"Yo no nací para matar"

El 5 de mayo de 1996, 150 guerrilleros de los frentes 58 y Quinto de las Farc asesinaron a 16 personas en Turbo, Antioquia. La historia de Gustavo Díaz, un habitante de la vereda Pueblo Bello, pone evidencia un ciclo de violencia y pobreza que no termina. El hecho marcó el declive de las Farc en la guerra contra los desmovilizados del Epl, que se aliaron con ‘paras’ de los Castaño y miembros de la fuerza pública. (Especial: Seis semanas de dolor en Urabá)

“Lo que pasó fue muy duro, casi no me gusta relatarlo, pero pasó y hay que aceptarlo.

En ese tiempo no había presencia del Ejército en el corregimiento, el gobierno no se manifestaba con nada, la verdad es que todo lo que se vivió fue debido a la falta de presencia del Estado.

Al final quienes sufrimos las consecuencias de la guerra fuimos quienes no estábamos armados, los que no nos metíamos con ninguno. Yo puedo decir que había mucha gente cómplice de la maldad, pero también murió mucha gente que nunca tuvo nada que ver, como mis hijas y mi esposa.

Una de las niñas, ni siquiera vivía ahí. Era mi esposa la que me ayudaba a atender el negocio que yo tenía. En ese tiempo yo no estaba mal económicamente, los que me dejaron mal fueron ellos. Yo era comerciante, tenía un negocio de abarrotes.

Recuerdo que tanto la guerrilla como los paramilitares iban y me ‘compraban’. En realidad me quitaban los productos, me decía que era un mercado que para un comandante, que para el otro… pero nunca me pagaron.

Una de mis hijas estaba en octavo de bachillerato, ella apenas había cumplido 16 años, la otra tenía 17, iba a cumplir los 18 ese año, y estaba terminando el bachillerato en Turbo. Habíamos hecho un cambio con un concejal, yo le mantenía los hijos y él me mantenía la hija en Turbo. Con él no me le faltaba nada a mi hija, pero a uno siempre le hacen falta los hijos, cuando uno tiene a su hijo y convive con él. Toda la vida los tuve conmigo hasta ese 5 de mayo que el destino nos separó.

Unos dos días antes de la masacre, como un miércoles, yo bajé y le dije "Mija sube que tu mamá te quiere ver, quiere hablar contigo", le dije que fuera porque hacía como un mes que no iba a la casa. Ese viernes por la tardecita ella había llegado en un carro, casi en la noche. Pasó todo el viernes en la casa y todo el sábado estuvo contenta porque las amigas llegaban a visitarla.

Ese sábado, para amanecer domingo, fue que las mataron. Todo fue por la madrugadita casi a las cuatro de la mañana. Recuerdo que ese día estaba lloviendo mucho, tronaba y relampagueaba.

Yo oí un golpe durísimo y me desperté. Recuerdo que mi esposa estaba orando cuando levantó la cabeza y me preguntó, ‘¿qué fue eso?’ le dije que no sabía, que seguro era esa gente peleando de nuevo.

Uno de mis hijos salió a tirarse al río tratando de huir, yo le gritaba: ‘¡Hijo, hijo no corras hacia el río que te ahogas!’. Yo salí corriendo detrás de él y ya cuando llegué al lago me agarré de una rama, lo cogí por el suéter y lo tiré hacia atrás. Yo sé que ellos iban detrás de mí, pero caí en un barranco de unos tres metros y medio de alto. Recuerdo que ellos disparaban y disparaban como para ver si me mataban, pero no me encontraron.

Yo siempre me demoré ahí abajo porque el pelao me decía que no saliéramos porque nos mataban, por eso me quedé escondido como por una hora y veinte minutos mientras todo se calmaba. Había mucho humo, y en el cementerio tenían una ametralladora M60 que descargaban a cada rato contra todo, además sonaban granadas todo el tiempo.

Casi a las 4 de la mañana decidí salir porque ya se oía Ejército. Cuando salí, estaba desesperado. Yendo hacia mi casa me encontré con una conocida, ella me cogía y solo me preguntaba qué estaba pasando.

En un momento, recuerdo que uno de esos hombres tumbó la puerta y yo alcancé a oír que alguien gritaba ‘¡tírenle una bomba al hombre de la proveedora!’. Él alcanzó a entrar a la casa, se quitó la gorra, medio se secó el agua de la frente porque estaba lloviendo, y aunque sé que me vio, no sé por qué no me quiso matar.

