Tumbas sin dolientes en Antioquia podrían albergar ‘falsos positivos’

El oriente de este departamento registra un alto número de cuerpos sin identificar que pueden corresponder a personas asesinadas o desaparecidas y señaladas como guerrilleros por los militares. Un batallón concentra buena parte de las ejecuciones de esta región, donde los cementerios no han sido investigados ni cuentan con medidas cautelares.

Por: Rutas del Conflicto con apoyo de La Liga Contra el Silencio

 

Por lo menos 112 cuerpos en el cementerio de Cocorná, en el Oriente Antioqueño, están marcados con las letras P.N.I. (persona no identificada), y 13 de ellos tienen la etiqueta “FARC”. A una hora de allí, en el camposanto del municipio de San Luis, hay registros de otros 85 cuerpos con las mismas siglas, o con las letras N.N. (ningún nombre). 

 

Otros cementerios de municipios de la zona, como Granada y San Carlos, se acostumbraron a las tumbas sin dolientes. La historia de un número indeterminado de esos cuerpos que reposan en las bóvedas es solo una pieza más del rompecabezas judicial que, poco a poco, va construyendo la verdadera dimensión del horror: el Oriente Antioqueño es, según las cifras de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), la zona con más víctimas de los llamados ‘falsos positivos’, y su principal responsable es el Batallón Jorge Eduardo Sánchez (BAJES), de la IV Brigada, ubicado en Medellín.

 
Entrada del cementerio de Cocorná, Antioquia, en el que reposan los cuerpos de más de 100 personas no identificadas. Fotografía: Juan Carlos Contreras Medina.
Entrada del cementerio de Cocorná, Antioquia, en el que reposan los cuerpos de más de 100 personas no identificadas. Fotografía: Juan Carlos Contreras Medina.
 

Los casos reportados por la JEP, sumados a investigaciones de la organización forense Équitas y la Corporación Jurídica Libertad, más los testimonios de militares ante el tribunal especial, indican que un porcentaje aún desconocido de los cuerpos en los cementerios del Oriente Antioqueño corresponden a ‘falsos positivos’. 

 

Rutas del Conflicto y La Liga Contra el Silencio hablaron con familiares de las víctimas, sepultureros, organizaciones sociales, abogados, magistrados de la JEP y con un militar que admite haber sido testigo de estos crímenes. Los análisis de las cifras y los testimonios apuntan a que lo ocurrido en varios municipios del Oriente Antioqueño sea similar, o incluso de mayores proporciones, a lo mostrado por la JEP en el municipio de Dabeiba. Allí, la entidad encontró en el cementerio 49 cuerpos, 17 sin identificar, de personas asesinadas por militares para hacerlas pasar por guerrilleros. El tribunal expuso patrones relacionados a la sistematicidad de estos crímenes.

 

La magistrada de la Sala de Reconocimiento de la JEP, Catalina Díaz, durante una audiencia de observaciones de víctimas realizada en Granada, Antioquia, a finales de mayo de 2023, explicó que entre 2002 y 2008, 501 de los 1.611 casos que ha documentado la JEP en este universo de hechos en Antioquia tuvieron lugar en la región del Oriente.  Si esta zona fuese un departamento, sería el segundo en todo el país, pues la cabeza de la lista es precisamente Antioquia. (Ver base de datos construida por Rutas del Conflicto con 85 de las víctimas)

 

Meta, el siguiente con más víctimas, tiene 394 muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate; 109 casos menos que los presentados en el Oriente.  “Durante 2002, 2003 y 2004, el Oriente Antioqueño concentró el mayor número de hechos en el departamento de Antioquia. El 46,86 % de las víctimas pertenecía a esta región. Por lo que puede decirse que casi la mitad de los hechos registrados en el departamento durante este periodo ocurrieron en el Oriente”, explicó Díaz durante la audiencia.  

