Ernesto Cardenal en Colombia

La llegada de Cardenal a La Ceja, Antioquia, fue el producto de numerosos extravíos que lo llevaron antes a México, España y Estados Unidos.

Por Mario Jursich Durán

En noviembre de 1960, Ernesto Cardenal entró al Seminario de Cristo Sacerdote, una peculiar institución en las afueras de La Ceja, Antioquia. Digo “peculiar” porque en ese entonces era el único centro religioso de América Latina donde se aceptaban vocaciones tardías. Fundado por el padre Alfonso Uribe Jaramillo a principios de 1959, el seminario se convirtió desde su apertura en un punto de confluencia para quienes, como el autor de Oración por Marilyn Monroe, habían seguido una trayectoria excéntrica. Estudiaban allí médicos y campesinos, militares y artistas, finqueros y aristócratas, exiliados y sastres, líderes sindicales, pintores de autos e incluso un representante a la Cámara del Partido Conservador. Muchos eran jóvenes universitarios que habían dejado las aulas, obreros textiles desencantados del mundo o profesionales maduros asfixiados por una sólida carrera a sus espaldas. Entregados a esa nueva vida monacal, combinaban el estudio de la Biblia con intensas y a menudo exigentes labores prácticas: echar palustre, cultivar las huertas y cortar leña estaban entre sus ocupaciones habituales.

La llegada de Cardenal a La Ceja fue el producto de numerosos extravíos. Después de haber estudiado sin ganas en México y España, y de haber intentado, con tesón pero nula fortuna, convertirse en monje trapense en Estados Unidos, la opción que encontró a sus treinta y seis años de edad fue prepararse como sacerdote católico, pese a que era consciente de los abismos entre su manera de entender la vocación y la forma en que la interpretaban en Roma.

En sus años españoles, Cardenal conoció y se hizo amigo del poeta cucuteño Eduardo Cote Lamus y del crítico bumangués Hernando Valencia Goelkel. Fue sin embargo su estancia de un lustro en el Seminario de Cristo Sacerdote lo que afianzó definitivamente sus lazos con un país que, en algunos aspectos, tanto le recordaba al suyo. “En Antioquia hablaban bastante parecido a los nicaragüenses, y lo que más me gustaba es que usaban el vos como nosotros. Tal vez porque Antioquia es el departamento colombiano que colinda con Panamá, o sea con Centroamérica, y por eso nos parecemos”.

Cuando uno lee todas estas cosas en Las ínsulas extrañas, el segundo tomo de sus memorias, no puede pasar por alto que La Ceja fue bastante más que un lugar de estudio para Cardenal. Es evidente que lo seducía la feraz naturaleza de la zona, y que ese hechizo se extendía a la totalidad de Colombia. Estuvo en Medellín, Bogotá, Cali, Popayán, Leticia y Necoclí. En todos esos lugares, sin importar la duración de su estadía, trabó amistad con gente destacada. En la capital colombiana visitó al antropólogo Gerardo Reichel-Dolmatoff y en la antioqueña al cacique general de los indios cunas. Se carteó con todos los nadaístas: desde X-504 hasta Eduardo Escobar. Publicó Salmos (Universidad de Antioquia, 1964) y el ya citado Oración por Marilyn Monroe (Ediciones La Tertulia, 1965). Su curiosidad lo llevó a deleitarse con “las sabrosas empanadas” de Rionegro tanto como con los números de la revista Eco. Y, quizá como consecuencia de lo anterior, le negó a los consejos de un viejo preceptor octogenario —“¡Naranjitas! ¡Naranjitas! ¡Chupe mucho limón y naranjitas para aplacar las pasiones!”— la atención que sí le prestaba a Camilo Torres y Manuel Pérez Martínez, los jóvenes curas metidos a guerrilleros.

Sin embargo, donde más se advierte la impronta colombiana en Cardenal es en el culto, casi pudiera decirse la veneración, que le brinda al ensayista antioqueño Fernando González. No se trata únicamente de que lo cite a menudo y en los más variados contextos; es, sobre todo, que el autor de Viaje a pie fue un auténtico catalizador para las inquietudes que Cardenal venía rumiando desde los Estados Unidos. Gracias al filósofo de Otraparte, Cardenal pudo alejarse de la versión más sombría del catolicismo, ese que insista en la culpa, en la mortificación de la carne, y abrirse a una dimensión en la que erotismo y mística conviven de manera armoniosa. Al leer en Viaje a pie frases como: “Roma, ciudad de los santos, está llena de putas y putos”, o: “¡Qué bello estabas, Señor, en esa muchacha!”, o aquello otra de: “Acabada la obra, Dios se llevó instintivamente las manos a las narices e hizo el gesto divino: OLÍA A NALGA”, Cardenal encontró un espacio vital donde la sensualidad nunca era un obstáculo en la búsqueda de un ser superior. Al contrario: era el camino si queríamos acceder a lo numinoso. 

Quienes conocen la biografía del sacerdote nicaragüense saben que su relación con el poeta William Agudelo, también seminarista en La Ceja, es igual de importante que la entablada a través de los libros con Fernando González. Aquí, sin embargo, no me referiré a ella por algo más que la simple falta de espacio. Ese nexo entre ambos fue tan profundo, tan poderosa la amistad que los condujo, primero, a publicar uno de los libros más atípicos de la literatura colombiana —Nuestro lecho es de flores (1970)— y, después, a fundar la comunidad religiosa de Solentiname, que solo consagrándoles una columna completa podría hacerles justicia. 

 

Mario Jursich Durán trabaja como editor independiente.

Su último libro es Archivo Gaitán, publicado por el Fondo de Cultura Económica.