Así fue eso, rompían las puertas, le daban patadas, golpes duros, disparaban desde la puerta. Así mataron a mi esposa y a mis hijas, en realidad fueron cuatro con una nuera que esa noche estaba durmiendo ahí. Las mandaron bajar una colchoneta para que se tiraran al piso y ahí las mataron.

Cuando volví a la casa mi hija menor, que en ese momento tenía como 7 años me dijo: ‘No las busque papi que están muertas debajo de esa candela que se ve allá, las mataron toditas’. Mi hija también estaba con ellas pero creo que fue un milagro que no muriera.

Después de haberlas matado esos hombres me las amarraron con alambres de púas y las sacaron para quemarlas, junto con el resto de mi negocio. De ellas no quedó nada, todo quedó reducido a cenizas.

Recuerdo que yo pedí llorando que me sacaran de donde ellas estaban. Apenas le pedí el favor a un muchacho que conocía que recogiera y enterrara lo poco que quedo de ellas, que yo le pagaba, pero nunca pude pagarle. Cuando yo volví ya lo habían matado. Por eso yo nunca supe en dónde quedaron los restos de mi esposa y mis dos hijas.

Después de eso el gobierno me dio plata, pero el dinero no lo es todo, porque el dolor es una cosa imborrable.

Yo quedé sin un peso, sin nada. Por eso me fui de ahí. Nunca me imaginé que eso me pudiera pasar porque yo tenía mi corazón limpio y nunca participé en nada de eso. Yo quedé con tres hijos, el mayor, que para el momento de la masacre ya se había ido de la casa, un niño de 16 y la menor de 8.

Para mí fue muy duro al principio porque tocaba hacerme cargo de todas las cosas del hogar, especialmente de mi hija; me tocaba bañarla, lavarle la ropa interior y ese tipo de cosas que antes no hacía. Antes de la masacre, yo casi no compartía con mi hija menor.

Para mis hijos fue muy difícil crecer sin su mamá, el menor me cogió mal camino, se me fue de las manos, se fue con los paramilitares, porque allá él no veía sino guerra. Tiempo después de estar en eso lo mataron. Y mi hija menor se fue con la abuela.

Hoy estoy casado y me he vuelto muy creyente, algunas veces hablo con mi hija menor porque en medio del mal también se vive, y al final de todo Dios me dio fuerza porque hoy estoy aquí y no allá, yo no nací para matar.”

“Había aviones, bengalas y bombardeos. Eso parecía una película de Vietnam”

En noviembre de 2000, guerrilleros del Frente 21 de las Farc asesinaron a cuatro personas en un lugar llamado La Dorada, en el corregimiento Santiago Pérez, en el municipio de Ataco, Tolima. Entre las víctimas estaban un padre y sus dos hijos. La guerrilla también decapitó a Nohelia Martínez. Un habitante del corregimiento que era profesor de la vereda El Brillante relata varios hechos de violencia que azotaron a la población de Santiago Pérez en ese año y cuenta cómo las Farc le perdonaron la vida después de tene

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“Yo vengo del corregimiento de Santiago Pérez, municipio de Ataco. Antes de 1999 teníamos tanto Ejército como Policía en el municipio. Sin embargo, entre septiembre y octubre de 1999 el Estado sacó a la fuerza pública de la estación que había en Casa Verde, una vereda cercana a Santiago Pérez.  De un momento a otro amanecimos sin Policía. Eso dio pie para que llegaran los ‘paras’ y la guerrilla.

Yo era profesor de la vereda El Brillante y me tocó presenciar muchas cosas. El 26 de enero del 2000 hubo una incursión del Frente 21 de las Farc. Asesinaron a cuatro campesinos que nada tenían que ver con el conflicto armado. Los cogieron en la calle, se asustaron, salieron corriendo y los asesinaron. Eran personas conocidas en la región y nos dolió mucho.

En agosto, unos paramilitares asesinaron a un presidente de la junta, un concejal y otras personas delante de todo el pueblo. Llegó la retaliación por parte de las Farc aprovechando que no había fuerza pública. Asesinaron a Nohelia Martínez y a una familia completa. Un comerciante fue a hacer la fosa común para enterrarlos y lo asesinaron también.

