Ruta a la memoria: el conflicto en cifras en 1997

Hace 20 años el país vivía el escalamiento de la violencia paramilitar y guerrillera en casi todo el país.  Mientras los paramilitares de la casa Castaño seguían expandiendo su poder  a zonas claves para el narcotráfico con decentas de masacres, las Farc aumentaron los ataques contra poblaciones y bases de la fuerza pública y el secuestro indiscriminado. Dos visualizaciones realizadas por integrantes del semillero de Rutas del Conflicto en la Universidad del Rosario le muestran qué ocurrió con las masacres y las tomas guerrilleras durante ese año.

 

Por: Santiago Corredor y Kimberly Vega

 

Tomas guerrilleras

En 1997, según cifras publicadas por el Centro Nacional de Memoria Histórica, se registraron 59 tomas guerrilleras a poblaciones en Colombia. Del total, las FARC participaron al menos en 44 de las 59, en algunas siendo el principal victimario y en otras participando como aliado de otra guerrilla.

En el mismo año, 20 de los 32 departamentos del país sufrieron este tipo de ataques. En Cauca se registraron 11 tomas, siendo el departamento con más registros. Le sigue Cundinamarca con nueve y Meta con seis. Explore el siguiente mapa donde se evidencia el desarrollo de las tomas guerrilleras en el país durante ese año.

Masacres 1997

En este año se cometieron 110 masacres. En Antioquia se perpetraron 46, siendo lugar donde más incursiones de este tipo se ejecutaron. Pero además, también es el departamento donde más víctimas en el año se registraron, en total 263. 

Según el CNMH, la masacre de 1997 con más víctimas fue la de Mapiripan, Meta. 46 fueron las víctimas de esta incursión paramilitar, en la que participaron las Autodefensas campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU). Es importate resaltar que en otras fuentes no se aclara el número total de víctimas de la masacre, debido a que se desconoce si fueron más las personas asesinadas.

En total los grupos paramilitares cometieron de las 85 de las 11 masacres durante este año. Explore el siguiente mapa interactivo sobre las masacres cometidas en 1997.

 

Actualizado el: Jue, 10/03/2019 - 01:23

Patascoy: la fría madrugada (segunda entrega)

Soldado advertido...

Según relata Moncayo, el Ejército había sido informado de la ubicación de un campamento de las FARC a 7.5 kilómetros del municipio de Santiago (Putumayo). Estimaban que 450 guerrilleros estaban organizados allí. “Posteriormente, me enteré de que la guerrilla venía recolectando información para realizar la toma, desde un año y medio atrás. Entonces no era cuestión de 6 meses, era un trabajo que llevaba mucho tiempo”, cuenta el militar.

De acuerdo con el exoficial Rojas, aunque “al Ejército le cueste reconocerlo, las FARC no operaban como simples bandoleros, sino que configuraban un ejército con doctrinas y prácticas rigurosas”. Por medio de un comunicado en 1994, ya habían amenazado con tomarse la base de Patascoy. Estos anuncios, según Rojas, formaban parte de una estrategia de combate del grupo armado, que se denomina “amaga y crea incertidumbre”, y que fue determinante en el caso de Patascoy: “Se trata de hacer advertencias de ataques que nunca se efectúan, hasta que uno da por hecho que no va a pasar. La tropa se confunde, se confía”.

En el cerro, meses antes de la toma, las advertencias incumplidas se repetían constantemente. Incluso vecinos de la zona alertaron a los militares sobre personas extrañas que estaban investigando el sector. A este aviso no se le prestó atención prioritaria por parte del Ejército, a pesar de que se conocen dos informes de inteligencia de la Tercera Brigada, en donde se explicaban las fallas y medidas que debían ser adoptadas en la base frente a una inminente situación de peligro.

El comandante Álvaro Ruiz fue encargado del Batallón Boyacá hasta el 15 de diciembre, seis días antes de la toma. Según dictaminó el Consejo de Estado en el 2014, aunque “hizo entrega de su cargo y abandonó las instalaciones, demostró su responsabilidad por culpa grave, debido a que advirtió la falta de un verdadero plan de seguridad de la base, las severas fallas de orden táctico, bienestar del personal allí acantonado y seguridad, pero no tomó las medidas pertinentes de protección”. En suma, tampoco informó formalmente a su sucesor, el teniente coronel Víctor Burgos, sobre lo que estaba ocurriendo.

Hugo Ibarra Delgado, quien había prestado servicio militar en el Batallón, corrobora los señalamientos del Consejo de Estado. “La forma de vida es inhumana, porque es un lugar inhóspito, porque es muy helado. Ahí se han muerto soldados, uno subiendo encuentra las cruces de los que han muerto por hipotermia. Es un lugar que no es de fácil acceso, allá se aguantaba hambre porque no llegaba rápido la alimentación, estábamos prácticamente solos”, contó el soldado al Consejo.

 

La base de Patascoy se construyó, según el informe de peritaje ordenado y realizado tras lo hechos, en una infraestructura ya establecida por sectores comerciales y contaba con capacidad únicamente para quince soldados, no para un pelotón, como se tenía planeado en el protocolo de contraataque.

Además, según recuerda Pablo Moncayo: “15 o 20 días antes del ataque habían sucedido tormentas eléctricas que golpearon las trincheras, de aproximadamente ocho metros un relámpago destruyó cinco. Y, en la parte de atrás de la base, había un campo minado que servía de línea defensiva. El campo fue alcanzado por un relámpago y de 60 minas, dejó en funcionamiento solo 20”, lo que también facilitó el acercamiento de los guerrilleros a la base.

