VÍCTIMA / Los rostros de las víctimas mortales durante el paro

Camilo Galíndez

  • Edad:
  • Ciudad: Balboa
  • Departamento:
  • Barrio, vereda o corregimiento:
  • Fecha de muerte: 07.09.2021

Camilo Galíndez era un habitante del municipio de El Mango, Cauca. Mientras caminaba entra la vía que conecta a Argelia con Balboa, fue interceptado por hombres armados que lo asesinaron con arma de fuego y dejaron el cuerpo en medio de la carretera. Los allegados de Camilo recuerdan haberlo visto manifestarse en la Vía Panamericana junto los campesinos del sur del país y haber hecho parte de el colectivo de protestas Coordinadora de Procesos Populares y Comunitarios.

Mujeres y migrantes: el doble riesgo de morir en Colombia

Obligadas a huir de su país, cada vez más venezolanas padecen la desprotección y la violencia extrema. Sus familias, además, enfrentan barreras burocráticas que entorpecen la recuperación de sus cuerpos; mientras sus huérfanos terminan en un limbo ante la inacción de los gobiernos.

 

Por Cerosetenta y La Liga Contra el Silencio

“Si no es hoy, no es nunca”, dijo Ányela Capote antes de desaparecer. Dejó su teléfono cargando, sus cuatro hijos (la mayor de seis años) al cuidado de una prima y salió. Eran las 10 de la noche del 10 de abril de 2020. Tres noches después la policía encontró su cuerpo desnudo en un pastizal, herido a cuchillo y envuelto en cobijas. Estaba cerca de su casa, y a solo 150 metros de donde vive un vecino 39 años mayor que ella, quien desde hacía meses la acosaba. Ányela –venezolana, 27 años, morena y de pelo crespo– varias veces le había pedido que no la molestara más. El teléfono de esta persona fue el último que ella marcó ese viernes por la noche. 

“Para conseguirla cerca de donde vive ese señor no hay más nada, sino que él fue”, dijo Mileidy Guzmán, prima de Ányela, en una entrevista con Prensa Libre Casanare cuando se confirmó la identidad del cadáver. “En verdad fue la última persona que habló con ella y que la vio”, añadió, encogiéndose de hombros. 

Según Mileidy, había una relación entre su prima y el vecino que la acosaba. “Él la ayudaba y ella lo ayudaba. Pero como ella decía, lo hacía por sus hijos”, contó. Tenía que prostituirse, agregó Darwin, otro vecino del barrio El Fical, en Yopal. “Ella se dedicaba a eso cuando el marido no conseguía lo suficiente para la familia”, explicó. 

El hombre de 67 años fue capturado en enero de este año como presunto responsable del feminicidio de Anyela Capote y enviado a prisión

En 2020, cuando empezó la pandemia, una mujer venezolana en Colombia tenía el doble de probabilidad de morir de forma violenta, comparada con una colombiana, según datos de Medicina Legal analizados por El País. El riesgo de sufrir violencia en pareja era un 39 % más alto, y el de sufrir violencia sexual un 28 % mayor.

La violencia contra venezolanas terminó en feminicidio 33 veces durante el año pasado; cuatro casos más que en 2019, según las cifras que recolecta mes a mes la revista Cerosetenta.

La inmensa mayoría corresponde a mujeres menores de 30 años. Es el caso de Naibel Yuraima Blanco, de 24 años y nacida en Trujillo, Venezuela. Naibel conoció a su pareja en el viaje a Colombia y seis meses después él la asesinó antes de fugarse con su hija de seis años.  

La violencia también se ensañó contra las mujeres trans. De las 32 asesinadas el año pasado, tres eran venezolanas, según el registro que lleva Cerosetenta. Alexandra Ramos Rivas, de 23 años, fue una de ellas. Era trabajadora sexual, vivía en Medellín y fue asesinada al parecer por un taxista que la frecuentaba y que ya la había amenazado, según un amigo de la víctima. 

La situación no ha cambiado este año: en los primeros cinco meses van 14 venezolanas asesinadas en el país. Desde 2019 suman 75 casos. 

Los casos de Ányela Capote, Alexandra Ramos y Naibel Yuraima Blanco demuestran que las migrantes se enfrentan a “decisiones imposibles”, según Beatriz Borges, directora ejecutiva de Cepaz, una ONG que defiende a las mujeres en Venezuela y reporta los feminicidios dentro y fuera de ese país. “No tienes con qué comer ni cómo pagar, y la demanda es de tu cuerpo. No es que tú decidiste estar en el trabajo sexual, sino que parte de esa violencia hace que no tengas posibilidad de decidir”, explicó Borges.

La vulnerabilidad se carga en el morral 

En 2018 Ányela Capote llegó a Yopal con siete meses de embarazo y tres niños pequeños. Había salido un tiempo antes desde Maracay, estado Aragua, cuando en Venezuela empezó a faltar todo, incluido el acceso a la salud para mujeres gestantes. Con su esposo, Fredy Castañeda, intentaron mantener a la familia trabajando con  reciclaje. Pero tuvieron problemas, la pareja se separó y ella quedó a cargo. “Era la que siempre salía a dar la cara por sus hijos”, contó desde Perú su hermano Jhosman Capote. La pandemia terminó por dejarla sin opciones. 

De los cinco millones de venezolanos que han salido de su país en los últimos cinco años, casi dos millones están en Colombia. Y aunque acaba de terminar el cierre más largo de la frontera en los años recientes, la migración no se ha detenido. 

El director de Migración Colombia, Juan Francisco Espinosa, informó que el 52 % de los migrantes son mujeres y el 48 % son hombres. “El fenómeno que inicialmente fue sobre todo masculino se empieza a modificar hacia uno femenino”, dijo Ronal Rodríguez, director del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario.  “Esto es importante porque la feminización de la migración tiene unas complejidades adicionales que las autoridades colombianas deben responder”, añadió. 

Por ejemplo, según Beatriz Borges, las mujeres migrantes huyen de un país donde hay un desabastecimiento del 90 % en anticonceptivos. En Venezuela no hay acceso al alimento y a la salud, y son ellas quienes padecen mayores grados de desnutrición, pues renuncian a la comida para dárselas a sus hijos. Muchas, además, tienen historiales previos de violencia de género que no denuncian por falta de garantías. En este momento todas las casas de abrigo en Venezuela están cerradas, dijo Borges. “Todas esas vulnerabilidades las llevan ellas en un morral, y se agravan en el camino porque la condición de migrante hace que haya una vulnerabilidad estructural”, explicó. 

Un informe reciente de la organización Cuso reveló que el 91,1 % de las migrantes venezolanas trabaja de manera informal y sin protección social. Además trabajan más horas que las mujeres colombianas, pero reciben en promedio la mitad del salario: 785.000 versus 1.458.000 pesos mensuales.

“Los primeros trabajos que les proponen tienen que ver con la explotación sexual, y siempre se ven sujetas a ese tipo de mirada, que es una mirada de despojo”, dijo Diego Battistessa, docente e investigador del Instituto Universitario de Estudios Internacionales y Europeos “Francisco de Vitoria” – UC3M, quien construyó un mapa con los casos de venezolanas asesinadas en el extranjero entre 2017 y 2019.

La mayoría no denuncia. “No saben dónde porque les da miedo que las puedan deportar. Ellas mismas se invisibilizan en un estado que no les ofrece protección por el hecho de ser mujeres migrantes y refugiadas”, explica por su parte Beatriz Borges. 

La carga para las familias

Naibel Yuraima Blanco no conocía a casi nadie en La Primavera —un corregimiento ubicado a 14 kilómetros de Bolívar, en el Valle del Cauca— cuando su pareja la asesinó en la habitación que compartían. Llevaban solo dos meses allí, pero sus vecinos sabían que él la maltrataba. “A cada rato la golpeaba, tenía muchas cicatrices. Pero ella no comentaba nada ni le gustaba que le preguntaran. Para mí que estaba amenazada por él”, dijo Cecilia Bustamante, una vecina, a la emisora local Ondas del Pescador.

