Concesiones de agua afectan ríos de la Ciénaga Grande de Santa Marta y están en manos de pocos empresarios

  • Solo en el municipio de Zona Bananera, un gran grupo empresarial de banano maneja el 47% de las concesiones de agua.
  • El Estado no fija un tope máximo de agua a concesionar. La única limitación es que no haya recurso hídrico disponible. 
  • A diferencia de las tierras, el acaparamiento de agua no es considerado ilegal. Y mientras eso ocurre, la Ciénaga Grande de Santa Marta sufre por la poca cantidad de agua dulce que llega al sistema.

Los habitantes de los municipios del norte del departamento del Magdalena, en el Caribe colombiano, están desesperados. Se están quedando sin agua para cultivar y el elevado consumo de las grandes agroindustrias está afectando el balance ecológico de la Ciénaga Grande de Santa Marta, ese gran humedal Ramsar que, según ha dicho el capitán Francisco Arias, director del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (Invemar), es responsable de cerca del 80% de toda la pesca que se hace en el Caribe del país. Los pobladores señalan a las empresas de banano y palma de aceite de la zona de cooptar un gran porcentaje del agua de los ríos que nutren a la Ciénaga.

Pero, ¿qué tanta agua están usando las empresas y cómo obtienen los permisos para utilizar el recurso?  Mongabay Latam y Rutas del Conflicto contactaron a la Corporación Autónoma Regional del Magdalena (Corpamag) ─autoridad ambiental en la región─ para conocer todas las concesiones de agua de Zona Bananera, uno de los municipios que bordea la Ciénaga y por el cual corren varios ríos que van a dar directamente a este gran humedal. La entidad entregó documentos de los permisos otorgados para la utilización de aguas subterráneas y superficiales, así como para el vertimiento de aguas residuales y  la ocupación de cauces hídricos en el área.

Al revisar los convenios se encontró que un gran porcentaje de las aguas subterráneas ─obtenidas gracias a la construcción de grandes pozos─ y superficiales ─provenientes de los ríos Frío, Orihueca, Sevilla y Tucurinca─ son empleadas para el cultivo de banano (61%) y palma de aceite (15%) en el municipio. Según los documentos entregados por Corpamag, en Zona Bananera solo el 5% es para uso doméstico y 5% para consumo humano. 

Casi la mitad del agua en manos de una sola empresa

Siete empresas colombianas concentran la mayor parte de las concesiones de agua en Zona Bananera, distribuidas así: Agropecuaria San Gabriel (9), Agrícola Eufemia (5), Agrícola Margarita (3), Bananero El Enano (3), Banaeva (2), Canali (1) e Inversiones Lolita (1),  manejan el 47% de las concesiones y las destinan a la producción de banano.

Pero hay un dato sobre estas empresas que permanecía oculto en la Cámara de Comercio de Santa Marta. Al revisar los certificados de Matrícula Mercantil de cada una de ellas se evidenció que todas pertenecen a su vez a una gran empresa: Servicios Administrativos Bananeros S.A.S (SAB), que figura en los registros como casa matriz de las compañías. Se trata de una empresa constituida el 19 de diciembre de 2006 en el municipio de Ciénaga (Magdalena) y su fundador y dueño es Riad K'David Sagir.

Según el libro Anotaciones para una historia de Ciénaga, del historiador Ismael Correa Díaz Granados, que recopila la historia de las familias en la región, los K’David son de origen libanés y llegaron en 1930 a Zona Bananera. Marcelino, Abraham y Said K’David se dedicaron a la comercialización de telas, pero más tarde empezaron a adquirir sus primeras fincas bananeras, al punto que hoy,  la empresa de Riad K’David posee casi la mitad de las concesiones de agua para cultivo de banano en el municipio. 

Mongabay Latam y Rutas del Conflicto consultaron a Corpamag para saber si existe alguna restricción en la cantidad de concesiones de agua que se entregan y la entidad señaló que el agua es de uso público y, por lo tanto, para entregar estos permisos no existe más limitación que los documentos que exige la norma y, por supuesto, que haya disponibilidad de recurso hídrico.

Ante la pregunta de si existe algún control por parte de la entidad para evitar el acaparamiento de agua, la entidad respondió: “El volumen a otorgar por parte de la Corporación dependerá solo de la necesidad del uso del agua una vez los técnicos analicen la información suministrada”. De igual manera insistió en que la única limitación que tiene una empresa para acceder al agua es que no haya recurso hídrico disponible para concesionar.

Omar Clavijo, investigador del Instituto de Estudios Ambientales de la Universidad Nacional de Colombia, dijo que si bien es cierto que la única limitación que tiene la entidad para no dar las concesiones es que no haya recurso, por ley también deben proteger el consumo de uso humano. “Ellos están en la capacidad de retirar alguna concesión si encuentran consideraciones de tipo ambiental que puedan llevar a reevaluar el permiso dado”, explicó.

Eso es lo que han denunciado los habitantes de Zona Bananera. Insisten en que hay afectaciones sociales y ambientales. Corpamag, por su parte, asegura que ha atendido las quejas de las comunidades de la zona e impondrá sanciones en caso de que hayan obstrucciones o desvíos para que no circule el agua de manera natural y que los habitantes deben insistir ante las alcaldías de los municipios en la construcción de acueductos que garanticen el acceso al agua potable. Se intentó conocer la versión de Riad K’David o de voceros de su empresa, pero no se obtuvo respuesta. Queríamos hacerle una pregunta concreta: más allá de lo que permite o no la norma, ¿cuál es su postura frente al acaparamiento del 47% de las fuentes de agua de Zona Bananera y del impacto que genera este uso en las poblaciones locales, y en los ríos que alimentan a la Ciénaga Grande de Santa Marta?

“En el 2016 y 2017 sentimos el aprieto de las fincas ribereñas. Ellos son familias de clase alta que tienen la facilidad de meter una máquina y coger agua. El remanente que nos debe llegar del río Frío es del 30%, pero en ese momento solo nos llegó el 5%. Entre nosotros y los animales nos peleábamos el agua. Por eso se murió harta icotea y babillo (reptiles)”, afirmó Guillermo, un habitante del sector de La Candelaria en Zona Bananera que prefirió no dar su nombre completo.

Sin datos del impacto ambiental

Los bajos niveles del agua en las fuentes hídricas han llevado a que las comunidades denuncien que en ocasiones no cuentan con este suministro para su uso. Por ejemplo, Luz Mila Candelaria, representante de la Asociación Municipal de Mujeres Campesinas, Indígenas y Negras de la Zona Bananera, contó que a ellas les ha tocado ir a buscar el agua, “muchas veces nosotras nos íbamos río arriba porque las aguas eran detenidas y el río Frío acá era seco y necesitábamos para cocinar y eso”.

A pesar de esto, no existen estudios por parte de las entidades gubernamentales para conocer el verdadero impacto que causa el aprovechamiento del agua por parte de la agroindustria. 

La bióloga y doctora en Ecología, Sandra Vilardy, asegura que la falta de datos sobre estaciones hidrológicas o condiciones de las cuencas, por ejemplo, “es una deficiencia para conocer la relación de los caudales superficiales con los caudales subterráneos. Tenemos un vacío importante del modelo hidrológico del sistema para poder otorgar concesiones y para poder mantener los caudales ecológicos”. 