Por su parte, el teniente coronel Burgos, quien se encontraba en el Batallón desde el 12 de diciembre, también tuvo acceso a un comunicado dos días después, en el que se informaba de la presencia de 200 miembros de las FARC cerca de la base militar. Pese a que hizo una inspección aérea el 20 de diciembre y ordenó que el plan de acción “Operación Dragón” se ejecutara a partir del día 30 de este mismo mes, no acató ninguna medida efectiva frente a la amenaza directa.

Además, el fallo del Consejo de Estado establece que no tenía actitudes de mando, lo cual “explica el alto grado de indisciplina del personal que integraba la base, evasiones frecuentes de soldados e incluso de suboficiales, consumo de estupefacientes y exceso de confianza”.

El Estado: responsable de la toma

En 1998, los familiares de los oficiales Mauricio Hidalgo, Edwin Caicedo y Carlos Bermúdez, que murieron en combate, demandaron al Estado colombiano, al Ministerio de Defensa y al Ejército, por su responsabilidad en la muerte de los militares.

El Tribunal Administrativo de Nariño, en primera instancia en 2005, denegó las pretensiones de la demanda debido a supuesta falta probatoria, afirmando que el hecho había sido cometido por un tercero: la guerrilla de las FARC. De acuerdo con Jaime Santofimio, ponente del fallo final del proceso, “un deber constitucional no puede entenderse como la negación de un derecho”. Algunos de los soldados que se encontraban en la base militar estaban cumpliendo con el deber constitucional de prestar servicio militar y el Estado, como garante, debía proteger su derecho a la vida.

En conflicto, tal como quedó precedente con la Sentencia 31250 del 20 de octubre de 2014, dictada por el Consejo de Estado, los soldados en servicio no dejan de ser considerados ciudadanos, es decir, el Estado debe garantizar sus derechos fundamentales y, en caso de que sean violados, deben ser entendidos como víctimas. En representación administrativa, el Ejército debió evitar el ataque.

“Fue, por lo tanto, la omisión protuberante, ostensible, grave e inconcebible del Estado de la que se desprende su responsabilidad, quien estaba en la obligación de ofrecer, por lo menos, una intervención proporcionada y adecuada a las circunstancias riesgosas creadas por él mismo, como se constató al afirmarse la inconveniencia de la existencia en ese lugar de la Base Militar”, indica el fallo.

¿Retiros voluntarios?

 

Los días posteriores a la toma de Patascoy fueron difíciles para los sobrevivientes. Vinieron interrogatorios, investigaciones, e incluso indemnizaciones que antecedieron retiros de las fuerzas militares.

Además, la presión de los altos mandos del Ejército, acusados por no suministrar la seguridad suficiente en Patascoy, fue tanta que derivó en amenazas contra los soldados, como contó uno de los sobrevivientes al ataque, que se abstuvo de dar declaraciones sobre el hecho.

El cautiverio

Para los soldados de menor rango el secuestro duró casi cuatro años. Sin embargo, Pablo Emilio Moncayo y Libio José Martínez pasaron a la historia como los militares con mayor tiempo en poder de las FARC, con más de 12 años retenidos.

Moncayo recuerda que, el día del secuestro, alias ‘El Paisa’ dijo que “al igual que pasó con los soldados de la toma de Las Delicias, que duraron nueve meses, también ustedes van a durar un tiempo hasta que el gobierno aceptara negociar. Pero se nos hablaba de meses, no de años”.

Describe también los primeros meses como de aceptación y adaptación al cautiverio. “Es una etapa muy dura, porque tiene uno que tratar de encajar en ese nuevo mundo, tratar de que las reglas tomen forma dentro de la vida de uno. Luego ya uno empieza a cogerle el tiro, le coge el ritmo a marchas, a la comida, al baño, a la seguridad, al movimiento limitado, a que no puede hablar con los guerrilleros, etc.”, señala el sargento retirado.

El 24 de marzo de 1998, tres meses después de la toma, las FARC dieron a conocer las primeras pruebas de supervivencia y los militares recibieron cartas de sus familiares. Para esa fecha, empezaban a sospechar que su cautiverio no duraría solo unos meses, como se les había prometido el día de su retención. “En una ocasión, en diciembre del 98, ‘El Paisa’ nos dice que debemos prepararnos para algo estilo Mandela, que duró 20 años o más retenido”, recuerda Moncayo.

Pese a la advertencia, los 16 soldados de menor rango regresaron a la libertad el 28 de junio de 2001, cuando el gobierno de Pastrana intercambió prisioneros de las FARC por militares secuestrados. La suerte para los suboficiales Libio Martínez y Pablo Moncayo, sería distinta. “La despedida fue muy triste. Hicimos una formación militar, intercambiamos unas cuantas palabras, les dimos algunos consejos y tuvimos que sostener y aguantar el impacto que nos producía esto”, rememora Pablo Emilio.

Dos meses después, ambos suboficiales fueron incluidos al grupo de cuatro policías secuestrados entre 1998 y 1999 en el Caquetá. Edgar Yesid Duarte Valero, Elkin Hernández Rivas, Álvaro Moreno y el sargento mayor Luis Erazo fueron sus compañeros durante casi ocho años más de cautiverio. Juntos recorrieron largos caminos entre los departamentos de Caquetá, Putumayo y Amazonas. En repetidas ocasiones encadenados, hasta el punto de generar parálisis en las piernas.

