COMUNICADO DE PRENSA - FUNDACIÓN CON LUPA

COMUNICADO DE PRENSA 

FUNDACIÓN CON LUPA 

Rutas del Conflicto

1 de mayo de 2020, Bogotá

 

Las recientes revelaciones hechas por la Revista Semana, en su reportaje “Las Carpetas Secretas”, publicado en la edición n.º 1983 del 3 al 10 de mayo de 2020, ponen en evidencia la inteligencia militar de la que fuimos sujetos como medio de comunicación. Ante esta circunstancia la Fundación Con Lupa, casa del medio de comunicación Rutas del Conflicto, comparte las siguientes declaraciones para la opinión pública. 

 

El pasado 18 de diciembre de 2019, tras el allanamiento al Batallón de Ciberinteligencia en el Cantón de Comunicaciones del Ejército en Facatativá, una comisión de la Corte Suprema de Justicia encontró que este grupo de miembros de la Fuerza Pública estaba dedicado a hacer inteligencia de 130 personas, entre las que están periodistas, políticos, sindicalistas, generales y varias ONG.

 

De las múltiples carpetas de información recopiladas por esta unidad de inteligencia militar, una de ellas estaba exclusivamente dedicada a información sobre el medio de comunicación Rutas del Conflicto y sus miembros. 

 

Según tuvimos conocimiento, esa carpeta contenía fotos individuales y colectivas que identificaban por lo menos 18 de nuestros periodistas, nuestra relación con otros colegas, además de fichas que profundizan en información individual, como nombre, dirección, teléfono y posts hechos en nuestras redes sociales personales. 

 

La inteligencia sobre los y las periodistas de Rutas del Conflicto se dio después de que  interpusimos un derecho de petición, solicitando información de consulta pública, a las Fuerzas Militares de Colombia, FFMM. Se estima que esta recopilación de información sobre nuestro equipo comenzó en abril de 2019 cuando se interpuso una tutela al Ejército por no responder a la solicitud. 

 

En junio de 2019, las FFMM contestaron parcialmente el cuestionario enviado. Rutas del Conflicto interpuso un incidente de desacato para lograr que entregaran la totalidad de la información. Un juez aceptó el incidente, dándole tres días al entonces comandante de las FFMM, Nicasio Martínez, para responder. El fallo de este proceso fue nulo, dado que la institución entregó información previa a la fecha límite establecida por un juez. Sin embargo, dos preguntas nunca fueron contestadas alegando que la información tenía grado de secreto y significaba un riesgo para la seguridad nacional.  

 

El 6 de agosto del mismo año, Rutas del Conflicto informó al juez que llevaba el proceso,  que una dupla de miembros del Ejército fueron hasta el edificio donde está nuestra oficina a entregarnos en físico parte de la información solicitada, la seguridad no les permitió subir, pero ellos merodearon aproximadamente una hora, fuera del recinto. Así, sentamos el precedente cómo nos fue entregada la información pública y también cómo el accionar de la institución era una medida de intimidación. 

 

La solicitud de información se hizo en el marco de nuestra investigación “Convenios de Fuerza y Justicia”, una base de datos que presenta información ordenada y accesible sobre al menos 200 convenios entre las FFMM y empresas privadas, en su mayoría del sector minero energético. Algunos de estos contratos también son entre la Fiscalía y las empresas. 

 

Este proyecto, ejecutado en alianza con la Liga Contra el Silencio, visualiza el monto de dinero asignado para cada convenio, la empresa que lo suscribe y analiza los fines para los que fueron usados varios de esos recursos. Aunque la ley permite la celebración de estos convenios en pro de la seguridad nacional, encontramos que los recursos estaban siendo usados para la adquisición de paquetes turísticos, remodelación de capillas y tiquetes aéreos para militares, compra de instrumentos musicales entre otros. 

 

Revelamos también que las Estructuras de Apoyo, EDA, de la Fiscalía, reciben recursos de empresas privadas, bajo el compromiso de priorizar casos, procurando reforzar su capacidad investigativa y de judicialización en la represión de las conductas delictuales que afectan a las empresas. 

 

La investigación cuestiona la posible violación de Derechos Humanos que puede ocurrir, en los territorios donde tienen vigencia estos convenios. Las comunidades reportan que al manifestarse en contra del accionar de una empresa, son agredidas e incluso judicializadas, por cargos como terrorismo o extorsión.  Es el caso del líder sindical, Héctor Sánchez. 

 

Esta investigación es apenas la punta del iceberg de la relación económica entre privados, las FFMM y la Fiscalía. Por ley, toda la contratación que involucra instituciones públicas debe estar disponible para la consulta de cualquier ciudadano o ciudadana. Existen por lo menos 1.500 de estos convenios, pero nuestro equipo sólo logró acceder a 200. Los hallazgos de esta investigación de más de ocho meses fue usada como recurso para el informe en Colombia del Relator Especial de las Naciones Unidas sobre la Situación de los Defensores y las Defensoras de Derechos Humanos, Michel Frost. Además, nos permitió ser finalistas del premio Relatoría para la Libertad de Expresión 2019. 

 

Para realizar ese reportaje, investigamos la existencia de los contratos, y también solicitamos formalmente al Ejército tanto los documentos como su posición oficial sobre los hechos. La búsqueda de información pública y su divulgación de forma transparente, así como la consulta a las entidades citadas en los textos, son factores esenciales para un buen ejercicio del periodismo. En este caso, cumplimos a cabalidad con dichas obligaciones profesionales. Pero al cumplirlas, fuimos blanco de inteligencia por parte del Ejército. Esta grave situación preocupa profundamente a la Fundación Con Lupa, al medio de comunicación Rutas del Conflicto y a todos y todas sus periodistas, pues constituye una clara presión en contra de nuestro ejercicio periodístico.

 

Agradecemos a medios de comunicación, colegas, amigos y amigas, por apoyarnos en la comunicación y divulgación de estos hechos. La investigación continúa pública y de libre consulta aquí: Convenios de Fuerza y Justicia: Petroleras y mineras financian a la fuerza pública y a la Fiscalía

 

Para más información escriba a rutasdelconflicto@gmail.com 

o contactenos al número de celular (+57) 3044320742

 

Fundación Con Lupa y Rutas del Conflicto

 

Fundación Con Lupa y Rutas del Conflicto

 

Actualizado el: Vie, 05/01/2020 - 18:46

Así responde el Ejército a quienes lo cuestionan

Injustificable: tras pedir información pública al Ejército, fuimos blanco de 'inteligencia'. Esta es una editorial que representa la opinión de todos y todas las periodistas de Rutas del Conflicto.

Somos un medio de comunicación digital que desde hace seis años ha cubierto la reconstrucción de las memorias de la guerra y la resiliencia de centenares de comunidades en todo el país. También somos un medio que dedica gran parte de su tiempo a construir bases de datos e investigar en profundidad las causas y los actores relacionados con la violencia que se volvió recurrente hace mucho tiempo en este país.

 

Como la mayoría de los nuevos proyectos periodísticos digitales, vivimos de una que otra beca que recibimos de la cooperación internacional, de los apoyos que nos dan nuestros aliados o de la generosidad de nuestra audiencia, que nos dona a cambio de camisetas o entradas a una fiesta. La subsistencia del proyecto está más amarrada al compromiso de nuestros periodistas, un grupo de jóvenes reporteros que han intentado construir una manera respetuosa de trabajar con las comunidades víctimas y de innovar con tecnología para contar estas historias.

 

No somos un medio de grandes dimensiones, entre todos colegas gestionamos toda la producción periodística, la búsqueda de recursos y el trabajo administrativo. Por eso nos sorprende, y nos causa un profundo temor, la dedicación con la que miembros del Ejército colombiano rastrearon digitalmente a todos los miembros de nuestro proyecto periodístico, como lo evidencia la investigación mencionada por varios medios de comunicación esta semana. También nos ha impactado como en esta operación de ‘inteligencia’ militar, construyeron perfiles con fotografías e información de teléfonos y direcciones, así como organigramas en los que nos relacionan con otros colegas y líderes sociales.

 

La investigación “Las Carpetas Secretas”, publicada en la edición n.º 1983 del 3 al 10 de mayo de 2020 de la Revista Semana, muestra el seguimiento informático del Ejército a más de 100 periodistas, líderes sociales y figuras políticas, además de la construcción de grupos de relación por la interacción en estas redes. De todas las carpetas descubiertas en la investigación, la única que rastreaba colectivamente a todo un medio de comunicación, fue la nuestra.

 

La investigación muestra un evidente caso de violación a nuestra intimidad y un grave atentado contra nuestro trabajo como periodistas, contra nuestro derecho a la libertad de expresión. Primero como medio de comunicación que termina perfilado por parte de inteligencia militar, como si se tratara de alguna organización que actuara por fuera de la ley, por el simple hecho de ejercer un periodismo crítico con las instituciones. Y segundo con el derecho de cada uno de los y las colegas que hacen parte de este proyecto de poder expresar sus opiniones personales en redes sociales, sin que por eso sean ‘fichados’ y ligarlos sin ningún tipo de sustento con círculos de relación que solo existen en la paranoia de algunos militares.

 

Esta construcción de perfiles y supuestos vínculos de personas por su interacción en redes sociales vuelve a evidenciar la recurrente y peligrosa idea del enemigo interno, que tantas víctimas le ha sumado a la violencia que ha sufrido este país. Es también nuestro mayor temor: que algún grupo de militares que haya trabajado en este ejercicio de ‘inteligencia’ crea firmemente en su interior, que los periodistas referenciados, sus fuentes y quienes comparten sus contenidos en redes sociales seamos un presunto enemigo del Estado.

 

En nuestro caso, hay claros indicios que muestran que estos ‘perfilamientos’ digitales ocurrieron a partir de una investigación que desarrollamos durante el primer semestre de 2019 junto a la Liga Contra el Silencio, una iniciativa creada por la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), precisamente para enfrentar la censura. Creemos que nos ‘perfilaron’ por preguntar y exigirle información pública al Ejército, en otras palabras, por hacer nuestro trabajo.

 

En julio de 2019 publicamos junto a la Liga contra el Silencio la investigación titulada ‘Convenios de fuerza y justicia’, en la que mostramos las circunstancias en las que empresas petroleras y minero-energéticas, le entregaban dinero al Ejército, la Policía y la Fiscalía. Esto a raíz de varias denuncias de comunidades que señalaban un enorme dilema ético en el hecho de que las instituciones del Estado, encargadas de la protección y la justicia recibieran recursos privados, mientras capturaban y judicializaban a líderes sociales, que protestaban contra el actuar de estas mismas empresas. El reportaje mostraba cómo estas compañías le pagaron tiquetes aéreos, planes de vacaciones a militares y la fabricación de drones.