No obstante, a fines de 2017, Corpamag e Invemar suscribieron un convenio para estudiar los flujos de agua actuales de los caños conectores entre el río Magdalena y el complejo de aguas de la Ciénaga. Una tarea que ya venía realizando el instituto con Parques Nacionales Naturales, pero a la cual se suma ahora la Corporación.

Mongabay Latam y Rutas del Conflicto contactaron al Instituto de Investigaciones Marinas y costeras (Invemar) para conocer más acerca de la situación, pero aseguran que no hay información puntual sobre la incidencia de la actividad agroindustrial en la Ciénaga. Dijeron que es viable estudiar este impacto en el agua, pero señalaron que no cuentan con los recursos para diseñar un sistema de monitoreo en este momento.  

Según  Vilardy, a pesar de que no hay estudios concretos sobre el tema, es posible evidenciar el impacto que han tenido cultivos como el banano y la palma en el ecosistema. La Ciénaga se alimenta principalmente del agua que entra por el río Magdalena y en menor medida de los ríos de la Sierra Nevada de Santa Marta. Pero el agua de estos últimos es vital  porque viene con mayor velocidad y con mayor oxígeno. “El problema es que las captaciones han aumentado de manera significativa en los últimos tres años y, de manera muy importante en las últimas dos décadas con la expansión de los cultivos de palma, especialmente”, comenta. 

Pobladores de Candelaria, como Guillermo, han dicho que desde el 2014 se empezó a notar la baja cantidad de agua en el río cuando está la temporada seca. “A veces llueve por este sector y ese es el agua que utilizamos, el río prácticamente desaparece”, afirmó.

Esto ha significado que, por ejemplo, la desembocadura del río Aracataca en la Ciénaga Grande de Santa Marta esté prácticamente seca. Así lo denunció el alcalde de Puebloviejo, Wilfrido Ayala, al diario El Tiempo, donde aseguró que propietarios de grandes extensiones de cultivos construyen diques que desvían el agua para utilizarla en el riego de sus plantaciones de banano y palma de aceite.

Municipios como Zona Bananera se encuentran ubicados en la zona baja de la Sierra Nevada de Santa Marta, lo que los convierte en una planicie altamente fértil para la actividad agrícola. De hecho, según Vilardy, el banano ha existido en esta área por más de 100 años y, aunque los sistemas de riego han afectado los caudales de la Ciénaga, el cultivo se acopla a las condiciones del ecosistema. Según dice, es posible establecer una armonía entre los cultivos y la sostenibilidad de la Ciénaga solo “en la medida que los diferentes actores del territorio tengan claro que la conservación del agua es determinante para que el sistema sea sostenible”, explica la experta. Es necesario conocer cuánta agua hay para saber cuántas concesiones se pueden otorgar sin que se cause una alteración al balance hídrico óptimo que necesita la región.

Para que esto se dé es necesario tener claridad sobre las condiciones de la Ciénaga, que es muy compleja hidrológicamente y que a pesar de requerir las mejores capacidades científicas y técnicas, no las ha tenido. “Ese es un vacío gravísimo en la gestión del territorio y lo que estamos teniendo hoy en día son las consecuencias de haber dado concesiones de agua sin tener claro ese modelo hidrológico”, concluye Vilardy.

Por su parte, la actividad del Invemar está enfocada en comprender las dinámicas de la Ciénaga para presentar propuestas sobre la gestión del recurso que no afecten las actividades humanas y agroindustriales, respondió el director de la entidad, el capitán Francisco Arias. 

El Instituto, según dio a conocer Arias, tiene mediciones de los niveles de captación de agua que se hacen a las fuentes hídricas antes de llegar a la Ciénaga, pero aún no cuentan con información que aclare qué porcentaje se usa para proyectos de palma y banano. Dentro de los hallazgos destaca que el río que más consumo tiene durante su trayecto es el Sevilla. 

Mongabay Latam y Rutas del Conflicto le solicitaron a Invemar la cifra exacta de cuánta agua se toma de los ríos, pero señalaron que es una información que debía proporcionar Corpamag. Al momento de la publicación de este texto, esta última entidad del Estado no había respondido a esa petición.

Se necesitan acciones

El pasado 12 de marzo, la Procuraduría General de la Nación reclamó medidas urgentes para proteger la Ciénaga ─que sufre por el desbalance entre agua dulce y de mar, lo que termina por afectar el ecosistema, la biodiversidad y la pesca─ y le pidió a la Fiscalía General de la Nación que investigue presuntos delitos en el manejo del humedal en los que estarían comprometidos servidores públicos y particulares. La entidad de control le pidió al Departamento Nacional de Planeación (DNP) ─encargado de implantar la visión estratégica del país y elaborar el Plan Nacional de Desarrollo─ dar respuesta a la grave problemática social, económica y ambiental que presenta la Ciénaga y al Ministerio de Ambiente le solicitó activar control permanente y superior sobre los procesos de licenciamiento ambiental en la zona.

La Procuraduría fijó un plazo de 30 días para que Corpamag, la gobernación del Magdalena, el Ministerio de Ambiente y Parques Nacionales (territorial Caribe), entre otras autoridades, coordinen acciones para “frenar la sedimentación, la alteración geomorfológica del suelo como adecuación para cultivos y ganado, la canalización de arroyos, los cambios en la calidad de hábitats, la fragmentación ecosistémica en general y el déficit hídrico”. Así mismo, pidió adelantar control de vertimientos, restitución de cauces y bienes de uso público, saneamiento predial, celeridad en los procesos sancionatorios ambientales, adopción del Plan de Manejo Ambiental, control a la expansión de la frontera agrícola en zonas de humedal, y ordenamiento pesquero y de las captaciones de aguas superficiales y subterráneas.

Pobladores como Guillermo o como Luz Mila Candelaria han denunciado la baja cantidad de agua que pasa por los ríos, afectando la capacidad de abastecimiento de las comunidades. Aunque las autoridades ambientales señalan que ni siquiera tienen datos de la cantidad de agua que se usa en la agroindustria del banano y la palma, siguen adjudicando concesiones para su uso, casi sin ninguna restricción.

Parte de esa gran agroindustria de banano beneficiada pertenece a Riad K’David, quien no solo es fundador de Servicios Administrativos Bananeros S.A.S (SAB) ─empresa que figura como casa matriz de todas las compañías con concesiones de agua─, sino que es el representante de la empresa comercializadora y exportadora de banano Técnicas Baltime de Colombia (Tecbaco) y representante legal, desde 1992, de la compañía estadounidense Dole Food Company, que también comercializa banano.  

Tecbaco ha estado involucrada en temas muy polémicos sobre posesión de tierra en Colombia. Es conocida por su relación con el caso del predio Las Franciscas I y II, ubicado en el municipio de Zona Bananera, donde se les acusa de presuntamente “utilizar los ‘servicios sicariales’ de los paramilitares” (ver página 627 de la sentencia). Se dice que los campesinos fueron desplazados en dos ocasiones de la región por presiones de grupos de autodefensas.  En 2018 el Tribunal de Restitución de Tierras de Cartagena destinó el predio Las Franciscas a 49 familias campesinas

Para confrontar estas declaraciones, Rutas del Conflicto y Mongabay Latam intentaron contactar por diferentes medios con voceros de la empresa, pero no obtuvieron respuesta.