Los esfuerzos de negociación entre el Gobierno y las FARC fueron infructuosos. Mientras tanto, el profesor Gustavo Moncayo, padre de Pablo Emilio, recorrió el país desde Sandoná (Nariño), hasta Bogotá y, luego, hasta Venezuela, exigiendo la liberación de su hijo. Durante los doce años y tres meses de su secuestro, la familia de Pablo solo recibió cuatro cartas más.

El nueve de mayo de 2009, Moncayo fue separado de sus cinco compañeros por una comisión especial de la guerrilla que lo condujo por una caminata de casi un año. Durante ese tiempo, cuenta, “en unas 20 ocasiones fuimos bombardeados con morteros y en dos ocasiones con por la Fuerza Aérea”.

El 30 de marzo de 2010, gracias a una misión humanitaria liderada por el Monseñor Leonardo Gómez Serna y el gobierno de Brasil, Pablo Emilio regresó a la libertad. En el momento, agradeció los incansables esfuerzos de su padre, el profesor Moncayo por mantener el tema en la agenda mediática.

Su compañero de cautiverio Libio José Martínez, no corrió la misma suerte. Siguió retenido hasta el 26 de noviembre de 2011, fecha en que fue asesinado tras un intento de rescate. La muerte de Martínez, luego de trece años y once meses retenido, generó indignación nacional. Johan Steven, el hijo que Libio José nunca pudo conocer, se había convertido –junto con el profesor Moncayo– en un símbolo contra el secuestro en el país; y solo pudo ver a su padre el día de su sepelio en Ospina, un municipio nariñense ubicado a escasas tres horas del cerro de Patascoy.

Un prólogo al final

El 7 de diciembre de 1997, solo 14 días antes de la toma, algunos oficiales del Ejército se reunieron en el Batallón Boyacá, de Pasto, para celebrar la noche de las velitas. Según Rojas, en ese acto se encendió un cirio por cada uno de los militares que partirían al cerro de Patascoy, temido por sus bajas temperaturas. Entre los participantes sobresalía el teniente Mauricio Hidalgo, quien estaría al mando de la tropa que iba a custodiar la estación de comunicaciones del cerro helado.

Para la época, la situación de orden público en Colombia era alarmante. El primero de diciembre de 1997, un grupo de paramilitares se tomó el municipio de Dabeiba, ubicado al occidente de Antioquia. Con este, según el diario El Tiempo de esa fecha, se completaban 50 muertos en 10 días por parte de los grupos de “justicia privada”, como los denominaban en la época.

El 5 de diciembre del mismo año, el ELN dijo que los paramilitares estaban preparando un diciembre negro contra los guerrilleros. Un comunicado firmado por “El Cura Pérez”, “Gabino” y Antonio García, declaraba que las amenazas estaban ligadas a fuerzas políticas que querían facilitar la explotación de petróleo y carbón por parte de multinacionales. Así inició su declive militar, por lo que empezaron a replegarse en zonas montañosas.

Además, con la toma de Patascoy, se completaron cuatro ataques importantes por parte de las FARC en un mismo año: en febrero el de San Juanito (Meta) y en julio los de Arauca y Juradó (Chocó).

De las 32 velas que se encendieron ese diciembre de hace 20 años, la guerrilla apagó 10 en la arremetida a la base y desgastó 17 durante el secuestro de los militares. La última en consumirse fue, en 2011, la de Libio José Martínez, quee no logró sobrevivir y se convirtió en el retenido de Patascoy que más tiempo estuvo en poder de las FARC.

*Identidad modificada por seguridad de la fuente

Actualizado el: Jue, 10/03/2019 - 01:22

Patascoy: la fría madrugada (primera entrega)

Hace 20 años miembros de las FARC se tomaron la base de Patascoy, dejando 10 soldados muertos y 18 secuestrados. El ataque ocurrió en medio de un diciembre violento: el grupo, que habían arremetido contra guarniciones del Ejército, dio tres golpes más solo en ese mes. También, hubo seis ataques paramilitares, tres del ELN y dos del EPL.

Por: Lucía Chávez, Natalia Romero y Julián Ríos

Al sur oriente de los Andes nariñenses se levanta Patascoy, un cerro que alcanza los 4.200 metros de altura y se extiende por el límite de Nariño y Putumayo. En su cima se encontraba la estación de comunicaciones del Tercer Contingente del Batallón Boyacá, atacada por el Bloque Sur de las FARC el 21 de diciembre de 1997.

Aquella madrugada, la tierra cubierta por frailejones fue cedida a decenas de cartuchos de ametralladora, escombros de concreto y bombas fabricadas en tarros de avena. La mudez del páramo se transformaba en estruendos de explosivos y disparos que, escasamente, dejaban entreoír un grito: “Entréguense, no se hagan matar”.

Aunque la comunidad y la misma guerrilla habían hecho advertencias de un ataque a Patascoy, la toma fue sorpresiva. Los guerrilleros llegaron a la base militar alrededor de las dos de la madrugada, y comenzaron a disparar contra los militares que dormían en la estación.

Tras el ataque, diez de los 32 militares de la base murieron, 18 fueron retenidos y sólo cinco pudieron escapar con vida.

