“Me quitaron medio mundo”

El 22 de julio de 2003 paramilitares del Bloque Vencedores de Arauca asesinaron a cinco personas en Saravena, Arauca. Entre ellos, se encontraba Uriel Ortiz Coronado, sindicalista de la región. Su madre, Dioselina Coronado de Ortiz, le dio su testimonio a Rutas del Conflicto.

“Mi hijo era un buen muchacho, para cualquier madre sus hijos son buenos, no hay hijo malo. Sean como sean, ellos son los preferidos; hagan lo que hagan, son una belleza. Nosotros nunca tuvimos reproche de nada, él trabajaba para ayudarnos en lo que más pudiera. Mientras vivió con nosotros en la finca, fue agricultor y sembraba plátano y yuca. También era muy buen pescador.

Estudió hasta los 17 años, luego prestó servicio militar, porque desde pequeño él decía: ‘Mamá yo quiero ser soldado’. Después regresó a la casa a trabajar, ya tenía como 3 años de estar ahí cuando ingresó a la Ecaas, la empresa de acueducto del pueblo, a trabajar como fontanero y después como chofer con el mismo sueldo de siempre. Él no requería más, él lo que necesitaba era estar trabajando. Uriel no era vago, no. Ni tampoco era un loco, no tenía antecedentes.

Mi vida era permanecer en el hogar, cocinándoles a mis hijos y a mi esposo. En esa época estábamos todos en la casa.

Cuando murió tenía 28 años. El día antes hablé con él y le dije que por qué no renunciaba a ese trabajo, que la situación estaba muy fea. Me respondió que ya había pasado la carta de renuncia. Yo llegué contenta a la casa y le dije a Juan, mi esposo: ‘Mijo ahora si se nos compone la vida, el chino se viene para la casa otra vez’.


 

Me enteré de su muerte por la radio a la mañana siguiente. Todos estábamos desayunando cuando dieron la noticia de que habían matado a un funcionario de la empresa de acueducto.

 


¿Quién sería?, fue lo primero que pensé, cuando dijeron Uriel Ortiz Coronado. De ahí en adelante fue insoportable. Salimos para el pueblo, fuimos a la empresa y me dijeron: ‘Tenga paciencia porque ya está muerto’.

A la hora de la verdad ya no se recupera nada, me mataron a mi hijo miserablemente, porque él no debía nada, no era nadie, era simplemente un trabajador. Y esa fue la justificación para que mi hijo perdiera la vida, que trabajaba en una empresa. Nada más lo dejaron vivir 28 años.

Uno de madre queda con angustia, cuando veo a los otros dos varones por ahí, se me viene ese recuerdo.

Hace cuatro años ya no vivo en la finca porque la verdad ya no es igual, ya el viejo se fue, murió un año después de Uriel. No es lo mismo, los hijos consiguen esposa y uno queda más solo.

Yo hablé con Nelson Londoño, el asesino de mi hijo, él dijo que lo había matado. Ese día que nos llamaron de la Fiscalía, nos pusieron frente a frente. Yo lo miraba y él me miraba, me dijo:


 

‘Señora, me da mucho dolor verla sufrir, yo estuve ese día mirando como lloraba a su hijo, usted adoraba a ese muchacho’

 


Yo le dije ‘¿Por qué no iba a llorar? yo tenía que llorar’. En un momento me dijo que a mi hijo lo mataron inocentemente, pero a mí esa palabra no me sirve, yo no quiero escuchar que fue ‘inocentemente’, a mí me quitaron medio mundo.

Tiempo después me dijeron que Londoño estaba condenado, no sé si lo sentenciaron por la muerte de mi hijo o por otro de los crímenes que cometió. No he recibido información exacta. Tampoco he recibido ningún tipo de reparación.

La empresa en la que mi hijo trabajaba conmemora todos los años el aniversario de la muerte de Uriel y la de otros empleados que también mataron los paramilitares.”

“Lo más terrible no es sobrevivir sino tener una persona perdida, sin tener ninguna pista”

El 11 de mayo de 2002, Pedro Octavio Franco Bernal fue abordado en un bus y secuestrado por paramilitares. Según versiones de alias ‘Pollo’ y ‘Pirata’ fue asesinado, descuartizado y arrojado al río Guejar. Su esposa, Maribel Ceballos, quiso dar su testimonio a Rutas del Conflicto.

“Mi esposo, Pedro Octavio, era funcionario de la alcaldía de Vista Hermosa. Apenas se terminó el proceso de paz del Caguán recibió una amenaza telefónica. En ese momento, cuando se acabó la zona de distensión, todos los funcionarios públicos de estos municipios se convirtieron en objetivo militar. El 7 de mayo de 2002 salió en comisión de trabajo a Bogotá y jamás volvió.

El 10 de mayo hablamos por teléfono, él estaba en la casa de la mamá, visitándola por el cumpleaños, y conversamos de las cosas de la casa, lo normal. También me hizo algunas recomendaciones de un futuro sin él. A mí me late que presentía lo que iba a pasar. Pedro salió de Bogotá el 11 de mayo a las 6:50 a.m., yo lo esperé todo el día y nunca llegó.