En 1996, cuando la empresa abandonó las fincas Las Franciscas ─debido a la crisis económica en la producción de banano y las constantes presiones de la guerrilla de las Farc─, los campesinos tomaron posesión del terreno nuevamente. “Nosotros regresamos en el 96 o 97. También demandamos, pero en esa época no les hacían caso a los campesinos. Ahí nos quedamos hasta el 2004”, afirma Ruiz. 

En ese momento, y como también lo dice alias ‘Carlos Tijeras’, excomandante paramilitar del frente William Rivas, en la sentencia, en declaraciones para el proceso de Justicia y Paz colombiano: “mientras que las Farc mantuvieron el control de la Zona Bananera, Dole abandonó una plantación, Las Franciscas. Los obreros y campesinos locales invadieron la plantación y comenzaron a ocupar. Nosotros sacamos a esa gente y le devolvimos la posesión de la plantación a los propietarios, quienes trabajaban con Dole”.

Según documentó el portal Verdad Abierta, en 2004  los campesinos que ocupaban Las Franciscas se vieron obligados a abandonar la propiedad después de varias visitas de Humberto Díaz Díaz y Wilson Sotomonte, trabajadores de Agrícola Eufemia, empresa también perteneciente a Dole, quienes les ofrecieron dinero a cambio de la tierra. Pero fue el asesinato de José Concepción Kelsy Correa, uno de los líderes comunitarios, el que causó el desplazamiento masivo del predio. 

Ángel Ruiz lo recuerda así: “Nos dijeron: ‘el que no desocupe lo matamos’. Un compañero, Kesly, respondió que él no tenía para donde irse. Y así fue, el 14 marzo de 2004 lo mataron. Ahí sí salimos todos. Yo me quedé en la región, pero hay gente que se fue a Santa Marta y Barranquilla, hay personas que todavía no regresan”.

Como lo relata la sentencia, Agrícola Eufemia regresó al predio y siguió con el cultivo de banano. Pero en marzo del 2007, y después de las declaraciones del proceso de Justicia y Paz, el extinto Instituto Colombiano de Desarrollo Rural (Incoder) ─institución colombiana que estaba encargada de promover el acceso a la propiedad rural─ emitió una resolución para que las fincas Las Franciscas fueran devueltas a la Nación y después fueran tituladas a los campesinos. 

Pero la institución revocó la resolución solo tres meses después, en junio del mismo año, declarando que la Agrícola Eufemia, de Dole, le había comprado a los campesinos las mejoras del predio, es decir, lo que habían construido los ocupantes durante su estancia en las fincas.  

El asunto quedó ahí, pero ya para 2018 el Tribunal de Restitución de Tierras de Cartagena destinó el predio Las Franciscas a 49 familias campesinas. En su sentencia, el Tribunal le ordenó al Estado asegurar el retorno seguro de estas personas a las haciendas, garantizar su permanencia en la zona e implementar proyectos productivos viables para su estabilidad económica y alimentaria.

A pesar de todos los cuestionamientos en los que han estado involucradas las empresas, no han sido condenadas por ningún delito y el Tribunal de Tierras ordenó la restitución de las fincas pero no compulsó copias para que entidades como la Fiscalía siguieran investigando los hechos ocurridos allí. Por esto, Corpamag no ha tenido objeción en otorgarles concesiones de agua.

La falta de regulación de la tierra en  Zona Bananera es un tema pendiente que ha permitido la expansión del monocultivo de banano en la región, en la que abundan historias similares a la de Las Franciscas. “Todo eso lo tiene el grupo K’David. Todos los predios los tienen las empresas”, afirmó Vladimir Carranza, líder social de Zona Bananera.

Rutas del Conflicto y Mongabay Latam intentaron contactarse con Servicios Administrativos Bananeros S. A. S.  por medio de la página web, así como por dos correos electrónicos que tienen registrados en la Cámara de Comercio para conocer su versión, pero hasta el cierre de este texto no se recibió ningún tipo de respuesta por parte de la empresa.

También se llamó en varias ocasiones al número que aparece en la página web, pero en todas ellas la contestadora dijo que no había nadie disponible. Se dejaron dos mensajes que tampoco fueron contestados. Cabe anotar que en las últimas llamadas el mensaje del conmutador cambió y decía que se estaba comunicando con la empresa C.I. Tecbaco S.A.

En esta historia de empresas bananeras y concesiones de agua lo que queda claro es que el Estado no fija un límite para su uso, por lo que puede darse un gran acaparamiento del recurso sin que esto sea considerado ilegal. También es reconocido el poco presupuesto con el que cuenta el sector ambiental y de ahí que un instituto como el Invemar no tenga los recursos suficientes para hacer estudios que deberían ser indispensables en el momento en que corporaciones autónomas regionales como Corpamag deciden otorgar concesiones de agua. 

Sin embargo, el tema está llamando la atención de organismos de control como la Procuraduría que solicitó un control permanente a los procesos de licenciamiento ambiental en la zona y a las captaciones de aguas superficiales y subterráneas. Aún así, si las entidades ambientales no tienen presupuesto para responder a estas solicitudes, todo quedará resumido en un círculo vicioso.

 

 

 

Actualizado el: Mié, 11/13/2019 - 19:10

Entre dos bandos

Por Zulma Carvajalino Calderón.

 

El conflicto armado colombiano ha permeado toda nuestra sociedad hasta su célula fundamental: la familia. Su estela de destrucción y muerte no respeta credos, razas u orígenes. Ha confrontado al pueblo que se mata sin saber por qué y  trascendido todos los límites imaginables. Mi familia es un reflejo de cómo a pesar de que los lazos fraternos nos unen,  los ideales nos pueden separar.

Mi papá escogió con cuidado algunas fotos. Necesitaba unas muy elocuentes. Prefirió las de sus cuatro nietos jugando en la piscina y  las de la última navidad en donde aparecían felices destapando los regalos. Una en especial le llamaba más la atención que las demás. Está él con Victoria – mi sobrina- con quien tiene una complicidad especial. En esa foto se ven alimentando a un perico que un día amaneció en la mesa de la terraza. Le pusieron el nombre de Gaspar y se dedicaron a cuidarlo algunos días. Llevó también algunas de su juventud en donde estaba  él con sus papás y hermanos reunidos y felices. Las fotos eran apenas una parte de los argumentos con los que mi papá pretendía generar una reflexión en su hermano menor,  para que empezara a pensar más en él mismo y menos en su larga lucha en las filas de las Farc. Mi tío pertenece al estado mayor de la agrupación guerrillera a la que se vinculó hace más de treinta años.

Armó las maletas y las llenó con los regalos que toda la familia le enviaba a mi tío Memo, como todos en la familia le decimos. Yo no sabía qué enviarle, ni siquiera sabía si quería hacerlo. No lo conozco en realidad, apenas si me acuerdo vagamente del tono de su voz, pero aprendí a quererlo con ese amor por la familia que nace con uno y me decidí a no juzgarlo, pues  aunque rechazo la lucha armada y las inhumanas prácticas utilizadas en la guerra,  no es a mí a quien le corresponde hacerlo.