En diciembre de 2000 mi familia decidió salir del corregimiento y nos fuimos para Ibagué. Mis papás tenían un colegio en Santiago Pérez, dos casas y dos fincas en veredas cercanas, La Ensillada y Buenos Aires. Nos tocó dejar todo eso abandonado. Salimos desplazados y la guerrilla ocupó esos bienes. Se llevaban las cosas de valor para ellos y regalaban las propiedades a sus familiares para que las administraran.

Apenas llegamos a Ibagué, el gobierno nos dio tres ayudas humanitarias y no más. Como todavía dependíamos de lo que se cosechaba en nuestras fincas, café y cacao, nos reunimos con algunos campesinos que también se habían desplazado y le pedimos a la fuerza pública que nos acompañaran a recoger la cosecha.

El 5 de abril de 2003 volvimos a recoger café y las Farc asesinaron a unos señores, entre ellos un tío mío. A raíz del desplazamiento vimos la necesidad de organizarnos con otros grupos de víctimas y hemos luchado por el retorno de las familias a Santiago Pérez.

En Ataco, Rioblanco, Chaparral y Planadas, están alrededor del 50% de solicitudes de restitución de tierras en Tolima. Hay más de 5 mil solicitudes de en el departamento, de las cuales casi 1.100 corresponden a Ataco pero no hay garantías para volver.

Santiago Pérez era un sitio clave para que la guerrilla llegara a Puerto Saldaña, porque quedan muy cerca. Los divide una montaña. Santiago Pérez pertenece a Ataco y Puerto Saldaña a Rioblanco. Allí en Puerto Saldaña ocurrió una masacre muy grande que cometieron las Farc en abril del 2000.

De profesor presencié todo, vi mucha violencia que creo que muy pocas personas han vivido en Colombia. Recuerdo una ocasión en la que hubo más de ocho días de constantes combates entre guerrillas y autodefensas. Llegó inclusive la fuerza pública, había aviones, bengalas y bombardeos, eso parecía una película de Vietnam.

Vi pasar muchos guerrilleros por la vereda El Brillante por una carretera que comunica con la vereda El Cairo, que fue donde ellos montaron la base para atacar al corregimiento de Puerto Saldaña. Vi cosas que me afectaron mucho, niños heridos, vueltos nada. A uno le da pesar de los guerrilleros, porque de todas maneras son seres humanos que así pertenezcan a grupos armados sienten lo mismo que uno.

Hay mucha tierra abandonada en este momento. En la parte alta de las fincas de las víctimas había café y en la parte baja había cultivos de cacao y también ganadería extensiva. Siempre nos hemos preguntado por qué la fuerza pública abandonó el lugar. En ese tiempo estaban en diálogos con las Farc en El Caguán, se rumoraba que las Farc le habían pedido el despeje de esa zona al Gobierno pero eso nunca fue público. Todavía nos hacemos esa pregunta, ¿por qué el Estado nos abandonó?

Nuestra familia ha sido blanco de amenazas, se presume que vienen de parte de la columna Héroes de Marquetalia, que delinquen en Santiago Pérez y Puerto Saldaña.

Desde que me fui de Santiago Pérez he aprendido mucho. El Sena dicta unas capacitaciones que han cambiado mi forma de pensar respecto a cómo seré cuando regrese a mi tierra. Veo la vida con otra visión. Me ha servido estar en la ciudad, he aprendido sobre liderazgo. En este momento no tengo vivienda propia pero tengo un hogar, tengo un hijo de dos añitos al que le quiero dar una educación y un mejor mañana.”

"Yo presencié el asesinato de mis padres"

Entre el 23 y 24 de abril de 2003 integrantes de un grupo paramilitar asesinaron a seis personas en su paso por varios caseríos del municipio de Caldas, Antioquia.Los paramilitares degollaron a todas sus víctimas, entre las que había una pareja de esposos que fue asesinada en presencia de su hijo de seis años. Él, doce años después, cuenta su historia

"Yo vivía con mi familia en una finca que cuidaban mis papás en Caldas, un pueblo cerquita a Medellín. La finca quedaba a una media hora del pueblo en carro y yo estudiaba en la escuela de la vereda. Tenía apenas seis años y me acuerdo que ese día estaba lloviendo mucho, era medio día y mi mamá fue a recogerme al colegio. Aprovechamos que escampó un poquito para irnos a la casa, pero cuando llegamos se vino de nuevo el aguacero.