 

La investigación comenzó seis meses antes, en febrero de 2019. En ese momento, haciendo uso del derecho que tenemos como ciudadanos a acceder a información pública, le solicitamos a las entidades respectivas los convenios que habían suscrito con las mencionadas empresas. El Ejército respondió que era información reservada, ante lo cual, acudimos acompañados de la FLIP a una tutela, ya que insistimos en que era información pública: hacíamos simplemente nuestro trabajo, amparado por los derechos que nos da la ley.

 

Tan evidente era el carácter de dicha información, que encontramos más de 200 convenios de este tipo en la plataforma estatal Secop, en la que se publica la contratación estatal. Sin embargo, estos documentos apenas mostraban unos datos parciales, por lo que insistimos con el Ejército.

 

El proceso judicial para acceder a la información faltante continuó después de la publicación. En una ocasión fueron dos militares a nuestras oficinas a llevarnos una de las respuestas a las solicitudes judiciales y luego permanecieron por un tiempo frente al edificio, lo que vimos como un hecho de intimidación, que dejamos constatado ante el juzgado que llevaba el caso. Usualmente, lo que hacían era responder vía correo electrónico o por correspondencia certificada. 

 

A finales de agosto, este caso por el derecho a la información llegó hasta un juez que le abrió un incidente de desacato al entonces comandante del Ejército, Nicacio Martínez. Ante la premura de la solicitud, respondieron y cumplieron con la solicitud judicial. Entregaron cierta información sobre los convenios, la cual ya habíamos publicado, pero insistieron que el resto era de carácter reservado.

 

Nuestro director, Óscar Parra, fue entrevistado en varios medios de comunicación para la fecha, explicando la situación. Meses después, el general Martínez lo entuteló por faltar a la verdad y afectar su buen nombre, señalándolo de mentir sobre la buena voluntad del Ejército para entregar la información. En una parte posterior del proceso, el oficial también involucró en el caso a Rutas del Conflicto como medio.

 

Al final, la justicia dio la razón a Rutas y cerró el caso. Es evidente la resistencia dentro de un sector de la fuerza pública a ser fiscalizados por la prensa para verificar su actuación como garantes de la protección de los ciudadanos y como funcionarios deben rendir cuentas por la ejecución de recursos públicos. En ningún caso se justifica el actuar de los militares que realizaron los seguimientos y perfilamientos de nuestro equipo. El ejercer nuestro libre derecho a acceder a información pública y fiscalizar el poder no puede convertirse en la excusa para acciones que puedan atentar contra nuestro derecho a preguntar e informar como medio. Tampoco puede servir como excusa para vulnerar nuestra privacidad y seguridad, individual y colectiva, y la de nuestras fuentes. 

 

 

Actualizado el: Vie, 05/01/2020 - 17:31

Ernesto Cardenal en Colombia

La llegada de Cardenal a La Ceja, Antioquia, fue el producto de numerosos extravíos que lo llevaron antes a México, España y Estados Unidos.

Por Mario Jursich Durán

En noviembre de 1960, Ernesto Cardenal entró al Seminario de Cristo Sacerdote, una peculiar institución en las afueras de La Ceja, Antioquia. Digo “peculiar” porque en ese entonces era el único centro religioso de América Latina donde se aceptaban vocaciones tardías. Fundado por el padre Alfonso Uribe Jaramillo a principios de 1959, el seminario se convirtió desde su apertura en un punto de confluencia para quienes, como el autor de Oración por Marilyn Monroe, habían seguido una trayectoria excéntrica. Estudiaban allí médicos y campesinos, militares y artistas, finqueros y aristócratas, exiliados y sastres, líderes sindicales, pintores de autos e incluso un representante a la Cámara del Partido Conservador. Muchos eran jóvenes universitarios que habían dejado las aulas, obreros textiles desencantados del mundo o profesionales maduros asfixiados por una sólida carrera a sus espaldas. Entregados a esa nueva vida monacal, combinaban el estudio de la Biblia con intensas y a menudo exigentes labores prácticas: echar palustre, cultivar las huertas y cortar leña estaban entre sus ocupaciones habituales.

La llegada de Cardenal a La Ceja fue el producto de numerosos extravíos. Después de haber estudiado sin ganas en México y España, y de haber intentado, con tesón pero nula fortuna, convertirse en monje trapense en Estados Unidos, la opción que encontró a sus treinta y seis años de edad fue prepararse como sacerdote católico, pese a que era consciente de los abismos entre su manera de entender la vocación y la forma en que la interpretaban en Roma.

En sus años españoles, Cardenal conoció y se hizo amigo del poeta cucuteño Eduardo Cote Lamus y del crítico bumangués Hernando Valencia Goelkel. Fue sin embargo su estancia de un lustro en el Seminario de Cristo Sacerdote lo que afianzó definitivamente sus lazos con un país que, en algunos aspectos, tanto le recordaba al suyo. “En Antioquia hablaban bastante parecido a los nicaragüenses, y lo que más me gustaba es que usaban el vos como nosotros. Tal vez porque Antioquia es el departamento colombiano que colinda con Panamá, o sea con Centroamérica, y por eso nos parecemos”.

Cuando uno lee todas estas cosas en Las ínsulas extrañas, el segundo tomo de sus memorias, no puede pasar por alto que La Ceja fue bastante más que un lugar de estudio para Cardenal. Es evidente que lo seducía la feraz naturaleza de la zona, y que ese hechizo se extendía a la totalidad de Colombia. Estuvo en Medellín, Bogotá, Cali, Popayán, Leticia y Necoclí. En todos esos lugares, sin importar la duración de su estadía, trabó amistad con gente destacada. En la capital colombiana visitó al antropólogo Gerardo Reichel-Dolmatoff y en la antioqueña al cacique general de los indios cunas. Se carteó con todos los nadaístas: desde X-504 hasta Eduardo Escobar. Publicó Salmos (Universidad de Antioquia, 1964) y el ya citado Oración por Marilyn Monroe (Ediciones La Tertulia, 1965). Su curiosidad lo llevó a deleitarse con “las sabrosas empanadas” de Rionegro tanto como con los números de la revista Eco. Y, quizá como consecuencia de lo anterior, le negó a los consejos de un viejo preceptor octogenario —“¡Naranjitas! ¡Naranjitas! ¡Chupe mucho limón y naranjitas para aplacar las pasiones!”— la atención que sí le prestaba a Camilo Torres y Manuel Pérez Martínez, los jóvenes curas metidos a guerrilleros.

Sin embargo, donde más se advierte la impronta colombiana en Cardenal es en el culto, casi pudiera decirse la veneración, que le brinda al ensayista antioqueño Fernando González. No se trata únicamente de que lo cite a menudo y en los más variados contextos; es, sobre todo, que el autor de Viaje a pie fue un auténtico catalizador para las inquietudes que Cardenal venía rumiando desde los Estados Unidos. Gracias al filósofo de Otraparte, Cardenal pudo alejarse de la versión más sombría del catolicismo, ese que insista en la culpa, en la mortificación de la carne, y abrirse a una dimensión en la que erotismo y mística conviven de manera armoniosa. Al leer en Viaje a pie frases como: “Roma, ciudad de los santos, está llena de putas y putos”, o: “¡Qué bello estabas, Señor, en esa muchacha!”, o aquello otra de: “Acabada la obra, Dios se llevó instintivamente las manos a las narices e hizo el gesto divino: OLÍA A NALGA”, Cardenal encontró un espacio vital donde la sensualidad nunca era un obstáculo en la búsqueda de un ser superior. Al contrario: era el camino si queríamos acceder a lo numinoso. 

Quienes conocen la biografía del sacerdote nicaragüense saben que su relación con el poeta William Agudelo, también seminarista en La Ceja, es igual de importante que la entablada a través de los libros con Fernando González. Aquí, sin embargo, no me referiré a ella por algo más que la simple falta de espacio. Ese nexo entre ambos fue tan profundo, tan poderosa la amistad que los condujo, primero, a publicar uno de los libros más atípicos de la literatura colombiana —Nuestro lecho es de flores (1970)— y, después, a fundar la comunidad religiosa de Solentiname, que solo consagrándoles una columna completa podría hacerles justicia. 

 

Mario Jursich Durán trabaja como editor independiente.

Su último libro es Archivo Gaitán, publicado por el Fondo de Cultura Económica.

 

Actualizado el: Lun, 04/20/2020 - 19:41

Campesinos de Zona Bananera en la mira por reclamar tierras

Los reclamantes de una finca bananera en Magdalena, que han trabajado por más de 20 años en el lugar sin importar la violencia paramilitar, el narcotráfico y el abandono de los titulares del predio, piden que se les entregue las 201 hectáreas que hoy están en manos del grupo empresarial K’David.

Por: Rutas del Conflicto y La Liga Contra el Silencio



Varela es un corregimiento del municipio de Zona Bananera que está a dos horas de Santa Marta. El paisaje es casi uniforme: cultivos de palma que se cruzan con plantaciones de banano. Entre las calles polvorientas, el deficiente servicio de agua potable y la huella del conflicto armado, viven 65 campesinos que se han dedicado al cultivo de banano tipo exportación. Hace cinco años reclaman un predio ante la Unidad de Restitución de Tierras, a pesar de que han sido intimidados persistentemente.

Rubén Urreta es el líder social que encabeza el proceso que pretende la restitución de La Marcela y es el único que no teme ocultar su nombre. Fue uno de los empleados de la familia Dangond Noguera, primera propietaria de la tierra. Trabajó allí mientras el predio fue abandonado por los dueños, y a pesar de una masacre perpetrada por paramilitares en el año 2000, siguió cultivando banano en la finca. En 2015 llegaron al corregimiento de Varela rumores de que era posible recuperar las tierras despojadas o abandonadas a causa del conflicto armado. En esas está Rubén y su gente, pero el camino ha sido tortuoso.