Mi papá viajó a la Habana – Cuba - con algo de temor  pero resuelto para intentar un encuentro con mi tío, quien forma parte del grupo de negociadores del acuerdo de paz con el gobierno colombiano. Por un “correo de brujas”  le envió el mensaje de su visita, pero no sabía a ciencia cierta si él lo había recibido.  Ya en la Habana, mi papá fue hasta el centro de convenciones en donde se reúnen las comisiones del gobierno y la guerrilla y llegó hasta el lugar en donde por televisión vemos que los comisionados se bajan de los carros. Allí le informaron que sin autorización no podía pasar y en ese primer intento no logró el encuentro. Más tarde llamó a un teléfono que le dieron en el hotel donde se hospedaba. Era del centro de convenciones y la verdad parecía poco probable que sirviera para algo, pero lo intentó. Llamó y como si fuera algo rutinario preguntó por él, el interlocutor le informó que ellos no respondían a llamadas telefónicas, pero mi papá le dijo que se trataba de su hermano. Lo hicieron esperar por un rato en la línea y finalmente ¡mi tío contestó!

El saludo fue breve y contenido “¡Que hubo hermano!”. Hablaron cortamente. Mi papá le dio el nombre del hotel donde se hospedaba y él le dijo que cuando pudiera pasaría por allá. A la mañana siguiente, mientras mi papá y su esposa estaban en la piscina del hotel, él se acercó por detrás y les dijo “¡Hola mi gente!”. Se dieron varios abrazos en medio de los cuales se miraban y se reconocían nuevamente.

Mi tío los acompañó tanto como pudo. Tiene horarios y reglas para su movilización por fuera del  sitio donde vive o donde se llevan a cabo las reuniones. Sin embargo, durante los ocho días que mi papá estuvo en la isla pudo encontrarse con él casi todos. Durante los encuentros sostuvieron largas conversaciones en las que mi papá, sin querer, lo inspeccionaba. Notó las huellas que en el cuerpo le han dejado tantos años en la guerra. Tiene problemas en sus ojos y con su dentadura, además de un evidente sobrepeso. El discurso también había cambiado, lo encontró más moderado de lo que lo recordaba.

En uno de sus paseos por la isla, aprovechando un momento en donde estaban los dos solos, mi papá sacó las fotos. Le contó cómo fueron los últimos días de la abuela y notó en él un esfuerzo por no mostrarse emotivo. Mi papá le dijo que entendía que era toda una vida dedicada a una causa, con la que incluso algunas veces se sintió identificado, pero que ya estaba claro que no iban a tomarse el poder por la vía de las armas y que en el país, el pueblo por el que luchan es totalmente indiferente, no reconoce esa lucha, y no los quiere. “Hermano – le dijo señalando las fotografías- yo quiero que vivas estas cosas”.

Soy la mayor de las mujeres de más de una veintena de primos maternos y paternos. Los fines de semana de mi niñez transcurrieron entre juegos en la calle y pernoctadas en cama franca donde mis abuelas. Ellas vivían en vecindarios de clase media, separados  entre sí solamente por una avenida. Esas mismas calles en las que jugué con mis primos y amigos de la cuadra, habían sido testigos también de las historias de adolescencia de mis papás y mis tíos en plena década de los sesenta. Ellos conformaban ‛barras’ que eran grupos juveniles a los que bautizaban con nombres de moda. La barra de mi papá, “los bonanza”, era de cuatro miembros inseparables que se batían en duelos con los integrantes de otras barras, principalmente disputándose la atención de las muchachas del barrio. Fue así como se conocieron mis papás y se forjaron grandes amistades entre algunos miembros de mi familia materna y paterna.

Emilio y Blanca eran mis abuelos paternos. Él era un hombre digno, honesto, incorruptible. Trabajaba como telegrafista. Su trabajo lo mantenía ausente la mayor parte del tiempo. Su salario, apenas si cubría los gastos de la casa y mi abuela, de un carácter tierno y recio a la vez, se ocupaba de las venturas y desventuras de la crianza de los ocho hijos que tuvieron en total, siete hombres y una mujer. Tres de mis tíos se vincularon durante su adolescencia a la guerrilla del M-19, y otro más en su época universitaria a las Farc. Su casa era toda una institución en el barrio.  Era un sitio de puertas abiertas por el que desfilaron los jóvenes de dos generaciones enteras. Ella, apreciada y respetada por todos, preparaba y vendía  dulces e ideaba maneras de ‛hacerle la trampa al centavo’ para ayudarle al “viejo”, como llamó a mi abuelo desde antes de que lo fuera.

Mis abuelos maternos, Alejandro y Sara, trabajaron en la Fuerza Aérea. Mi abuelo fue gerente del Fondo Rotatorio y mi abuela, por algún tiempo, se desempeñó en labores administrativas. Tuvieron cinco hijos, dos hombres y tres mujeres. Mis dos tíos, estudiaron en liceos militares y desde el bachillerato se enrolaron en las filas del Ejército. Una de mis tías se casó con un oficial y la menor de ellas, también se vinculó a la Institución como oficial profesional. Años después, fue mi hermano mayor quien se decidió por “La Carrera de la Gloria” como él mismo lo reseñaba en las cartas que nos enviaba a sus familiares y amigos.

El mayor de los hermanos de mi papá, desde sus épocas de estudiante en el colegio de la Universidad Libre, era líder estudiantil y a pesar de ser buen estudiante, ya había sido expulsado de dos colegios por su espíritu rebelde. Se negaba a asistir a la clase de religión y se oponía  a cumplir reglas si las consideraba injustas. Estudió derecho en la Universidad Nacional a mediados de la década de los sesenta y fue allí donde compartió aulas con Jaime Bateman Cayón,  Luis Otero y Carlos Romero, quienes frecuentaban la casa de mi abuela, y eran acogidos como hijos. El Flaco y Lucho, -eran los motes con los que se les conocía  familiarmente- fueron incubados desde muy temprano con el espíritu revolucionario, que a la postre los convirtió en los  fundadores del grupo guerrillero M-19, y a Carlos Romero, en  un reconocido dirigente de izquierda recientemente fallecido. Mi tío se vinculó activamente,  primero con la Juventud Comunista (JUCO) y después con el Partido Comunista (PC), pero no perteneció a ningún grupo guerrillero. Vivió un año en la Unión Soviética, oportunidad que obtuvo por ser representante de la JUCO. Esto influenció a sus hermanos menores, quienes uno a uno fueron asumiendo también esas banderas.

El segundo de los hermanos de mi papá, como ya lo había hecho el mayor,  viajó también a la Unión Soviética en el año 1967 con una beca gestionada por el PC para estudiar medicina. En Colombia estaba su novia embarazada. Él privilegió el amor y regresó sin haber empezado siquiera la universidad. Después se vinculó al M – 19 y militó en esa guerrilla por casi veinte años, hasta que en 1988 se iniciaron los diálogos de paz que culminaron en 1990 con la dejación de las armas y la vinculación a la vida política de algunos de sus integrantes. Antes de diciembre de 1969, las novias de cuatro de mis tíos paternos y mi mamá estaban embarazadas, y en un lapso de ocho meses todos se casaron. Efectos de la revolución social y sexual de los años sesenta, supongo.