En la casa estaba esperándonos mi papá. Mi hermano no estaba porque ya estaba un poco más grande y salía más tarde de estudiar. Mi mamá me quitó los zapatos porque estaban mojados y se fue a preparar café para unas vecinas que habían llegado a la casa a escampar. En el pueblo es normal que cuando llueva tanto, la gente para en las fincas a protegerse y lo que normalmente se hace es ofrecerles un tinto.

En ese momento llegaron dos tipos en una moto y mi mamá les ofreció café antes de comenzar a buscar ropa para cambiarme, porque yo estaba todo mojado. Nosotros vivíamos en una casa pequeña con una cocina y dos piezas que daban a una salita.

Recuerdo que cuando se fueron las vecinas, los dos hombres sacaron unas pistolas y nos amenazaron. A mis papás los sentaron en una silla y los amarraron, a mí me metieron en un cuarto y trancaron la puerta con algo por fuera. Los tipos comenzaron a preguntarles por un operativo del Ejército que había ocurrido una semana en frente de la casa, en el que agarraron a varias personas. Mi papá insistía en que no sabía del tema y mi mamá les respondió que ella no tenía idea de eso, porque en ese momento se había ido a ordeñar.

Yo seguía en el cuarto encerrado y de pronto escuché como un golpe con un machete y mi papá gritó. No volví a escuchar a mi mamá, pero los tipos siguieron preguntándole a mi papá por la gente que había agarrado el Ejército. Al momentico se escuchó otro machetazo y luego todo quedó en silencio. La sangre se metía por debajo de la puerta, entonces yo me puse unos zapatos de mi hermano y logré salirme, los tipos se habían ido, vi a mi papá y mi mamá tirados en el piso y salí corriendo a donde una vecina a pedir ayuda. Luego me enteré que había pasado por varias casas de la vereda y habían matado a otras personas.

Mi vida cambió mucho porque no es lo mismo vivir sin papá ni mamá. Nos fuimos a vivir con una tía al pueblo y no volvimos a la finca. Ella vivía con el novio y no tenía hijos, entonces nos recibió y desde entonces nos cuidó.

Nos cambiaron de colegio, y en el nuevo, tuve unas citas con un sicólogo, pero todo fue muy duro. Mis compañeros no sabían lo que me había pasado pero los profesores sí. Yo no creo que uno se pueda acostumbrar a no tener padre y madre. Uno hace todo lo posible por aceptarlo porque sabe que ya no se puede hacer nada, afortunadamente mi tía se preocupó por ayudarnos y no dejarnos que cogiéramos malos caminos.

A nosotros el gobierno nos ha dado una plata y unos apoyos para estudio, pero mi tía es la que nos ha dado el mayor respaldo. De los que mataron a mis papás no quiero saber mucho, la verdad siento que no hay nada que hacer, entonces mejor no quiero enterarme de quiénes fueron ni por qué lo hicieron. Los que han estado pendientes de lo judicial han sido mi hermano y algunos familiares.

Mi hermano está por acabar ingeniería de sistemas en una universidad privada. Yo terminé el bachillerato en 2013 y traté de entrar a estudiar ingeniería civil pero no pasé para esa carrera. Afortunadamente logré entrar a la Universidad de Antioquia a estudiar Matemáticas, llevo un semestre y pienso cambiarme a ingeniería civil tan pronto pueda, y seguir adelante con mi vida."

"Muy duro, pero hay que mirar hacia adelante"

El 19 de septiembre del 2010, integrantes de la banda criminal 'Los Machacos' asesinaron a cinco personas en el bar ‘El Parche Pilsen’ del barrio Robledo Miramar de la ciudad de Medellín. Una habitante del barrio donde sucedieron los hechos, cuenta como se vivió esta tragedia.

"En la época de la masacre el barrio estaba muy tranquilo, desde el 2008 en Miramar no se veían muertos, habían llegado unos padres que trabajaron mucho por la paz y eso había bajado la delincuencia. A ‘El Parche Pilsen’ subía mucha gente porque era un espacio muy acogedor y con muy buen ambiente. Ese negocio se movía mucho, llegaban jóvenes, señores y adultos porque cerca se podía comer, parrandear y hacer una cantidad de cosas.