 

En la noche vinieron los de la flota y me trajeron las maletas, me dijeron que lo habían bajado en la trocha 30. La gente que venía dentro del bus escuchó disparos.

 


Para esa época estábamos con el paramilitarismo a bordo. Mi esposo fue bajado por ‘paras’ y, según lo que ellos dicen, lo asesinaron, lo llevaron a la zona boscosa, lo descuartizaron y lo botaron al río.

Ha pasado mucho tiempo, hemos tocado todas las puertas existentes, pero nunca hemos tenido una respuesta concreta, sólo sabemos lo que ellos dicen. José Díaz Alcantar, alias ‘Pollo', dijo que habían sido ellos, pero que fue por una mala información. Alias ‘Pirata’ dice que fue siguiendo una orden, y así, se tiran la piedrita el uno al otro.

Para ellos todo el mundo era delincuente, nunca mataron a inocentes, sólo a gente culpable. Yo sé lo que había en mi casa, pero ellos tenían un monstruo fijado y eran los supuestos superhéroes que decían salvar a la patria y a Vista Hermosa de todos los guerrilleros.

Yo toda mi vida había estado en Vista Hermosa, llevaba una vida normal, teníamos un negocio, una familia, una casa, que también nos arrebataron los ‘paras’. Todo nos lo quitaron ellos. Mi familia y yo nos tuvimos que desplazar a Villavicencio luego de la desaparición de mi esposo. Ellos se quedaron acá a merced de todo lo que habíamos dejado, se apoderaron de la tierra y la dieron en comodato a diferentes personas.

Con el tiempo yo estuve donde alias ‘Pirata’ y dijo que nos tenían que devolver la casa. En ese momento, mi mami se devolvió de nuevo a Vista Hermosa y yo regresé en el 2008. Estar nuevamente en mi casa, sin estar de arrimados, sin tener que pasar miles de necesidades, de las que se pasan en la ciudad, ayuda a sanar las heridas.


 

Un día le dije a la fiscal: "¿Usted se imagina una escena como la que mi familia tuvo que vivir y que también han vivido miles de colombianos?"

 


Llegar a un lugar donde usted no conoce, no sabe dónde es arriba, dónde es abajo. Llegar a una nueva vida, con los pollos dentro de una jaula, con todo, es muy terrible.

Todo esto fue un vuelco total, porque prácticamente uno se queda sin manos sin pies, sin nada. Lo más terrible no es sobrevivir sino tener una persona perdida, sin tener ninguna pista. La verdad, de todas las cosas, esto es lo peor que le pueden hacer a un ser humano.

Se pierde el ánimo de seguir buscando, porque no es que pase el tiempo y a uno le deje de doler, aquí la cuestión es que pasa el tiempo y la crisis en el municipio es más aguda. Hay más conflicto a pesar de que la guerrilla se está yendo, tenemos conflictos internos que obviamente ustedes en la ciudad no conocen. Aparentemente todo está calmado, pero siguen desapareciendo a las personas, sigue habiendo desplazamiento. Para el mundo, Vista Hermosa es un paraíso terrenal, pero no es así”.

"Cuando vamos a la misa de La Sarna es como si enterráramos a mi hermana otra vez".

El primero de diciembre de 2001, un grupo de paramilitares de las Autodefensas Campesinas del Casanare, conocidos como los ‘Buitragueños’, detuvo un bus de transporte público que recorría la ruta entre Sogamoso y Labrazagrande, a la altura del Páramo de la Sarna en Boyacá. Los ‘paras’ bajaron a los pasajeros del bus, los acostaron boca abajo y asesinaron a 15 de ellos. La hermana de Mercedes Rivera, quien murió junto con su novio, recuenta los hechos.

Nosotros estábamos en Paya y vivíamos con mi hermana Mercedes, que trabajaba en la administración municipal como aseadora. Ella tenía una enfermedad muy rara y nosotros no sabíamos qué era. Se le torcía la cara y los brazos, entonces se fue a Sogamoso a hacerse un control y sucedió lo que sucedió.

Al otro día llegó la noticia de que habían matado a los pasajeros que iban en el bus y fue un dolor grande porque nosotros ya sabíamos que ella viajaba pero deseamos que no se hubiera venido. Del impacto de la noticia dijimos “ojalá que no venga ahí”. Llamaron al juzgado de Paya para confirmar y mi hermana lamentablemente sí venía ahí. Solo dejaron vivos a dos niños y a una señora de la tercera edad.

En el proceso que yo he leído nos dicen que eso pasó porque eran guerrilleros. Yo no estoy de acuerdo, mi hermana jamás tuvo contacto con la guerrilla. No sé de dónde sacaron que guerrilleros. ¿Por qué lo hicieron con gente tan inocente como esas personas? Yo hablo por mi hermana, una persona noble, que estaba enferma y quería salir adelante.