El mayor de mis tíos paternos y mi papá trabajaron y estudiaron simultáneamente para sacar adelante sus recién conformadas familias. Mientras, sus otros dos hermanos, que eran estudiantes universitarios, se integraron secretamente a las filas del naciente grupo guerrillero  M – 19.  Este surgió del ala socialista de la Alianza Nacional Popular (ANAPO) conformada por Jaime Bateman y Luís Otero, entre otros. Mis tíos, primero estudiaban y trabajaban al tiempo que desarrollaban sus acciones en el movimiento revolucionario, pero finalmente resultaron absorbidos por completo y obligados a vivir en la clandestinidad.

En contraste, en mi familia materna se vivía toda una mística alrededor de la milicia. Elegantísimos, nos acomodábamos todos para ver las ceremonias en donde mi  hermano o mis tíos eran ascendidos o condecorados. Toda la familia se ubicaba en la tribuna, al lado del palco en donde se sientan el presidente de la República y los altos mandos militares, y después, celebrábamos en alguno de los clubes militares de Bogotá.  Invitados por mis primas y en compañía de mis hermanos, recibíamos clases de tenis o natación en el club militar de Puente Aranda o festejábamos los acontecimientos familiares en los salones del club de Caballería o de Infantería. Mi familia materna estaba totalmente imbuida en  las tradiciones militares, las paredes de la casa de mi abuela estaban tapizadas de fotos, diplomas, insignias, sables y dagas  que daban cuenta de las exitosas carreras que desarrollaban mis tíos en la institución. Eran excelentes miembros de familia y muy reconocidos en la institución militar por su entrega y profesionalismo. La casa también era el escenario frecuente de memorables fiestas para los militares, en las que a veces parecía que se había convidado a todo un batallón.

Yo crecí entre idealistas de todas las tendencias. Vi como unos y otros dedicaban sus años de juventud a causas que los alejaban de sus padres, de sus hijos, de sus esposas, de sus amigos. Pude ver cómo todos asumían con  respeto y sin juicios las elecciones que cada uno fue tomando para su propia vida y para el futuro del país, que concebían de manera diferente y que inevitablemente los dividiría para siempre. Fue así como mis tíos paternos Eliecer, Eduardo y después Hernando, con tan solo 16 años, militaron en el M – 19, y Guillermo en las Farc. Mis tíos maternos Álvaro,  Arturo e Inés, y mi hermano Felipe, se integrarían al Ejército Nacional.

Nunca recibí un aleccionamiento de ningún tipo, pero al igual que mis primos entendí desde siempre que la realidad de nuestra familia nos obligaba, a todos sin excepción,  a actuar con una madurez que aún no nos correspondía. Sabíamos hablar por teléfono en ‛clave’, sin mencionar nombres, sin proporcionar datos. Nos encontrábamos secretamente con mis tíos guerrilleros en la clandestinidad para intercambiar abrazos, besos  y todo el amor reservado para esos encuentros fugaces. Algún adulto nos dejaba cerca del lugar, nos indicaban que llegáramos a algún restaurante o cafetería previamente escogido y nos decían que esperáramos un rato que nos iban a dar una “sorpresa”. De pronto llegaba mi tío paterno Eduardo y mi prima Isabel corría a sus brazos, él la alzaba y la besaba muchas veces, después pasábamos una o dos horas en ese lugar hablando, jugábamos triqui en algún papel y esperábamos a que sus hijos se apartaran para hablar con él uno a la vez. Se les veía reír y llorar durante la conversación. Las despedidas eran tristes. La incertidumbre a un futuro cuya única certeza eran nuestros afectos, nos llenaba de miedo. Eran padres ausentes, pero amorosos y tiernos, con la generosidad suficiente para dedicar lo mejor de sus años de juventud a una causa  y el egoísmo necesario para poner a los suyos de segundos.

Cuando estábamos pequeños fuimos testigos de los allanamientos que hacían las Fuerzas Militares en la casa de mi abuela paterna, y de las persecuciones y montajes que hacían a miembros de nuestra familia como mecanismos de intimidación. Uno de mis tíos paternos, que estudiaba economía y nunca se había inmiscuido en asuntos políticos, trabajaba en una imprenta que fue allanada por el ejército en 1980. Se lo llevaron  detenido, acusado de fabricar panfletos con propaganda subversiva. Después de casi un año de mantenerlo preso, se logró demostrar que las letras de esos documentos no coincidían con los moldes de las letras que imprimían las máquinas de la imprenta.

Hernando, el menor de mis tíos paternos, contaba con apenas 16 años cuando ingresó al M -19. Estaba obsesionado con la idea. Le pidió insistentemente  a mi papá que le presentara a Bateman, quien siempre había sido amigo de la familia, y que para esa época ya se encontraba en la clandestinidad. Bateman lo rechazó, le dijo que terminara el bachillerato, pero no logró persuadirlo, él estaba claro en lo que quería y desde ese momento se vinculó. Poco tiempo después fue enviado a Cuba en donde recibió entrenamiento. Al volver al país, en 1981, fue capturado en una gran operación militar. Carlos Toledo Plata dirigía el retorno y desembarco de los guerrilleros en el río Mira. Cuando se vieron sorprendidos por el ejército, trataron de replegarse hacia el Ecuador pero la operación falló y fueron retenidos junto con Rosenberg Pabón y un centenar de guerrilleros más. Los comandantes del grupo fueron recluidos en la cárcel Picota de  Bogotá y los demás fueron llevados a diferentes penitenciarias del país.  A finales de 1982 salieron de las cárceles cobijados por la ley de amnistía decretada durante el gobierno de Belisario Betancur. Durante ese año, mi mamá se vinculó junto con esposas y madres de algunos de los guerrilleros detenidos, al comité de presos políticos encabezado por Virginia Duplat Sanjuán. Visitaban las cárceles llevando ropa, medicamentos, implementos de aseo, comida y cartas a los guerrilleros. También gestionaban albergue para los familiares de los presos que viajaban a visitarlos desde otras regiones del país.

La decisión de mi hermano de entrar  a la Escuela Militar de Cadetes, José María Cordova, sin embargo, fue difícil de digerir para las dos familias. La guerra y la vida ya nos habían pasado factura. En escasos dos años, habíamos enterrado a ocho familiares. El mayor de mis tíos paternos y mi prima María, su hija, fallecieron en diciembre de 1985 en un accidente automovilístico. En abril del año siguiente murió mi tío materno Arturo, que para ese entonces era Capitán del ejército, al dispararse accidentalmente su arma de dotación. En noviembre falleció mi abuelo paterno, después de soportar por varios años una penosa enfermedad y una profunda depresión. Le dolían sus hijos. Lo atormentaba el miedo de pensar que morirían antes que él. Pero el destino le concedió una pequeña ventaja antes de ver materializados sus temores. Mis tíos serían asesinados por agentes del Estado, 49 días después de enterrarlo a él.   El 13 de marzo de ese mismo año, el Grupo de Operaciones Especiales (GOES), dio de baja al dirigente del M-19 Álvaro Fayad en el apartamento de la cuñada de mi tío paterno Eliecer, ajena por completo a cualquier actividad al margen de la ley. Fue una desafortunada casualidad.