La noche del 17 de enero de 2020 los vecinos volvieron a escuchar gritos. Pasaron dos días más antes de que un olor fétido los alertara. El domingo 19 de enero la Policía encontró el cuerpo de Naibel acuchillado y oculto bajo una montaña de ropa. El agresor y la hija de Naibel se habían ido.

Yamilena García, una lideresa social de Bolívar de 42 años, asumió el caso aunque no conoció a la víctima. Buscó a su familia para que pudieran sacar el cuerpo de la morgue. Medicina Legal solo los entrega a familiares directos, pero la mayoría de los migrantes no tiene un círculo de apoyo cercano.

Uno de los policías que atendió el caso le dio un número, y Yamilena llamó. Se comunicó con la hermana de Naibel, le contó que la habían asesinado y que su cuerpo estaba en la morgue de Roldanillo, Valle. “A ver cómo hacemos para que su mamá o alguien venga y la reclame. Yo les colaboro para el entierro”, le dijo. 

Yamilena hizo una campaña en Facebook, habló con sus conocidos, y pidió ayuda en las alcaldías de Bolívar y Roldanillo hasta recoger 1,2 millones de pesos para costear el entierro. El 11 de febrero, tras más de 20 días de travesía, la mamá de Naibel pudo enterrarla. “El padre me colaboró con el hueco en el cementerio, el sepulturero con su trabajo, y así”, cuenta Yamilena. Muchos acompañaron la caravana fúnebre.

Cuerpos huérfanos

En medio de la informalidad obligada en la que viven los migrantes, entierros como el de Naibel son más comunes de lo que se piensa. La repatriación de cuerpos es costosa, y así ha sido siempre, según Zair Mundaray, asesor jurídico de la embajada del presidente interino Juan Guaidó en Colombia. Por eso la mayoría de los cuerpos se quedan en Colombia. 

Ante la ausencia de relaciones diplomáticas entre los dos gobiernos, y sin un consulado que se encargue de los trámites, las familias de los venezolanos asesinados en el país dependen de las ayudas que puedan brindar sus conocidos, organizaciones locales o personas como Yamilena García. 

Mundaray dijo que algunas alcaldías tienen recursos para ayudar a pagar los entierros de los más vulnerables, incluidos los migrantes. En esos casos ellos sirven de puente entre la familia y la entidad que colabora. Algo parecido hace Cepaz, apoyada en organizaciones locales, según contó Beatriz Borges. Pero reconocen que su alcance es muy limitado. “Tendríamos que saber cuántos fallecen a diario, y en la pandemia son muchísimos. Somos pocos y no tenemos recursos, pero sí orientación permanente para decirles qué hacer”, dijo Mundaray.

Sin embargo, ante la premura, las familias suelen ser víctimas de más injusticias. La mamá de Alexandra Ramos Rivas, por ejemplo, tuvo que cremar el cuerpo de su hija, aunque la asesinaron con nueve cuchilladas el 22 de enero de 2020. La cremación en estos casos no está permitida, pues el cuerpo es parte de la investigación. “A ella la iban a tirar a una fosa común porque no llegaba la familia, y además había que pagar como cuatro millones de pesos para que hicieran lo que tenían que hacer con ella”, relató Andrés Ocampo, amigo y compañero de cuarto de Alexandra.

Llevar el féretro a Venezuela costaba diez millones de pesos, dice Ocampo. “La mamá quería cremarla. Entonces se la entregaron en un cofre y no le costó nada”, contó. Pero sí hubo un costo: su caso quedó sin la principal evidencia para investigar el crimen. Una carga más de invisibilización para las personas trans a quienes en la mayoría de los casos ni siquiera se les consigna su identidad de género en los reportes que emiten entidades como Medicina Legal. 

“El problema de las muertes violentas es que no está permitida la cremación, que siempre es más barata en los planes funerarios de las alcaldías. El cuerpo tiene que inhumarse, y la Fiscalía tiene que saber dónde quedó por si hace falta exhumarlo para algún tema probatorio”, dijo Zair Mundaray.

Nada de eso será posible en el caso de Alexandra. Su mamá se quedó con sus cenizas y dijo que pensaba tirarlas al mar cerca de Barquisimeto, donde nació, “porque era su sueño”, contó su amigo Andrés Ocampo.

Los que quedan atrás

La pandemia complicó los procesos. Con el cierre de la frontera, las repatriaciones se suspendieron y se volvió aún más difícil para las personas viajar a despedir a sus familiares o a recuperar a sus niños, huérfanos después de los feminicidios.

A Ányela Capote, asesinada en Yopal, pudieron sacarla de Medicina Legal porque su prima estaba en Colombia y se encargó de firmar los documentos. Sus conocidos, además, lograron que el hospital de la ciudad les donara una bóveda para enterrarla en el cementerio municipal. Pero su familia solo pudo despedirse en la salida de la morgue. Las medidas de bioseguridad dejaron el resto en manos de una funeraria. “No supimos ni en qué bóveda quedó, porque ellos e hicieron el proceso”, dijo Darwin, su vecino, que acompañó al esposo y la prima de Ányela. 

Sus cuatro hijos, de 2, 3, 4 y 6 años, quedaron con el papá. “Aunque supuestamente él no tenía cómo tenerlos. Yo le envié una plata a mi mamá para que los fuera a buscar a Colombia, pero no se pudo viajar porque no había paso. Más nunca supimos nada de él ni de los niños”, contó Jhosman Capote, hermano de Ányela. 

Zair Mundaray explicó que el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar tiene un enlace con la embajada del gobierno interino para intervenir en algunos casos de restitución de derechos de niños, niñas y adolescentes, quienes en este momento suman más del 20 % de la población migrante en Colombia, según Ronal Rodríguez del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario. Pero pocas veces intervienen en casos como el de Ányela Capote. 

“Cuando esas cosas ocurren, la familia logra buscarle alguna salida con un pariente, con poca intervención institucional”, dijo Mundaray. Las familias buscan la forma de recuperar a esos niños. 

Es el caso de Naibel Yuraima Blanco. Luego de cometer el feminicidio, el agresor huyó y se llevó a su hija. Yamilena García relató que algunas personas lo vieron pidiendo dinero en la calle junto a la niña, cuando intentaba llegar a Cúcuta. La hermana de Naibel, según Yamilena, solo volvió a saber de él cuando se comunicó con ella para tratar de chantajearla, aunque al final devolvió a la niña.

“Lo más importante es que pudieron localizarla y ya la abuela la tiene”, contó Yamilena meses después. Dijo que algunos en su pueblo la felicitaron, pero que ella no lo hizo por eso. “Me apersoné solamente por el hecho de ser mujer, porque teníamos el mismo género”. Después duda: “Bueno, no sé. La verdad yo dije ‘hay que ayudar a la muchacha, a su familia’. Y se hizo. Se hizo sin importar quién era”.

 

Actualizado el: Jue, 07/08/2021 - 08:07

La familia de Erick exige la verdad

John Erick Larrahondo era un joven de 20 años, oriundo de la ciudad de Cali. El pasado 22 de mayo, durante las manifestaciones en el sector de Puerto Maderas, del barrio Calipso, fue asesinado con dos impactos de bala de arma de fuego, a nivel del tórax. Según comentó su padre, Gerrardo Larrahondo, su hijo fue herido por la Policía cerca de las 8 de la noche mientras protestaba en los alrededores de un almacén Éxito de la zona.

Erick se dedicaba a vender frutas y verduras con su papá en las calles de la ciudad vallecaucana. Desde muy joven mostró interés y pasión por el fútbol, su equipo favorito era el América de Cali. Le gustaba el rap, el baile y el deporte; su sueño era brindarle una mejor calidad de vida a su futuro hijo y a su esposa. “Para Erick su hijo y su esposa eran su mayor ilusión, él planeaba salir del país para encontrar estabilidad económica para su familia”, comenta el padre de la víctima. 

