“No queremos irnos con las manos vacías”
Una periodista de Rutas del Conflicto acompañó una misión de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas en Magdalena. Así es el trabajo de los equipos forenses que trabajan para encontrar a miles de desaparecidos en Colombia.
Por Laura Prato
Una hamaca se usa para descansar, pero en la guerra sirve para envolver y sepultar a un cadáver. Eso fue lo primero que pensé al ver cómo poco a poco el cuerpo de una persona desaparecida volvía a recibir la luz del sol.
Estábamos en medio de la extensa Sierra Nevada de Santa Marta, hogar y refugio de algunas comunidades indígenas como los pueblos Wiwa, Arhuaco, Kogui y Kankuamo. En esta montaña, repleta de biodiversidad, también se mueve otro poder, un poder que ha traído dolor y miedo a las víctimas. Aquí están las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada. A veces aparecen nombradas en voz baja, como si decirlas demasiado fuerte pudiera invocarlas, pero se usan otros nombres simples que se escuchan y se reconocen al instante: “Los Pachenca”, un nombre que en la zona no necesita explicación.
Y así como el conflicto ha persistido en varias regiones del país, este lugar no es la excepción. En estas tierras tan llenas de verde y vida han pasado guerrillas como las antiguas Farc, el Eln y el Epl, narcotraficantes, terratenientes y otros grupos paramilitares como las Autodefensas Campesinas de Magdalena y La Guajira. Los nombres han cambiado con el tiempo, pero la violencia sigue manifestándose igual.
Para llegar al lugar de la búsqueda, atravesamos un par de ríos y quebradas bastante limpias y transparentes que permitían observar las piedras del fondo. Todo lo contrario a la tierra, que esconde tesoros a la vez que tristezas y dolores en sus profundidades.
Cuando llegamos al punto de interés que estableció la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD), el equipo comenzó con su protocolo: una coreografía. Cada persona sabe en qué momento debe entrar, salir y cómo moverse con cuidado para no alterar la escena. Esto fue posible gracias a los detalles proporcionados por un aportante de información, como llaman a quienes se atreven a romper el silencio para dar alivio a las familias que todos los días se preguntan dónde están sus seres queridos.
Antes de mover la tierra para explorarla, hay que determinar hasta dónde va el área a trabajar. Las cintas de color lila, similares a las de “NO PASE” amarillas, encierran un perímetro irregular. Allí empieza la acción.

La asistente forense, Sara Betancur, pasa las cintas con una cámara entre las manos. Con determinación, a la vez que cautela, toma registros fotográficos en el lugar antes de la intervención. Se mueve en distintas direcciones, buscando cualquier alteración en el terreno. La raíz protuberante de un árbol muy alto llama su atención, así que dirige su enfoque a esta pista. En el aire se alcanza a percibir el “click”, “click”, “click” del obturador de la cámara en cada disparo, un sonido poco usual en la Sierra, pero que parece marcar cierto ritmo en la búsqueda.
Luego entra la topógrafa, Juliexy Moreno, quien establece un punto para marcar las coordenadas con un aparato similar a un celular, como si se tratara de la dirección de una casa. Las guarda, para que en caso de requerirlas en el futuro, puedan usarlas o que otras entidades como la Fiscalía accedan a ellas.
Ahora, se delimita una zona más pequeña para comenzar la excavación, que parece no tener mucha ciencia, pero se debe ser muy cuidadoso para no remover piedras u otros objetos cercanos, que son información valiosa para comprender cómo está dispuesto el cuerpo.
Al pasar las horas, el calor y la humedad del ambiente empiezan a hacer efecto y las primeras gotas de sudor comienzan a rodar por la frente y las mejillas de algunos integrantes de la misión. Y así como este clima nos afecta, también modifica las estructuras óseas que se puedan encontrar bajo tierra.