Urreta es el único líder de Varela que cuenta con medidas de seguridad proporcionadas por la Unidad Nacional de Protección. Tiene escolta, un vehículo, un celular y el botón de pánico que podría activar en caso de un inminente peligro. Su liderazgo lo ha hecho blanco de amenazas desde que empezó el proceso en la Unidad de Restitución. En junio de 2019 unos hombres llegaron a su casa dispuestos a matarlo. Ese día el líder se escondió en la vivienda de otro reclamante de La Marcela. Sus hijas recibieron la amenaza. Urreta ha interpuesto denuncias por amenazas ante la Fiscalía. La entidad investiga el caso aunque todavía no ha podido esclarecer de dónde vienen las agresiones contra el líder.

Rutas del Conflicto, en alianza con La Liga Contra el Silencio, investigaron cómo la finca La Marcela, ubicada en Varela, pasó de manos de los Dangond Noguera, una familia con un importante poder regional –con miembros acusados de narcotráfico– a familiares de Miguel Arroyave, jefe del Bloque Centauros de las AUC, que controlaba el tráfico de drogas en los Llanos Orientales.

Para esta investigación el objetivo era ir hasta La Marcela, pero poco antes del viaje algunos habitantes advirtieron que era mejor desistir porque no había garantías de seguridad para recorrer el camino. Según sus testimonios, atravesar partes del municipio requiere el acompañamiento de la Policía. Las entrevistas a los campesinos se hicieron en Magdalena, pero lejos de sus viviendas por seguridad y para que no fueran identificados.

Zona Bananera es un municipio que cuenta con un único medio de comunicación local y donde las comunidades prefieren guardar silencio por miedo a represalias de grupos armados y bandas delincuenciales. Debido a esta situación en la región, en octubre de 2019, la Defensoría del Pueblo emitió una Alerta Temprana para el municipio debido al incremento de acciones violentas y amenazas a líderes sociales y sus organizaciones.

Una historia de miedo

En el año 2000 los paramilitares perpetraron una masacre contra sindicalistas y ocupantes de del predio mientras era propiedad de los Dangond. El predio pasó luego a manos de los K´David, otra familia poderosa dedicada a la producción y exportación de banano en el Magdalena. Los K’David representan en la región a la compañía estadounidense Dole Food Company, empresa que fue demandada en los Estados Unidos por campesinos de la zona bananera argumentando que la empresa estaba involucrada en asesinatos a sindicalistas y financiaba grupos paramilitares. En 2016 un tribunal de Los Ángeles, Estados Unidos, desestimó la demanda colectiva sin posibilidad de un nuevo juicio.

Aunque los campesinos nunca han sido propietarios de la finca, insisten en que durante los seis años que ocuparon el predio invirtieron dinero en distintas construcciones, al tiempo que mantuvieron los cultivos de banano. Por eso hoy reclaman La Marcela. Ellos sostienen que la violencia que padecieron en esas tierras y los salarios que les quedaron debiendo los Dangond Noguera les da el derecho a reclamar como suyas las 201 hectáreas. La Unidad de Restitución de Tierras reporta que desde 2015 ha tramitado ocho solicitudes en Guacamayal, Riofrío, Varela y Orihueca, corregimientos de Zona Bananera .

El abogado Alfonso Lozano, del Observatorio de Restitución y Regulación de la Propiedad Agraria de la Universidad del Rosario, conoció el caso, y explicó que los reclamantes no figuran como amos y señores del predio ya que la tierra siempre tuvo dueño, y los campesinos tenían presente quién era el propietario. Sin embargo, precisa que sí serían tenedores de la finca, una figura que aplica para cuando a pesar de que la propiedad no es de los ocupantes, sí es cuidada y usufructuada por ellos. Nadie más lo hace.

“La Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras no es muy clara cuando se trata de tenedores. La ley contempla a propietarios y poseedores”, dijo Lozano. Sin embargo, en 2015 la Unidad de Restitución de Tierras del Magdalena aceptó tramitar el caso. Los reclamantes hicieron obras físicas dentro del predio, por lo que el abogado argumenta que el Tribunal Especializado de Tierras de Cartagena podría cambiar la figura de tenedores a poseedores durante el proceso.

En 2018 este mismo Tribunal negó la solicitud de restitución de tierras a campesinos de la finca Diana María, en el municipio de la Zona Bananera. La decisión se basó en que los reclamantes, en los años que estuvieron en el predio, no hicieron mejoras como “cerramiento, construcción de viviendas, corrales para animales o incluso actos de señor y dueño, tales como el pago de servicios o del impuesto predial”, según la Ley de Restitución de Tierras. Por ello, el juez determinó que los campesinos actuaron como tenedores y no poseedores.

Para los reclamantes de La Marcela ha sido todo un reto demostrar que el contexto particular en que vivieron, tras la masacre del 2000, y las mejoras que hicieron en el predio, son argumentos para que el Tribunal los acepte como poseedores de la tierra. El abogado Lozano explica que “por la situación de violencia que sufrieron dentro de la finca puede haber una reclamación por la tierra y que se les restituyan otros derechos”.

“Sabemos que el proceso es largo. Lleno de trabas, pero aquí estamos esperando nuestra tierra”, señala el líder Urreta. En 2015, un mes después de que solicitaran ante la Unidad de Restitución de Tierras de Magdalena la propiedad de La Marcela, el juez citó a declarar a todos los campesinos que reclaman el predio.

“Nosotros no queríamos hablar. Teníamos miedo de lo que nos fueran a preguntar. Mi papá se murió, y yo soy quien conoce todo el caso, pero después de las masacres no podíamos hablar”, dice una de las reclamantes, quien pide no ser identificada por temor a represalias. Urreta buscó el apoyo de funcionarios de la Unidad de Restitución para que le explicaran a sus compañeros lo importante que era testificar. Finalmente declararon 62 personas, pero faltaron algunos y deben hacerlo todos.

 

Los dueños en los papeles

En los años 80 las tensiones políticas y de seguridad trajeron consigo la caída de la producción de banano en Urabá. Por un lado, la intensidad del conflicto armado y las condiciones laborales de los campesinos propiciaron la conformación de los sindicatos; y por el otro, las empresas bananeras e inversionistas extranjeros se movieron del Urabá antioqueño para el Magdalena. Lo mismo ocurrió con el movimiento sindical. En Zona Bananera actuaban paramilitares llamados ‘Los Rojas’, que junto a poderes locales comenzaron a señalar a los líderes sindicales, diciendo que eran guerrilleros, como lo cuenta un artículo de Verdad Abierta.

Tras la caída del auge del banano en el Urabá antioqueño, la familia Dangond Noguera fortaleció la producción y exportación de la fruta en otra región y compró al menos cinco fincas en el municipio de Zona Bananera, en las décadas de los años ochenta y noventa. Por su parte, Armando Enrique Dangond Noguera compró seis predios a Manuel Vives Hernández y a los hermanos Mohamed y Siad K´David, el 20 de noviembre de 1986 como se registra en el certificado de Tradición y Libertad. Dangond Noguera englobó los predios y los convirtió en uno solo, al que llamó La Marcela, en honor a su hija Marcela Cecilia Dangond Fernández de Castro.

Los reclamantes recuerdan que Víctor Dangond Noguera, hermano de Enrique y quien fue investigado en los años noventa por su presunta responsabilidad en el homicidio de dos sindicalistas de fincas bananeras, llegó a comunicarles que el predio en el que trabajaban había sido comprado por su familia.

Según un documento de análisis de contexto de la Unidad de Tierras, obtenido por Rutas del Conflicto y La Liga, los Dangond llegaron al predio con el propósito de blanquear fortunas, comprando tierras e invirtiendo en el negocio de la exportación de banano. Y lo hicieron tras el final de la bonanza marimbera, la gran producción y exportación ilegal de marihuana de los años setenta.

El proceso de expansión y consolidación de la tierra por parte de los Dangond Noguera continuó en 1989 con la compra de dos predios más que Armando Enrique sumó a La Marcela. El 16 de diciembre del mismo año, y con un capital de 50 millones de pesos, constituyó la sociedad de inversiones Cear & Cía para manejar la finca.

Armando Enrique y su esposa Cecilia Fernández de Castro eran los propietarios de la empresa que a su vez fue la dueña del predio desde 1991 hasta el 2001 (Ver certificado de Tradición y Libertad). Durante todo este tiempo, los trabajadores que hoy reclaman la finca, continuaron laborando en La Marcela.

El inicio de esta sociedad fue clave para el proceso laboral que llevaron los reclamantes de La Marcela. La caída de las exportaciones de banano desde los años noventa, el recrudecimiento de la violencia y los problemas judiciales de algunos miembros de la familia Dangond, investigados por narcotráfico, llevaron a que Armando Enrique Dangond saliera del país dejando la finca en manos de su esposa Cecilia Fernández de Castro.

Los reclamantes, trabajadores de la familia Dangond, recuerdan que en 1991 empezaron los incumplientos en el pago de los salarios, lo que desencadenó en un cese de actividades y la presentación de un pliego de peticiones.

En el tiempo en el que la empresa fue dueña del predio, estuvo embargada en dos ocasiones por pleitos laborales entre Cecilia Fernández de Castro y los trabajadores de la finca. Estos procesos no prosperaron. El embargo terminó y la propiedad fue devuelta a Cear & Cía.

En 1994 La Marcela quebró en manos de la esposa de Armando Enrique Dangond debido a la poca experiencia en la administración de la finca y la caída del precio del banano. Mientras, el sindicato Sintrainagro exigía mejores condiciones laborales y el pago de dos meses de salario atrasados.

“Enrique Dangond se fue a España y la finca se fue en picada. Los dueños dejaron de venir y la poca interlocución que teníamos fue con el hermano del dueño, Víctor Dangond”, afirmó uno de los reclamante de La Marcela, que prefirió no ser identificado.

La producción en la finca se paralizó. Los campesinos no tenían trabajo y tampoco podían conseguirlo porque las fincas bananeras preferían no contratar personas afiliadas al sindicato. Junto a Sintrainagro llevaron el caso a la oficina de Inspección del Trabajo y Seguridad Social de Ciénaga. Magdalena. En audiencia pública, Cecilia Fernández, representante legal de Cear & Cía, y los trabajadores, llegaron al acuerdo de hacer el corte de consumo, es decir, sacar el banano que no cumple con los estándares de exportación, venderlo y repartirse las ganancias entre los campesinos para pagar las deudas laborales.