Sus amigos y familiares lo describieron como un joven alegre, trabajador y extrovertido. “Tengo gratos recuerdos con él, Erick era un hombre muy dado a su familia, a su padre, a su madre y sus hermanos”, afirmó Rodrigo Larrahondo, primo de Erick. 

El día de los hechos, a las 7 de la noche, Erick decidió ir a la estación de Calipso para unirse a las manifestaciones del Paro Nacional que empezó el 28 de abril. Cuando llegó al punto de encuentro, acompañado de uno de sus amigos, se percataron de que Derechos Humanos y la Primera Línea estaban hablando con el Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD) para evitar los actos de violencia durante la manifestación. Mientras esto ocurría, Erick y su amigo escucharon disparos cercanos del almacén Éxito y la estación del Mio, realizados por la Policía Nacional hacia los manifestantes, según los relatos del amigo de Erick. En medio de los disparos y el miedo, ambos decidieron buscar refugio y se separaron. 

Ya separados, el amigo de la víctima escuchó que alguien gritaba “hay un herido”.  Al acercarse se encontró con su amigo Erick que yacía en el suelo. Rápidamente lo llevaron a la carpa donde estaban los servicios paramédicos, lo auxiliaron y lo llevaron al hospital Carlos Holmes Trujillo. Allí llegó Gerardo, el padre de Erick, acompañado por el resto de su familia. Lo primero que notaron fue que las personas que atendían a Erickeran los paramédicos, quienes parecían estar muy tranquilos. “Yo vi que quienes estaban atendiendo a mi hijo estaban caminando, los veía muy tranquilos y por eso pensé que no era grave”, comenta el padre de la víctima. Sin embargo, cuando pudo ver a su hijo, se percató de la gravedad de las heridas. El impacto de bala le atravesó el cuerpo. 

Luego de estabilizar a Erick en el Carlos Holmes, le dijeron a la familia que lo iban a remitir al Hospital Departamental Universitario. Gerardo optó por seguirlos en una moto, su esposa se fue con su hijo en la ambulancia. Durante el trayecto al hospital, el padre de Erick, perdió el rastro del cuerpo médico y cuando llegó al hospital, le dijeron que no habían recibido a ningún paciente con el nombre de su hijo. Minutos después lo llamó su esposa y le dijo que se encontraban ubicados en el Hospital Universitario Fundación Valle de Lili. 

 Un familiar llevó a Gerardo hasta el centro médico donde estaban tratando a su hijo. Minutos después de llegar, le informaron a la familia Larrahondo que Erick había fallecido a causa de la hemorragia producto de las heridas de bala. Según el informe del Valle de Lili, Erick Larrahondo falleció a las 9:39 p.m. del 22 de mayo de 2021. 

La familia de Erick permaneció hasta la madrugada afuera del centro médico. Cerca de las 2 de la mañana del 23 de mayo, vieron que la Policía Nacional llegó al Hospital a preguntar por Erick sin ninguna razón aparente. La familia de la víctima los confrontaron, pero ninguno de los oficiales les dio alguna respuesta. “Si ya lo habían matado, ¿para qué tenían que estar allá?”, dijo el padre de Erick al referirse a los actos realizados por los oficiales de policía. 

Días después de los acontecimientos, le informaron al padre de Erick que debía ir a la fiscalía para dar su declaración. El encargado del caso le dijo a Gerardo que Erick estaba siendo investigado por concierto para delinquir. Esto enfureció al padre de la víctima, “mi hijo nunca amaneció fuera de su casa. Nunca hemos estado en una estación. Él era un joven honesto y trabajador, así como soy yo. Era mi hijo”, afirmó Gerardo Larrahondo. 

Hasta el momento se desconoce el responsable directo del asesinato de Erick. Según le informó la fiscalía al padre de la víctima, no han encontrado el proyectil ni las suficientes pruebas para identificar a los responsables. Para la familia de Erick, los sucesos ocurridos durante el 22 y 23 de mayo son extraños, y por eso se encuentran buscando asesoría legal para realizar un proceso de investigación que les permita aclarar los hechos y hallar al culpable. 

Gerardo Larrahondo afirmó que hubo negligencia por parte del cuerpo médico, que la policía no tenía porqué estar buscando a su hijo. Y también, que las acusaciones por parte de la Fiscalía sobre Erick, son un montaje. 

 

Nota: Algunas de las personas que dieron su declaración decidieron mantener sus nombres en anonimato. La reconstrucción de los hechos, se realizó en conjunto con las declaraciones de los familiares y amigos de la víctima que presenciaron los acontecimientos. 

 

Actualizado el: Mar, 07/06/2021 - 13:48

VÍCTIMA / Los rostros de las víctimas mortales durante el paro

Cristian Camilo Vélez

  • Edad:
  • Ciudad: Bogotá
  • Departamento:
  • Barrio, vereda o corregimiento: Kennedy
  • Fecha de muerte: 06.25.2021

En el trayecto a su casa, Cristian Camilo Vélez conducía su moto cuando murió luego que su cabeza chocara con un alambre colocado entre poste y poste en la Avenida Ciudad de Cali. A sus 27 años, Cristian se desempeñaba como ingeniero civil en la ciudad de Bogotá; una persona "estudiosa y trabajadora", según cuentan sus familiares. En la localidad de Kennedy y cerca a las inmediaciones del portal de Transmilenio de las Américas, varias personas vestidas de civil colocaron alambres metálicos de manera transversal a las calles para provocar accidentes a las personas que se negaran a pagar peajes ilegales o a los efectivos de la Policía que arribaran al lugar en motocicletas. Sin una explicación aparente, Cristian fue víctima de los cables perpendiculares que obstaculizaban la vía y que en horas de la noche resultaban prácticamente invisibles. Al impactar su cabeza con el alambre, Cristian Camilo cayó al suelo, lugar donde muere al instante debido a la gravedad de la herida ocasionada por la cuerda.

De acuerdo con el parte médico, Cristian había sufrido una herida de 5 cm en el lado izquierdo del cuello que le ocasionó la muerte de manera instantánea. Al intentar ser auxiliado por la brigada médica presente en el punto de concentración, se manifestó que sus heridas no podían ser tratadas por primeros auxilios. Luego de los sucesos, la familia de Cristian hizo presencia en la localidad de Kennedy para hacer el levantamiento del cadaver junto con una patrulla de Policía, que fue vandalizada en el trayecto al jóven que yacía muerto en la carrera 4B sur de la capital colombiana. La universidad Uniminuto, instituto donde realizó sus estudios académicos manifestaron sus condolencias a la familia de Cristian. Rutas del Conficto sigue documentando este caso

VÍCTIMA / Los rostros de las víctimas mortales durante el paro

Cristian David Castillo

  • Edad:
  • Ciudad: Bogotá
  • Departamento:
  • Barrio, vereda o corregimiento: Suba
  • Fecha de muerte: 06.22.2021

Cristian David Castillo era un joven de 26 años que vivía en la capital del país. Sin posibilidad de estudiar debido a cuestiones económicas, Cristian ayudaba en el negocio de ferretería junto con su padre, Edward Castillo. El 22 de junio, luego de salir de la ferretería, Cristian se devolvía en su bicicleta desde el noroccidente de la ciudad hasta su residencia en la calle 170. En su trayecto se detuvo a observar las manifestaciones y enfrentamientos entre efectivos del ESMAD y civiles que protestaban desde entrada la noche en la localidad de Suba en el barrio La Campiña. Alrededor de las 11:30pm, a través de redes sociales se hizo la denuncia de que un joven había sido impactado por un disparo de bomba aturdidora a corta distancia, presuntamente por el ESMAD, proveniente de gravedad y estaba en un estado delicado de salud. Luego de pasar 15 minutos en el suelo, las manifestaciones continuaban mientras se esperaba un traslado  Cristián al hospital.

En el interior de la ambulancia, Cristian David sufrió un paro cardiorespiratorio y falleció a las 12:32am. El padre de Cristian, Edward Castillo, manifestó que su hijo no hacía parte de la primera línea ni participaba activamente en las manifestaciones. También mencionó que Cristian quería ser profesional y que estaba ahorrando para tener la posibilidad de ingresar a una universidad privada, ya que no había tenido éxito buscando cupos en las universidades privadas. El padre manifiestó que se debe "frenar esta masacre contra los jóvenes que reclaman sus derechos". Rutas del Conflicto sigue documentando este caso.