Luego de cavar exhaustivamente, los antropólogos, Paula González y Julián Arias, buscan las posiciones más útiles, aunque a veces incómodas para realizar el despeje. De rodillas o recostados de lado buscan prendas o cualquier otro indicio de algún objeto que no debería estar ahí.
Con palas pequeñas, brochas, escobillas, palustres, recogedores de mano, tamices y bolsas para almacenar los hallazgos, se abre la posibilidad de encontrar a una persona que todavía no regresa al calor de sus seres queridos.
Según el último reporte de la UBPD, publicado en marzo de 2026, en Colombia hay 136.010 personas dadas por desaparecidas en el conflicto armado, a corte de 2016. El valle del río Magdalena y la región Andina son algunas de las zonas más golpeadas por este acto tan cruel, pero la desaparición se extendió por Colombia. El sol sigue ahí, la esperanza de encontrar a las personas que no están sigue ahí, solo que la sombra de la desaparición oscurece los cumpleaños, las navidades, los almuerzos en familia.
Pasadas las horas, las maletas comienzan a pesar, la espalda empieza a doler y la mente no deja de imaginar qué sucedió allí hace 20 años. También me pregunto sobre qué estarán pensando los antropólogos mientras limpian los hallazgos. Su trabajo es en gran parte técnico, pero hay un componente empático con el dolor de las víctimas.
Poder verlo de primera mano me hizo pensar en una frase de Luz Janeth Forero, la directora general de la UBPD: “Puede haber muchos buenos profesionales, pero no todos sirven para trabajar acá”.
La mayoría de las personas pensarían que para este tipo de trabajo se necesita “estómago”, como decimos coloquialmente, pero más que eso, creo que hay que tener un inmenso amor por los otros. Sin importar que la víctima sea civil o combatiente, todas las personas merecen ser buscadas y ese es el principio que rige a esta entidad creada luego del Acuerdo de Paz con la antigua guerrilla de las FARC.
Esta misión se dio gracias a un corredor humanitario habilitado por las comunidades y por los actores armados que tienen una fuerte presencia en la región. Los Pachenca y el Clan del Golfo libran una guerra desde principios de 2026 que se ha ensañado en contra de la población de esa región del país.
La gente de la zona ha recibido charlas de sensibilización por parte de la Unidad, con el objetivo de comprender cuál es la urgencia y necesidad que hay para entrar a los territorios y llevar a cabo las búsquedas, especialmente en lugares tan complejos como la Sierra Nevada.
Hay otro factor importante que nos permitió desentrañar los secretos de la tierra. Gracias a su carácter no judicial, personas que hayan participado o que actualmente hacen parte del conflicto pueden brindar información sobre lugares donde posiblemente se encuentren los desaparecidos, sin que los hallazgos puedan ser utilizados como prueba en su contra. Además, cualquier miembro de la sociedad civil también puede proporcionar sus conocimientos para facilitar el trabajo.
Todas estas pequeñas acciones y elementos han permitido estar allí y haber podido recuperar tres cuerpos en dos días. “Esto es un logro significativo”, comentó la directora con una ligera sonrisa de satisfacción, mientras caminábamos por la ruta improvisada que han dejado las motos y los transeúntes a lo largo del tiempo.
Poco a poco uno de los espacios de despeje reveló una hamaca, que envolvía las prendas de quién permaneció en el silencio de la montaña durante más de 20 años. En ese momento se me viene una avalancha de preguntas: ¿a quién encontraron? ¿Cómo resultó en ese lugar y de esa forma? ¿Quién lo sepultó? ¿Su mamá aún estará viva esperando a que regrese?

Todas esas preguntas pueden tener una respuesta después de los análisis detallados de identificación e investigación de los hechos, que tardan meses o incluso años. Por ahora, encontrarlos es el primer paso para devolverles la dignidad que tanto se ha degradado en nuestro país.
El último paso para terminar esta extensa jornada es la extracción de las evidencias. Dependiendo de qué tan bien conservados estén los huesos, se determina cómo se toman y se almacenan. En este caso, debido a la humedad, estas estructuras se han debilitado mucho y tienden a volverse polvo si se manipulan incorrectamente, perdiendo por completo la muestra e imposibilitando su identificación. Paula nos da un ejemplo: “¿Ustedes han visto cómo se vuelven los palitos cuando hay mucha humedad, que ellos se quiebran muy fácil? Eso mismo le pasa a un hueso cuando se ha sometido a un proceso de humedad prolongado”.
Nosotros no pudimos estar presentes en esa extracción porque debíamos devolvernos antes de las 4:00 de la tarde, que era la hora límite del corredor humanitario. Así que comenzamos el descenso hasta donde estaban los carros. En el camino nos despidieron los distintos tipos de verde de las hojas y plantas, las hormigas que buscaban su alimento, las lagartijas de colores que parecían tener la piel arcoíris y los mosquitos que nos acecharon todo el día.
Tomamos rumbo al aeropuerto porque esa misma noche regresábamos a Bogotá. En el carro, aproveché un momento para reflexionar sobre la jornada. Es la primera vez que me encuentro frente a frente con la brutalidad y perversión que trae la guerra. Pero al mismo tiempo, fui testigo de otras formas de resiliencia, de cuidado y de respeto por los otros.
Ya en casa, me puse a pensar en la conversación que tuvimos con el equipo de la Unidad la noche anterior. Aparte de los aspectos técnicos y recomendaciones a tener en cuenta, en un momento alguien le preguntó a la directora sobre qué sentía antes de hacer estas misiones, ella contestó que un poco de ansiedad, nervios, además de mucha expectativa sobre lo que se pueda encontrar y añadió: “No nos queremos ir con las manos vacías, siempre queremos encontrar a alguien”.
Tengo la plena convicción de que en esta ocasión la suerte nos acompañó. Me pregunto ¿cuál era la probabilidad de encontrar a alguien? Los funcionarios que buscan a los desaparecidos no sólo se enfrentan dificultades de financiación, la apatía y el negacionismo que se ha construido desde ciertos sectores de nuestra sociedad, al conflicto que continúa vigente, a climas extremos y a la propia frustración que trae no poder encontrar a todos los desaparecidos. Pese a todo, esta vez no se fueron con las manos vacías, y ojalá la persona que hallaron pueda devolverle un poco de paz a la familia que seguramente la ha buscado por décadas.
Actualizado el: Vie, 05/22/2026 - 14:35