El ataque

Pablo Emilio Moncayo fue uno de los 18 militares secuestrados en la toma de Patascoy. Según recuerda, el 20 de diciembre fue un sábado normal. Se realizaron las actividades de rutina y se cumplió con las revistas y normas de seguridad establecidas en el régimen interno de la base.

“Se realizó el relevo del teniente Hidalgo, hacia las 2 a.m. Cerca de 10 o 20 minutos después, ocurrió la primera explosión en el techo, en el límite de la habitación donde dormían los comandantes. Era una habitación adyacente, en donde estaban todos los equipos de comunicación. Yo me tiré al piso, porque empezaron a caer latas incandescentes”, recuerda Moncayo.

Después de eso comenzó el combate: “Ocurrió una segunda explosión, sentí que fue del otro lado de la pared, dentro de la casa. Se derribó ese muro y me cayó encima. Yo quedé atrapado dentro de esa estructura. El resto de compañeros salieron y reaccionaron, intentando repeler el ataque, pero fueron minimizados por la cantidad de personas en contra”. Inmóvil bajo el muro, Pablo Emilio contó alrededor de 80 explosiones. “Podía escuchar las voces de los soldados, algunos malheridos, que llamaban a un cabo de apellido Cortés, el enfermero del batallón. Oí los lamentos, las explosiones, las balas y lo único que alcanzaba a ver eran destellos”, recuerda Moncayo.

Tras la ofensiva, los militares tomaron posiciones con lo que llevaban puesto. Incluso uno de ellos, el cabo Hugo Naranjo, emprendió la batalla sin tiempo para ponerse sus botas. Un soldado empezó a disparar desde la ventana de su habitación. “Otro de apellido Caicedo, estaba encargado de la ametralladora y repelió parte del ataque. Hacía el sur de la base, a unos 35 metros, queda la parte más alta del cerro, donde hay un nacimiento de agua. Al parecer, los guerrilleros emplazaron dos ametralladoras y empezaron a contraatacar. El soldado fue trozado en dos por el fuego”, señala Moncayo.

El combate era arduo y la tropa de las FARC superaba en número a la del Ejército. “Estaban en una relación de un soldado por cada cinco guerrilleros”, señala Rojas*, un oficial retirado que pertenecía al Batallón Boyacá y escuchó las primeras declaraciones de los sobrevivientes cuando llegaron a Pasto. “Las FARC tenían tiradores en puntos estratégicos y conocían los puestos de defensa de la base, por eso, antes de que llegara un soldado a su posición, caía un mortero de la guerrilla”, cuenta Rojas.

Con casi una decena de soldados heridos y otros ya muertos, se veía más cercana la rendición ante la guerrilla. En ese momento, el cabo Hugo Naranjo, acompañado de cuatro soldados más, emprendió la huida. “La ruta de escape partió desde la zona en la que se botaban las basuras y llevaba a un despeñadero. Naranjo, que iba sin botas, por poco se cae a un abismo en el afán de conducir a sus subalternos”, cuenta Rojas.

Esa madrugada la temperatura rondaba los diez grados bajo cero y la niebla espesa dificultaba el trayecto. De los cinco que escaparon, solo tres llegaron a Pasto. Como lo narró el periódico caucano El Liberal, el soldado Acevedo presentaba mayores dificultades para continuar la marcha, puesto que tenía esquirlas de granada en sus piernas y espalda. La situación fue tan grave que decidieron esconderlo “en un hueco hecho con las manos y, luego de cubrirlo con ramas de frailejón, le entregaron su fusil y la promesa de regresar a buscarlo”, publicó el diario.

Carlos Eduardo Bermúdez, uno de los que logró escapar, decidió guiar al grupo. Su gallardía para sobrevivir al ataque guerrillero no lo salvó de la geografía escarpada del cerro. “El soldado arrancó, y unos minutos después lo que se escuchó fue un grito, que paró cuando se estrelló con las piedras abajo”, narra Rojas.

Mientras los soldados Naranjo, Buitrón y Cancimanci intentaban encontrar el cuerpo de Bermúdez, arriba, en la cúspide del cerro, la guerrilla había tomado el control de la base. Eran casi las cinco de la mañana cuando los guerrilleros ayudaron a salir de entre los escombros a Moncayo, quien tenía unos rasguños menores, el tobillo derecho fracturado y dos disparos que rozaron su espalda. Lo ubicaron junto a los heridos de menor gravedad, bajo los paneles solares que alimentaban los equipos de comunicación. “Los heridos más graves fueron ubicados en un puesto específico y lo único que se les suministró fueron unas cobijas para que se protegieran del frío”, recuerda Moncayo.

En una conversación con Alfredo Molano publicada en El Espectador, uno de los sobrevivientes narró que los guerrilleros atendieron a los heridos de menor gravedad y remataron a quienes estaban en situación más crítica.

Aunque es unánime la crueldad del ataque de las FARC, las versiones sobre los actos de sevicia que cometieron los guerrilleros son contradictorias. “Cuentan que a mi teniente Hidalgo lo amarraron, le colocaron explosivos en los testículos y en el estómago y lo accionaron”, señala Rojas. Su relato es reafirmado por el entonces comandante de la Tercera División del Ejército, Eduardo Camelo, en entrevista con El Tiempo el 27 de diciembre de 1997. “El cadáver del oficial quedó diseminado. Esto no fue una acción de combate sino una cosa de bárbaros”, declaró el general.