Los menonitas acumulan en los Llanos una tierra con pasado turbio

La comunidad religiosa adquirió al menos 32.253 hectáreas en Puerto Gaitán, Meta, para expandir su proyecto agroindustrial. Algunos predios pertenecían a narcotraficantes, otros eran baldíos investigados por irregularidades en su compra. Comunidades indígenas de la región reclaman una parte del territorio.

 

Por: Rutas del Conflicto, Mongabay Latam y La Liga Contra el Silencio

Alexander Álvarez vivió sus primeros años en las sabanas de Puerto Gaitán, Meta, cuando no había reservas ni resguardos indígenas. Eran territorios libres, habitados por el pueblo sikuani. En los ochenta su familia salió del territorio amenazada de muerte por colonos de la región, como antes habían salido otros indígenas que temían ser reclutados por las guerrillas liberales de Guadalupe Salcedo, o asesinados en las cacerías de indígenas conocidas como “guahibiadas”. 

Los primeros intentos por volver a Iwitsulibu, como llaman al territorio que reclaman y a su propia comunidad, no fueron posibles. “Ya había fincas y resultaron dueños, ganado y sembrados”, cuenta Álvarez, líder de la población. En 2009 la comunidad regresó del Vichada y tuvo que instalarse en Únuma, un resguardo indígena ubicado en Puerto Gaitán, pues no pudieron ingresar al que consideran territorio ancestral. En Únuma viven al menos 1500 indígenas, la mayoría de la etnia sikuani, en chozas de plástico, tablas y lona. 

Gran parte de las tierras que reclaman los indígenas está en manos de los menonitas, de origen europeo, que llegaron desde México a Puerto Gaitán en 2016 (ver primera entrega “Menonitas deforestan un territorio ancestral en el Meta) con un proyecto agroindustrial para una zona que concentra al menos  31  predios de origen baldío.

Este amplio territorio, según las leyes colombianas, está destinado a las comunidades indígenas, o a campesinos pobres. Pero terminó controlado por una de las tantas colonias menonitas que existen en América Latina.

Rutas del Conflicto, Mongabay Latam y La Liga Contra el Silencio, en esta segunda entrega, encontraron que este grupo religioso ha acumulado en los Llanos al menos 32.552  hectáreas, un área cercana al área urbana de Bogotá. Uno de estos predios todavía es un baldío de la nación, varios tuvieron irregularidades en su adjudicación y otros estuvieron en poder de un narcotraficante, socio del paramilitar y narcotraficante conocido como ‘Memo Fantasma’

Acumulación en tierra ancestral

Las colonias menonitas están ubicadas en la zona rural de Puerto Gaitán, a media hora de la población más cercana. Sus casas modernas y sus parcelas prosperan en medio de extensas sabanas, junto a cultivos de palma aceitera y maderables. Algunos predios adquiridos por esta comunidad, antes usados para criar ganado, no registraban uso ni ocupación de al menos una década.

Los menonitas llegaron por primera vez a Puerto Gaitán en 2014. Dos años más tarde unas 30 familias se asentaron allí y conformaron su primera colonia: Liviney. 

Según los certificados de Tradición y Libertad de los siete predios que conforman Liviney, cada uno mide mil hectáreas. En cada predio hay una parcela familiar. Los menonitas dicen que cada familia compró su terreno de forma individual. En la finca Liviney se encuentran la iglesia, la escuela de los niños y el cementerio. Allí, según las comunidades indígenas, está Ripialito, uno de sus sitios sagrados, donde enterraron al abuelo de Alba Gaitán, líder sikuani de Barrulia, otra comunidad reclamante.

Al principio los menonita tuvieron que adecuar los suelos ácidos de la región para sembrar monocultivos de arroz, soya y maíz. Al tiempo construyeron vías para  comunicar las colonias. Así se expandieron a medida que llegaban más integrantes de la comunidad. Según dicen, invirtieron mucho en la adquisición de predios, maquinaria y construcciones. “El año pasado mejoró la cosecha, pero los primeros años fueron difíciles. Yo vine en febrero de 2017 y en la primera cosecha perdí plata”,  dice uno de los líderes. 

Mapa de las colonias menonitas en Puerto Gaitán, Meta. Información recolectada de la Oficina de Instrumentos Públicos de Puerto López. Facultad de Ingeniería - Universidad Distrital Francisco José de Caldas

Los colonos extranjeros construyeron un puente que conecta al sector de Liviney, a través del caño Chavilonia, con el sector de La Australia, la segunda colonia más grande de la comunidad, conformada por siete predios que suman otras 7000 hectáreas. Al sur está la colonia La Florida y otras fincas que operan de manera independiente, como San Roque, La Cabaña y Campo Alegre. Al norte se encuentra el sector de Las Piedras, con seis predios que suman alrededor de 6000 hectáreas. Allí está la mayoría de predios reclamados por la comunidad sikuani Iwitsulibu.

Fiebre por la tierra

La comunidad religiosa adquirió los predios a través de hipotecas a cinco años, pero la transferencia de la tierra figura en los documentos de tradición y libertad solo después de finalizado el pago. Por eso no es posible rastrear la totalidad de los predios que ocupan los menonitas y otros que están en proceso de compra. Sin embargo, en entrevistas a vecinos, trabajadores de parcelas contiguas, imágenes satelitales e información de las oficinas de instrumentos públicos, se pudieron determinar los predios que conforman sus cuatro colonias en Puerto Gaitán.

La Ley 160 de 1994, que regula los terrenos de origen baldío, prohíbe que un actor privado adquiera más de una Unidad Agrícola Familiar (UAF) —extensión de tierra que el Estado considera suficiente para que una familia subsista—. En Puerto Gaitán corresponde a predios entre las 1000 y 1340 hectáreas. La norma busca evitar que grandes empresas o terratenientes acumulen tierra destinada a campesinos sin ella.

Jenny Azucena Díaz, abogada de la comunidad menonita, dice que la adquisición de los predios se ha hecho de manera individual para la explotación familiar y no como comunidad, sin violar la ley. Díaz mostró una tabla de Excel donde están distribuidos los propietarios y el número de hectáreas en proceso o ya compradas, sin superar, según ella, el límite de la UAF. “Cuando salimos de México cada uno tenía su parcela y así entramos acá también; cada quien en su propia tierra, de manera individual”, señala un integrante de la comunidad. 

La colonia menonita tiene por lo menos Facultad de Ingeniería - Universidad Distrital Francisco José de Caldas

La Corporación Claretiana Norman Pérez Bello, que apoya con abogados a dos comunidades indígenas sikuani reclamantes, afirma que los menonitas al operar como una organización estarían concentrando tierras. “Si son una comunidad religiosa, ya de entrada están acumulando. No tienen personería jurídica, pero sí lo hacen desde sus integrantes. Ellos lo pueden dividir, pero al final es una única familia, la comunidad, quien se beneficia”, dice un vocero de la Corporación. 

De acuerdo con Yamile Salinas Abdala, abogada e investigadora del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz), la compra fraccionada de tierra a través de familias se asemeja a la maniobra, aparentemente legal, a través de la cual varias empresas de agroindustria adquirieron grandes extensiones de tierra en la Altillanura, como fue el caso de la compañía estadounidense Cargill

En 2013 la Contraloría de Colombia denunció a empresas nacionales y extranjeras por comprar tierras que superaban la UAF usando sociedades de papel. Según Salinas, los menonitas estarían acumulando tierras a través de maniobras legales para eludir la restricción de la Ley 160. 

Ellos responden que compran y trabajan la tierra de forma individual. Pero sus colonias funcionan de maneras similares a otras empresas agroindustriales de la región, como La Fazenda, del Grupo Bios, con la cual comparten una vía de ingreso. De acuerdo con la ONG Centro de Información de Empresas y Derechos Humanos, según los estándares internacionales, los menonitas pueden considerarse una empresa, pues realizan actividades comerciales. 