Como ese día era el día del amor y la amistad la gente salió a divertirse sanamente, por eso los que mataron ahí era gente buena que cayó como víctima del conflicto armado. No mataron a nadie que tuviera antecedentes ni que tuviera problemas, algunos de los muertos venían de Ituango.

Lo que cuentan, es que el dueño del negocio no había querido pagar vacunas a los ‘Machacos’, decían que a los que no pagaban, algo así les podía pasar. Ellos subieron caminando y dispararon contra los clientes, disque porque así “marcaban territorio”. De bajada, cogieron un taxi y hoy es el día en que el taxista que los llevó sigue desaparecido. Gracias a Dios ellos fueron capturados, se demoraron, pero los capturaron. Ese era un grupo en el que había de todo, decían que la mayoría eran paramilitares desmovilizados pero no se sabe nada.

Desde ese momento se sembró otra vez el temor, el miedo de salir a la calle y de que el barrio se volviera a dañar. Afortunadamente no se dañó porque desde eso no ha vuelto a pasar nada, con eso acabó todo.

Luego de la masacre, los sacerdotes hicieron varias eucaristías y varios actos simbólicos en el negocio para que una cosa de esas no volviera a ocurrir. Las personas estaban muy preocupadas, pero con las ceremonias quedaron más tranquilas y el dueño del negocio prometió que no iba a volver a abrir ese lugar al público.

Miramar entre 1998 y el 2000 era uno de los barrios más sangrientos de la zona, pero ahora está en paz, todo el mundo se mueve para todos los lados y no pasa nada. Yo sigo viviendo ahí, es un barrio que quiero mucho a pesar de lo que ha pasado. Por mi trabajo, les presté asesoría a las víctimas para que las cubriera la Ley de Víctimas y pues muy duro pero hay que mirar la vida hacia adelante."

"Igual la vida no es ese dolor, hay que echar pa' lante"

El 2 de mayo de 2002, guerrilleros del Bloque José María Córdoba las Farc y paramilitares del Bloque Élmer Cárdenas se enfrentaron entre las cabeceras municipales de Vigía del Fuerte y Bojayá, conocida en la zona como Bellavista. Allí, los paramilitares se escondieron detrás de la Iglesia y hacia las 11 de la mañana las Farc lanzaron contra ellos una pipeta de gas llena de metralla que cayó dentro de la parroquia, donde se refugiaban más de 300 personas. En los hechos murieron 98 personas. Una madre sobreviv

“Mi vida antes, era una vida normal. En ese entonces yo trabajaba como asistente de farmacia en el centro de salud de Bellavista, vivía con mi esposo y mis seis hijos en el barrio Bellaluz arriba de la iglesia. Siempre he vivido cerca a la iglesia, antes y después de lo que nos pasó.

 

Para ese entonces se vivía muy bien, tenía empleo en la farmacia y algunas veces colaboraba como auxiliar de enfermería, tenía cerca la iglesia y conseguíamos pescado y plátano fresco a la orilla del río. Ya nada es como antes, aunque los jóvenes disfruten vivir aquí.

El primero de mayo estuve todo el día en la iglesia y en el centro de salud. Recuerdo muy bien que eran como las cinco de la tarde cuando me fui a ver a mis hijos que estaban en la casa, luego de los disparos que se habían escuchado en la mañana de ese día.

El combate comenzó desde la mañana del primero, no sabemos si fue que se cansaron, pero los disparos cesaron en horas de la tarde de ese día. La noche estuvo tranquila, pero a las cinco de la mañana del 2 de mayo empezaron a disparar de nuevo.

Eran las seis de la mañana cuando me levante, me monté encima de unos cajones y tablas que había para intentar ver por una claraboya hacia afuera. Cuando me asomé, era evidente, por un lado estaba la guerrilla y por el otro los paramilitares. Lo único en lo que pensé fue en irme con mis hijos de ahí.

Muchos pensamos en refugiarnos en la iglesia, nadie nos avisó que fuéramos hacía allá, eso fue voluntario. Como era la casa de Dios, creímos que iba a haber respeto, pero no fue así.

Cuando llegué con mis hijos, el padre me pidió que le colaborara repartiendo una avena y unos panes que habíamos traído el día anterior. Unos ya se habían terminado la avena, otros la tenían en la mano y muchos otros ni siquiera la habían recibido cuando cayó la pipeta.