Pablo Emilio Moncayo tiene un relato muy distinto sobre la muerte del teniente. “Hidalgo ingresó a la habitación donde yo estaba, alcancé a pensar que iba a ordenarme que comunicara el ataque a la base, pero la pared cayó sobre él y murió aplastado a los pies míos”, cuenta el militar.

Después de atender a los heridos les comunicaron que serían prisioneros de guerra. “Hacia las siete de la mañana, nos organizaron, nos pusieron guardias, como dos o tres a cada uno, y empezamos a bajar de la base hacia el campamento que ellos tenían”, recuerda Pablo Emilio. La ruta pasaba por la trocha del oleoducto trasandino hasta descender a la orilla del río Guamués, que bordea el cerro de Patascoy.

Entretanto, los soldados Naranjo, Buitrón y Cancimanci continuaron su trayecto de escape “hasta llegar a la localidad Santa Lucía, a eso de las 4:30 de la tarde del lunes 22 de diciembre, de donde fueron trasladados a Pasto a la medianoche”, como narraron al diario El Tiempo.

Días después de la toma, el Ejército interceptó una comunicación entre Jorge Briceño, alias ‘Mono Jojoy’ y otro guerrillero que se identificó como ‘VH’, en la que se reportó lo siguiente: “Bueno lo de Patascoy me tocó… hay 10 muertos, 18 prisioneros, 27 galil en poder de las FARC, dos M-798, dos morteros, otra cantidad de material de dotación y de intendencia, o mejor de guerra, y propios sin novedad…”

Vísperas en llanto

El 22 de diciembre, mientras muchos colombianos preparaban la celebración de navidad, en el Batallón Boyacá la situación era visiblemente dolorosa. Decenas de familiares se concentraron para averiguar la suerte de la tropa que custodiaba el cerro, pero la información todavía era incierta.

Inicialmente, el diario El Liberal registraba 22 soldados asesinados, tres heridos y 6 secuestrados, y señalaba que la toma había sido perpetrada por más de 300 guerrilleros. El Espectador sólo mencionaba que había 35 militares y que los guerrilleros eran más de 400. El Tiempo señalaba que como resultado del ataque quedaban 22 muertos, siete heridos y cinco desaparecidos.

En el Batallón también reinaba la incertidumbre. “Apenas llegué a preguntar por mis lanzas el brigadier me abrazó. El hombre estaba impotente, en parte porque sabía que había sido un error de los altos mandos”, recuerda Rojas, agregando también que “la única opción era esperar los reportes que llegaban cada cierto tiempo. Salía un oficial del despacho, leía la lista de secuestrados o muertos, y volvía a ingresar”.

Para las familias de Naranjo, Buitrón y Cancimanci, la tranquilidad regresó la madrugada del 23 de diciembre, cuando los militares lograron llegar a Pasto. Horas más tarde, un equipo de rescate encontró a Acevedo, el soldado herido que sus compañeros habían dejado en un improvisado escondite durante su escape.

Días después se confirmó que había 18 militares secuestrados. 16 eran soldados rasos y dos eran suboficiales: Libio José Martínez y Pablo Emilio Moncayo. A cargo del grupo estaba una delegación de guerrilleros conformada por miembros de distintos frentes del Bloque Sur, liderado por alias ‘El Paisa’.

Actualizado el: Jue, 10/03/2019 - 01:20

Mapa interactivo de masacres perpetradas en Colombia

Un usuario construyó esta visualización a partir del mapa que documentamos con las masacres perpetradas en Colombia desde 1982. Camilo Cruz, estudiante de la maestría en Ingeniería Geomática en la Universidad de Stuttgart, en Alemania, incluyó varias herramientas para filtrar la búsqueda temporal y espacialmente. ¡Gracias por su aporte a la memoria!

También puede consultar la herramienta aquí.

Actualizado el: Jue, 10/03/2019 - 01:19

Sobrevivientes y resistencia

Valeria Gutiérrez, de 14 años, es alumna de grado 9no de la Institución Educativa Los Centauros, en Vista Hermosa, Meta, y quiso compartirnos un texto que rememora la historia de una vecina suya, hoy sobreviviente.

Hace aproximadamente 32 años a mi vecina le ocurrió una calamidad. Eran las ocho de la noche y ella quería salir a las ferias con su primo. Al enterarse, su tío les dijo que no podían salir a esas horas, así que sus dos primos se fueron de la casa con mal genio, decidieron no ir a las fiestas y se quedaron en una casa que el tío tenía en el campo.

Pasaron tres horas y se oyeron galopes de caballos. Al abrir la puerta, mi vecina se dio cuenta que era su tío bastante exaltado y con horror en su mirada. Él les preguntó si estaban bien y si no estaban heridos, y ella le contestó que estaban tranquilos en la casa, y le preguntó qué había ocurrido. El tío le respondió que se estaba dando una matanza en el pueblo y que en las ferias se decía que había muchos muertos.

Al transcurrir los días, ellos tuvieron que quedarse en esa casa en el campo comiendo de lo que encontraban, ya que en el caso de que fueran al pueblo, los podrían asesinar.

Un día, tenían tanta hambre que mi vecina decidió ir al pueblo por una libra de carne, pero claro que con temor de que la asesinaran. Al llegar, se dirigió hacia un puesto de carne y un joven la atendió. Pocos segundos después, ella escuchó un horroroso estruendo. Habían matado al joven que la estaba atendiendo en frente de ella. Mi vecina miró cómo el joven se desangraba y, justo atrás de ella, se encontraba el asesino.

