambio climático
La profesora Adriana Sánchez y su estudiante de Maestría, Anamaría Rozo lideran el proyecto ‘Estrategias de adaptación al clima para especies endémicas y culturalmente importantes a través de educación ambiental y conservación comunitaria’, una iniciativa conjunta entre la Universidad del Rosario y el vivero Cepame. Sánchez explica que estudian el comportamiento de cinco especies de flora de páramo en condiciones de mayor temperatura. “Sacamos plantas jóvenes del vivero a 4000 metros y las llevamos a otro a 3500 metros para ver cómo es su comportamiento en condiciones de mayor temperatura, simulando un escenario de cambio climático”, explica.
Las especies que se estudian en el proyecto son frailejón, mortiño, colorado, chilco y romero blanco, esta última una planta medicinal. Este trabajo busca entender qué puede pasar en los ecosistemas de páramo con los cambios en el clima, “si hay especies que se ven más afectadas que otras o hay algunas que tal vez se benefician del aumento de temperatura, al menos en el corto plazo”, dice Sánchez.
En los resultados preliminares del estudio se ha encontrado que algunas plantas, como el mortiño y el romero, se ven más afectadas por plagas. “Hay reacciones diferentes. Si bien las plantas crecen más a 3500 metros, al mismo tiempo parecen más susceptibles a animales herbívoros. El coloradito, a esa altura, si lo exponemos al sol sin ninguna polisombra [malla sombra] también sufre”, explica Sánchez.
La profesora de la Universidad del Rosario señala que para su trabajo ha sido clave el trabajo del Cepame, ya que para llevar un control en la investigación es necesario conocer las fechas de propagación de las plantas en el vivero antes de moverlas a una menor altura. “Todas las plántulas fueron propagadas al tiempo, esto hace parte de la labor increíble que hacen en el Cepame, que hace todo el seguimiento a la edad de los individuos que se estudian”, explica la docente.
Paola Hernández, profesional de investigación y monitoreo del Parque El Cocuy, cuenta que además del proyecto de la profesora Sánchez, el Cepame ha apoyado varios trabajos académicos con universidades y otras entidades dedicadas al cuidado ambiental que les sirven de insumo para focalizar el trabajo de propagación de plantas. “Ellos nos dan toda la información que necesitamos, como los estudios científicos para que nosotros incluyamos las especies que realmente son importantes dentro del páramo y el superpáramo, para poder restaurar adecuadamente las áreas que tienen alguna presión sobre la flora en el parque”, explica.
Por su parte, el profesional de restauración César González cuenta que, incluso, en estas investigaciones que apoyan se ha revisado qué está pasando a nivel de colonización de flora en las zonas de morrena que quedan expuesta ante el retroceso de los glaciares. Las zonas de morrena se ubican entre los 4600 y 5000 metros de altura y se caracterizan por abundante roca y sedimentos. Allí también han comenzado a crecer plantas por los efectos del cambio climático. “Hace dos años se hizo un ejercicio con el Jardín Botánico de Bogotá, ellos trajeron al vivero algunas especies que se encontraron en esta franja, en el superpáramo, como loricaria e lítamo real que crecen a muchísima altura. La idea era ver cómo se comportaban con el aumento de temperatura, pero desafortunadamente no sobrevivieron”, explica González.
Hernández comenta que se han sembrado algunas plantas propagadas en el vivero, como frailejones cleefii (Espeletia cleefii) en las zonas donde ha retrocedido el glaciar para estudiar su comportamiento. “Todo el proceso duró como tres años, llevamos como 15 individuos a un pequeño núcleo de restauración y con el tiempo murieron tres o cuatro, pero el resto sobrevivió. Eso era lo que queríamos ver, qué iba pasando en esas condiciones ambientales y climáticas con la vegetación y nos dimos cuenta que podemos propagar esas especies del vivero en el superpáramo que ahora presenta mayores temperaturas”, explica la funcionaria del Parque.
Un proyecto construido con el apoyo de la comunidad
Uno de los factores clave en la construcción y desarrollo del proyecto Cepame en estos casi 30 años ha sido la participación de miembros de la comunidad campesina, tanto en la propagación de semillas como en procesos de capacitación ambiental para promover el cuidado del páramo.
Los funcionarios del Parque entrevistados para este texto señalaron que el conocimiento de la vegetación que tienen los campesinos de la zona y la cercanía de las viviendas al vivero ha sido de suma importancia para conseguir los objetivos.
Isidro Flórez Prada es un campesino que ha vivido toda su vida en la vereda El Tabor, en el municipio de Güicán, cerca de los 4000 metros de altura. Flórez, que trabajó entre 2015 y 2018 con el Cepame, cuenta que los saberes que aprendió desde niño sobre recolección de semillas, germinación, cuidado y siembra de las plantas aportaron para su labor en el vivero. “Mis papás y yo, toda la familia, somos parameros de toda la vida y eso ayuda porque uno conoce la zona”, cuenta el campesino.
Flórez asegura con orgullo que el conocimiento del clima y el ambiente “extremo” al que están acostumbrados los habitantes de la zona aporta para el trabajo del Cepame. “Las semillas en ciertas temporadas no son tan buenas para germinar, porque caen heladas y eso las daña. En el proyecto se mezcla lo que uno sabe como campesino con lo que ellos (los encargados del vivero) ya tienen claro por su experiencia. Por ejemplo, el secado de las semillas, uno aprende que no puede hacerse totalmente expuesto al sol, porque también las daña”.
El doctor Mauricio Aguilar, experto en conservación, señala que el reto logístico de construir un vivero a esta altitud es grande, pero puede enfrentarse mejor si se cuenta con la participación de habitantes del páramo, que conocen y “soportan” mejor las condiciones climáticas. “Por ejemplo, garantizar el riego implica que debe haber alguien a diario ahí, en un lugar tan aislado. Eso implica vivir cerca y estar acostumbrado, porque vivir y trabajar en el páramo es difícil”, explica el científico.
La inclusión de la comunidad en los proyectos relacionados con el vivero también incluye actividades con niños y adolescentes en entornos de educación ambiental, como sucede con el proyecto de Adriana Sánchez y Anamaría Rozo. “Nuestra idea es que aprendan de ciencia mientras van haciendo mediciones, viendo qué le pasa a las plantas con el cambio de altitud, si se mueren, si crecen. También que aprendan a regarlas, a cuidarlas. La idea es fortalecer la idea de conciencia del cambio climático, de los cambios en el entorno”, explica Sánchez.
Verónica María Velasco Salcedo, jefe del Parque Nacional Natural El Cocuy, dice que el proyecto Cepame tiene un objetivo amplio: generar conocimiento, gobernanza con comunidades y ejercicios de restauración. Ella explica que muchas veces los proyectos de restauración no funcionan porque no se tiene en cuenta el conocimiento de la gente del entorno, entonces, por ejemplo, se siembran plantas que son traídas de otros lugares y no se adaptan tan fácil.
“Este es un proyecto que tiene en cuenta lo local, la gente que vive en las veredas cercanas y su conocimiento del páramo. Las semillas son locales, todo esto influye en el éxito. En casi 30 años hay muchas cosas para mostrar”, concluye Velasco.
Actualizado el: Sáb, 05/16/2026 - 10:31