 

Según la JEP, en el contexto del Caso 03 sobre asesinatos y desapariciones presentados como bajas en combate por parte de agentes del Estado, el BAJES fue uno de los batallones con más casos en todo el país. Según el Auto 033 de 2021 de la JEP, entre 2002 y 2008, este batallón registró al menos 306 víctimas. De acuerdo con una infografía del tribunal, la IV Brigada, a la cual pertenece el BAJES, “podría ser la responsable del 73 % de las muertes identificadas en el departamento entre 2000 y 2013”. 

 

Una máquina de producir ‘bajas’ 

El 2 de julio de 2004, en el municipio de San Luis, Antioquia, miembros de la IV Brigada del Ejército reportaron seis bajas y los identificaron como integrantes de las FARC. Uno de esos muertos era Elkin Guarín, un joven campesino del pueblo. Otros presentados como ‘bajas’ también eran muchachos que San Luis había visto crecer.

  

Nelson Duque, un líder de víctimas del municipio, recordó que al conocerse la noticia, varias personas del pueblo acompañaron a los familiares a reclamar ante las autoridades. “Elkin era un muchacho reconocido aquí, todos sabíamos que no era guerrillero. Era claro que los estaban acusando de algo que no eran”, contó Duque.

 

Entre 2002 y 2004, las principales víctimas de ‘falsos positivos’ fueron en su mayoría campesinos de la región, explicó a esta alianza periodística la magistrada Díaz. Y agregó que en los años posteriores, 2005 y 2006, ante las denuncias de las comunidades que reclamaban por los asesinatos de jóvenes sin vínculos con las guerrillas, los militares cambiaron la estrategia para presentar bajas en combates. Entonces, los campesinos dejaron de ser el principal objetivo de las ejecuciones. 

Tumbas del cementerio de San Luis, Antioquia, marcadas con la sigla N. N. (Ningún nombre). Fotografía de Bertha Olivia García.
Tumbas del cementerio de San Luis, Antioquia, marcadas con la sigla N. N. (Ningún nombre). Fotografía de Bertha Olivia García.
 

En Antioquia, 2004 fue el año de mayor victimización de personas presentadas como bajas en combate por parte de agentes del Estado: se registraron 311 hechos. Según el Auto 033 de 2021 de la JEP, ese año la IV Brigada tuvo su pico de víctimas de ‘falsos positivos’ con 257, de las cuales 87 fueron del BAJES. Así se muestra en este gráfico.

 
Tabla de víctimas de ‘falsos positivos’ por unidad militar de la IV Brigada del Ejército. Fuente: Auto 033 de 2021 de la JEP con datos entregados por la Fiscalía General de la Nación, la plataforma de organizaciones de derechos humanos Coordinación Colombia Europa Estados Unidos y el Centro Nacional de Memoria Histórica.
Tabla de víctimas de ‘falsos positivos’ por unidad militar de la IV Brigada del Ejército. Fuente: Auto 033 de 2021 de la JEP con datos entregados por la Fiscalía General de la Nación, la plataforma de organizaciones de derechos humanos Coordinación Colombia Europa Estados Unidos y el Centro Nacional de Memoria Histórica.
 

Cuando llegó al Oriente Antioqueño en 2005, Carlos*, militar activo y testigo de los crímenes cometidos por miembros del BAJES, se impresionó con el número de muertos en combate que reportaba ese batallón. “Yo venía de una zona en el sur del país, de un batallón de contraguerrillas. Al llegar, me imaginaba que por la cantidad de bajas que reportaban debían tener combate todos los días”, contó el militar que pidió no revelar su identidad

 

Sergio Arboleda, abogado de la Corporación Jurídica Libertad, una organización sin ánimo de lucro dedicada a la defensa de los derechos humanos, señaló que hay fuertes indicios de que un alto porcentaje de las bajas reportadas por el batallón en 2003 y 2004, en realidad eran ‘falsos positivos’. “Según un informe de inteligencia, el BAJES reporta 97 personas abatidas en combate en 2004, pero por lo que han dicho varios comparecientes en la JEP es probable que todas fueron ejecuciones extrajudiciales”, explicó el abogado. 