Según los certificados de tradición y libertad de algunos predios, varios menonitas venden la cosecha al grupo Bios y a la empresa arrocera Florhuila (ver certificado). Además, en la cadena de suministros es evidente que trabajan de forma conjunta para vender las cosechas. Los menonitas, como comunidad, importan los materiales y maquinarias necesarias para la cosecha de todos; un porcentaje de las ganancias se invierte en infraestructura dentro de la colonia. 

De acuerdo con el Centro de Información de Empresas y Derechos Humanos, estas operaciones comerciales corresponden a medianos y grandes propietarios. Esto, bajo los Principios de Rectores de la ONU, los obliga a no afectar los derechos humanos de comunidades indígenas y campesinas.

En febrero de este año la Fiscalía pidió información a la Secretaría de Ambiente de Puerto Gaitán sobre las sociedades que los menonitas presuntamente usaron para comprar tierra y vender sus cosechas. El documento menciona a las empresas Alphafeheliviney Farm SAS, Viosion productiva del Meta SAS, Agrícola del campo Australia SAS, Productores Florida SAS, Agroindustria Llanos La Esperanza SAS y Agrícola ENNS del Llano SAS, cuyos representantes son menonitas dueños de fincas. 

Según Jenny Díaz, abogada de los menonitas, estas empresas dejaron de funcionar hace mucho. Sin embargo, varias tienen matrícula mercantil activa y se dedican al cultivo de cereales y actividades posteriores a la cosecha. 

La llegada de estos proyectos agroindustriales se estimuló en los gobiernos de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos; y ahora en el de Iván Duque, con el objetivo de “reconquistar la Altillanura y convertirla en la despensa agrícola más grande del país”, según un informe de la ONG Indepaz. Desde hace 10 años empresas nacionales y transnacionales han expandido allí sus proyectos agroindustriales, entre ellas el mencionado Grupo Bíos.

Para la abogada Salinas Abdala, esto se conoce como “la extranjerización de la tierra”, una política apoyada desde organismos internacionales como el Banco Mundial.  Se otorga a multinacionales incentivos económicos para que exploten la tierra en la producción de alimentos. “Con negociaciones que no son del todo transparentes y dentro de una debilidad institucional”, dice el informe Así se roban la tierra en Colombia, de la ONG Semillas.  

La extensa compra de tierras de los menonitas no es un caso aislado. Existen 214 colonias que han adquirido unas 3,9 millones de hectáreas en nueve países latinoamericanos, una extensión que supera el área de los Países Bajos, según una investigación de la Universidad McGill. En Paraguay esta comunidad figura entre los mayores 15 propietarios, con 2 millones de hectáreas que corresponden al 4,5 % del territorio, según reseñó la organización internacional Oxfam en su informe Yvy Jára.

El pasado de las tierras

Según la abogada de la comunidad, Jenny Azucena Díaz, antes de la adquisición de los predios se realizó un estudio de títulos para asegurar que la transacción de la tierra fuera legítima. Sin embargo, algunos de los terrenos comprados tienen en su historia adjudicaciones irregulares y transacciones donde figuran narcotraficantes. En otros casos, la Agencia Nacional de Tierras (ANT) y la Unidad de Restitución de Tierras (URT) han iniciado investigaciones de clarificación de baldíos sin haber adelantado hasta hoy la recuperación de estas fincas.

Un documento de 2014 del Incoder sobre la investigación de la historia del sector La Australia indicaba el inicio de transacciones de falsa tradición (no titularidad del predio), que empezó en 1979 cuando era considerado un solo predio y no siete como está actualmente. En dicho documento los poseedores eran Rosenda Garzón, Belisario, Abelardo y Oliverio Céspedes. 

El predio fue transferido en 1992 a Rodrigo Vargas Cuéllar, capturado en España en 2003 por lavar alrededor de 165 millones de dólares procedentes del narcotráfico. Según Insight Crime, Vargas Cuéllar fue socio del narcotraficante Guillermo León Acevedo, conocido como ‘Memo Fantasma’ y líder de los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), capturado el 25 de junio de 2021 por blanquear dineros de paramilitares. Además fue señalado en España de pertenecer a la banda que mandó asesinar al esmeraldero y narcotraficante, Leonidas Vargas, quien también acumuló predios en la zona.

El proceso del Incoder sobre La Australia cerró tras encontrarse siete adjudicaciones de fincas que coincidían y conformaban la totalidad del predio, realizadas entre 1997 y 2000. De acuerdo al auto del Incoder, siete integrantes de una familia con los apellidos Rodríguez Marín recibieron las tierras el 27 diciembre del 2000, después de comprar las mejoras a Vargas Cuéllar.

Según la investigadora Yamile Salinas Abdala, la Ley 160 permite que se entreguen varios predios baldíos a distintos miembros de una familia, pero prohíbe a los beneficiarios de las adjudicaciones tener otras propiedades a su nombre. Esta investigación encontró que uno de los compradores de la familia, Rodrigo Jiménez Marín, adquirió un predio antes de la adjudicación en Restrepo, Meta.

Otro de los requisitos que impone la Ley 160 para la entrega de predios es haber ocupado tres terceras partes de la tierra solicitada, o haber tenido una ocupación de al menos cinco años. De acuerdo con relatos de algunos habitantes del sector, la familia Jiménez llegó en el mismo año que recibió los predios de La Australia. 

Otro predio relacionado con el narcotráfico es Florida 1, una finca de 934 hectáreas. Según su certificado de tradición y libertad, fue adjudicada en 1993; luego fue vendida entre 2003 y 2005. En 2007 llegó a manos de Carlos Gutiérrez Pachón, alias ‘Pitin’, un piloto que transportó droga hasta su captura en Brasil en 2007. 

En 2014, tras varias transacciones, Florida 1 fue comprada por la empresa Soluciones Globales y Logísticas de Transporte, cuya representante legal es Edelmira Gutiérrez Buitrago, hermana de Carlos Gutiérrez Buitrago, quien fue extraditado de Bolivia a Brasil por el delito de narcotráfico en 2019.  

Otro terreno nunca salió formalmente de manos del Estado, y podría ser un baldío. Las imágenes satelitales y una investigación por tala mecanizada adelantada por Cormacarena, la autoridad ambiental del Meta, determinaron la ocupación de los menonitas en las 6.200 hectáreas que comprenden el predio Campo Alegre. El folio de matrícula prueba que el predio no ha sido adjudicado.

El Incoder, en una resolución de 2014, inició la recuperación de baldíos ocupados indebidamente en Campo Alegre. Pero las mejoras del terreno hoy pertenecen a los herederos de Slotkus Gaillausis Wenceslao, un lituano que falleció en 2016. El folio de matrícula no registra arrendamiento o compra del predio por parte de los menonita. Sin embargo, según varios vecinos, desde hace tres años esta comunidad está en el predio con sus monocultivos de soya y maíz. 

Como se expuso en la primera entrega de este especial, Cormacarena abrió una investigación al miembro de la comunidad menonita Abraham Wolle Frosse por la tala de bosque de sabana en ese predio.

Indígenas versus menonitas

Las comunidades indígenas despojadas de sus territorios en los Llanos Orientales se han organizado en los últimos 20 años para reclamar sus tierras. Los indígenas sikuani de Iwitsulibu iniciaron el proceso en 2016, basados en un decreto de 2014 que permite solicitar la protección de los territorios despojados a comunidades indígenas. Cerca de 11.000 hectáreas solicitadas corresponden al sector de Las Piedras, explotado por la comunidad menonita junto a terceros.

“En Las Piedras hay ocho sitios sagrados, y tres con cementerios”, señala Alexander Álvarez, líder sikuani de Iwitsulibu. “Cuando mi papá llegó, por ahí en el año 1930, no existía la palabra reserva o resguardo. Tumbaban montañas, sembraban cultivos, hacían canoas”, cuenta. Según el líder, la violencia de Guadalupe Salcedo, las masacres conocidas como “guahibiadas” y la presencia paramilitar los obligó a huir.