Así las cosas, la familia Dangond no volvió al predio desde 1994. Armando Enrique Dangond Noguera se fue a España tras ser investigado por narcotráfico. A partir del acuerdo con Cecilia Fernández y la ausencia de tierra propia, los trabajadores empezaron a sembrar en La Marcela. Treinta campesinos cercanos al sindicato se organizaron y comenzaron a cultivar banano para la venta, según cuentan los reclamantes. Ellos fueron conocidos como “el grupo de los treinta”. Se asentaron en un pedazo del predio de más o menos 80 hectáreas y conformaron la cooperativa Cooinagivar. “Nosotros preferimos sembrar para nuestras familias”, explica uno de los reclamantes. Los demás prefirieron mantenerse individualmente, dividiéndose la finca entre tres o cuatro hectáreas para cultivos de pancoger. Así lo hicieron hasta el año 2000.

Pocos días antes de la masacre de La Marcela, tras los seis años de trabajo interrumpido de la tierra por parte de los campesinos y sin que durante ese tiempo se supiera de los Dangond, apareció Eduardo Alberto Noguera, primo de Armando Enrique, para decirles que la finca había cambiado de dueño. Según el certificado de Tradición y Libertad, para el año 2000, Eduardo Noguera era el representante legal de Cear y Cía, y le vendió la finca a Ana Varón. Como está consignado en los documentos del proceso que tiene la Unidad de Tierras, según los testimonios de los habitantes de Varela y declaraciones de paramilitares, Varón llegó al predio el 20 de marzo del 2000 para anunciarles que La Marcela entraría a la venta por una deuda de 2.000 millones de pesos que tenía Armando Enrique Dangond con un paramilitar que le decían ‘El paisa’.

Ana Varón amenazó con desplazar a los campesinos si no salían del predio. Días después, llegó un carro a La Marcela con una mujer que se identificó como funcionaria de la Fiscalía y que les notificó que debían salir. “Nos dijo que por las buenas o por las malas nos fuéramos, porque ya estábamos en la mira de los paramilitares, y si seguíamos ahí nos iba a costar la vida”, afirmó uno de los reclamantes que prefiere mantener su nombre en el anonimato por posibles repercusiones al proceso y por condiciones de seguridad.

Los miembros de la cooperativa denunciaron el 22 de marzo del 2000 las amenazas recibidas ante la Fiscalía y continuaron ocupando el predio. La institución pudo determinar, a través de la Secretaría de Movilidad de Barranquilla, que el carro en el que llegó la supuesta funcionaria era en ese momento de Josefa Elena Dangond, hermana de Enrique Dangond, según documentos que la Unidad Nacional de Tierras tiene en su poder.

La masacre del 2000

La cooperativa de los extrabajadores de los Dangond seguía en funcionamiento. Cooinagivar ya negociaba la comercialización del banano con otras empresas y lograron ahorrar 240 millones de pesos. “Nosotros llegábamos a El Tiempo (como también se conoce a la finca La Marcela) como a las seis de la mañana a trabajar, exactamente a la empacadora”, recordó el líder Rubén Urreta.

La mañana del 8 de septiembre del 2000 fue igual. Los primeros en llegar a la finca fueron sorprendidos por 30 hombres de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), al mando de Mauricio de Jesús Roldán, alias ‘Julián’, comandante del Grupo Urabá, y William Rivas, alias ‘Cuatro Cuatro’, al mando del Frente Víctor Villarreal.

“Íbamos llegando a la finca y nos quitaron la cédula. Nos hicieron acostarnos boca abajo, uno al lado del otro. Pasaban las armas por nuestras cabezas mientras preguntaban por Benjamín, por Luz Marina y por los demás líderes de la cooperativa. Yo me salvé de milagro”, recuerda Urreta. Según varias versiones de los reclamantes y extrabajadores, los paramilitares llegaron con una lista buscando a cinco personas: Benjamín Castillo, representante legal de la cooperativa; Luz Marina Rúa, su nombre encabezaba la demanda laboral a los Dangond; Gumersindo Zúñiga, Jesús Charry Rivera y Ramón Gómez Barros, trabajadores de La Marcela y desde que Armando Dangond se fue a España.

A las personas que estaban en la lista los apartaron del grupo para llevarlos al cultivo de banano. Ahí los fusilaron uno a uno mientras les decían que “esta tierra tenía mala procedencia y estaba siendo reclamada por una persona que venía de parte de Miguel Arroyave”, según el testimonio que dio en audiencia libre alias “Julián”, como parte del proceso de desmovilización de paramilitares en Justicia y Paz. Luz Marina Rúa se salvó porque ese día no fue a trabajar.

De acuerdo con la información de la Dirección de Justicia Transicional de la Fiscalía, en las versiones rendidas por alias ‘Julián’, la masacre contra el sindicato ocurrió por orden de alias ‘Cuatro Cuatro’ y ‘Jorge 40’, que recibió 140 millones de pesos para entregar las tierras. Según el testimonio, el dinero fue pagado por Diana Toro, como representante legal de una empresa llamada Inversiones Manglar.

En 2011, National Security Archive, una organización no gubernamental de Estados Unidos que investiga y publica información desclasificada, reveló la documentación que muestra que Chiquita Brands, competencia de la bananera Dole, hizo pagos a paramilitares a cambio de seguridad. Entre los archivos se encuentra una conversación de los directivos de la filial en Colombia de Chiquita, Banadex, en la que hablan de Inversiones Manglar como una empresa ficticia creada por paramilitares en Santa Marta con el fin de recoger los pagos por la seguridad de Chiquita y otras empresas bananeras.

Durante los dos meses siguientes a la masacre, el grupo armado siguió en la finca. Tras el asesinato de los líderes sindicales y representantes de la cooperativa, la comunidad se desestabilizó. Algunos se desplazaron a Santa Marta y otros buscaron trabajo en otras fincas. Sin embargo, como lo narra Rubén Urreta, los paramilitares mandaron a llamar a los sobrevivientes de la masacre en La Marcela y los obligaron a trabajar, a sembrar guineo. “Tuvimos que ir. Nos dijeron que ellos sabían dónde estábamos viviendo”, dice Urreta.

En medio de la violencia paramilitar de la región, los trabajadores llevaban un proceso laboral contra la empresa de Armando Enrique Dangond, Cear & Cía, para que les reconocieran sus años de trabajo. Cuatro días después de la masacre, el abogado de los extrabajadores que llevaba el proceso renunció por amenazas.

Apenas un mes después del sangriento episodio, Eduardo Noguera, primo de Armando Noguera y representante legal de Cear & Cía en su momento, solicitó a la juez Tercera Laboral acabar con el proceso de la demanda. El 23 de octubre del 2000, el juzgado falló a favor de los Dangond al notificar que el representante legal de Inversiones Cear & Cía no era Enrique Armando, primer dueño de La Marcela y quien había creado la empresa para la administración de la finca. Una vez más los campesinos no pudieron reclamar sus sueldos y prestaciones por haber trabajado en la finca.

Además, días después de la masacre, como lo denuncian los reclamantes y está consignado en documentos de la Unidad de Restitución de Tierras, la cooperativa que habían conformado los campesinos cambió de junta directiva. Ninguno de los extrabajadores recuerda haber modificado los estatutos en la Cámara de Comercio. Se posesionaron personas que ellos no conocían y el dinero que tenían ahorrado también desapareció, según las certificaciones de Cámara de Comercio de la cooperativa. Algunos testimonios de los reclamantes coinciden en que estas acciones fueron coordinadas por los paramilitares que perpetraron la masacre.

Desde 2001 hasta el 2007 la finca tuvo cinco dueños. Los campesinos que fueron obligados a trabajar después de la masacre nunca los conocieron, pero continuaron trabajando. No sabían sus nombres, solo tenían contacto con el administrador. “Nosotros solo vimos a Nicolás Arroyave. Él manejaba la finca”, afirma el líder Urreta. Al buscar este nombre aparecen varias investigaciones periodísticas que lo identifican como primo de Miguel Arroyave.

Miguel Arroyave, alias ‘Arcángel’, desde su infancia fue amigo de los hermanos Fidel, Carlos y Vicente Castaño, fundadores de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), y se convirtió en el principal traficante de insumos químicos para el procesamiento de cocaína en los Llanos Orientales. En 2001, tras un tiempo en la cárcel por enriquecimiento ilícito, se vinculó a las ACCU. Al poco tiempo llegó a ser la cabeza del Bloque Centauros, que delinquió entre los departamentos del Meta, Casanare y Vichada. En 2004 fue asesinado por sus propios hombres en medio de las negociaciones de paz con el gobierno de Álvaro Uribe Vélez.

Cuando alias ‘Arcángel’ manejaba el narcotráfico en los Llanos conoció a Óscar Hernando Vanegas Avala, oriundo de Villavicencio y exparamilitar del Bloque Centauros. Según el certificado de Tradición y Libertad, Ana Varón fue por pocos días la dueña de La Marcela. En ese corto periodo Varón le otorgó un poder conferido por la Notaria 19 de Cali a Vanegas Avala para que se encargara de la futura venta de la finca. En octubre de 2001 la tierra fue vendida a Carlos Alberto Ospina Cardozo por 370 millones. Después de un año, Carlos Ospina le hizo el traspaso a Freddy Hernán Ospina y este a Ulises Cardozo y a Blanca Ospina de Cardozo.

En junio de 2015 una juez determinó que la esposa de Miguel Arroyave, Martha Cardozo, su hija y seis familiares cercanos diseñaron una estrategia para transferir bienes obtenidos con dinero del narcotráfico y el paramilitarismo a terceros. Martha Cardozo, como lo muestra la sentencia, era familiar de Ulises Cardozo, propietario de La Marcela hasta 2007.

En los documentos del proceso por testaferrato y lavado de activos se muestra que Martha Cardozo pagaba y recibía bienes de deudas de Miguel Arroyave. Llama la atención que al revisar los certificados de Tradición y Libertad de algunas propiedades, estas estuvieran a nombre de Blanca Ospina de Cardozo, esposa de Ulises Cardozo y propietaria de La Marcela.

La Marcela a manos de los K'David

Los campesinos duraron seis años trabajando la tierra y ocupándola hasta que llegaron los paramilitares. Fueron obligados a trabajar por otros siete años bajo la orden del administrador Nicolás Arroyave, hasta que se enteraron de que la finca había sido vendida a una compañía. En 2007 la empresa Canali S.A.S., propiedad de Servicios Administrativos Bananeros (SAB), le compró la finca La Marcela a Ulises Cardozo, familiar de la esposa de Miguel Arroyave, por 3.000 millones de pesos. El predio se compró a ese valor a pesar de que Ulises Cardozo y su esposa la compraron por 260 millones de pesos tres años antes.