Unos minutos antes yo estaba a punto de salir de la iglesia para ir al centro a buscar la droga para los nervios que se me había acabado, cuando el padre me gritó:

-¡Rosita no salgas! ¿Qué pasó?, pregunté.

-¿En dónde están tus hijos?

-Allá están, respondí.

Yo había dejado a mis hijos en una esquina. Cuando el padre me dijo eso, entré corriendo, me acurruque y así como las gallinas meten a sus pollitos debajo del ala para protegerlos, lo mismo hice yo con mis hijos.

A los cinco minutos de haberme sentado ahí, estalló la pipeta. En ese momento lo único que hice fue cerrar mis ojos, aunque escuchaba lamentos, los ojos me pesaban, no podía abrirlos. Creo que una de las razones por las que no podía mirar era por el miedo a ver alguno de mis hijos muerto a mi lado.

Me dije: ‘Tengo que dejar la cobardía a un lado’. Cuando abrí los ojos, una de mis hijas estaba muy herida, tenía mucha sangre. Me paré rápido, le di a cuidar mis hijos a una tía y me fui a la casa de los curas a lavar a mi hija para poder ver las heridas. Sus labios y manos eran morados, estaba pasmada del susto.

Regresé por mis hijos, los cogí y me fui. Cuando iba saliendo me encontré con el padre, él no se movía, tenía la cabeza mirando hacia arriba como si estuviera pensando, lo llame como dos o tres veces hasta que reaccionó.

'¿Padre vamos a dejar que nos terminen de matar acá?' Le grité. El padre dijo que nos fuéramos a donde las monjas, salió corriendo adelante, como yo tenía a mis hijos casi que no me dejan salir de ahí, los paramilitares no nos dejaban.

En el momento en el que pude salir me fui para la casa. Llegamos y estaba el papá de mis hijos desesperado de pensar en que alguno de nosotros se había muerto, recuerdo que le dije: ¡Hombre, no se murieron. Están heridos, pero están vivos! Mi esposo era docente de la institución educativa de aquí de bellavista por eso él no estuvo en la iglesia.

Cogimos todos los trapos blancos que encontramos en la casa y nos montamos en unos botes junto con el padre y las misioneras, hasta que remando con las manos, porque ni palos encontramos, llegamos a Vigía del Fuerte. En Vigía duré cuatro días y de ahí salí para Quibdó.

Durante los tres meses siguientes yo no era la misma, no podía dejar de pensar en lo sucedido. No hacía sino llorar y llorar, hasta que un día me dije que tenía que cambiar. Lo que hice fue volver a Bellavista, yo creo que eso fue lo que me sirvió. Recuerdo que en la mañana y en la tarde iba a la iglesia a rezar y a llorar, así superé todo ese dolor.

Regresar a mi pueblo fue una terapia constante porque yo conocía a todas las personas que murieron. Por eso es que en este momento cuento y no me sale una lagrima. Dios es quien me ha dado mucha fortaleza para luchar por mis derechos y los derechos de las otras víctimas.

Igual la vida no es ese dolor, uno no se puede quedar ahí, hay que echar pa’ lante En este momento acompaño a un grupo de mujeres víctimas de la masacre en talleres de costura y tejido. He logrado hacer parte del comité de víctimas de Bojayá en donde puedo luchar por los derechos de las personas que, como yo, hemos sufrido el conflicto. Además, me dedico a cuidar a mis nietos y a colaborarles a mis hijos en lo que necesiten."

"El miedo es una cosa terrible"

La mañana del 27 de septiembre de 1999, paramilitares del Bloque Montes de María asesinaron a cuatro personas en el corregimiento de Las Palmas, Bolívar. Luego de cometer los crímenes en frente de la población, los ‘paras’ amenazaron con perpetrar una nueva masacre en diciembre de ese año, si los habitantes no abandonaban el pueblo. Ana Meléndez, una “palmera” que tuvo que dejar su tierra, cuenta cómo ocurrieron los hechos.

“Nosotros vivíamos en una casita de barro en Las Palmas y a veces, por las noches, colocábamos cualquier cobija en la entrada y dormíamos sin miedo, ni nada. En esa época no había luz y así pasábamos la vida. Mi papá cultivaba ñame, yuca y con eso era que nos alimentaba. Vivíamos de las ventas de una pequeña tienda y de la producción de tabaco. Nunca había nada malo porque Las Palmas era un pueblo muy tranquilo. Mis hermanos y yo nos casamos ahí.