“Cuando vi la maquinaria y los arados en los predios, yo me presenté. Les dije que ese territorio lo estaba solicitando hace mucho tiempo como medida de protección. Ellos [los menonitas] me dijeron que habían comprado”, cuenta Álvarez. 

La Agencia Nacional de Tierras ha tardado en tramitar las solicitudes de los indígenas. Por eso ellos volvieron a sus territorios en los últimos dos años. La comunidad Iwitsulibu regresó en enero de 2020 a uno de los predios reclamados, ubicado en el sector Piedras. 

La ANT solicitó que los indígenas no podían ser desalojados, amparándose en el Decreto 2333 de 2014,  pero la comunidad Sikuani fue expulsada un mes después por la Policía Nacional. Además, la comunidad sigue esperando la visita técnica de la entidad de tierras, que ya fue pospuesta tres veces, por lo que decidieron tomar el territorio reclamado. 

Los menonitas y su abogada Jenny Azucena Díaz dicen que en un principio existió una buena relación con los indígenas. “La entrada a los territorios era de libre acceso, hubo colaboraciones de dinero, paneles solares y trabajos por días. Sin embargo, con el tiempo esas ayudas se volvieron extorsiones al punto de convertirse en amenazas”, dice Díaz. Los menonitas dicen que hicieron denuncias en la Fiscalía.

Entre los trabajos que esa comunidad ofreció a los indígenas está el ‘espigeo’, que consiste en recoger el maíz sobrante de la cosecha. Según la investigación de Rutas del Conflicto “Tierra de Nadie”, este trabajo es informal y no cumple los requisitos laborales mínimos. De acuerdo con el Centro de Información de Empresas y Derechos Humanos, los menonitas están obligados a contratar dentro del marco legal como la empresa que son. Esto puede considerarse como un forma de esclavitud que precariza la mano de obra.

Mientras los indígenas esperan acciones de la ANT y la URT, los menonitas siguen comprando tierras en la Altillanura para ampliar su negocio agroindustrial, en una tierra que, según la Ley 160, debe dedicarse a comunidades pobres, indígenas y afro. Este año han formalizado la compra de tres predios más, que oscilan entre los 1.000 y 3.000 millones de pesos. 

“Nos perdimos un tiempo porque en los años 50, indígena que veían, indígena que mataban. Ahora que retornamos, queremos sembrar y vivir en nuestro territorio, donde están enterrados nuestros ancestros”, dijo el líder indígena. 

*Rutas del Conflicto, Mongabay Latam y La Liga hablaron con Justapaz, una organización de la Iglesia Cristiana Menonita de Colombia que está en el país desde los años ochenta y se ha dedicado a la construcción de paz y a la reconciliación de zonas en conflicto. Esta comunidad no tiene relación con la de Puerto Gaitán, y manifestó que el grupo asentado en el Meta responde solo a la iglesia en México. 

 

 

 

Actualizado el: Jue, 07/01/2021 - 07:57

VÍCTIMA / Los rostros de las víctimas mortales durante el paro

Jaime Alonso Fandiño

  • Edad:
  • Ciudad:
  • Departamento:
  • Barrio, vereda o corregimiento: Yomasa
  • Fecha de muerte: 06.21.2021

Las manifestaciones en el suroccidente de la capital comenzaron de manera pacífica desde las 6:00am. A través de plantones y expresiones artísticas se aglomeraron decenas de personas en diferentes puntos de la localidad de Usme, en Bogotá. A medida que transcurrieron los minutos las denuncias de brutalidad policial y enfrentamientos comenzaron a visibilizarse. El número de heridos y afectados empezó a aumentar. Alrededor de las 4:00pm, Jaime Alonso Fandiño fue herido de gravedad presuntamente por un disparo proveniente de agentes de la Policía cerca del Puente de la Dignidad, en el barrio de Santa Librada.

De acuerdo con lo reportado por la ONG Temblores y el secretario de Gobierno de Bogotá, Luis Ernesto Gómez, Jaime Alonso fue impactado a corta distancia en el tórax, causando graves afectaciones en su salud. A sus 32 años, Jaime Alonso era una persona desempleada en la capital del país que ayudaba a su tío con negocios de acarreos. "Era un jóven que estaba tratando de buscar alternativas y oportunidades", cuentan sus allegados. Varias asociaciones y testigos afirman que el objeto que impactó a Jaime Alonso era una granada de gas lacrimógeno que fue disparada al pecho de manera directa. Jaime Alonso fue atentido por la misión médica REDPAS, quienes imposibilitados de tratar la gravedad de las heridas procedieron a trasladar a Jaime Alonso al CAMI de Santa Librada. Jaime Alonso llegó sin vida al centro asistencial. A través de redes sociales se manifestó que el saldo de heridos en las manifestaciones de Usme dejaron más de 100 personas heridas, entre ellos civiles, misión médica y prensa. Rutas del Conflicto sigue documentando este caso.

“Me da mucha tristeza, porque yo no solo pido dinero, pido los restos”: Derly Mercado lleva más de tres décadas buscando a su esposo.

Derly Mercado es una mujer santandereana, guerrera y muy devota que todavía guarda la esperanza de algún día conocer lo que le ocurrió a Bernardo, su esposo. “Yo le pido a Dios que me dé fuerza, fortaleza y sabiduría para para afrontar la verdad sea cual sea”, sostiene Derly. 

Con la llegada del covid-19 y las medidas de cuarentena obligatoria, Derly no pudo seguir con la venta de jugos en las calles de Barrancabermeja. Vive bajo la angustia y la necesidad económica de encontrar un trabajo estable para sobrevivir. 

Después de 33 años ni a Derly ni a sus hijos le han dado respuesta sobre qué le ocurrió a Bernardo Suárez el 22 de septiembre de 1988. Su caso ha pasado por cinco abogados de oficio y cada vez que Derly llama al abogado que tiene asignado ante el proceso de Justicia y Paz, le contesta que está ocupado y que más tarde la llama. La Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas (UBPD) tampoco ha avanzado en su caso.

“No tengo respuesta donde lo encontraron, donde lo tiraron, nada. Me da mucha tristeza, porque yo no solo pido dinero, pido los restos”, sostiene Derly. Aunque en el 2007 recibió un dinero del Estado, el monto resultó muy por debajo del que han recibido otras víctimas de desaparición forzada después de que se aprobara la Ley de Víctimas en 2011. Derly busca desesperadamente que el Estado le reconozca los daños económicos, producto de la desaparición de su esposo, más aún, cuando vive una precaria situación económica, en medio de la pandemia.

Bernardo Suárez fue una de las cerca de 80 mil víctimas de desaparición forzada del país entre 1970 y 2015, según el Centro Nacional de Memoria Histórica. Él era un hombre de 31 años que como muchos colombianos no tenía un trabajo estable, se dedicaba a lo que le saliera. Fue soldador, ayudante de tuberías y en lo que lo pusieran a hacer en diferentes empresas contratistas de Ecopetrol. En 1988, Bernardo se encontraba trabajando en Puerto Boyacá para la empresa “Talleres de Mecánica Klein ” y el 22 de septiembre de ese año lo desaparecieron.

Puerto Boyacá es un municipio sobre el río Magdalena conocido por sus reservas petroleras y por su ganadería. Hay un camino de 6 horas desde Bogotá hasta el municipio. Al llegar al pueblo, hasta hace algo más de una década, se leía en una valla a la entrada: “Bienvenidos a Puerto Boyacá, tierra de paz y progreso, capital antisubversiva de Colombia”.  A principios de los ochenta, ganaderos, militares, políticos y narcotraficantes en esa región fundaron el paramilitarismo como se conoció en Colombia para la época.

Bernardo era el sustento del hogar conformado por su esposa, Derly Mercado y sus dos hijos, también respondía por su madre. Debido a su trabajo, Bernardo viajaba mucho pero siempre estaba pendiente de su familia; llamaba a su esposa cada ocho días o entre semana. Precisamente, el día que lo desaparecieron, recuerda Derly, tenía que llegar a la casa pero no lo hizo y tampoco llamó.