En la actualidad, la mayoría de las empresas productoras, comercializadoras y exportadoras de banano pertenecen a la casa matriz Servicios Administrativos Bananeros S.A.S., propiedad del grupo K´David, en cabeza de Riad K´David, quien también es representante de Técnicas Baltime de Colombia S.A., filial de Dole Food Company.

En medio de las declaraciones de varios paramilitares en Justicia y Paz, alias ‘Tijeras’ contó que las AUC recibían anualmente 70 mil pesos por hectárea sembrada de banano de las empresas, incluida Dole Food Company, con el fin de garantizar seguridad al negocio de la producción y exportación de banano. Varios habitantes de la comunidad del municipio de Zona Bananera iniciaron un proceso judicial en Estados Unidos contra la multinacional por financiar grupos paramilitares, basándose en las declaraciones de los paramilitares. “Cuando comenzó el proceso fue porque alias ‘Tijeras’ habló y demandamos a Dole. Ellos se fueron de Zona Bananera. Se desaparecieron todos los logos de Dole y donde funcionaban las oficinas ahora está la familia K´David”, aseguró uno de los reclamantes.

Rutas del Conflicto y La Liga consultaron al abogado penalista Francisco Bernate si existía alguna responsabilidad de Servicios Administrativos Bananeros (SAB) al comprarle La Marcela a posibles testaferros de Miguel Arroyave. Según Bernate, la empresa no habría incurrido en ningún delito, sin embargo, dijo que si la justicia determinara que el predio fue adquirido con dinero del narcotráfico, por parte de los familiares de Arroyave, podría comenzar una extinción de dominio. El penalista aclaró que sería un caso independiente del que llevan los reclamantes ante la Unidad de Tierras.

Para esta investigación se intentó, sin éxito, contactar a Riad K´David. También se buscó a las empresas que él representa, y quien respondió a las llamadas y mensajes fue Daniel Rivera, uno de los socios directores de la agencia Modum. Esa empresa, dijo, lleva las comunicaciones de Técnicas Baltime-Tecbaco, la representante de Dole en Colombia, y tiene los mismos socios que SAB. Rivera solicitó un cuestionario para enviarlo el área legal de las bananeras.

Las preguntas enviadas buscaban aclarar la relación entre SAB, Tecbaco y Canali S.A.S, dueña de La Marcela, y conocer la postura oficial ante el proceso que inició la Unidad de Restitución de Tierras. Además, se consultaba si esas empresas conocían que los dueños anteriores del predio eran Blanca Esneda Ospina y Ulises Cardozo, que estuvieron involucrados en un proceso de testaferrato a Miguel Arroyave, alias ‘Arcángel’. En una comunicación fechada el 12 de marzo de 2020, SAB no contestó ninguna de las preguntas y argumentó que “la información solicitada puede intervenir de manera directa en la decisión de un proceso judicial en curso ante la Unidad de Tierras”. “No daremos respuesta”, indica el documento firmado por Javier Pomares Medina, gerente de SAB.

Un proceso estancado

El Tribunal no acaba aún de aclarar el derecho de propiedad que tienen los campesinos reclamantes, entre otras cosas, porque tres de ellos no se presentaron a rendir la declaración y la Unidad de Restitución de Tierras necesita abordarlos a todos y cumplir este paso para evaluar si cada persona cumple con las condiciones necesarias para incluirlo en la solicitud de restitución.

Durante 2019 el proceso en la Unidad no avanzó. No se expidieron nuevas citaciones para los tres campesinos. Sin la documentación completa, que incluye las declaraciones, el Tribunal de Tierras de Cartagena no puede resolver el caso. “Yo llamo a la Unidad y la señorita abogada no me contesta”, afirmó el líder Rubén Urreta.

La Marcela se diferencia de otros casos de reclamación en Zona Bananera por una cosa: el abogado fue asignado por la Unidad y la entidad ha cambiado tres veces de abogados durante el proceso. Urreta y los demás reclamantes están a la espera de conseguir el apoyo de una organización que les brinde un abogado o que la Unidad les dé respuesta más rápidamente.

Rutas del Conflicto y La Liga Contra el Silencio quisieron conocer la versión oficial de la Unidad de Tierras de Magdalena y preguntar concretamente cómo fue el proceso de la solicitud de restitución de La Marcela durante 2019 . El 8 de febrero de 2020 se contactó vía telefónica con la funcionaria que lleva el caso, quien respondió que por protocolos de la institución no podía referirse a un caso en proceso. De igual manera, se enviaron dos correos electrónicos al director de la Unidad, Leonardo Guevara Marín, con fecha de 12 y 14 febrero, los cuales no fueron respondidos.

“Puede que ganemos el proceso con la Unidad de Tierras, pero la lucha no acaba ahí. El Tiempo (La Marcela) se lo quitarían a los K´David, pero ¿quién nos garantiza que la historia no se repita? ¿Qué no nos vuelvan a sacar?”, dijo uno de los reclamantes que pidió omitir su nombre.

Hoy en día, algunos de estos campesinos trabajan para las empresas de los K’David porque han dedicado su vida a las plantaciones de banano y esta familia posee la mayoría de estas fincas en la región. De ganar la reclamación de La Marcela, que estaría rodeada de otras propiedades del clan, se enfrentan a otro dilema: necesitarán acceso al agua para comercializar el banano que produzcan y, según documentó Rutas del Conflicto en otra investigación, el grupo K´David tiene más del 47% de las concesiones de agua en Zona Bananera.

La mayoría de los reclamantes de La Marcela superan los 60 años y esperan disfrutar de la finca lo que les resta de vida como propietarios.

 

 

"Vándalo”: el mito de los universitarios en la protesta

Los estudiantes que protestan son vándalos y terroristas. ¿Mito o realidad? A propósito del paro nacional que inició el pasado 21 de noviembre, en Rutas del Conflicto queremos hacerle un fact checking al tema de cómo llamar a aquellos que marchan.

Los medios de comunicación, las redes sociales y las conversaciones del día a día han puesto en la opinión pública la recurrente cuestión de cómo llamar a aquellos que marchan. Vándalo, terrorista, comunista y hasta guerrillero son algunos de los adjetivos comunes en muchos comentarios, no solo del ciudadano de a pie, sino también de personalidades políticas de gran influencia en Colombia. Al realizar una búsqueda en Twitter con los trinos del último mes que contengan las palabras vándalos, estudiantes y paro nacional juntas, aparecen alrededor de 203 resultados en tan solo el último mes.

¿De dónde sale el mito y cómo se evidencia en el paro actual?


Federico Lenis es un joven que salió a marchar en apoyo al paro agrario en agosto de 2013. Durante una de las protestas, tenía su cámara fotográfica para registrar el evento. De repente, una granada de gas lacrimógeno lanzada por un agente del Escuadrón Móvil Antidisturbios, ESMAD, impactó la parte baja de su rostro. Todo quedó registrado en un video que pronto se viralizó en internet.

 

Federico estaba en primer semestre de Finanzas y Comercio Exterior en la Universidad de La Salle, pero tuvo que retirarse para someterse a un procedimiento de reconstrucción de una parte de su rostro y una incapacidad de más de seis meses. Empezó de nuevo en 2014 estudiando publicidad. Hoy, dice que lo que le sucedió es culpa del mito, del estigma. “Por lo que venden algunos medios y gobernantes, los que no marchan creen que en una protesta todo es vandalismo. Venden ese concepto para hacer olvidar los verdaderos motivos de la protesta. Por eso creen que “vándalo” es todo el mundo, el que camina, el que canta...y no es así, somos jóvenes que queremos un país mejor”, le contó en una entrevista a Rutas del Conflicto.

Para esa misma fecha, la Policía en cabeza del entonces comandante Rodolfo Palomino señaló a varios estudiantes con nombre propio de pertenecer a un “cartel de vándalos”, que coordinaban los disturbios. Uno de los estudiantes señalados fue Jorge Alejandro Ospina Cogua, cuya fotografía apareció expuesta por la Policía junto a la de otros jóvenes en supuesto cartel. Dos meses después, de las protestas del 2013, un juez ordenó a la Policía General retirar las imágenes de los estudiantes y la Fiscalía afirmó que no tenía ninguna orden de captura a nombre de Ospina.

Federico se siente identificado con el caso de Dilan Cruz, el joven de 18 años que falleció el pasado 25 de noviembre luego de recibir el impacto de una recalzada, proyectil de las armas menos letales utilizadas por el ESMAD, pues Lenis estaba a un mes de cumplir 18 años cuando fue herido por la granada de gas. “Somos personas que no le estábamos haciendo daño a nadie, y lo peor de todo es que nos señalan como vándalos. Marchamos por lo que necesita el país. No es cosa de clases sociales, religión, universitario o no”, concluye Federico.

El abogado Óscar Ramírez, de la Campaña Defender la Libertad, red de organizaciones contra la detención arbitraria, abuso policial y criminalización de la protesta social en Colombia, asegura que durante el paro estudiantil de 2018, “le preguntaban a los jóvenes ¿usted es estudiante? Si decía que sí, lo retenían automáticamente, sin verificar nada más” en Bogotá, le afirmó a Rutas del Conflicto.

La Campaña Defender la Libertad publicó un boletín que expone los 27 allanamientos realizados a jóvenes vinculados a colectivos artísticos, medios de comunicación alternativos y movimientos sociales el pasado 19 de noviembre en Bogotá y Soacha, dos días antes de comenzar el paro. Según la Procuraduría General de la Nación, de los 27 allanamientos, 10 fueron declarados ilegales por un juez a causa de vicios en los procedimientos y no tener todos los requerimientos de ley para su desarrollo . Entre los elementos incautados estaban afiches, pinceles y pinturas. La Ministra del Interior, Nancy Patricia Gutiérrez, aseguró en entrevista con La W Radio que los allanamientos se realizaron basados en informes de inteligencia con el fin de evitar hechos de violencia durante las manifestaciones.

Además, desde el 21 de noviembre hasta la fecha, la Campaña ha registrado 914 detenciones a jóvenes, de los cuales 47 han sido judicializados. En un alto porcentaje, 94,3%, fueron detenidos en Centro de Atención Inmediata o en estaciones del Policía sin abrir un proceso jurídico. Según Defender la Libertad en algunos de estos casos se ha informado de situaciones de tratos crueles y degradantes durante la detención.