Habíamos viajado a la finca en compañía de mi papá, queríamos estar con él unos días, ya que vivía solo y pasaba días duros por la reciente muerte de mi abuelo. Llegábamos de nadar cuando el encargado de la finca nos dijo que nos comunicáramos urgentemente con la casa de mi abuela Blanca en Bogotá. Mi papá se fue para el pueblo  a hacer la llamada. Cuando volvió estaba totalmente desgonzado y con la cara transfigurada de dolor. Habían matado a sus hermanos, los militantes del M-19 Eduardo y Hernando, y a la esposa de este último que en ese momento estaba embarazada. Él se vistió como pudo y emprendió el doloroso viaje de regreso a Bogotá.

En la mañana del 21 de diciembre de 1986, mis tíos, los militantes del M-19, se habían citado en una panadería del barrio en donde vivía mi abuela. Hernando, que en ese momento tenía 22 años, junto con su esposa Lucía, recogerían a mi tío Eduardo de 36, quien iba hacia el aeropuerto. Viajaba a visitar por unos días a sus hijos en Medellín. Al emprender su camino se dieron cuenta de que los estaban siguiendo, desviaron su rumbo y tomaron hacia el norte por la avenida 68, en ese momento les empezaron a disparar, Lucía era quien manejaba. Iban desarmados e intentaron buscar refugio en la unidad residencial donde vivía mi papá, que quedaba cerca.

El carro donde iban mis tíos estrelló la puerta de los parqueaderos y entró. Quienes los perseguían tomaron posiciones. Uno encañonó al celador que estaba en la entrada, otro se quedó en el carro y otro más fue quien les disparó. Hernando, herido desde la persecución, le hacía señas al pistolero para que no disparara contra su esposa, pero este no estaba dispuesto a hacer ninguna concesión y con una sola ráfaga de su arma automática los mató a los dos. Mi tío Eduardo alcanzó a correr algunos metros hacia una reja que seguramente intentaba saltar, pero antes de alcanzarla fue herido en una pierna y después, con total frialdad, el hombre se le acercó y lo terminó de rematar. Entre los tres recibieron más de medio centenar de disparos. Dos de los pistoleros llegaron minutos después a la diligencia de levantamiento de los cadáveres vistiendo uniformes militares,  según lo narrado por algunos vecinos amigos nuestros, que fueron testigos de los hechos. Años después con el expediente judicial se logró establecer que fue un crimen de Estado, una ejecución extrajudicial.

Mi hermano cursaba segundo semestre de ingeniería de petróleos en la Universidad América de Bogotá, pero no se resignaba al rechazo que había recibido en la Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla y en la Fuerza Aérea. Los antecedentes familiares eran un obstáculo casi imposible de sortear. Tres tíos guerrilleros del M-19 y uno más miembro del estado mayor de las Farc. Con absoluto secreto gestionó, apoyado por Sara, mi abuela materna, recomendaciones de altísimo nivel dentro del  Establecimiento Castrense, que le permitieron finalmente el ingreso a la Institución. Mi abuela, madre de tres oficiales activos y suegra de otro más, era bastante conocida y apreciada por importantes oficiales, y valiéndose de eso, consiguió lo que para mi hermano era su más grande ilusión. Fue admitido en la Escuela Militar de Cadetes General José María Cordova y brilló desde el primer día: fue Brigadier Mayor de su compañía, recibió una beca desde su segundo año como cadete y se graduó como el segundo de su promoción.

Habían pasado apenas dos años desde la muerte de mis tíos cuando mi hermano entró a la Escuela Militar. Una vez admitido se dio a la tarea de informar a todos de su decisión. Para mi papá y mi mamá  era  motivo de profunda preocupación, pero no tuvieron más alternativa que apoyarlo. Concertó reuniones con mis primos, los hijos de uno de los guerrilleros asesinados, con quienes tenía una relación entrañable, de total hermandad y complicidad,  ellos también aceptaron con resignación su decisión. Lo comunicó a mi abuela paterna, quien curtida por tanto golpe vivía esta escena como un déjà vu. Y finalmente, se lo comunicó a mi tío Memo, miembro de las Farc. El mensaje estaba claro, desde ese momento pertenecían a bandos diferentes.

El 8 de marzo de 1992 se elegirían popularmente alcaldes para los 1122 municipios del país, diputados para las asambleas y representantes para los concejos municipales. El orden público estaba al rojo vivo. La guerrilla había amenazado con llevar a cabo acciones en todo el país para sabotear la jornada electoral. Mi hermano, para ese entonces era subteniente del arma de Caballería y estaba asignado al Batallón Silva Plazas en Duitama – Boyacá-. El primero de marzo salía a vacaciones, pero tuvo que aplazarlas. Fue agregado al Batallón Tarqui de Sogamoso para  reforzar la vigilancia en Pajarito, un municipio boyacense en límites con el Casanare. Su misión era patrullar la zona rural para garantizar la tranquilidad durante los comicios.   

Era su cita con el destino. El primero de marzo de 1992 durante uno de los patrullajes, el tanque en el que se movilizaba con cinco compañeros más atravesó un camino minado por las Farc. Por acción de una mina antitanque -la primera de este tipo que se conoció en el país- todos los ocupantes del tanque murieron, mi hermano salió disparado del aparato como un proyectil, y los demás, quedaron atrapados en el interior. El tanque sufrió un fenómeno de implosión y quedó sellado como una lata de atún. Mi hermano fue trasladado vivo hasta Bogotá. Este proceso fue largo y tortuoso. En el lugar del atentado fue recogido y trasportado en el platón de una camioneta de una empresa petrolera que operaba en la zona. Lo atendieron en el centro de salud de Pajarito, pero con los recursos del lugar no era mucho lo que podían hacer por él. Solo hasta el día siguiente, después de una gestión que realizó mi tío materno, que en ese momento tenía el grado de coronel, se dispuso un helicóptero para su traslado. Llegó al hospital militar de Bogotá pero no logró sobrevivir a las múltiples lesiones internas causadas por la caída y la onda explosiva, que continuó su camino de destrucción en los tejidos de su cuerpo. Falleció el 7 de marzo, tenía apenas 22 años.

Las muestras de solidaridad por su muerte fueron multitudinarias. Mi mamá recibió, incluso, un comunicado de las Farc reconociendo su autoría y justificando el hecho. El general Manuel Murillo González, quien era el comandante del Ejército, nos había visitado en el hospital durante la semana que mi hermano estuvo hospitalizado. Nos expresó su apoyo y solidaridad. Mi mamá, respondiendo a su amable ofrecimiento, le dijo: “mire general, al parecer mi hijo, a pesar de ser un luchador, no va a ganar esta batalla. Quiero que sepa que él quería tener algún día esos soles que usted lleva en sus hombros y dio todo por una institución que ni siquiera tuvo para él una ambulancia para trasportarlo. Lo que yo no espero sino ¡exijo! es que a mi hijo se le rindan los honores que recibiría un general como usted”.  

Las exequias fueron estremecedoras. Llevaron a más de cien de sus hombres del Batallón Silva Plazas desde Duitama hasta Bogotá, además de una guardia de honor y una banda marcial. Dispusieron escolta motorizada que acompañó el cortejo cerrando el tráfico a su paso. Esto no era un acto de vanidad. Era la forma como mi mamá quería reconocer la grandeza del guerrero que había entregado su vida por esta imperfecta Patria.    