Derly supo de la desaparición de su esposo porque el ingeniero de la empresa, que había puesto la denuncia al otro día de los hechos (ver denuncia), la llamó ocho días después. La empresa “Klein” no dio razón de nada de lo ocurrido y tampoco pagó por el tiempo de trabajo de Bernardo. Derly señala que nunca recibió un peso de la compañía, aún cuando su desaparición se dio en medio del trabajo de su esposo en Puerto Boyacá. 

A pesar de saber el peligro de la situación, la esperanza de encontrar a su esposo le ganó a Derly, así que viajó  4 horas desde Barrancabermeja hasta Puerto Boyacá. Pero, se encontró con la ley del silencio: “Nadie sabe, nadie ve, nadie nada”, comenta Derly. 

A las 2 de la tarde del mismo día, Derly ya estaba en casa con sus dos hijos de siete y nueve años sin saber nada de su esposo. La vida de la familia Suárez Mercado cambió totalmente. A Derly le tocó trabajar por primera vez fuera de su casa; tocaba a la puerta de sus vecinos para lavarles y plancharles la ropa. Sus hijos, al ver el sacrificio de su madre, comenzaron a trabajar en la plaza de mercado dejando de un lado sus estudios de bachillerato. Mientras la esposa y los hijos de Bernardo luchaban por sobrevivir, la madre de la víctima no pudo con la pérdida de su hijo y falleció tres años después.

La empresa en la que trabajaba Bernardo nunca se contactó con ella. Según un documento de la Superintendencia de Sociedades (ver documento), Talleres de Mecánica Klein, que fuera un negocio de un inmigrante judio, llamado Ignacio Klein, cerró en 2012, sin que siquiera la llamaran en 24 años, luego de la desaparición. 

El mismo día de la desaparición de Bernardo, fue asesinado su compañero de trabajo y de habitación en Puerto Boyacá, Manuel Camacho. José Peña, otro compañero de trabajo de Bernardo y Manuel, fue testigo de los hechos y estaba dispuesto a hablar lo que sabía, pero nunca lo llamaron. José murió de muerte natural hace meses sin poder declarar ni contar dónde podría estar el cuerpo de Bernardo.

“Un hombre muy responsable en todo el sentido de la palabra, buen hermano, buen hijo, buen esposo, buen padre, buen ciudadano, buen vecino”, así describe Derly a Bernardo, mientras se le corta y se le estremece la voz. Recuerda que su sueño era que sus hijos fueran profesionales y que no “les tocara tirar pico y pala como le tocó a él”, añade Derly. 

En 2005 se firmó el acuerdo entre el gobierno Uribe y las Autodefensas Unidas de Colombia, en el que se desmovilizaron la mayor parte de los grupos paramilitares.En una de esas audiencias, el extinto exjefe del Bloque Central Bolívar, Ivan Roberto Duque, alias ‘Ernesto Báez’, admitió la desaparición de Bernardo Suárez en Puerto Boyacá. Pero como en muchos casos, el paramilitar sólo confesó el hecho sin dar a conocer detalles sobre la desaparición ni los motivos de esta. En 2019 murió ‘Ernesto Báez’ y se llevó con él la verdad de sus crímenes.

Bajo la Ley 975 de 2005, la ley de Justicia y Paz, reconocieron a Derly y a sus hijos como víctimas del conflicto armado. Sin embargo, Derly recibió algunos mercados y una indemnización de sólo 8 millones de pesos, sin todavía saber lo que le ocurrió a Bernardo.

Durante el gobierno de Juan Manuel Santos se aprobó la Ley de Víctimas 1448 de 2011, la cual implica que “el proceso de atención y reparación integral a las víctimas debe velar por esas diferencias, producto de la edad, pertenencia étnica, género, orientación sexual, situación de discapacidad, entre otros”, indica Mireya Camacho, abogada que trabajó para la Unidad de Víctimas, creada por esta ley. 

A pesar de que Derly nunca recibió los restos de su pareja, la Unidad de Víctimas caracterizó el caso de Bernardo como un homicidio y no como una desaparición forzada.

El 6 de abril de 2021 Rutas del Conflicto envió un derecho de petición a la Unidad de Víctimas para conocer porqué Derly no había sido indemnizada por el delito de desaparición forzada de su esposo. Luego de ‘entutelar’ a la entidad, esta respondió que la indemnización se realizó en 2007 por el delito de homicidio y que por ende no se indemnizará por el de desaparición forzada. 

Derly envió un derecho de petición a la misma entidad y le respondieron lo mismo. A los días la llamaron de la Unidad de Víctimas, le pidieron que tuviera listos algunos documentos autenticados porque tendría una entrevista el 27 de mayo para saber un poco más de su caso. La llamaron unos días antes para decirle que no se haría esa entrevista porque ya se le había indemnizado. 

La abogada Mireya Camacho explica que a Derly  le reconocieron un dinero producto de indemnización administrativa por un hecho victimizante, en este caso, homicidio, en el marco de la Ley de Justicia y Paz y por lo tanto el Estado dice que ya no puede volver a pagar otra indemnización por el mismo hecho. “No podría reconocerse en el marco de la Ley 1448, porque ya se indemnizó y sería doble reparación, si se pide por los mismos hechos”.

La situación resulta inaceptable para Derly, ya que los familiares de las víctimas de desaparición que fueron reconocidas luego de que entrara en vigor la Ley 1448, recibieron entre 25 y 30 millones de pesos. Como está planteada la legislación colombiana, ella debe recibir una indemnización, producto del proceso ante la Ley de Justicia y Paz, pero el Estado solo la hace efectiva cuando los paramilitares que desaparecieron a su esposo entreguen bienes para reparar a sus víctimas, situación que todavía no ha ocurrido.

Aún la Unidad de Víctimas tiene el registro a Bernardo como si hubiera sido asesinado, cuando la realidad es que se encuentra desaparecido y la atención que debe el Estado a las víctimas de estos hechos debe tener varias particularidades.

Como Rutas del Conflicto contó en el especial multimedia Cicatrices sin sanar, publicado en 2020, los familiares de víctimas de desaparición forzada necesitan una atención diferencial, ya que la ausencia de información sobre lo que pasó con sus familiares afecta de manera particular sus vidas.

Este año se cumplen 10 años de la Ley 1448 de 2011, más conocida como la ley de Víctimas y Reparación de Tierras. La historia de Derly y sus hijos muestra el gran vacío que existe en el esclarecimiento de los hechos de la desaparición de Bernardo, después de 33 años y  que afecta en la reparación administrativa que debe recibir la familia Suárez Mercado.

 


 

 

Actualizado el: Mié, 06/23/2021 - 14:40

“Personas no localizadas”, el eufemismo que usan Defensoría y Fiscalía para desestimar desapariciones

Cientos de posibles desaparecidos en Colombia fueron ‘rebautizados’ en el marco del paro nacional como “personas no localizadas”. El cambio de término no es un mero asunto nominal, detrás de él hay un efecto que parece conveniente para dos entidades estatales encargadas de reportar e investigar ese delito, y que pone en riesgo la protección de sus eventuales víctimas.

Por Nicolás Sánchez / Periodista de Especiales en PACIFISTA!

La Defensoría del Pueblo y la Fiscalía evitan hablar de desapariciones forzadas. En los documentos que envían a los medios de comunicación describen como “no localizadas” a las personas cuyo rastro se perdió durante el paro nacional. El término ha generado molestias en la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), y en las organizaciones de la sociedad civil que recopilan datos sobre este problema. Detrás del ‘rebautizo’, que podría entenderse solo como un asunto nominal, existe una estrategia que conviene a las entidades estatales, pero pone en riesgo la protección de las víctimas.