Fuente: Base de datos del profesor Jorge Wilson Gómez


Según Germán Ortíz, director del Observatorio de Libertad de Expresión de la Universidad del Rosario, Carolina Cepeda,doctora en Ciencia Política, el abogado Óscar Ramírez, de la Campaña Defender la Libertad y el presor de la Universidad del Tolima Jorge Wilson Gómez afirman que, la violencia que sufren los jóvenes en medio de las protestas está relacionada al mito de que el estudiante que protesta es un vándalo.


El héroe del ayer, vándalo del mañana: ¿de dónde viene el mito?

Desde una perspectiva histórica, el profesor de la Universidad del Tolima Jorge Wilson Gómez, quien escrito diversos artículos sobre los estudiantes caídos y es candidato a doctor en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, explica de dónde viene el mito en su artículo Acontecimiento y escucha: revisión de estudios sobre “el estudiante caído” y los movimientos estudiantiles en Colombia, donde documenta que en 1794, el llamado “hecho de los pasquines” fue una de las primeras razones para construir el mito del estudiante “vándalo”. La polémica de este hecho consistía en encontrar a los responsables de fijar letreros satíricos en lugares públicos de Bogotá.

Con mensajes como “La pared y la muralla son el papel del canalla”, aquellos pasquines indignaron a la sociedad de la época, que señaló entonces a los estudiantes del Colegio del Rosario participantes de tertulias literarias que tenían como fuente la ilustración francesa. Tiempo después, el mito tomaría un giro inesperado.

Ya en épocas más recientes, a mediados del siglo pasado, cuando el general Gustavo Rojas Pinilla llegó al poder, su dictadura tuvo una fuerte resistencia en distintos sectores de la sociedad, incluidos los estudiantes universitarios. El 9 de junio de 1954, mientras los estudiantes protestaban en las calles en rechazo a la muerte de un estudiante de la Universidad Nacional, quien recibió un disparo de un policía, una nueva tragedia tuvo lugar. Los soldados del Batallón Colombia dispararon hacia los manifestantes de forma indiscriminada. Fallecieron 11 jóvenes.

Según lo registró el diario El Espectador, luego del hecho, el ministro de Gobierno, Lucio Pabón Núñez, se dirigió al país por medio de la Radio Difusora Nacional afirmando que “grupos de estudiantes, dirigidos por grupos ajenos a ellos, iniciaron una manifestación contra el gobierno (...). Los elementos que dirigen a los estudiantes son conocidos y peligrosos, de quienes se tiene una pista segura”. Así, el mito de los estudiantes como un peligro seguía vigente.

Sin embargo, la sociedad respaldó a los estudiantes, como lo explica el profesor de la Universidad Nacional e investigador del Cinep, Mauricio Archila en su artículo “El movimiento estudiantil en Colombia, una mirada histórica”. Archila afirma que desde ese momento los estudiantes lideraron las jornadas que obligaron a Rojas a entregar el poder en 1957 a una Junta Militar, que como reconocimiento le otorgó terreno a la Universidad Nacional para construir residencias universitarias. Para ese momento, los estudiantes fueron presentados por los partidos políticos tradicionales, que hacían oposición a Rojas Pinilla, como héroes nacionales por lograr la caída del general con el ruido de sus protestas.

Pero luego vino el Frente Nacional, y los paros en contra de aquella división conveniente del poder no se hicieron esperar. Ahora los estudiantes estaban en contra de la autoridad, representada por los partidos Liberal y Conservador, que monopolizaron el control político del país.

En una entrevista con Rutas del Conflicto, el profesor Jorge Wilson Gómez dijo que en ese momento de la historia “para el Estado, los estudiantes pasaron de héroes nacionales que derrocan gobiernos a enemigos internos, vándalos, terroristas, encapuchados, cuerpos virulentos que hay que extirpar”.

Foto: María Paula Acosta Lozada


Las universidades públicas como “cuna de guerrilleros”

La Revolución Cubana se volvió una inspiración para muchos estudiantes en América Latina en la década del 60. A partir de ese momento, Gómez asegura que “el fantasma del comunismo” preocupó tanto a la dirigencia colombiana, como a la clase política del continente.

Figuras como el Che Guevara y Fidel Castro tomaron fuerza entre los estudiantes, y las militancias políticas en diversas universidades públicas fueron vistas como una amenaza. Muchas organizaciones políticas de izquierda creadas desde la época, como la Juventud Comunista JUCO, la UP, A Luchar y otros más conformaron la lista del llamado “fantasma comunista” que llevaron a poner la militancia como estigma en las universidades públicas, de donde salieron miles de estudiantes a marchar.

Entre las décadas de los 60 y 80, se volvió un lugar común decir que las universidades públicas estaban llenas de ‘tirapiedras’, milicianos de las guerrillas. Aunque fue evidente la presencia de los grupos subversivos en los espacios académicos, la gran masa de estudiantes de todas las universidades públicas ni siquiera se acercó a la base política de las guerrillas.

En este contexto, Germán Ortiz, director del Observatorio de Libertad de Expresión de la Universidad del Rosario, asegura que la ideología de la Guerra Fría tuvo gran influencia en el país, pues propuso la normalización de la muerte y desaparición de estudiantes, dentro del discurso del “enemigo interno que está organizado por una estrategia internacional”.

Fuente: Base de datos del profesor Jorge Wilson Gómez


En 1971, el estudiante de la Universidad del Valle Edgar Mejía Vargas murió durante la represión del Ejército Nacional a una marcha en Cali. En el hecho también fueron asesinados en total 20 personas entre estudiantes del SENA y otros manifestantes. Según un artículo de Gómez, entre 1975 y 1990 se registraron cerca de 200 estudiantes asesinados y desaparecidos.


Fuente: base de datos del profesor Jorge Wilson Gómez


Como se refleja en la gráfica, el año con mayor número de registros es 1988, en el que las marchas campesinas recorrieron el país exigiendo el cumplimiento de los acuerdos realizados tras el paro del año anterior, en las que los estudiantes apoyaron dichas movilizaciones. Para la época, el presidente Virgilio Barco expidió el Estatuto para la Defensa de la Democracia, para atacar la “amenaza terrorista” del país, que entre otras cosas, permitía el arresto, allanamiento, registro e intercepción de teléfonos, sin necesidad de orden judicial. Para 1991, las cifras bajaron mientras se discutía la nueva Constitución.

A partir de esa fecha, las cifras no volvieron a mostrar un pico similar. Sin embargo, la violencia hacia los estudiantes en manifestaciones sigue presente, claro ejemplo son la muerte de Dilan Cruz, la agresión contra Federico Lenis, y otros estudiantes que han resultado afectados por la violencia ejercida por agentes de la Fuerza Pública durante las recientes manifestaciones del paro nacional.

El mito hoy

Para el abogado Óscar Ramírez, la idea histórica de que las universidades públicas son cuna de guerrilleros ha perdido fuerza desde la firma del Acuerdo de Paz. Además, para el plebiscito de 2016, la imagen de los jóvenes estudiantes que salieron a marchar a favor del ‘Sí’ fue buena, según Ramírez, debido a que era una figura pro establecimiento.

También explica que los jóvenes son ‘instrumentalizados’ por el gobierno de turno según sus intereses, pues en aquella manifestación a favor del ‘Sí’, no hubo represiones porque se apoyaba la campaña del presidente de entonces. “Hoy, cuando la movilización también es por la paz, pero por una paz que respete los acuerdos de La Habana, que respete la memoria de las víctimas y que no deje en impunidad los crímenes de Estado, pues para este gobierno resulta que los jóvenes ya no son tan buenos”, aclara Ramírez.

En esto coincide la doctora en Ciencia Política Carolina Cepeda, quien se refiere a las manifestaciones del paro que inició el 21 de noviembre diciendo que “quienes protestan usualmente lo hacen en contra del poder establecido, lo hacen en contra del orden que está imperando y que automáticamente les da unos calificativos negativos como ‘vándalo’, que es el término que más se usa en los últimos meses”.

Los calificativos que señala Cepeda han estado presentes en los últimos días en las redes sociales, al buscar en Twitter y en las declaraciones de distintas figuras políticas del país. La senadora Paloma Valencia dijo en la entrevista con Vicky Dávila el 2 de diciembre, que “está mostrado que era un vándalo. Estaba en vandalismo en esas actividades. Eso es lo que se ha probado (...) estaba en la línea de los que les gusta salir a atacar al ESMAD” haciendo referencia a Dilan Cruz, el joven que murió luego de un disparo con arma menos letal por parte de un agente del ESMAD.

La ministra del Interior, Nancy Patricia Gutiérrez, publicó en su cuenta de Twitter “Atacaron a la #FuerzaPública buscando que reaccionaran para acusarlos de violar los Derechos Humanos. #NoPudieron”, refiriéndose a quienes promovieron el paro. Para la doctora en Ciencia Política Carolina Cepeda, estas afirmaciones desde el gobierno refuerzan estigmas que ponen el peligro a los estudiantes, ya que “tienen un papel tan fuerte en las movilizaciones que los convierte en el enemigo”.

Por el lado de las figuras públicas, Faustino “El Tino” Asprilla, publicó también en Twitter que “Ojalá en Navidad descansen los vándalos que incendian el país incitando a la juventud a dañarle la Navidad a la gente honrada de este país”. Estas afirmaciones no se quedan en personalidades públicas y son replicadas por muchos ciudadanos, no solo en las redes sociales, sino también en sus conversaciones diarias.


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A esto es a lo que el profesor Gómez llama una “práctica cultural recurrente que usa el dispositivo del enemigo interno” y que está presente en toda la sociedad colombiana. Por eso, afirma que “el problema no está solo en lo que dicen estas personas, sino en que hay gente que considera que esas declaraciones son acertadas, ese es el verdadero reto”.

“Yo recuerdo las movilizaciones del Paro Agrario en 2013 y todo lo que se cubría era vandalismo y los vándalos van y los vándalos vienen. Uno se pregunta ¿quién es el vándalo? ¿son los jóvenes? ¿son toda la gente que sale a marchar?”, recuerda Carolina Cepeda, para quien los medios de comunicación reproducen la estigmatización y el mito.

Una opinión similar la tiene Germán Ortiz, quien se refiere al cubrimiento del paro actual. “Hemos traído el discurso de Guerra Fría de nuevo. Hay periodistas como Hassan Nassar —nuevo Alto Consejero para las Comunicaciones de Presidencia— que estigmatizan a los jóvenes como amigos del comunismo, castrochavistas, mamertos...y se le echa la culpa al Foro de São Paulo”.