Durante los diálogos de paz en el Caguan, ningún miembro de mi familia fue a la zona de distención a encontrarse con mi tío, que era parte del equipo negociador. Temíamos retaliaciones o incriminaciones y la decisión general fue no ir. La única que asistió fue Clara. Era una joven que para ese entonces tenía 20 años y que hacía poco se había enterado que mi tío Memo, el guerrillero de las Farc, era su papá. Hasta ese momento su mamá le había ocultado la identidad, por tratarse de un guerrillero del que además desconocía su paradero. Los dos fueron fugaces compañeros sentimentales y él nunca llegó a enterarse de que ella había quedado embarazada.  Un día, la mamá le dijo a Clara: “¿quiere conocer a su papá?, mire ese es” señalando con el dedo la pantalla del televisor. Clara quedó perpleja y admirada, y desde ese momento decidió ir a conocerlo. Ni siquiera la detuvo el hecho de estar casada con un agente activo de policía. Contactó a un periodista que realizaba  cubrimientos desde la zona de distención y le pidió a este que le llevara el mensaje a su papá. Mi tío, entre incrédulo y paranoico, facilitó el encuentro en que finalmente se conocieron y reconocieron. Son parecidos físicamente y en el discurso. No tuvo ningún argumento para negar la fuerza de los genes. Después, Clara se presentó ante toda la familia y nos contó detalles de su encuentro, que parecía más una obra de ficción.

Después del fracaso de los diálogos de paz del Caguan y durante lo que restó del gobierno de Andrés Pastrana, nuestra familia recibió todo el peso de su frustración. El 24 de julio del año 2001, en horas de la madrugada, allanaron el apartamento de mi papá y se lo llevaron detenido. El fiscal que acompañó la diligencia le dijo: “usted está sindicado de ser el hermano de “Andrés París” miembro de  las Farc. Se le acusa de rebelión y terrorismo”.  Según los informes de inteligencia, mi papá, un empleado judicial desde hacía más de 20 años, pretendía  estrellar un avión contra la Casa de Nariño el día de la posesión del recién elegido presidente, Álvaro Uribe Vélez. Todo fue un montaje orquestado por el Departamento Administrativo de Seguridad  (DAS), como se logró demostrar durante el proceso judicial que duró 129 días, tiempo que mi papá estuvo detenido. El Gobierno entrante, en cabeza de vicepresidente Francisco Santos, se comprometió personalmente conmigo y con mi familia a adelantar las acciones necesarias para ayudarnos a esclarecer, lo que a todas luces, se trataba de una venganza contra las Farc. El Gobierno nos cumplió brindándonos todas las garantías durante el proceso, pero no pudo evitarnos el  juicio público, el dolor y el miedo.

Mi papá estuvo recluido en los calabozos del DAS por casi dos meses. Las visitas eran los domingos y podían ingresar solamente dos personas. El día de la primera visita, a pesar de haber llegado a las seis de la mañana a hacer la fila para entrar, nos encontramos que por delante de nosotros había más de cincuenta personas, con lo que solo pudimos ver a mi papá hacia las dos de la tarde. La visita se terminaba a las cinco. Para el ingreso era necesario pasar primero por un lugar en donde revisaban minuciosamente la comida, después, por otro en donde hacían las requisas, para lo que teníamos que desvestirnos casi completamente. A los ocho días llegamos a las cuatro de la madrugada, pero nuevamente encontramos más de una veintena de personas en la fila, así que decidimos que en adelante llegaríamos desde la una de la mañana para ser los primeros. Como las jornadas resultaban tan extenuantes, hacíamos turnos. Los que hacían la fila durante la noche eran reemplazados a primera hora de la mañana por las dos personas que entrarían la visita. Así lo hicimos hasta que fue trasladado a la cárcel de máxima seguridad de la Picota.

Mi abuela paterna se murió de pena moral. Sobrevivió a la muerte de sus hijos y sus nietos con una gallardía digna de admiración, pero el hueco en el alma se le había vuelto insoportable, estaba cansada. Sentada en un sillón frente a la puerta siempre abierta, con el radio encendido desde primera hora de la mañana hasta el anochecer, esperaba desde hacía varios años la buena noticia que para ella nunca llegó: la del final de esa guerra que le había costado tanto a nuestra familia y al país. Añoraba la casa llena de otros tiempos. Esperó a que volvieran todos los que se habían ido detrás de sus sueños y nunca más volvieron.

Dos meses después de su muerte se dio a conocer al país sobre las gestiones de paz que se empezarían a adelantar con las Farc en Cuba. Mi abuela no alcanzó a morirse con la tranquilidad de saber que el hijo que hacía más de treinta años no veía, podría reivindicar a tantos muertos que nuestra familia le ha entregado a esta guerra fratricida, si se firmaba el tan anhelado acuerdo de paz.

Mi papá se despidió de mi tío Memo con un fuerte abrazo y sin muchas palabras, no querían darle paso a la nostalgia. Mi madrastra, antes de subirse al bus del hotel que los llevaría al aeropuerto le dijo: “aunque me imagino que tu no crees en eso, te digo que siempre te tengo en mis oraciones y voy a seguir orando por ti”. Él le contestó: “si, necesito que sigas rezando por mí, pues mi mamá, que era la única que lo hacía, ya se murió…”.

Una vez que el bus se alejó y la imagen de mi tío haciendo la “V” de la victoria se desvaneció a la distancia, mi papá lloró desconsolado, cansado de hacerlo otra vez, y deseó, con todas las fuerzas, que esta fuera la última despedida a la que le obligaba la guerra y el inicio de la consolidación de la Paz.

*Los nombres han sido cambiados.

 

 

 

Actualizado el: Mar, 10/29/2019 - 13:58

Con la caída del sol

Por: Alejandra Parra

El 11 de mayo de 2002, paramilitares del Bloque Central Bolívar asesinaron a seis personas en diferentes veredas del municipio de Quinchia, Risaralda. Eduar Bartolo, hijo de los fallecidos y testigo de la masacre, cuenta su historia en un ejercicio narrativo escrito por la periodista Alejandra Parra, que busca poner al lector en el doloroso y resiliente lugar de la víctima.

El día en que cambió tu vida decidiste faltar a clase, andabas con pereza y le mentiste a tu papá para poder pasar el día con él. Ya estabas en décimo y sentías que ir a clase, a veces, era perder el tiempo. Además, era un día cultural, estabas seguro que ni falta ibas a hacer. Hoy sientes que fue ese el día en que mejor la pasaste con tu viejo. Le mamaste gallo, se rieron. No estás seguro si es que lo recuerdas así porque los días después de ese fueron distintos, o si así fue en realidad. 

Aquél día fue lluvioso, lento para la tienda, y tu papá te dijo que fueras a ayudar. Te fuiste caminando tranquilo, como quien no quiere la cosa, detrás de Buche, un hombre que a veces ayudaba a tu papá con vueltas de la tienda. Creías que era porque debía una plata, o algo así. En el sótano estaban los granos de café que ya habían secado y tenías que armar unos bultos. Los días lentos te ponían curioso con lo que ocurría a tu alrededor. Con la caída del sol se pintaba del color de su nombre, lo único que había de las frutas que le habían dado el nombre a tu corregimiento, El Naranjal. Abajo en la carretera veías a unos hombres pesados de cargar encima el camuflaje de sus uniformes. 