El uso del término hace que las cifras de desaparición confirmadas por la Fiscalía y la Defensoría sean menores que las registradas por las organizaciones sociales. El pasado 31 de mayo estas entidades reportaron 111 “personas no localizadas”, y solo cuatro denuncias por desaparición forzada: dos en Antioquia (Zaragoza y Caldas) y una en el Valle del Cauca (Yumbo). Para ambas instituciones sólo existe desaparición forzada cuando los casos cuentan con una denuncia penal por ese delito.

Las cifras de las organizaciones sociales son muy superiores. El Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz) reveló un listado de 346 personas que estarían desaparecidas; y la Mesa de Trabajo sobre Desaparición Forzada de la Coordinación Colombia, Europa, Estados Unidos, que integra a 23 organizaciones defensoras de derechos humanos, registró a 327 personas reportadas como desaparecidas.

El cambio de términos para referirse a las personas sin rastro conocido explica, en parte, las diferencias entre los reportes oficiales y los otros. Esta brecha ha despertado críticas en otras entidades del Estado.

El pasado 28 de mayo la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) pidió en un comunicado “no utilizar eufemismos en relación a la desaparición de personas, como por ejemplo la expresión ‘persona no localizada’”. “Una persona sobre la cual se desconoce su suerte y paradero es una desaparecida, de acuerdo al estándar internacional. No pueden denominarse “personas no ubicadas” porque eso distrae la protección del Estado. Tampoco puede negarse lo que está pasando”, dijo Luz Marina Monzón, directora de esa entidad.

Para ella esta categoría puede tener consecuencias en las actuaciones que tomen las entidades estatales frente a las posibles desapariciones. “No sé con qué propósito lo hacen, pero sí tiene un efecto negacionista o relativista de la situación. Al decir que una persona “no está localizada” lo que se está diciendo es que todavía no se sabe dónde está, pero que está bien”, dijo Monzón. Ella explicó que cuando alguien denuncia la desaparición de un familiar, está pidiendo ayuda y protección. 

Las organizaciones sociales también se han pronunciado contra la ambigüedad del término. Entre ellas Alberto Yepes, coordinador del observatorio de derechos humanos de la Coordinación Colombia, Europa, Estados Unidos. “Es una declinación de las obligaciones de investigar, procesar y sancionar los casos de desaparición forzada. Le quieren quitar la connotación de delito a una conducta en la que se ha detenido a personas, se las ha puesto fuera del amparo de la ley y se ha negado información”, dijo.

Adriana Arboleda, coordinadora de atención a víctimas de la Corporación Jurídica Libertad, coincidió. “Es un eufemismo que busca ocultar el hecho de que esta grave violación a los derechos humanos se está dando en el marco del paro nacional”, dijo. 

El propio sindicato de defensoras y defensores de derechos humanos de Defensoría del Pueblo rechazó también la intención que esconde el término. “Es un eufemismo para desviar una tipificación en el marco de los ámbitos internacionales de derechos humanos, frente a lo que es la desaparición forzada”, dijo William Salazar, el presidente.

Una organización fantasma citada por la Defensoría

PACIFISTA! le preguntó a la Defensoría por qué habla de “personas no localizadas” en sus reportes oficiales. “Las personas que solicitan que se active el Mecanismo de Búsqueda Urgente no son consideradas como desaparecidas porque ese mecanismo, de carácter preventivo, está dirigido a que una persona de la que no se conoce su ubicación sea buscada urgentemente para evitar que pueda ser víctima de desaparición”, respondió la institución.

Esta interpretación es refutada por la directora de la UBPD. “Eso no es cierto. El Mecanismo de Búsqueda Urgente no es para buscar personas perdidas o no localizadas, es para buscar personas que pueden ser desaparecidas forzadamente”, dijo Monzón. Según ella, una cosa es no prejuzgar el delito y otra cosa es obstaculizar el alcance de un mecanismo de protección. Monzón propuso que la Fiscalía y la Defensoría podrían, si fuese necesario, utilizar palabras como “presunto”, en vez de cambiar los términos que tipifican este crimen dentro y fuera del país.

La oficina de prensa de la Defensoría aseguró que el término “persona no localizada” es una calificación de la Red de Defensorías del Pueblo en Latinoamérica. Pero en internet esta alianza no encontró ninguna referencia a esa organización. William Salazar, del sindicato de la entidad, tampoco conoce esa instancia. Un funcionario que desempeñó durante varios años un alto cargo de la Defensoría, quien pidió no ser mencionado, dijo que es la primera vez que escucha de esa organización.

Pedimos a la Defensoría el documento del cual extrajeron el concepto, pero no obtuvimos respuesta. Existen algunas organizaciones que agrupan defensorías del pueblo, pero ninguna con un nombre similar. La más grande es la Alianza Global de Instituciones Nacionales de Derechos Humanos, y existen otras como la Federación Iberoamericana del Ombudsman. Buscamos también una respuesta de la Fiscalía, que también ha adoptado el término, pero tampoco hubo respuesta.

Recuadro
EL CASO MEXICANO: En México, el Estado también acogió el término “persona no localizada”, a pesar de la oposición de las organizaciones de la sociedad civil. “No localizada” en ese país es una persona de quien no se conoce su paradero y no se tienen indicios sobre por qué no volvió. “Desaparecido”, en cambio, es alguien de quien se tienen indicios de que su extravío fue consecuencia de un delito.

¿A quién le conviene el cambio de término?

Otro factor llamativo de este ‘rebautizo’ es que el Estado colombiano ya había acogido oficialmente otras definiciones. La Convención Internacional para la Protección de todas las personas contra la Desaparición Forzada entró en vigor en Colombia desde el 10 de agosto de 2012. Este documento, por ejemplo, en ningún aparte hace referencia a “personas no localizadas”.

Incluso, la Convención define la desaparición forzada como: “el arresto, la detención, el secuestro o cualquier otra forma de privación de libertad que sean obra de agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúan con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la negativa a reconocer dicha privación de libertad o del ocultamiento de la suerte o el paradero de la persona desaparecida, sustrayéndola a la protección de la ley”. Una práctica que, según han denunciado organizaciones de la sociedad civil con cifras en mano, se estaría dando en el marco del paro nacional.

En últimas, la Defensoría y la Fiscalía decidieron acoger una categoría que no está contemplada en los documentos suscritos por el Estado colombiano y cuyo origen sigue siendo una incógnita.
Logos y título - Desaparecidos
Hay un precedente similar para la Fiscalía, que a finales de 2020 y comienzos de 2021 adoptó sistemáticamente en sus comunicaciones el término “homicidios colectivos” u “homicidios múltiples” para referirse a masacres, un cambio nominal que tampoco cayó nada bien organizaciones de la sociedad civil y defensores de derechos humanos. “Al utilizar el término ‘homicidios colectivos’ en lugar de ‘masacres’, el gobierno nacional no solamente opaca la medición y realidad de los hechos, sino que pareciera como si quisiera fracturar la memoria sobre la violencia en Colombia y desligarse del terrible pasado y del terrible presente””, dijo en su momento para el portal Verdad Abierta el investigador Michael Monclou, de la organización Dejusticia

Mientras las cifras oficiales no van al compás de las extraoficiales, del otro lado están las familias que, además de buscar a sus seres queridos, quedaron en medio de lo que parece ser una estrategia discursiva de la Defensoría y la Fiscalía para desestimar la gravedad de la desaparición. Son entidades que deberían estar liderando la búsqueda en su espectro más amplio en lugar de restarle alcance. 

Ante un crimen que está lejos de ser inusual en Colombia, cambiar arbitrariamente los términos puede incluso promover la comisión e impunidad del delito, o entorpecer las investigaciones. No sobra recordar informes como ‘Hasta encontrarlos’, del Centro Nacional de Memoria Histórica, que en el 2016 reveló que entre 1970 y 2015 se registró la desaparición forzada de 60.630 personas, cifra que se elevó con una nueva investigación en el 2018 hasta las 80.000. En su momento, miles de ellas habrían sido “personas no localizadas” si se hubiera acogido esta nueva terminología, pero el desenlace de sus historias demuestra el peligro de desestimar las denuncias de desaparición.

 

Actualizado el: Mié, 06/23/2021 - 12:46