En abril de 2018, miles de estudiantes no pudieron entrar al debate presidencial que se llevaría a cabo en el Teatro Los Fundadores de Manizales, por lo que decidieron bloquear la entrada de los candidatos al mismo, gritando “sin pueblo no hay debate”. Ese día, Nassar publicó en su cuenta de Twitter “Da tristeza ver esos adolescentes comportándose como vándalos que sabotearon la entrada de los candidatos al debate presidencial en Manizales. Púberes anestesiados de populismo barato, carentes de argumentos que por medio de gritos pretenden callar al contradictor”.

Ante este tipo de comentarios, Ortíz comenta que el estigma puede ser peligroso porque hay sectores de opinión que creen que “la única forma de acabar con la amenaza comunista es acabar con todos aquellos que son simpatizantes del movimiento”.

Un ejemplo de peligro de estigmatizar estas manifestaciones son la violencias que han sufrido los maestros sindicalizados en la Federación Colombiana de Trabajadores de la Educación, Fecode. Como ha ocurrido históricamente, durante este, han vuelto los comentarios señalando a los profesores de adoctrinar estudiantes para convertirlos en vándalos que buscan desestabilizar el gobierno de turno.

Previo a una marcha convocada por este sindicato, el 14 de febrero de 2019, se volvió tendencia #FecodeNoEducaAdoctrina creado por el senador Fernando Araújo, que inclusive fue compartido por varios de sus compañeros del Centro Democrático . En ese momento, varias figuras públicas y los directivos de Fecode salieron a negar los señalamientos y defender su derecho a la protesta.

En noviembre de este año, Fecode presentó un informe ante la Jurisdicción Especial para la Paz, llamado ‘La vida por Educar: crímenes de lesa humanidad, persecución y exterminio contra maestros y maestras sindicalistas, miembros de Fecode entre 1986 y 2010‘. En la investigación se pone en evidencia las consecuencias del estigma que han sufrido en su labor como maestros.

Foto: María Paula Acosta Lozada


Desmintiendo el mito

Como lo mencionó el abogado Ramírez, en esta época no es usual ni cotidiano que en las universidades públicas se estén gestando grupos guerrilleros. Por el contrario, los jóvenes que salen a marchar de estas universidades lo han hecho apoyando causas como la refrendación del Acuerdo Final de Paz, el Paro Agrario y la defensa de los líderes sociales del país. Además, en las marchas de hoy día no solo ellos salen a manifestarse. “No son los estudiantes de siempre, siempre salían estudiantes de universidades públicas o del SENA. Ahora, los estudiantes de universidad privada también se suman a esto”, explica la doctora Cepeda.

Además, cuando hay fuertes declaraciones de políticos o personas con gran influencia en el país contra los estudiantes, no necesariamente representa una verdad absoluta, sino una opinión, que según la doctora Cepeda, entre otras cosas lo que hace es “despolitizar la protesta social. Entonces pareciera a veces que la protesta simplemente es gente que sale a rayar paredes y romper vidrios porque les parece chévere hacerlo y pues resulta que no, tiene un trasfondo político muy fuerte”.

Claro está que “no estamos de acuerdo con los encapuchados que generan daños y violencia, pero tampoco lo estamos con quienes justifican las muertes de los marchantes”, asegura el profesor Gómez. Por eso no se debe reducir el carácter político de una marcha a tan solo los desmanes producidos por unos pocos ajenos a los verdaderos intereses del paro.

¿Todavía sigue creyendo que el estudiante que marcha es un vándalo?


Actualizado el: Dom, 12/15/2019 - 13:59

Colombia: proyectos comunitarios le hacen frente a la deforestación del Bajo Caguán

Los habitantes de la zona del Bajo Caguán crean nuevas alternativas para combatir la deforestación en la Amazonía. En los últimos tres años esta zona del departamento del Caquetá ha presentado los índices más altos de deforestación en Colombia.

La ganadería intensiva y modelos agroforestales son las iniciativas que más han impactado en la recuperación del bosque.

 

Por: Luisa Rincón y Vanessa Sarmiento 

Víctor Garcés, habitante de la vereda de Remolinos, en la zona conocida como el Bajo Caguán, en el municipio de Cartagena del Chairá, es uno de los campesinos de este territorio que ha liderado iniciativas de conservación comunitaria. Estos proyectos, que sirven hoy de base para hacerle frente a la deforestación y recuperar el tejido social en esta región, son respaldados por organizaciones científicas y ONG ambientales que buscan proteger esta parte de la Amazonía colombiana.

 

Garcés se ha convertido en un orgulloso líder comunitario y asegura tener un gran amor por su territorio, “no puedo imaginarme una vida diferente a estar en mi finca que, aunque humilde y sin muchos lujos, me ha ofrecido por muchos años todo lo que necesito para ser feliz. A la región le debo todo lo que soy y pienso luchar hasta el día de mi muerte para que el bosque no se siga muriendo”, cuenta.

 

La zona del Bajo Caguán, en el departamento de Caquetá, está ubicada en la llanura selvática de la Amazonía y está conformada por 16 veredas de Cartagena del Chairá a lo largo de la cuenca del río Caguán.  A las comunidades que viven allí, junto al Parque Nacional de Chiribiquete —el área protegida terrestre más grande del país con más de 4 millones de hectáreas—  solo se puede llegar en transporte fluvial. No cabe duda que se trata de uno de los lugares con mayor biodiversidad de Colombia.

 

Gran parte del Chiribiquete se encuentra conservado debido al difícil acceso. Sin embargo, la pérdida de bosque a sus alrededores se ha incrementado de forma alarmante en los últimos tres años.

 

Una de las razones del aumento en la deforestación en este territorio ha sido la ganadería extensiva, que se convirtió en la principal opción de sustento para muchas personas. Los habitantes del Bajo Caguán percibían sus bosques como un espacio infinito e inagotable; creían que si talaban 100 hectáreas no habría mayor impacto, pero la realidad fue diferente. “Nunca medimos el impacto de deforestación ambiental que nos iba a causar la ganadería. No sabíamos nada, hemos causado tanto daño por falta de conocimiento, capacitación e información”, dice Garcés. Ese sentir lo comparten varios ganaderos que hasta hace muy poco fueron conscientes del grave daño ambiental que se estaba presentando en su territorio.  Desde ese momento se han empeñado en recuperar lo perdido y conservar lo que tienen.

                                                                                                      Una de las comunidades del Bajo Caguán. Foto: FCDS.

Ganadería intensiva: una nueva alternativa de reforestación

Víctor Garcés recuerda que en el 2004 empezaron las fumigaciones de cultivos ilícitos y el negocio de la coca perdió la rentabilidad que tuvo en otros tiempos. En ese momento, él junto a otros pobladores pensaron en una economía alternativa y legal para no tener que abandonar el territorio. Crearon un fondo de economía solidaria en el que mensualmente hacían un ahorro para posteriormente comprar algunas reses y en forma de préstamo dárselas a las familias para que las pusieran a producir.  Sin embargo, preparar terrenos para las vacas llevó a una tala masiva de árboles, siguieron el modelo de ganadería extensiva que tradicionalmente se ha hecho en el país.

Aún no eran conscientes de los impactos ambientales de esta actividad y dos años después nació la Asociación de Economía Solidaria de Medio y Bajo Caguán (Asoes), como operador de créditos para beneficio ganadero. Argilio Soto, representante legal de la asociación, recuerda que para esa época las cabezas de ganado en el Medio y Bajo Caguán rondaban las 12 000. Soto afirma que en ese momento su intención era mejorar la calidad de vida de las familias campesinas, porque no tenían créditos ni otra forma de suplir sus necesidades. No imaginaba los problemas ambientales que este noble propósito le traería a la zona.

Según Luz Marina Mantilla, directora del Instituto Sinchi, el daño ambiental no solo se ve reflejado en la tala indiscriminada de árboles, sino también en la pérdida irremediable de los suelos. “El pisoteo del ganado acaba con los microorganismos que hacen que el suelo sea fértil y que los árboles vuelvan a crecer”, afirma.

Desde hace tres años, cuando las cifras de deforestación comenzaron a aumentar sin control, los habitantes de Cartagena del Chairá y del municipio vecino de Solano empezaron a ser conscientes del daño ambiental. No sabían entonces cómo abandonar la tala de árboles sin perder los beneficios económicos de explotar el territorio.

Organizaciones de conservación ambiental, como Fondo Acción, entraron a la zona y preocupados por los índices de pérdida y degradación de bosques, se acercaron a los habitantes del Bajo Caguán. Con el programa Paisajes Conectados Caquetá, se les propuso a los ganaderos una alternativa más amigable con el medio ambiente. La idea era pasar de la ganadería extensiva a la intensiva, una opción que les permitiría tener mayor y mejor producción en menos hectáreas.

 

 

 

                                                                                                           Vacas transportadas en canoa río Caguán. Foto:FCDS. 

Jhon Jairo Vargas, especialista en Gobernanza de Fondo Acción, cuenta que cuando ellos llegaron al territorio el 99 % de los habitantes tenía ganado y mucha de esa deforestación se presentó porque los productores no tenían conocimiento de cómo manejar el suelo.

El proyecto, agrega Vargas, tiene dos metas claras:  buscar que aquellos corredores ecosistémicos que se separaron por la deforestación vuelvan a unirse y lograr que cada finca tenga un manejo sostenible de sus prácticas productivas con mayor calidad y sin generar un daño ambiental.

Fue entonces cuando se implementó el sistema agrosilvopastoril en las fincas ganaderas. “Este sistema permite un manejo equilibrado entre la agricultura, árboles nativos plantados, ganadería y rotación de potreros”, explica Leonardo Serrato, ecólogo y profesor de la Universidad Central.

Según Argilio Soto, dentro de las fincas se ha trabajado en los procesos de reforestación y en el aislamiento de las fuentes hídricas para proteger el agua de la contaminación que produce el ganado. A través de un “pequeño acueducto”, los animales disponen de este recurso sin tener que ir a las riveras de las quebradas.

La ventaja del sistema agrosilvopastoril es que divide el terreno en potreros y los animales se van rotando. Así, se pueden tener hasta 3 cabezas de ganado por hectárea, cuando en el sistema tradicional extensivo cada ganadero tiene una cabeza de ganado o menos por cada hectárea

 

                                   El Parque Nacional Natural Chiribiquete es un Área Importante para la Conservación de las Aves (AICA). Foto: Parques Nacionales

 

Además, se siembran arbustos y árboles que dan alimento y sombra, lo que permite que el suelo se regenere y sea útil por más tiempo. Jhon Jairo Vargas de Fondo Acción resalta que su organización no fomenta la ganadería, “simplemente brinda soluciones para que los sistemas productivos [que ya existen] que emiten dióxido de carbono a la atmósfera, reduzcan su impacto ambiental”.