 
Cementerio de Cocorná, municipio del Oriente de Antioquia en el que, según la JEP, ocurrieron 55 asesinatos de civiles a manos de militares entre 2002 y 2003. Fotografía: Juan Carlos Contreras Medina.
Cementerio de Cocorná, municipio del Oriente de Antioquia en el que, según la JEP, ocurrieron 55 asesinatos de civiles a manos de militares entre 2002 y 2003. Fotografía: Juan Carlos Contreras Medina.
 

Arboleda agregó que esa cifra del BAJES le recuerda una frase del sargento Jaime Coral, que ha confesado su responsabilidad en los crímenes de Dabeiba. “En una versión voluntaria, me dijo: ‘Pero para qué voy a arriesgar mi vida buscando combatir a las FARC sabiendo que yo tenía a campesinos y campesinas que podría presentar como resultados operacionales”, contó el jurista.

 

Carlos contó que durante su periodo en el BAJES no tardó en percatarse del actuar de los pelotones que presentaban tantas bajas. “Yo venía de tener combates verdaderos con enemigo real y traía otra percepción. Entonces se me hacía raro porque el pelotón supuestamente debe estarse moviendo, pero ellos se quedaban quietos en un sitio aledaño a los pueblos y como escondidos. Luego vi que empezaban a llegar con gente y les daban armas”, dijo. 

 

Esas personas que el militar vio que estaban con el pelotón en una supuesta operación militar terminaron asesinadas. “Yo escuché unos tiros que ellos reportaron como combate. Sacaron a tres personas. A ellos los envolvieron en plástico y los sacaron al pueblo, al cementerio de San Luis. Allá los hicieron pasar como bandidos, del noveno frente de las FARC”, contó Carlos, y agregó que sus compañeros dejaron los cuerpos sin identificación.

 

Esto corresponde con el patrón de los ‘falsos positivos’, ampliamente investigado por la JEP. La magistrada Díaz explicó que “el perfil típico que buscaban eran personas en condiciones de vulnerabilidad económica, social, habitantes de calle, personas con consumo problemático de drogas, en condiciones de discapacidad, porque presumían que sus familiares no los iban a buscar”, dijo. 

 

Así lo confirmó Carlos. Esa misma noche de agosto de 2005, cuando se negó a participar de las prácticas de sus compañeros, mientras patrullaba por la vereda Los Brasiles del municipio de San Luis, logró hablar con uno de los recién llegados. “Él me contó que su familia vivía en San Javier, en Medellín. Tenía una máquina de laminar documentos y trabajaba en una notaría, pero se dejó ganar del vicio, entonces se fue a las calles. Su familia a veces lo buscaba, lo rescataba, pero él entraba en sus necesidades de vicio y se iba otra vez para la calle”, dijo. 

 

Cuando Carlos le preguntó al joven, que según el militar aparentaba unos 35 años, en qué circunstancias había llegado hasta esa vereda, le contó que lo habían abordado en el centro de Medellín, le dijeron que iba a ir a trabajar a una finca maderera. “Él estaba muy motivado; decía que cuando comenzara a recibir dinero iba a ahorrar para comprarse otra máquina para laminar documentos, sin saber que al otro día ya lo iban a matar”, dijo. Carlos señaló que luego del asesinato, sus compañeros militares presentaron a esta víctimas y a otras dos más como guerrilleros no identificados de las FARC y los dejaron en el cementerio de San Luis.

 

La JEP ha podido identificar que las personas en situación de vulnerabilidad eran los perfiles principales que los militares buscaban para presentar como bajas. “Hemos encontrado dos modalidades del patrón en función de la selección de las víctimas: campesinos de los territorios donde está el batallón que son estigmatizados y señalados como guerrilleros; cuando estos asesinatos empiezan a generar reacción de la comunidad, la modalidad cambia y empiezan a traer personas de otros lugares”, explicó Díaz. 

 

Omaira Estella Montoya es una lideresa social de Medellín que fue habitante de calle en esa ciudad por cerca de 35 años, y ha participado en varios eventos de la JEP en representación de la población vulnerable víctima de los militares. Montoya contó que fue testigo de los ofrecimientos que le hacían a los consumidores de droga cerca de la plaza de mercado La Mayorista. Después desaparecían.