Ella nunca tuvo contacto con la guerrilla, eso es lo que más nos duele. Cuando nosotros vivíamos en la vereda de Sótaga mi hermana Mercedes todavía vivía con nosotros. La guerrilla estaba mucho por ese lado. Mi papá nos respaldó en todo lugar y es un señor ejemplar. Fue desplazado después de que llegó la Policía. A él lo llamaron para que recibiera el cadáver de mi hermana y nosotros no lo acompañamos porque había amenazas de que los que fueran a reclamar los cadáveres los mataban.

Él dijo que iba solo porque no arriesgaría a ninguno de sus hijos. No sé cómo lo haría porque él ni conocía Sogamoso. Él tuvo mucho coraje para estar al lado de su hija, solo, sin apoyo de nadie, ni de las autoridades locales.

Todavía sigue siendo muy duro hoy, por ejemplo, recordar a mi hermana, que iba a pasar navidad con nosotros, que le traía un árbol de navidad a mi mamá para que conociera un arbolito. Imagínese, eso es durísimo. Mis papás la recuerdan mucho. Lo más duro es que no se hizo justicia.

En ese momento yo tenía siete años. Éramos once hermanos, yo soy la segunda menor.  Ha sido muy duro para mis papás sobre todo. Cuando vamos a la misa de La Sarna es como si estuviéramos enterrándola a ella otra vez. Teníamos una ceremonia en Labranzagrande pero no fuimos por tristeza. Para qué recordar que le dispararon, que la mataron junto a su novio Arturo, eso es duro. No fuimos por no causar otro dolor.

A mi hermano y a mi tío les dieron cristiana sepultura

Rodrigo Salamanca cuenta cómo ha sido su vida después de la desaparición de su hermano el 10 de febrero de 2003 en Recetor, Casanare. Durante las tres últimas semanas de febrero de 2003, paramilitares de las Autodefensas Campesinas de Casanare, Acc, conocidos como ‘Los Buitragueños’, desaparecieron a cerca de 60 personas de los municipios de Recetor y Chámeza, en el piedemonte de Casanare. Entre las víctimas están varios comerciantes y empleados públicos de los dos municipios. 

“Sería un deshonor dejarlo olvidar”

Nueve personas fueron asesinadas entre el 22 y el 25 octubre de 2002 por paramilitares del Bloque Central Bolívar, en cuatro diferentes localidades del municipio de Quinchía, en Risaralda. En el corregimiento de El Naranjal, Eduar Yamid Bartolo Ladino, entonces con 15 años, vivió la muerte de su padre, Javier Antonio Bartolo Trejos. Cinco meses antes, en mayo, ya había presenciado el asesinato del amigo de infancia Orlando Antunes Tapasco, en otra masacre. Bartolo Ladino narra los hechos que vivió durante las incursiones de los 'paras'

“En mayo de 2002, la situación era nueva porque, en esa zona, a pesar de que siempre se supo que existían grupos de personas armadas, nunca se había visto esa situación de que llegaran y buscaran personas.

En ese mes, mataron a un amigo mío de infancia. Yo tenía 15 años, y ese amigo se llamaba Orlando. Todo el corregimiento lo quería mucho, era una persona muy extrovertida, y era muy conocido porque era muy bajito, muy alegre y le gustaba mucho bailar.

Él era un poco mayor que yo, a esa fecha tenía unos 18, 19 años. Ese día fue la primera ocasión que vimos que hacían presencia los llamados paramilitares en la comunidad. Recuerdo que llegaron y entraron en todas las casas. Llegaban a saludar como cualquier personas y decían que tenían que entrar porque había armas guardadas, o elementos de apoyo de lo que nombraban guerrilla.

Orlando se tomaba sus cervezas y, el día en que llegaron los paramilitares, era un lunes festivo. El corregimiento cuenta con unas cuatro discotecas y, este muchacho había amanecido tomando con un señor que era suegro de él, padre de su novia. Creo que, en medio de los tragos, esa gente llegó, y hasta donde yo escuché, les hicieron preguntas. En una de esas preguntas Orlando les contestó de mala manera y le dieron un disparo que lo mató.

A ese muchacho lo conocían todos porque el papá había fallecido hacía muchos años, y él vivía con los tíos. Todo el mundo lo había visto crecer, porque, como no tenía papá, y la mamá se había ido, son de esos niños que crecen y toda la gente se queda pendiente de él.

Él no conocía la mamá, pero sabía de la historia que ella lo había regalado. El sábado, dos días antes de su muerte, llegó la mamá. Me acuerdo que él estaba en el segundo piso de un bar con las ventanas transparentes, y ellos hablaron mucho rato. El hombre estaba contento el sábado y el lunes lo matan. Qué injusta es la vida.

Para la comunidad fue muy duro, por unos tres meses ya no había nadie en la calle después de las seis de la noche, con temor. Y no volvimos a ver esa gente hasta octubre, cuando sucedió la otra situación. Lo difícil y lo injusto es que, en la comunidad, usted no veía ningún otro grupo armado.”


 

“Ellos dijeron que había gente que salía armada porque era guerrillera, pero eso es falso. Era gente amable, que salía para trabajar y sobrevivir”

 


Para octubre, se escuchaba que estaban por allá, en otras veredas y corregimientos. Esa es la zona cafetera, un municipio dedicado al cultivo de café. En El Naranjal el mes de octubre fue representativo como el mes de la cosecha de café en esa época. Y cuando hay cosecha de café, la gente se ve con dinero, toma cerveza, hace fiesta. Mi papá era comerciante, tenía una compra de café, era una persona reconocida en el municipio. A mucha gente le ayudó y colaboró y, por eso, tenía muchos amigos y mucha gente lo distinguía.