Pero todo cambió cuando aparecieron esos hombres. El miedo es una cosa terrible. Hasta los animales tenían miedo. Los que iban a cultivar se levantaban a las 4 de mañana y no se sabía si volverían. La gente hablaba y decían que había llegado un grupo pero nadie sabía quiénes eran. No había forma de denunciar porque allá no existía ni la Alcaldía ni Policía.

El 27 de septiembre ellos llegaron a las 6:30 de la mañana. A esa hora los niños iban para el colegio. Muchos palmeros salieron huyendo y otros no tenían forma de salir para sus casas porque al que cogían lo reunían en la calle. Venían con la idea de que éramos colaboradores de la guerrilla.

Entonces juntaron a toda esa gente ahí en la plaza hasta las cuatro de la tarde cuando se escucharon los disparos. Mataron a Celestino y su mamá, doña Ema, a Rafael Sierra y a un primo de él. A Ema la mataron por la espalda y el hijo vio cuando mataron a la mamá. Después esa gente cogió su camino, se fueron y tocó recoger a los muertos en hamacas.

Al otro día, amaneció lloviendo. Yo estaba con mi familia y muchos no durmieron empacando sus cosas. Por la mañana se comenzaban a ver palmeros con los bolsos en la cabeza y todo el mundo saliendo y recogiendo. Nosotros esperamos un poco más pero a los ocho días, cuando vimos que quedábamos como ocho familias nada más, nos fuimos para San Jacinto también. Ahí nos tuvieron en un coliseo.

Mi esposo me convenció de volver a Las Palmas. Aunque la familia mía nunca tuvo nada pendiente con esos grupos, vivíamos asustados. Por esos días vimos un montón de vecinos de la vereda de Bajo Grande huyendo. Habían matado como a cuatro personas allá. Ahí decidimos irnos definitivamente. Yo no fui nunca más a Las Palmas, porque la familia se fue del todo para San Jacinto. Mis papas murieron y ya quedamos sin nada.

Mis pelados eran menores de edad cuando salimos de Las Palmas. Cuando decidimos venir a Bogotá fue por la ayuda de un amigo y su esposa porque muchos decían que para vivir aquí tenía que ser con plata. Fue muy duro, yo me empecé a deprimir, no conocía a nadie y así fue pasando el tiempo hasta que nos adaptamos. Mi hijo tenía una bebé y yo le ayudaba a atenderla. Mi hija se me quiso enloquecer de recordar la gente gritando ese día de la masacre. Pero ellos son los que me han dado fuerza, mis hijos y mis amigos.

Muchos años después volví a Las Palmas. Eso es una cosa muy dura porque no era el pueblo de antes. Mi casa estaba sucia, sin techo al lado de otras casas caídas donde ahora vive mucha gente que las ha ido arreglando.

En diciembre del año pasado, indemnizaron a las familias que retornaron. A nosotros nos dijeron que si salía el proceso, se demoraba cinco años. Estamos esperando a que nos llamen para ver qué nos van a solucionar.”

"Ahora somos un pueblo fantasma"

El 13 de abril del 2000 paramilitares del Bloque Montes de María asesinaron a 13 personas miembros de una comunidad evangélica en el corregimiento de Hato Nuevo en el Carmen de Bolívar, entre ellos el pastor de la iglesia. 15 años después un sobreviviente narra los hechos que causaron el desplazamiento de casi toda la población.

"Sobreviví a la masacre porque ese día me encontraba trabajando en Caravajal, una vereda cerca de Hato Nuevo. Mis primos, los sobrinos e hijos de mis primos y el yerno de mi primo murieron. Fue muy duro porque antes teníamos una vida llena de oportunidades. Trabajábamos tranquilos y teníamos todo para salir adelante. Vivíamos bien. Con mi familia criábamos ganado, también comercializábamos yuca y maíz. Ese era nuestro sustento.

Recuerdo que la primera persona que cayó fue José María Benítez, quien tenía una tiendita en la que vendía todo tipo de víveres, y con la cual sustentaba a su familia. Los paramilitares llegaron a su negocio ese 13 de abril del año 2000 dizque a comprarle una que otra cosa, pero no fue así. Ellos llegaron directamente a matarlo. Ahí empezó la tragedia.