 

La mujer recordó que a mediados de 2004, cuando pasaba sus días cerca de la plaza de mercado, un compañero le contó que un hombre les había ofrecido trabajo en una finca y que pasarían al otro día a recogerlos. “Era una buena oportunidad para conseguir plata. Quedamos en que no íbamos a consumir ese día y nos íbamos a poner limpios, pero cuando llegó el camión, yo me vi tan débil, que dije: ‘Yo no soy capaz de trabajar’. Y no me subí. Los compañeros que se fueron, nunca los volví a ver”, contó Montoya.

 

La representante de víctimas señaló que es muy difícil identificar a los consumidores de droga que desaparecieron, ya que ni siquiera sus compañeros sabían sus nombres. “Uno solo conocía el apodo. El asunto también es que la familia no sabe qué pasó con uno porque a veces lo buscan, lo encuentran y comienzan con la cantaleta, así que uno vuelve y se va. Por eso es difícil que los familiares relacionen la falta de uno con esta violencia”, explicó la lideresa.

 

Carlos contó que ese modus operandi era un entramado que no dejaba detalles al azar. El militar explicó que sus compañeros compraban armas hechizas o revólveres viejos, se las daban a las víctimas y les decían que iban a cuidar una finca. “Los ponían a manipularlas para que quedaran las huellas, les decían que las probaran para ver si servían, para que les apareciera pólvora en la mano. Esto les ayudaba a simular el combate y los mataban”, relató. 

 

Un documento de inteligencia militar del BAJES describe las bajas conseguidas entre enero y septiembre de 2004, junto al armamento y el material confiscado. En 23 supuestos combates, las armas fueron revólveres o armas hechizas como ‘changones’, tipo escopeta recortada.

 

El militar señaló que les hacían un desayuno diferente a las víctimas. “La tropa está acostumbrada a comer arepa, pero a ellos les hacían calentado o algo diferente para que en el momento de la autopsia no apareciera lo mismo de los soldados”, explicó. 

 
 

También contó que en ese tiempo, debido a la presencia de guerrillas en la zona, para los inspectores de Policía encargados de hacer los levantamientos de los cuerpos, era peligroso trasladarse a las veredas donde se reportaban estas bajas. “Los llevaban al pueblo porque ya sabían que el procedimiento era fácil, solamente era llevarlos a los cementerios y allá los inspectores hacían los procedimientos con lo que les contaran los militares. Eso se presentó mucho en Cocorná, en Granada, en San Carlos, en San Luis”, agregó. 

 

El abogado Arboleda aseguró que estas prácticas se repitieron en varias zonas del país, lo que representa un indicio de la sistematicidad. “Según los comandantes, los soldados rasos se pusieron de acuerdo a nivel nacional, sin contar con ellos para desarrollar esta lógica ilegal y criminal. Eso es insostenible”, consideró.

 

Según documentó el centro forense independiente Equitas en la “Investigación forense de 578 casos de presuntas ejecuciones extrajudiciales y desapariciones en Colombia”, la subregión del Oriente, en Antioquia, concentra el mayor número de estos registros, particularmente los municipios de Cocorná, Granada y San Carlos. El informe, que recogió datos de 1991 a 2015, explica también la tendencia con respecto al traslado de las víctimas: “36 personas fueron reportadas como muertas en combate en municipios diferentes al de procedencia, aunque del mismo departamento. En particular se puede evidenciar el traslado de personas desde la ciudad de Medellín hacia otros municipios de Antioquia”, señala el documento

 
Bóvedas del cementerio de Cocorná, marcadas con la sigla FARC. Fotografía:Juan Carlos Contreras Medina.
Bóvedas del cementerio de Cocorná, marcadas con la sigla FARC. Fotografía:Juan Carlos Contreras Medina.
 