Con mucho horror ella se dirigió hasta un asiento, mientras que el joven asesino caminó hacia ella y le preguntó si había visto algo. Ella obviamente respondió que no. El asesino le dio una pastilla para el dolor de cabeza y para el mareo, la que ella no consumió por temor de que fuera algo malo.

Después de que el joven se fuera, ella, impactada, recurrió hacia una señora que conocía para contarle lo que había sucedido. A los minutos de estar en su casa, mi vecina no podía creer lo que estaba sucediendo. Aquel asesino entró por la puerta, pues era el hijo de la señora que, claro, no estaba enterada de la historia.

La señora, al ver a mi vecina tan asustada, le pidió a su hijo que la llevara a su casa. Mi vecina se tornó de un color amarillo y al dirigirse en el carro con aquel muchacho solo rezaba para no morir. El joven la dejó en la casa y se fue. Ella le agradeció a Dios y les contó lo sucedido a sus familiares.

A los días siguientes continuaron ocurriendo muertes en el pueblo sin cesar. Hombres armados entraban a los hogares y mataban a familias enteras sin piedad, había camiones que llevaban incontables cadáveres por el pueblo y las familias veían, llenas de dolor, cómo se llevaban a sus hijas, tíos, hermanas, padres, abuelos y sobrinos.

Al pasar de los años siguieron ocurriendo matanzas, muertes y desapariciones. Pero desde el 2007 se empezaron a calmar un poco las cosas gracias a la desmovilización de los paramilitares.

Mi vecina y su familia pudieron sobrevivir a pesar de toda esa tragedia y, actualmente, viven estables y superando todos esos problemas.

*Para conocer más del proyecto Mi Municipio lea el artículo 'Vista Hermosa desde sus ojos' o escuche este podcast de Rutas del Conflicto Radio.

Actualizado el: Jue, 10/03/2019 - 01:18

Rutas del Conflicto en el Data Journalism Awards 2017

Mire la transmisión en vivo del DJA desde Viena, Austria. Rutas del Conflicto está nominado en la categoría 'Portal web de periodismo de datos del año'.

Actualizado el: Jue, 10/03/2019 - 01:17

Lágrimas de un hijo, esperanzas de una madre

Yerson Hilarión, de 14 años, escribió este artículo como parte de los talleres en comunicación trabajados en el proyecto Mi Municipio. Yerson es un estudiante de la Institución Educativa Los Centauros, en Vista Hermosa, Meta, el municipio con más víctimas de minas antipersonal en Colombia.

Cuando yo tenía nueve años, Gustavo Bejarano era mi profesor de ajedrez, en Vista Hermosa, Meta. Él era parte de un proyecto para incentivar a los jóvenes a aprender ajedrez. A pesar de verse como una persona muy feliz, amigable y con una actitud acogedora, Bejarano tuvo una infancia muy difícil.

Su familia estaba conformada por su padre, madre y hermanos, pero su círculo familiar se fue desmoronando como arena que se la lleva el viento debido a los conflictos que se daban en ese tiempo. Su padre, llamado Josué Gustavo Bejarano, fue el fundador de la Casa de la Cultura de Vista Hermosa. Él fue asesinado justo después de concluir esa construcción.

Ese suceso afectó mucho al profesor Bejarano ya que, para él, su padre era su amigo y su héroe. También afectó mucho a su madre, que se preocupó por la forma en la que el hijo reaccionaba por medio del miedo, del dolor y del sufrimiento. Ella no encontraba una forma de hacer que su hijo se animara, pero pasaron los días y se notó un cambio en su forma de actuar, debido a la forma en la que su madre lo incentivaba a seguir adelante con sus estudios y a compartir con sus compañeros. Se creó un cambio positivo en la historia de Bejarano.

Con el apoyo de su madre, que nunca lo dejó solo en todo ese proceso, él se volvió muy bueno en el arte del ajedrez, sin olvidar su gusto por la matemática. Además, también se dedicó a la disciplina del basquetbol. Jugaba en un equipo del municipio.

Yo lo tomo a él como un constructor de paz porque, a pesar de haber vivido en medio de todo el conflicto, matanza y sufrimiento, pudo salir adelante. Pienso que su historia nos muestra una reflexión de vida. Si él siguió adelante, ¿por qué no lo podríamos nosotros, que no vivimos en medio a ese conflicto?

Pienso que Bejarano pudo superar todo gracias a su fuerza interna y al apoyo de su madre y de sus compañeros que nunca lo dejaron solo. Antes que nosotros decidamos rendirnos debemos de recordar estas historias que nos dan grandes lecciones de vida.

Entrevista a Gustavo Bejarano, hijo de Josué Gustavo Bejarano

Yerson: ¿Quién es usted?

Bejarano: Mi nombre es Gustavo Bejarano, soy una persona que nació en Cumaral (Meta) y que a los seis meses de nacido mis padres me trajeron a Vista Hermosa. Tengo más de 30 años y antes de que cumpliera los 15 años mataron a mi padre.

Y: ¿Qué hace usted?

B: En este momento, como no he podido volver a estudiar, estoy en oficios varios. Me encanta leer y hacer deporte. En julio vuelvo a estudiar para terminar mi carrera de leyes para ser abogado.