Después mataron a Wiston Torres, el pastor de la iglesia cristiana del pueblo, quien desde muy niñito estuvo entregado a su religión. Él nunca tuvo problemas con nadie. Lo que dicen es que él reconoció a unos de los paramilitares y por eso lo mataron. Ahí mismo, también acabaron con la vida de Marta Benítez.

De esa tienda se llevaron a Alejandro Díaz y a Edwin Miranda, conocido como “Tito”, quienes vivían cerca de ese negocio. A ellos los mataron por Tailán, una vereda que queda lejos de Hato Nuevo. Unos familiares, amigos y yo recogimos sus cuerpos porque en ese momento a la Policía le daba miedo entrar a la zona por la situación que se estaba presentando.

Los paramilitares salieron de Tailán hacía el monte y se encontraron con un muchacho llamado Armando Catalán. A él se lo llevaron pero no le hicieron nada. No lo mataron porque no mostró miedo de ninguna culpabilidad, por eso lo soltaron pero bien lejos, como por los lados de los Montes de María. En el pueblo pensábamos que lo habían matado, pero apareció a los dos días de la masacre.

Estos hombres armados a donde llegaban quemaban viviendas y desplazaban a toda la gente del pueblo. Después de que sucedió todo, los paramilitares nunca volvieron, pero nos seguían amenazando. Nos llegaban panfletos que decían que nos iban a matar si nos quedábamos en Hato Nuevo. Además con Armando nos mandaron a decir que nos alejáramos de nuestras tierras porque ellos estaban dispuestos a acabar con todo lo que estuviera en y cerca de la región.

Nuestro pueblo era muy alegre. Lo que más nos gustaba era hacer deporte y nos interesaba mucho la política y el comercio. Ahora estamos en una situación precaria, perdimos la mayoría de nuestras cosas. Nosotros nunca nos enteramos por qué cometieron esta masacre. Somos unas personas de bien. Mis familiares y amigos asesinados no tenían problemas con ninguno. Todavía me pregunto por qué murieron tan miserablemente.

En Hato Nuevo más nunca volvió a pasar nada, pero ahora somos un pueblo fantasma porque todos, desde el 14 de abril del año 2000, desalojamos nuestras tierras por miedo a que otra cosa parecida fuera a suceder. En nuestra vereda solo quedan cuatro viviendas, nunca más volvió a levantarse una iglesia, ni ningún otro negocio. Se acabó todo. Unos habitantes cogieron para Cartagena, Barranquilla, Santa Marta y otros para la Guajira. La gente nunca más volvió.

Nosotros luchamos mucho por nuestras tierras y por ayuda económica, pero nunca recibimos apoyo por ningún lado. Ahora yo vivo en la vereda Mala Noche, con mis viejos y mi señora. Gracias a Dios todavía puedo levantarme con fuerzas para hacer de todo y rebuscarme la platica para poder sostenerlos y velar por ellos”.

"He podido ayudar a otras víctimas y eso me llena"

El 24 de enero de 1992, hombres armados sin identificar llegaron en dos camionetas al barrio La Esperanza del municipio de Barrancabermeja, Santander, y asesinaron a seis personas que se encontraban junto al billar 'El Tropezón'. Richard Álvarez, hermano de un joven que fue asesinado ese día, cuenta cómo sucedieron los hechos y cómo años después su familia tuvo que desplazarse forzosamente.

"De pronto algún día reviva el pueblo"

El 10 de febrero de 2000, un grupo de 50 paramilitares del Bloque Norte llegó en horas de la tarde al corregimiento de Trojas de Cataca, en el municipio de Pueblo Viejo, Magdalena. Los 'paras' asesinaron a seis pescadores en la ciénaga y provocaron un éxodo masivo de los habitantes. Nancy Sánchez sobrevivió a los hechos y cuenta qué pasó con ella después del desplazamiento.

Masetos (1982 - 1997)

El nombre de Masetos provenía de la organización criminal Muerte A Secuestradores, Mas, que fue creada por los jefes del Cartel de Medellín a principios de los ochenta para perseguir a los secuestradores de Marta Nieves Ochoa, hermana de los capos Ochoa Vásquez. Aunque el Mas desapareció pocos meses después de su creación con la liberación de Marta Nieves, desde ese momento, en varias regiones del país los grupos paramilitares auspiciados por narcotraficantes fueron llamados 'Masetos'.