El día 25 de octubre, un viernes, había una actividad programada en el colegio, de integración, y no quise ir. Había mentido a mis papás que había una reunión de profesores, para no ir, y pasé el día con mi papá. Me recuerdo que a él le gustaba mucho el ‘Chavo’, y en un canal todos los días lo presentaba en la tarde. Él lo veía y se reía. A las cinco de la tarde, vi que pasó gente armada. Recuerdo que había dos señores, uno en la esquina de mi casa y uno adentro, hablando con mi papá. Hablaban normal, parecían tener una conversación normal. Ellos estaban vestidos con uniforme militar, pero el rostro lo tenían descubierto. Tenían brazaletes negros con letras blancas que decían AUC-BCB (Autodefensas Unidas de Colombia - Bloque Central Bolívar).

Algunos tenían celulares, y era una rareza ver alguien con eso. Me recuerdo que la conversación que tenían era que el celular había costado tanto, que tenía tantos minutos. Y uno de ellos le dijo a mi papá que tenían que hablar abajo, fuera de la casa. Mi papá fue, normal, hasta tenía una especie de pañuelo rojo en el hombro. Lo llevaron hasta una discoteca que estaba cerrada, y que tenía una terraza. Vi que aparcaron una camioneta roja, del municipio, justo en el parque principal del corregimiento. Bajaron unas personas y las entraron donde habían entrado mi papá, en la terraza. En cuestión de cinco, diez minutos, escuchamos disparos, cuatro tiros.

Mi mamá, que estaba ahí en la casa, me gritó: "Hijo, ve a ver qué pasó con su papá". Y ya estaba llorando. Ella es una persona muy fuerte y no llora por cualquier cosa. Salí en pantalonetas, sandalias y una camiseta, y me fui, volteando el parque principal. Cuando me acerqué a una distancia de 15 metros, lo vi tirado a una esquina de la terraza. Uno solamente siente ese tipo de sentimientos una vez en la vida. Yo solo lo sentí ese día y, hasta el momento, que ya tengo 29 años, no lo he vuelto a sentir. En menos de un milésimo de segundo, sentí que algo me subió... Mi reacción fue, a pesar de que la gente estuviera armada, seguir caminando.


 

“Cuando estaba a unos cinco metros de distancia, un adulto de los que estaban uniformados me puso el brazo en el pecho y me frenó, fuerte. Yo lo miré y dije, ya llorando: ‘Señor, es que él es mi papá’”

 


Cuando dije eso, otro señor, que estaba a su lado, me colocó un fusil en el cachete y me dijo: ‘Váyase hijo de tantas, si no quieres que también lo mate’.

Mi papá estaba sentado, como si estuviese dormido, no tenía sangrados. Vi también a otra persona, un señor, y la reacción de su cuerpo, que estaba saltando en el piso, como los pollos cuando se están muriendo. Digo yo que cuando un ser supremo quiere que uno siga existiendo... A mí hubo algo que me detuvo en ese momento. Y me fui.

El espacio que caminé hasta mi casa se me hizo eterno, como si hubiese caminado 10 kilómetros. Cuando llegué, mi mamá ya estaba muy ofuscada, llorando. Le dije: ‘Mataron a mi papá’. Usted puede imaginar la reacción de ella como esposa, como madre. Mi hermanita tenía 13 años... imagínese, todo el mundo a los gritos.

A partir de ese día, a esa gente jamás se volvió a ver por allá. Jamás volvimos a ver los paramilitares. Eso fue un 25 de octubre, y en diciembre las fiestas no fueron iguales, todo el mundo quedó encerrado en sus viviendas. El corregimiento volvió a despertar solo unos dos años después.

Yo me interesé a contar eso porque sería un deshonor dejarlo olvidar, dejarlo en el pasado o simplemente en la memoria de los que nos tocó desafortunadamente vivirlo. La vida era una hasta ese día, y después surgió otra vida. Yo pasé de ser un adolescente que no tenía ninguna preocupación a pensar en cómo vivir con noción de adulto porque uno aprende a madurar con la vida.


 

“Después de tantos años, yo veo el ‘Chavo del Ocho’ y el primer recuerdo que me viene es el de mi papá, de escuchar cómo se reía"

 


Son situaciones que no se vuelven a vivir. Él hizo falta y sigue haciendo. Desafortunadamente él se fue y, afortunadamente, lo logramos superar. Mi hermana es profesional, es próspera, mi mamá está con nosotros, yo soy profesional. A pesar de que él hace falta, hemos podido salir adelante.

Vivimos en Rionegro, Antioquia. Pero tenemos todavía la propiedad y la familia que vive en El Naranjal. Debería de existir en el municipio una especie de monumento, un lugar diseñado en honor a esas personas que perdieron la vida. Tengo eso pendiente para cuando vaya.”