Carlos también contó que los pelotones solían negociar con el dinero de las recompensas que el Ejército ofrecía a quienes dieran información que pudiera contribuir con las operaciones militares. “En un pueblo había una señora que supuestamente era desmovilizada de los ‘paracos’ y se hacía pasar como informante. Ella iba a Medellín, cobraba la recompensa y con esa plata, ellos (los del pelotón) le daban una parte a ella y se quedaban con la otra, para comprar las armas que les daban a las víctimas”, narró el militar. 

 

Estar apartado de estas prácticas, según cuenta el mismo Carlos, le valió amenazas. “Yo vivía con zozobra. Cuando salía de permiso me tocaba esconderme como los bandidos porque me daba miedo que me mataran. Había soldados que les daban permiso e iban y a los dos días decían que ‘fulanito’ amaneció muerto, que por robarlo, pero uno sabía cómo era todo”, contó el militar. 

 

Carlos dijo que sintió la necesidad de buscar apoyo y contarle a alguien. “Con el tiempo me trasladaron y ya en otro pueblo, me acerqué a una iglesia y le comenté al padre. Yo lo que trataba de hacer era que interviniera ante alguna entidad, pero me dijo: ‘Pues esas cosas se ven mucho hoy en día’, o sea, se le hizo algo normal. Me mandó a rezar unos padrenuestros y no pasó nada”, dijo.  

 

El militar señaló que desde que llegó al BAJES, en 2005, hasta el momento de su traslado, en 2006, siempre sintió un afán por presentar bajas, que comenzaba en los mandos altos. “Los generales de la Brigada presionaban a los comandantes de batallón y los comandantes de batallón a los comandantes de compañía, porque ellos pensaban que con tener bastante resultados ellos ya iban a ser generales y ellos no esperaron de que se les fuera a crecer el enano”, explicó Carlos. 

 

La JEP está próxima a publicar el Auto de Determinación de Hechos y Conductas en el Caso 03 con respecto a la región de Antioquia. En ese documento la sala a cargo expondrá cuáles fueron los hechos que priorizó (fechas, posibles víctimas y lugares en los que ocurrieron dichas situaciones) y las conductas, la tipificación jurídica de los delitos identificados y quiénes son los máximos responsables.  

 

Solo hasta ese momento se harán públicas las versiones de los militares que se acogieron a esta justicia y aportaron la verdad. Lo que se sabe hasta el momento es que dos comandantes de la IV Brigada, que luego llegaron a ser comandantes del Ejército –los generales Mario Montoya (2001 - 2003) y Óscar Enrique González Peña (2003 - 2005)– están dentro del proceso en la JEP. El primero se presentó voluntariamente y el segundo fue llamado como ‘compareciente forzoso’.

 

También está en el proceso judicial Juan Carlos Barrera Jurado, comandante del BAJES entre 2003 y 2004, que llegó a ser el comandante de la Brigada XIV en 2007, también señalado por ‘falsos positivos’ y que se presentó a la JEP. Barrera Jurado fue retirado del Ejército en 2008 en el remezón de la cúpula militar por este escándalo, aunque, según su propia hoja de vida, desde 2009 es docente en el Centro de Educación Militar y Escuela de las Armas y Servicios, un centro de formación del Ejército; y desde 2016 es asesor de la Dirección de Modernización del Comando de Transformación Ejército del Futuro (COTEF), una entidad creada ese mismo año para definir las acciones que debe tomar el Ejército, de acuerdo a los cambios de doctrina que ha se han dictado durante la última década.

 

Aunque las declaraciones de los militares en la JEP no han sido públicas aún en este caso, el abogado Arboleda señaló que Barrera Jurado y otros oficiales han insistido en que no sabían que sus subalternos cometían los crímenes. “Dicen que fueron engañados en su buena fe, pero esto es insostenible con todas las evidencias que han venido saliendo”, explicó el abogado.

 

Otros militares que están vinculados al proceso en la JEP son los mayores Juan Carlos Quiroz Osorio y Miguel Eduardo David Bastidas, quienes tuvieron el cargo de segundo comandante del BAJES. 