Y: ¿Qué pasó [en la muerte de su padre]?

B: En esa época estaban las autodefensas, las cuales eran dirigidas por (Manuel de Jesús Pirabán) alias ‘Pirata’. En ese entonces mi padre (Josué Gustavo Bejarano) tenía intenciones de lanzarse a la Alcaldía. Él era Presidente del Consejo de Vistahermosa, iba a las veredas a dar electivos políticos y, a raíz de eso, las autodefensas lo asesinaron por su posición política. Murió de tres disparos.

Y: ¿Cómo lo afectó este suceso a usted?

B: Demasiado, uno vive en un mundo donde cree que el papá le va a durar toda la vida, y de repente le pasa una avalancha como lo sucedido en Mocoa. Un día antes de que mi padre viajara para Maracaibo yo le hice una changua, a él le gustaban los huevos blandos, pero yo me fui a bañar y dejé la changua con poca llama y los huevos quedaron duros. A él no le gustaron. La última palabra que oí de él fue “chao” y por muchos años para mí era preferible que me echaran un madrazo (insulto) que escuchar a que me dijeran “chao”.

Y: ¿Qué hizo después?

B: Yo estaba en segundo de bachillerato, tenía fama de buen estudiante cuando asesinaron a mi papá y pensaba que, si hacía un buen bachillerato, tal vez mi papá me podría ayudar con mi estudio universitario. Pero después de su muerte fue muy complicado, ya que mi madre tenía que encargarse sola de mis tres hermanos. Ya no daba la economía, ya no podía ni pensar en practicar fútbol porque no había ni para un par de guayos. A pesar de eso termine con un buen bachillerato.

Y: ¿Qué reflexión darías a las demás personas que sufrieron lo mismo que usted?

B: Si existe la maldad, también existe la bondad, y si nos quedamos en el camino de la venganza, nos vamos a hacer mucho más daño. Yo lo primero que pensé cuando asesinaron a mi padre fue vengarlo, pero menos mal que cuando iba a la iglesia nos mostraban diapositivas sobre el perdón y los valores. Ellos me ayudaron mucho a olvidar un poco y a entender que el sentimiento más grande, después del amor, es el perdón. De nada sirve empuñar un arma y seguir con el ciclo.

*Para conocer más del proyecto Mi Municipio lea el artículo 'Vista Hermosa desde sus ojos' o escuche este podcast de Rutas del Conflicto Radio.

Actualizado el: Jue, 10/03/2019 - 01:14

El Davis: el nacimiento de las FARC

Rioblanco es un municipio en el sur del Tolima donde, en 1950, se conformó uno de los primeros campamentos de autodefensas campesinas que luego serían conocidas como las FARC.

Cuando los comunistas Manuel Marulanda, Isauro Yosa y Charro Negro llegaron al sur del Tolima en 1950, lo hicieron con la intención de unir fuerzas con el comando guerrillero conformado por el liberal Gerardo Loaiza en la región de El Davis. Sin embargo, lo que se dio fue un rompimiento total de las relaciones políticas y militares entre comunistas y liberales, al punto de empezar una guerra entre ellos. El desarrollo y desenlace de esta guerra llevó a que, en 1966, el mismo sur del Tolima viera el nacimiento de las FARC en Marquetalia.

Recorra este especial multimedia y descubra uno de los capítulos más importantes en la historia reciente de Colombia: El Davis: el nacimiento de las Farc.

Actualizado el: Jue, 10/03/2019 - 01:13

Recuerdos de infancia

David Ballén, de 18 años, es un líder juvenil de Vista Hermosa, Meta, y escribió este artículo como parte de los talleres en comunicación trabajados en el proyecto Mi Municipio.

Vista Hermosa, en sus bases, ha sido una zona por la cual ha transitado la violencia con el mismo efecto de una explosión nuclear, grande, rápida y de inimaginables secuelas. Yo vivo acá desde inicios del año 2000, en una época que poco recuerdo, pero hacer memoria con los relatos que salen de algunos familiares me ayuda a pintar mis borrosos recuerdos.

Vivir dos meses a base de granos y arroz, sin tomate ni cebolla o un simple Maggi. Por lo escaso que era comprar para el año de 2005, la gastronomía de la casa era el caldo de ‘raspachín’ o la sopa de necesidades.

Elementos de cocina muy básicos eran difíciles de conseguir puesto que los camiones transportadores tenían que pagar para entrar, y también había una estigmatización referente al municipio. No había Coca Cola, solo una cerveza de marca Polar y una gaseosa Sol. Vivimos dos meses comiendo lenteja, garbanzo y arveja seca con arroz. Los granos se cocinaban solo con sal, no había verdura y tampoco carne, que era costosa.

Mi infancia fue influenciada por series televisivas como Hombres de Honor, en las cuales se exaltaba el orgullo de prestar el servicio militar, de ser parte del Club de Lancitas, del programa de entrenamiento físico, y de tener la disciplina de forma militar. En mi infancia, eso me parecía espectacular, pero visto de otra perspectiva se puede decir que era otra de las estrategias para que prestáramos el servicio militar.

Muchos de esos niños que hoy somos jóvenes promedio vivimos y observamos asesinatos, muertes, actos de enfrentamiento, bombardeos y los militantes abatidos por las bombas de 25 arrobas que fueron exhibidas una vez. Ese bombardeo nadie olvidará, ya que los miembros de las FARC abatidos fueron tirados en el parque principal por el Ejército, y todo el pueblo los fue a ver.