"Lo que me pasó a mí que no le pase a nadie más"

El 7 de septiembre de 1996, a las afueras de Bogotá, cuatro jóvenes fueron torturados y asesinados por miembros de la Policía, que los señalaron de pertenecer a un frente urbano de las Farc. Alfonso Mora, padre de una de las víctimas, dice que los autores del crimen podrían salir de la cárcel con los acuerdos de La Habana, pero insiste en que, en su opinión, lo más importante es que nunca más se vuelvan repetir estos hechos.

“Mataron a las personas más claves de la comunidad”

En 18 de abril de 2004, Margoth Fince Epinayú de 70 años y miembro de la Asociación Indígena de Autoridades Tradicionales Wayuu, fue asesinada por paramilitares. En la masacre, ordenada por alias “Jorge 40”, los ‘paras’ también mataron a Rosa Fince, líder de la comunidad, y desaparecieron a Diana y a Reina Fince. La abogada Débora Barros Fince, familiar de las víctimas, narra estos hechos y explica cómo la comunidad desplazada logró regresar a sus tierras a pesar de las dificultades.

“En ese entonces, abril de 2014, había tres miembros del Ejército en la comunidad, que se retiraron. Estaban allá haciendo acompañamiento, seguridad. El interés de los paramilitares era por el puerto natural, con libre circulación para el tema del contrabando, del narcotráfico.

Rosa Fincer, Diana, Reina, eran hermanas de mi mamá. Yo era la inspectora de Policía del municipio, vivía en una pieza en Uribia e iba todos los fines de semana para la casa en Bahía Portete. Tenía 25, 26 años. Pasó alguien y dijo: ‘En Portete hay una masacre’. Me mandaron avisar a mí, yo no podía creer. Fue horrible, el miedo, el terror. En ese momento no había celulares. Lo que hice fue avisar el alcalde, y él no quiso creer. Después fuimos a Riohacha para pedir ayuda a la Defensoría para ir a la comunidad. 

Un grupo pudo subir tres días después de la masacre, porque, con el miedo, no sabíamos si la gente estaba viva, muerta, o qué había pasado. Lo que se especulaba era que habían matado toda la comunidad. La gente estaba metida en los manglares, escondida. Varias personas de mi familia subieron en carros con acompañamiento del mismo Ejército y la gente empezó a salir. Estaban en los arroyos escondidos.  Se recogieron los cadáveres y el olor.... había un olor fuerte. 

Yo no subí a los tres días. En ese momento alias “Pablo” dijo que me iba a matar. Un día antes me dijeron que había hombres armados en la zona, amenazando la comunidad. Los que se fueron encontraron un brazo quemado en un camión. De pronto era de una de las desaparecidas. No pudimos saber nada sobre ellas. 
Ahora hay gente ya viviendo ahí, retornados. Hay una escuelita, poco a poco la comunidad se fue urbanizando. Lo que está abandonado son las ruinas de las casas donde hubo muertes, pero eso nunca se va a habitar. Por respeto, por mantener la memoria. 

Mi familia está ahí, fuimos unos de los primeros que volvimos, a los diez años de la masacre. Los que no habían vuelto era por el miedo, porque decían que había hombres armados allá. La comunidad está allá, normal, con dificultades porque no hay agua, no hay un apoyo del gobierno nacional, pero está allá. 


El proceso de retorno se organizó a través de la Unidad de Víctimas, pero el territorio nunca se abandonó, íbamos todos los años a cada aniversario de la masacre, nos concentrábamos en estar todos juntos, en hacer una comida. Eso ayuda a que la comunidad se mantenga unida y a los que están esperanzados a aguantar, soportar. Trabajamos la reunión de la comunidad, hablamos de la reconstrucción de la memoria, del tema de los niños, de recuperar la confianza en las instituciones. Recibimos acompañamiento de otras instituciones, que nos orientaron y nos dieron la fortaleza.

Los que están ahí en la comunidad son los que están arraigados al territorio, concentrados en cuidar y recuperar todo eso, las cosas que de alguna manera se perdieron. Pero allá está el tema del agua, es lo primordial que se necesita y no lo hay. No hay transporte, es muy difícil. Los niños van a la escuelita ahí mismo, no es una escuela que fuera realmente dada por las autoridades de la educación, o por el Ministerio de Educación, sino que una de las muchachas enseña los niños a escribir, a hablar tanto el español como el wayuunaiki. Pero el gobierno no está, la comunidad retornó voluntariamente, el gobierno tenía que dar las garantías, pero no las ha dado.

El gobierno dio la reparación por desplazamiento a cada familia, casi 17 millones de pesos, no a todos, faltan algunos. Desplazados fueron 80, 90 familias en el momento, que hoy equivalen a unas 115, 120. Pero en Bahía Portete no hay nada más que unas 40. El resto se han ido a diferentes ciudades. 

