"El 14 de junio de 1988 sacaron a mi papá de la casa": Arelís Hincapie

En la vereda El Topacio en el municipio de San Rafael Antioquia, entre el 12 y 15 de junio de 1988 llegaron paramilitares con presunto apoyo del Ejército. Asesinaron a 18 mineros a machetazos y los arrojaron al río Nare. Arelís Hincapie, hija de Julio Arturo Hincapié, cuenta la historia de la desaparición y muerte de su padre.

“Tenía 14 años cuando se llevaron a mi padre. Nosotros trabajábamos en la mina y estabámos acostumbrados a ver al Ejército cuando cerraban las compuertas del río Nare en épocas de verano. No fue raro verlos una semana antes de la desaparición de los 18 mineros, pues creíamos que venían a ver cómo estaba el nivel del agua del río. Pero unos días antes del 14 de junio nos citaron y nos amenazaron. Hicieron preguntas que no sabíamos responder. Iban a ahogar a uno de los compañeros para que habláramos si había guerrilleros o si había gente enterrada en el río.  

Era el Ejército. Nosotros conocemos las insignias de ellos, además, no estaban encapuchados. Uno de ellos al final dijo: “No les preguntemos más a estos hijueputas. Ellos no van a decir nada al Ejército. Pero si metemos unos 100 paramilitares, cantan porque cantan”, y con los dos dedos se tocó las insignias. Antes de irse y en medio de la lluvia sacaron una hoja grande con muchos nombres.

 

Pasaron algunos días cuando volvíamos a la casa de la mina y vimos en el monte al Ejército. A la 1 de la mañana del 14 de junio de 1988 sacaron a mi papá de la casa. Yo dormía al lado de la cama de mis papás cuando escuchamos los ladridos del perro. Después algunos golpes en la puerta y empezaron a gritar el nombre de mi padre: Julio Arturo Hincapié. Él no salía, entonces nos avisaron que iban a contar hasta 10 y si no salía iban a ametrallar la casa. Yo moví a mi papá y él con su pie me contestó que ya había escuchado. Mi papá quitó el pasador de la puerta, que era un clavo grande. Salió con la linterna en la mano. Lo último que escuché fue: “A luz apagada. No le va a pasar nada. Solo queremos que el comandante le haga unas preguntas”.

 

Al otro día me quedé en la casa esperando que papá regresara. Mis hermanos salieron a buscar y a mirar qué había pasado. Al rato volvieron y me dijeron que teníamos que irnos. Muchas de las familias estaban esperando en la carretera para irse porque la noche anterior les habían sacado a sus hijos y esposos. Cogimos para el pueblo y a la semana empezaron a llegar partes de cuerpos.

Lo que escuchamos en ese momento fue que los habían matado y los habían echado al cauce del río. Digo cauce porque estaba seco pero en ese instante soltaron la compuerta para que el agua se los llevara. Cuando empezaron a aparecer, lo que hicimos fue enterrarlos. Llenamos siete ataúdes como se iban llenado con troncos, pies, manos…

Después de la masacre no solo nos tocó perder a mi padre y abandonar la casa. Nos tocó pasar hambre y necesidades. Perdimos todo. Qué podíamos hacer si lo único que sabíamos era trabajar en la mina y sembrar. Adaptarnos a una ciudad fue difícil. Hice un curso de confecciones porque era lo unico que podia hacer sin haber estudiado.

Le doy gracias a Dios por estar viva. La vida vale más que cualquier cosa. A pesar que no hemos recibido ninguna reparación. Al principio nos tocó cambiar de abogado porque lo amenazaron y nos dijo que no dijéramos nada porque íbamos a correr la misma suerte que mi papá.Después de muchos años estamos volviendo a contar lo que pasó. Pude volver a San Rafael a desenterrar los cuerpos para que la Fiscalía logre identificar la identidad de las víctimas. Ahora estamos esperando que nos entreguen a mi papá”.