En mi corta vida, era la primera vez que veía que alguien o hasta uno mismo podría quedar así, putrefacto, tras morirse en un bombardeo. Eso me llenó de horror.

Todos esos malos momentos que ponían mi mente a recordar una y otra vez, pero que lentamente fueron siendo superados, ya que nunca los tomé como hechos que dañaran mi integridad. Me dediqué a estudiar y a compartir tiempo con mis amigos, jugando fútbol o montando bicicleta. Hoy en día recuerdo con amargura esos cuentos, pero, como todos aquí, logramos superar esos problemas.

No tomé los hechos violentos como traumas, solo como recuerdos crudos, que no volverán a repetirse. Mañana va a ser mejor. No tomé todos esos hechos violentos como un trauma, sino como capítulos de vida.

Para conocer más del proyecto Mi Municipio lea el artículo 'Vista Hermosa desde sus ojos' o escuche este podcast de Rutas del Conflicto Radio.

Actualizado el: Jue, 10/03/2019 - 01:12

'Clan del Golfo' amenaza con perpetuar la violencia en el Urabá

Jóvenes y policías, las personas más afectadas por la última ola de violencia.

Hace más de dos años comenzó la ‘Operación Agamenón’, el despliegue policial más grande de la historia del país, que tiene como objetivo acabar con el ‘Clan del Golfo’ en la región del Urabá, autodenominados ‘Autodefensas Gaitanistas de Colombia’, y capturar a su máximo cabecilla, Dairo Antonio Úsuga, alias ‘Otoniel’. Sin embargo, el grupo ilegal sigue ejerciendo represión entre la población civil e, incluso, hace algunas semanas impuso un ‘Plan Pistola’ y ya han asesinado, al menos, a nueve policías en Antioquia, Chocó, Córdoba y Bolívar.

La situación en Antioquia y en Córdoba empeoró el 2 de mayo, cuando Ulder Cardona Rueda, alias ‘Pablito’, un cabecilla del ‘Clan’, murió en un operativo de la Policía. A partir de ese momento la ofensiva contra la fuerza pública y la población civil se hizo más fuerte, como forma de retaliación por las capturas y muertes en su grupo armado. ‘Pablito’ hizo parte de la desmovilización de las Auc en el 2005. Sin embargo, dos años después era el segundo al mando de un grupo que se autodenominó ‘Águilas Negras’, y para el 2009, se hizo cargo de 450 miembros del ‘Clan del Golfo’. El nombre de ‘Águilas Negras’ también ha sido usado por otras bandas criminales que no tienen relación entre sí.

A través de panfletos, el ‘Clan del Golfo’ declaró como objetivo militar a líderes sociales, miembros de la fuerza pública y colaboradores de la Policía. Además, controlan diferentes municipios y caseríos con toques de queda y paros armados en los que paralizan por completo el territorio. A los habitantes se les prohíbe salir de sus casas, a veces durante días enteros, a veces en determinadas horas del día.

Las mal llamadas ‘limpiezas sociales’ también son parte de su accionar, amenazan desde presuntos ladrones hasta homosexuales y drogadictos. Según un habitante de la región, en un pueblo del Urabá cordobés, como parte de esta estrategia han sido asesinadas tres personas; entre ellas, una excabecilla del grupo ilegal, quien supuestamente colaboró con la Policía en la captura de 17 personas. La preocupación de la población también se debe a que una parte representativa de estas agresiones ha estado dirigida contra los jóvenes.

Para los pobladores, el ‘Clan del Golfo’ no es más que un término acuñado por el gobierno para invisibilizar que es un reducto de los grupos paramilitares que siempre han actuado en la región: ‘Los Urabeños’, también conocido como el ‘Clan Úsuga’. Al parecer, los miembros de esta ‘bacrim’ son ‘paras’ y ‘narcos’ que nunca abandonaron el territorio y, por el contrario, encontraron en la desmovilización entre los años 2004 y 2006 el escenario perfecto para seguir delinquiendo. Es importante recordar que los ‘paras’ han delinquido en el Urabá desde los años ochenta y que son responsables de decenas de masacres y de cientos de desplazamientos forzados desde 1988.

Según cifras oficiales, la ‘Operación Agamenón’ ha permitido la captura de más de 1.300 miembros del ‘Clan del Golfo’ y ha logrado frustrar el 90 por ciento de sus ataques. Sin embargo, el grupo ilegal sigue amenazando a la población civil, y según varias denuncias de organizaciones no gubernamentales, está intentando cooptar los espacios dejados por las FARC. Como consecuencia de la falta de resultados más efectivos, el ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, ordenó que el Ejército se integre a la operación, lo que suma 230 soldados de la División de Operaciones Especiales a los 1.200 policías que ya hacen parte de ‘Agamenón’.

En palabras de un habitante de la región: “Cada que suceden estas cosas se vienen a la memoria épocas horribles de violencia que pensábamos ya se habían acabado”. En pleno desarme de las FARC, en el país están sucediendo hechos que recuerdan la época de Pablo Escobar, donde los grupos paramilitares y narcotraficantes se hacían con el control de territorios estratégicos a través de los denominados ‘Plan Pistola’, pagando por cada policía muerto y dejando a su paso decenas de asesinatos selectivos y graves violaciones a los derechos humanos.

Actualizado el: Jue, 10/03/2019 - 01:10