La pérdida del territorio para los wayuu tiene una consecuencia grande de pérdida de la lengua, es algo gravísimo. Si se pierde la lengua se está perdiendo la esencia de la mujer wayuu, la vivencia y la existencia del pueblo, es como un exterminio. Hicieron una cosa terrible, mataron a las personas más claves de la comunidad: a la autoridad tradicional y a la líder, y eso fue lo que logró el desplazamiento. Fue terrible, marcó la vida de toda la comunidad. En el pueblo wayuu, las mujeres son muy sagradas, no puede haber conflictos grandes, las mujeres están ahí para intervenir, para ayudar en el tema del dialogo, y no para asesinarlas. El daño en la comunidad también fue grande por las formas en que fueron asesinadas. 

Hoy en día, por lo menos en la comunidad de Portete, las mujeres fueron quienes tomaron la iniciativa de negociar, de hablar, de no quedarse calladas. Son las que organizan la estructura económica, social y educativa de la comunidad, pensando en mantener la supervivencia de la unidad del pueblo. No es fácil, porque, aun siendo de la misma comunidad, hay hombres machistas que no permiten que las mujeres asuman el manejo. Pero, en nuestro caso, nuestro abuelo, que es la máxima autoridad, y nuestros tíos, fueron quienes nos dieron esas facultades para que fuéramos nosotras, las mujeres, que lideráramos. Ese gesto hermoso de pronto lo hicieron por la memoria de las mujeres que murieron en la comunidad.

Uno sabe que las personas se van a morir, pero que las asesinen de esa forma... eso es algo que no se puede olvidar. Después de todo lo que pasó, todo el mundo cogió el miedo. Y volver a unificarnos es un logro histórico para uno, volver al territorio donde uno sabe que es de uno. Si uno no tiene territorio, no tiene identidad. Tener esa memoria y reconstruir todo eso es uno de los mensajes que deja la lucha y la resistencia.
Desde antes que se diera ese tema del proceso de paz, decíamos que la paz, el diálogo, tenía que darse. Y hay mecanismos de entendimiento para lograr eso. En los wayuu, cada comunidad tiene su autoridad, el palabrero, y cada comunidad maneja sus contrastes. Uno aprende con los abuelos y con las autoridades tradicionales.

 

“He aprendido a vivir en medio de la guerra”

El 4 de julio de 2001, paramilitares de los bloques Norte, Mineros y Noroccidental Antioqueño llegaron al municipio de Peque, Antioquia. Los ‘paras’ golpearon de casa en casa para citar a la comunidad a la plaza, donde escogieron al azar a 30 habitantes. Otros pequenses fueron víctimas de hurto y desplazamiento forzado. El siguiente testimonio es de una víctima que atestiguó tanto el dolor causado por el conflicto como el renacer que vivió la región.

Nunca había visto tanta gente mala como el día de la masacre. Recuerdo que los 'paras' estaban regados por todo el municipio.

Dos días antes, los paramilitares se dedicaron a robar todo lo que querían, ¿qué no se llevaban?, es que imagínese usted a esa gente toda armada, amenazando a las personas para poder llevarse todo lo que podían de fincas, casas y tiendas.

Ellos nos hicieron mucho daño: unos perdieron a sus seres queridos y otros todo por lo que habían trabajado durante muchos años. A nosotros nos robaron todo lo que teníamos en la tienda, además de 150 cabezas de ganado de la finca. Los mismos paramilitares fueron quienes nos llamaron a avisarnos que nos habían robado.

El día de la masacre yo estaba en el pueblo con mi esposo y mis cuatro hijos, como a eso de las 10:00 de la mañana los paramilitares entraron al municipio por el camino que conduce a Buriticá. Recuerdo a toda la gente preguntándose quiénes podían ser, algunos pensábamos que era el Ejército, otros que era la guerrilla y luego, cuando empezaron a regarse por todo el pueblo diciendo que bajáramos a la plaza, nos dimos cuenta de que eran paramilitares.

Nos hicieron bajar a todos. Solo pensé en esconder a mis dos hijos hombres, porque sabía que si no me los mataban, se los llevaban, como a otros muchachos, para que les ayudaran a cargar todo lo que se habían robado.

Cuando estábamos todos reunidos en el parque, los ‘paras’ tenían lista en mano y empezaron a llamar a las personas que según ellos estaban ´tenían relación con las Farc´. Fue impresionante: todos en algún momento habíamos tenido que colaborarles, por eso todos creíamos que podíamos estar en la lista.

Fue una tortura, los paramilitares hicieron pasar a las personas por un pasillo que había en la plaza y allí los escogían. Al que querían sacar lo sacaban. Las mismas personas decían que estaban pasando por el "túnel de la muerte".

Todo el mundo lloraba, los niños al ver a sus papás llorando, y los adultos de miedo y de impotencia porque uno nunca sabe qué hacer en una situación de esas. Además, recuerdo que fue muy doloroso para los ancianos porque recordaban parte de sus vivencias.

Yo no sé de qué frentes eran ni nada de eso, lo único que sé es que estaban armados. Recuerdo que a mí me tocó hablar con uno de ellos, ni siquiera me importó saber quién era, pero tuve que hablar porque habían cogido a uno de los mayordomos de la finca. Él era un muchacho muy juicioso, pero según ellos era colaborador de la guerrilla. Al final nos lo entregaron todo aporreado, pero lo importante es que lo dejaron libre.