Con la llegada de esta propuesta se empezaron a dar otros cambios positivos en la región. Asoes decidió cambiar su modelo de trabajo, ya no respaldan créditos para compra de ganado y ahora ejecutan proyectos y brindan asistencia técnica para ganadería intensiva y cuidado del medio ambiente. “Construimos una agenda comunitaria, es como nuestro plan de desarrollo y está basado en el tema ambiental, conservación de bosque, fortalecimiento de los recursos maderables y no maderables y restauración”, afirma Víctor Garcés.

Más de 1500 familias se han vinculado al programa silvopastoril y agroforestal con Asoes. Las personas se comprometieron a mejorar las praderas, recuperar las fuentes hídricas, hacer cercas vivas y nuevos corredores biológicos.  “De las cosas bonitas que tiene este territorio que amamos es que lo tiene todo, tenemos agua, diversidad, animales, dónde producir, etc. Aquí no nos hace falta nada”, afirma Garcés.

El éxito del programa lo cuentan varios campesinos del Bajo Caguán. Ramiro Bentancur vive en la vereda La Esmeralda de Cartagena del Chairá. Su finca, Las Camelias, cuenta con 50 hectáreas, 35 son para ganadería y las 15 restantes son exclusivas para reforestar bosque nativo. Hasta el momento ha sembrado 4000 árboles. Afirma que este nuevo sistema de ganadería intensiva no solo trae beneficios ambientales, sino que ha mejorado su producción: produce más leche y de mejor calidad.

Por su parte, Hober Muñoz, también de Cartagena del Chairá, cuenta con un predio de 70 hectáreas, 37 vacas, 40 potreros y 1800 árboles sembrados. Además, ya tiene un acueducto de franja larga y nacimientos hídricos protegidos. Hasbleidy, también beneficiaria, tiene una finca con 20 hectáreas, 9 de reforestación y 11 para ganadería con 20 reses. Su mayor motivación es cuidar su territorio para que sus hijos puedan disfrutarlo. Argilio Soto, dice con orgullo que “esto es lo que venimos haciendo, mejorar el medio ambiente, concientizar a las familias del deterioro ambiental y hacer un trabajo de recuperación. Esperamos que nos siga funcionando”.

 

                                                                   

                                                                                    Resguardo indígena en Cartagena del Chairá. Foto: cortesía FCDS.

Modelos agroforestales y seguridad alimentaria

 

Sumado a las iniciativas de ganadería intensiva, en el 2016, las comunidades de 12 veredas del municipio de Cartagena del Chairá, especialmente Brasilia, el Guamo y las Palmas, quienes en su mayoría también se dedicaban exclusivamente a la ganadería, decidieron probar un nuevo modelo económico que les permitiera cuidar del bosque y garantizar su seguridad alimentaria.

Fue entonces cuando llegó el proyecto GEF Corazón de la Amazonía, del Instituto Sinchi. El 95 % de los predios no tiene título formal y a pesar de que los dueños tenían claros los límites de sus fincas, no conocían la biodiversidad que habitaba en ellas. “Los habitantes comenzaron a identificar las especies que había, aprendieron que pueden sacar un beneficio para sus fincas, pero dejaron claro que no se vende ni se maltrata la naturaleza”, dice Jaime Barrera, coordinador del proyecto.

Después de hacer un ejercicio científico de la biodiversidad en la zona, 523 personas de 141 familias acogieron los sistemas agroforestales como la opción más viable para crear una economía sostenible y tener zonas reforestadas.

El sistema agroforestal les ha permitido generar ingresos a corto plazo con sus propios recursos. “Por primera vez han sembrado plátano, yuca, maíz y cacao para el autoconsumo. Además, hacen un intercambio de semillas que provienen de su propia tierra e identificaron que podían hacer cosas por sí mismos”, asegura Barrera. Hasta el momento, hay 183 hectáreas sembradas. Por otro lado, el modelo de enriquecimiento de rastrojos ha ayudado a los campesinos a recuperar y restaurar áreas, convirtiéndolas en bosques secundarios.

Este sistema tiene una base científica sólida que garantiza la viabilidad y el éxito del proyecto. Luz Marina Mantilla, directora del Sinchi,  asegura que la investigación científica debe servir para transformar la mente de los pobladores de la región.

 

Los tesoros ambientales del Bajo Caguán

Las iniciativas de economía sostenible propuestas por Fondo Acción y el Instituto Sinchi se implementaron y se abrieron otros caminos para frenar la deforestación en el Caquetá.

                                                                                                         Atardecer en el río Caguán. Foto: cortesía FCDS

 

En el 2018, en total 25 organizaciones nacionales e internacionales, lideradas por la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS) y el Museo de Historia Natural de Chicago, entraron a la selva del Bajo Caguán y crearon un inventario biológico con información para 1400 especies. Al mismo tiempo, especialistas del Instituto Sinchi realizaron investigaciones científicas y sociales de los tipos de ecosistemas, biodiversidad y patrimonio ancestral del Parque Nacional de Chiribiquete.

Gracias a estas exploraciones, las comunidades campesinas e indígenas de la región se unieron para crear una mesa comunitaria, liderada por la Asociación Campesina del Bajo Caguán (Acaiconucacha), para redactar un plan de desarrollo que mejorara su calidad de vida y el medio ambiente. Dentro de los objetivos trazados están: un plan de ordenamiento territorial, modelos de economía productiva, organización comunitaria y educación con mayor calidad. “Lo interesante de este plan es que las organizaciones del sector público y privado que quieren trabajar en la región deben hacerlo en torno a estas propuestas. Ellos han forzado un poco al Estado a organizarse y han puesto la interlocución en otro nivel”, dice Carolina Salazar, investigadora de la FCDS.

Se creó un núcleo forestal, una zona que pretende conservar en su totalidad un bosque intacto y a la vez permitirle a la comunidad utilizar algunos recursos naturales sin dañarlos. “Lo que queremos es que la gente que está más adelante de ese bosque pueda ser beneficiaria de una concesión forestal para aprovechar el bosque tanto maderable como no maderable, bajo criterios técnicos de plan de manejo, de sostenibilidad de reconversión y de restauración”, asegura Jaime Barrera, investigador del Instituto Sinchi. El proyecto va en su primera fase y se está realizando un inventario forestal. Más de la mitad del equipo son habitantes de las veredas.

Instituciones públicas y privadas planean sus estrategias alrededor del plan de desarrollo propuesto por las comunidades campesinas e indígenas. Por ejemplo, Corpoamazonía, autoridad ambiental en esta zona, apuesta por tener 880 000 hectáreas de conservación en áreas importantes que permitan conectar los parques Chiribiquete y La Paya.

“Nosotros estamos apostando un proceso de declaratoria de un área protegida regional. Lo consideramos una buena estrategia para detener la deforestación. Si se logra, con la gente se pueden hacer acuerdos de conservación, enfocándonos en promover un modelo productivo que sea sostenible en el tiempo”, argumenta Gustavo Torres, asesor técnico de Planificación y Ordenamiento Ambiental de Corpoamazonia.

           El arte rupestre que se encuentra en el Parque Chiribiquete fue una de las razones para que lo declararan patrimonio mixto de la humanidad. Foto: Parque Nacionales Naturales de Colombia.     

 

Estos acuerdos se sumarían a los que el Instituto Sinchi ya ha consolidado exitosamente y que hoy permiten la conservación de 5989 hectáreas de bosque. “No podemos perder el servicio ambiental global que la Amazonía presta. Para nosotros lo importante es que la floresta se mantenga y empiece a crecer. Cuando uno va orientando [técnicamente] a la comunidad, ellos van viendo que hay mayor conexión”, comenta Luz Marina Mantilla. Las especies productivas que se están cultivando son endémicas amazónicas y el éxito de la iniciativa se centra en regenerar el ecosistema a través de especies nativas, de lo contrario podría alterarse y su fertilidad se perdería.

 

Así se fue deforestando el Bajo Caguán

Antes del 2015, las cifras de deforestación no eran muy altas y esta zona era identificada principalmente como uno de los lugares con mayor concentración de cultivos de coca en el país.

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) controlaban casi todo el territorio y su mayor fuente de ingresos eran los cultivos ilícitos. Durante más de 30 años los índices de tala eran mínimos. Según Jorge Pulecio, profesor de la Universidad Nacional e investigador de la Comisión de la Verdad —institución creada luego de la firma del Acuerdo de Paz con la guerrilla de las Farc—, con la economía de la coca y un control del territorio por parte de las Farc no había una tala extensiva, entre otras cosas porque este grupo guerrillero no lo permitía, “esa es la cruda realidad, no es que las Farc hayan tenido un comportamiento ecológico, sino que hacía parte de su proyección estratégica y su control del territorio y de la población”, cuenta Pulecio.

Cuando gran parte de las Farc, después de un proceso de negociación con el Gobierno Nacional, se desmovilizó y abandonó esta región, una de las consecuencias inesperadas fue el aumento desmedido de la deforestación en la región.  Según Pulecio, “con un Estado que continuó ausente y sin ningún tipo de control territorial, la paz fue leída por varios actores como una oportunidad para entrar a la región amazónica y extraer los recursos sin tener que pagar impuestos al Estado o coimas a las guerrillas”.

El hecho de que en esta área existan bosques primarios o nativos crea unas relaciones ecosistémicas muy específicas y, según afirma Leonardo Serrato Lozano, docente del departamento de Ingeniería Ambiental de la Universidad Central en Bogotá, “cualquier alteración que se le haga específicamente a los ecosistemas boscosos, empieza a generar una afectación en sus comportamientos y en la regulación climatológica. Además, acelera el proceso de degradación de los suelos”, afirma.

La mayoría de líderes ambientales que viven en el Bajo Caguán coinciden en que es necesario que desde el Gobierno colombiano se diseñen e implementen políticas públicas más efectivas y que cumplan con sus compromisos en el Acuerdo de París, solo de esta forma todo el trabajo científico y comunitario que se desarrolla en la región podrá tener un impacto aún mayor.

 

 

                                                         

 

Actualizado el: Lun, 12/02/2019 - 14:27