Tenías meses oyendo de un grupo y de otro -que si las FARC, que si los paramilitares- pero nunca habías visto unos de cerca. No entendías por qué estaban en tu pueblo, si ahí nunca pasaba nada, consideraste incluso bajar con la moto. Tu casa estaba sobre la única avenida principal de El Naranjal, desde donde tu mirada podía llegar al parque central y más allá, hacia una terraza donde hacían eventos de vez en cuando. Y ahí estaban ellos de pie, con fusiles al hombro, buscando entre tus amigos y familia simpatizantes de la guerrilla. En un momento se acercaron a tu viejo, le dijeron que querían conversar un rato y hacia aquella terraza fueron caminando. 

Oíste disparos, y la angustia de tu madre inundó tu casa, te decía que fueras a ver qué había pasado con tu papá. Desde donde estabas no podías demorarte más de tres minutos llegando hasta allá. Ibas llevando en tu espalda algo pesado, era como uno de los bultos de café que solías ayudar a tu papá a cargar cuando debía vender, pero este no se podía ver. Ahí lo tenías, lo sentías tan encima que no entendías como nadie más lo veía. Te encogía la espalda. 

Llegaste a la terraza, subiste las escalas y viste a cuatro hombres: los dos uniformados de antes y dos en el suelo. Uno de ellos era tu papá, y no sabías si sangraba porque el otro estaba convulsionando los últimos alientos que le quedaban. No quisiste que pasara, pero te distraía ver a otro hombre muriendo. Miraste a los muchachos, unos chicos no mucho mayores que vos, y les dijiste que ahí estaba tu papá. Quizás gritaste, quizás sonaste desesperado, pero a ellos no les gustó que estuvieras ahí, con la punta del fusil contra tu cachete izquierdo te instaban a que te fueras, a que no jodieras más de la cuenta. Has sabido, desde entonces, que a veces les molestan los niños llorando por sus muertos y los matan para no tener que oírlos. Así que buscaste callar, señalaste a tu padre y con calma pediste acercarte a él. 

Tu padre murió acostado boca abajo.

Hasta entonces nunca habías abrazado a tu viejo. Nunca le habías dicho te quiero mucho, tu padre y vos se trataban con respeto. La consentida de él era tu hermana y vos eras el de tu madre. Así pasa muchas veces, lo has visto, los niños conectan más con la mamá. Pero ese día, al verlo tendido ahí, le dijiste al oído –una cuenca que era canal a un receptáculo vacío, tu padre ya no habitaba ese cuerpo- que lo querías. Que lo amabas.

Eventualmente los hombres que mataron a tu padre se fueron, y con ellos se llevaron también las letras que llevaban en los brazos, aquellas que te aseguraron que no eran del ejército ni de alguna guerrilla. Se fueron y te dejaron con un par de cuerpos inertes. Gritaste para que alguien te ayudara, y juntos, intentaron que la policía bajara al pueblo para llevarse a aquellos dos muertos. Te dijeron una vez que no podían bajar, que estaba muy peligroso. Sabías que eso no era cierto, ya el pueblo estaba en silencio una vez más. Creíste que habían desconectado los teléfonos en la comisaría, pues después de un rato las llamadas ni siquiera entraban. Supiste que los habían dejado solos.

Esa noche velaron a tu padre mientras su cuerpo yacía en una mesa a la que te ayudaron a subirlo. No te habías dado cuenta antes, pero tu perro Rocky se había acostado bajo esa mesa y la sangre que se derramaba por los orificios que las balas habían abierto en tu padre le habían pintado las puntas de su pelaje. Esa noche se despidieron de él tú, tu mamá y tu hermana. Mamá te dijo que ahora eras el hombre de la casa, y que tenían que salir adelante. Que así se hacen las cosas.

Seis meses antes habían visitado otros del mismo bloque paramilitar. Otros rostros, mismas intenciones. Fueron casa por casa, pidiéndoles que voltearan colchones, que movieran muebles, que desarmaran la cocina, pues estaban seguros que ustedes escondían las armas de la guerrilla. Tenías un amigo, algo mayor que tú, que se llamaba Orlando. Les dijo algo en el tono equivocado, y hasta ahí llegaron sus comentarios. Tal vez los otros cinco que murieron ese día dijeron algo cómo no era también. Nunca estuviste seguro.

Por años buscaste respuestas, no podías entender que murieran personas porque sí. Cuando cumpliste la edad en que los hombres deben cumplir con su deuda a la nación, estuviste dispuesto a entregar tu vida a las armas. Era otro bando, y estabas seguro que así ibas a dar con quienes te robaron una vida junto a tu padre. Pensaste que tú no dejarías a la gente sola cuando peligrara, no ibas a dejar que se sintieran como tú te sentiste. ¿Quién sabe? Tal vez si hubieses seguido con los militares los habrías encontrado. Pero, ¿estás seguro de lo qué habrías hecho? ¿Sabías, a los diecisiete, exactamente lo qué querías al dar con ellos?

 

Has visto a tu mamá allá en la casa de El Naranjal, pues con el pasar de los años quiso devolverse. Te ha dicho que ahí está su vida, que la dejen quietica mijo, que está muy vieja para que la anden moviendo de un lado a otro. Siempre que la ves, está de espalda a ti, una mujer muy menuda, morena como vos. Y siempre le está hablando a sus plantas. Dice que eso las ayuda a crecer contentas. 

La última vez que fuiste para allá estabas sentado en la sala hablándole del trabajo, ella te contaba que estaba contenta de saber que tu hermana y tú eran profesionales. Justo pasó una señora a quien no veías desde tus quince años, era una amiga de la familia que estaba vieja ya. Parecía que un soplo de viento sería suficiente para deshacerla. Allá, ustedes siempre han dejado las puertas abiertas, y cuando viste a esta señora pasar frente a la ventana, pero nunca frente a la puerta, pensaste que de pronto justo eso le había ocurrido. Quizás fue desintegrándose por pedazos, justo ahí en la mitad de la pared. Entre la ventana y la puerta.

Tu mamá luego te dijo que casi mataste a aquella amiga de un susto, que al verte pensó que veía al fantasma de tu padre.  

Supiste el nombre de quien dio la orden de ir a tu pueblo hace muchos años. Pero ya no estabas en una edad para considerar la venganza. Para ti no era más que revivir un dolor del que no hablabas demasiado. Hay que dejar las cosas allá donde pasaron, en un pasado muy incómodo de visitar. Lo has hecho, es inevitable, pero visitarlo no es quedarse a vivir en él. El tiempo es un buen barco para el perdón, aunque no sabes si realmente es eso lo que has hecho. Perdonar suena a algo que no te corresponde a ti, pero así has oído que le llaman a lo que tu sientes ahora.

Tus preguntas no han desaparecido, sigues sin entender por qué pasó. Igual crees que ninguna respuesta que puedan darte sería suficiente. Las palabras no resucitan a nadie. Sabes que ustedes han corrido con suerte, que al fin sí salieron adelante. Sabes que así no ha sido para muchos. Que vueltas da la vida, ¿no? Antes era un manto que te envolvía en un frío ensordecedor. Es posible que ahora puedas caminar con tu viejo, lado a lado. 

 

Gracias a Eduard Bartolo por permitirme escuchar su historia y escribir acerca de ella.

 

 

Actualizado el: Mié, 10/23/2019 - 18:27