Era mentira eso de que éramos colaboradores de la guerrilla. Y si era cierto, entonces todos colaborábamos, porque aquí el que entraba armado, fuera quien fuera, guerrilla o paramilitares, era el que mandaba en el municipio. Era horrible, a nosotros no nos gustaba atenderles y colaborarles de a mucho, pero a veces uno tiene que sonreír cuando el alma llora y sufre de miedo.

No conocía al resto de las personas que mataron, solo sé que la mayoría eran muchachos del campo. Recuerdo que los tuvieron encerrados en las oficinas de palacio municipal y como a las seis de la tarde los sacaron en un carro, de ahí en adelante empezaron a matarlos en diferentes corregimientos.

Cuando terminaron nos dijeron que teníamos que irnos para Dabeiba. Eso fue terrible, tal vez ellos pensaban que éramos poquitos los que vivíamos en el municipio, pero cuando empezó a bajar toda esa gente de todas las veredas, se dieron cuenta que era imposible.

No entiendo por qué nos querían sacar, solo dijeron que ahí no podíamos estar. Yo les dije que por favor entendieran que Dabeiba era muy lejos. Además, para nosotros era muy difícil irnos. Sentí que había algunos de ellos conscientes de lo que representaba para nosotros tener que dejar nuestros hogares y nuestras cosas, pero a otros no les importaba nada.

Cuando todo terminó estábamos muy desorientados, algunos terminaron desplazándose hacia Medellín, otros vivían con miedo y la mayoría terminó en una pobreza terrible porque se nos llevaron casi todo lo que teníamos. Lo que nos pasó fue muy duro, en especial para todas las personas que en ese momento ya eran víctimas y venían como desplazados de otros municipios.

Créame que a pesar de todo, para mí no es fácil salir de aquí. He construido mi vida, tengo mis cosas, así que siempre he tenido la esperanza de poder quedarme y hasta ahora así ha sido. Los pequenses hemos trabajado muy duro, hemos sido personas muy echadas para adelante en medio de situaciones difíciles pero todos seguimos con el ánimo de seguir adelante.

Ahorita todo está bien en el municipio, con la ayuda del señor los que quedamos aquí hemos salido adelante, Dios nos ha protegido, nos ha bendecido, pero igual todo el trabajo de mucho tiempo ellos nos lo arrebataron.

Uno acá se queda con mucho temor, pero con el propósito de salir adelante porque nosotros como padres de familia solo queremos luchar por el futuro de nuestros hijos.

"El mejor homenaje a Tiberio es que se firmen acuerdos de paz"

Entre 1986 y 1994 ocurrió la masacre de Trujillo, en el Valle del Cauca: una secuencia de detenciones arbitrarias, torturas, homicidios selectivos, desapariciones forzadas y masacres realizadas de manera sistemática. Los crímenes fueron perpetradas entre narcotraficantes, paramilitares y miembros de la fuerza pública. La tragedia alcanzó su punto más crítico con el asesinato de Tiberio Fernández Mafla, sacerdote y líder comunitario de Trujillo.

“Llevaba años entrenada para sobrevivir en caso de que los mataran”

El 3 de junio de 1992 un grupo de paramilitares atacó un vehículo en el que se transportaban varios dirigentes políticos de la Unión Patriótica (UP), entre Villavicencio y el municipio de El Castillo. En Caño Sibao, Granada, los ‘paras’ dispararon contra el automóvil y asesinaron a cinco de sus ocupantes. Entre las víctimas se encontraba Rosa Peña, tesorera de El Castillo, que tenía 3 hijos. Yira Aristizábal cuenta cómo ha sido su vida después de la tragedia.

“Yo crecí en el departamento del Meta. El punto de referencia para todo el mundo es Villavicencio pero yo técnicamente hablando no viví en allá. Mis papás se trasladaron a la zona del Ariari desde el año 84 para trabajar en diferentes cosas: organizaciones campesinas, concejos, alcaldías, tesorerías y ese tipo de trabajo administrativo y político.

Ellos se unen a la Unión Patriótica cuando surge este partido porque ven una opción para la gente joven y para desarrollar sus sueños, una opción que los partidos viejos no estaban aceptando.

Nosotros vivimos en la región hasta el 89 cuando se da el primer desplazamiento de la zona, pero tuvimos que movernos varias veces debido a las amenazas. En ese mismo año salimos a Bogotá y regresamos en el 90, cuando mi mamá se fue a trabajar a El Castillo.

El día del asesinato ella regresaba al pueblo para entregar su puesto. Ya había recogido su ropa, muebles y sus cosas. Iba a dejar la región por las amenazas constantes de parte de los paramilitares. Ese 3 de junio yo tenía que decirle a mi mamá que se quedara porque en la escuela me iban a castigar, pero no lo hice. Si le hubiera dicho, le hubiera tocado quedarse y no habría viajado en el carro que fue atacado por los ‘paras’. Son historias en las que uno carga la culpa del proceso durante mucho tiempo.

Ellos se bajaron a El Castillo y los estaban esperando en Caño Sibao. De lo que me contaron es una historia bastante confusa, pero en algún punto alguien dispara y la ‘matazon’ no se detiene. De todas las personas que iban en el carro hay un sobreviviente pero nunca he hablado con él y no sé qué historia pueda tener porque nosotros nos alejamos totalmente de la zona. Mi familia tomó la decisión de cerrar ese tema en la vida familiar, no volver a inscribirse en partidos políticos, no volver a participar ni siquiera de los sindicatos. Nada de activismo político. Se dedicaron a trabajar, criar hijos, pagar impuestos y no más.

Todos nacíamos en Villavicencio porque ahí está el hospital pero yo crecí en la zona rural, más cerca de Acacias que de Villavicencio. Luego nos pasamos a San Juan de Arama que era un pueblo muy chiquito como de 10 calles. Los recuerdos que yo tengo de San Juan de Arana en la infancia son muy chévere porque tenía amigos en la cuadra, iba al río, cazaba hormigas culonas y pescabamos. Era chévere desde el punto de vista infantil, pero uno iba más al cementerio que al parque.

Como los riesgos de seguridad eran tan altos, normalizamos todas las precauciones que nos decían. Yo crecí entre entierros y velorios, entonces no tengo ese sentido de la sobriedad que la gente tiene en un espacio así. Los adultos hablaban de los muertos de la misma manera que hablaban de la telenovela en la noche.

Mi papá y mi mamá fueron siempre muy claros con nosotros. Nos decían: ‘Existe el riesgo de que nos maten, si hay tiroteo al piso y mirar cómo salir de la zona’. Y uno normaliza eso. Ellos eran muy claros que el riesgo existía. Yo siempre tuve presente que alguno de los dos podía ser asesinado. En el momento en que mataron a mi mamá no me lo esperaba porque estaban haciendo una retirada honrosa de la zona. Los de la UP entregaban puesto y se iban, yo llevaba años entrenada para sobrevivir en caso de que fuera a pasar.

Asumo que mi papá entró a la Unión Patriótica en el momento en que surgió como partido político. Él estaba vinculado oficialmente al Partido Comunista Colombiano de la década del 70 y mi mamá había pertenecido a la Anapo. Fueron inicialmente contrincantes políticos y posteriormente mi mamá se pasó al Partido Comunista Colombiano, pero ellos no pasaron por el movimiento armado.

En el Llano la matazón ha seguido por un siglo entero independientemente de la excusa política. A mi me tocó las muertes de los comunistas pero 50 años antes fueron los asesinatos de liberales y en este momento pueden ser los activistas ecológicos. Yo no creo que la matazón pare en el departamento del Meta porque igual hay petróleo, uranio y una cantidad de cosas que el país necesita y que benefician o no a la región.

Después de la masacre mi papá se quedó anulado totalmente por la misma persecución política. Mi papá por edad y por comunista empezó a quedar jodido, le tocó conseguir trabajos para poder comer. Mi familia se fraccionó, mi hermana quedó en un lado y mi hermano en otro, y yo pasé a vivir con unos tíos. Uno de mis hermanos estudió cine pero él no tiene un recuerdo de mi mamá. A mi lo que me dio estabilidad fue que yo quedé en la región, con una base cultural que me permite sentir que tengo raíces. Y mis tíos son super tradicionales entonces yo tenía un papá, unos hermanos adoptivos que me permitieron no perder la cabeza y sentir que no me perdí en el mundo. Muchos pelaos quedan en el aire, con el sobrino del vecino y se quedan sin historia.

Mi vida quedó enfocada en estudiar. Básicamente, pasé de ser un adulto que sabía cómo mataban a la gente y vuelvo a ser una niña que le tocaba seguir reglas. Me cuidaron y mi obligación máxima era sacar buenas notas.

Una cosa que aprendí después, cuando hablaba con los abogados que manejaron el caso y que hicieron las peticiones de reparación económica al gobierno, es que al ser del Ariari nadie nunca calculó que pudiera llegar a la universidad, entonces ellos no pidieron plata para mi educación superior. Finalmente yo estudié antropología. No me he graduado todavía pero la idea es hacerlo a través de maestría.

Éramos muy pequeños cuando eso pasó y yo no volví. Cuando va el Ejército, el obispo o las organizaciones internacionales de Derechos Humanos yo voy. De resto no cruzo de Acacías. Me da pánico total porque, además, las veces que hemos ido está el Ejército, la Policía y el paramilitar ahí mismo a las 2 de la tarde. Sin alterarse. Incluso salen en las fotos y les importa un comino.

La vaina con los homenajes es que es chévere porque es el papá o la mamá de uno pero a mi me parece que sería más chévere hacerle el homenaje a la gente que se quedó allá, construyendo una región a pesar de la masacre. Ellos son los que están allá, cultivando, pagando impuestos, viviendo el pueblo. Un muerto es un muerto. Entonces ir e imponerles el muerto de uno no me parece chévere. Que cuenten historias de ella sí, pero mi mamá fue una más de miles de personas que han muerto en esa zona, no es la primera vez que en la región matan. La gente que vive allá viene desplazada de otra violencia más vieja y ellos están allá en el día a día construyendo la región.”