 

Desaparecer a los desaparecidos

La última vez que Lucero Carmona escuchó la voz de su único hijo, Ómar Leonardo Triana Carmona, fue el 14 de agosto de 2007 a las 4:30 de la tarde. Le dijo que quería regresar a casa con ella. Él era artesano y se había trasladado de Bogotá a Medellín para buscar oportunidades, pero el dinero le empezó a faltar y en esa última llamada acordaron que ella le enviaría dinero a finales de mes para que Ómar Leonardo volviera a Bogotá el 1 de septiembre. “Me quedé esperando porque nunca me volvió a llamar”, recordó Lucero. 

 
Omar Leonardo Triana Carmona, asesinado por militares de la IV Brigada en 2007. Fotografía del archivo particular de Lucero Carmona.
Omar Leonardo Triana Carmona, asesinado por militares de la IV Brigada en 2007. Fotografía del archivo particular de Lucero Carmona.
 

Desde entonces, la mujer emprendió la búsqueda de su hijo. Llegó a Medellín y fue hasta la Universidad de Antioquia, en donde solía pasar tiempo su hijo, y allí le contaron que había tenido problemas con unos soldados y lo habían golpeado. El 6 de junio de 2011 se enteró de la muerte. “Fui a la Registraduría para confirmar si había algún certificado de defunción y allí me dieron esa noticia tan fea de que mi hijo había sido asesinado en combate”, recordó Lucero. 

 

La versión que le dieron fue que el 15 de agosto de 2007, en la vereda Monteloro, en Barbosa, Antioquia, muy cerca de Medellín, militares del Batallón Pedro Nel Ospina, de la IV Brigada, escucharon ruidos detrás de un árbol y dispararon. Ahí cayó Ómar Leonardo. Lo que pudo averiguar Lucero fue que unos militares le ofrecieron pintar unas puertas y se lo llevaron. “A su cuerpo lo encontraron con un arma y balas, pero en sus manos no había rastro de pólvora”, contó la mujer. 

 

Lucero se dedicó a buscar a su hijo hasta que lo halló en el cementerio de Barbosa. “No encontré su nombre; el sepulturero sacó un libro y no estaba registrado, pero había una bóveda con un signo de interrogación. No sabíamos cuántas personas había ahí, pero cuando se hizo la exhumación, la sorpresa fue que mi hijo estaba en esa bóveda marcado con un N.N.”, contó Lucero. El 9 de noviembre de 2011, la mujer recibió los restos de su hijo después de poner una denuncia por desaparición y gracias a la orden de una jueza que pidió identificar y entregar los restos. 

 

Este caso muestra otro patrón que ha encontrado la JEP en los crímenes de Estado, que vincula los homicidios con la desaparición forzada. Para ocultar la verdad, los militares transportaron a las víctimas del lugar dónde vivían o trabajaban, para llevarlos al sitio donde fingían el combate. Luego los movían a un cementerio donde eran inhumados sin información sobre su identidad, o con las siglas de las FARC en sus lápidas.

 

Varios cementerios de Antioquia alojan esas tumbas, en especial los de Cocorná, San Luis, San Carlos y Granada, donde estarían los cuerpos de víctimas del BAJES. Aunque la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) y la JEP tienen información clara sobre estos cementerios, Orlando Arias, sepulturero de Cocorná desde hace 13 años, cuenta que cuando comenzó su trabajo había varias tumbas marcadas con esas siglas, y que ha hecho todo lo posible por mantenerlas igual desde entonces. “Uno no sabe de dónde sean todas estas personas. En ese tiempo se sabía que los militares traían a gente que decía que era guerrillera, aunque también las FARC venían a dejar los cuerpos de sus compañeros muertos en la noche”, señaló Arias.

 

La ONG Equitas, el único equipo forense independiente del país, publicó en 2022 el análisis de 578 casos de estas presuntas ejecuciones y desapariciones en varias regiones de Colombia. El informe, construido en colaboración de organizaciones representantes de víctimas de estos hechos, recolectó necropsias encontró estos casos a partir de la búsqueda de registros de las necropsias, inspecciones de los cuerpos o cualquier otro documento relacionado con el reporte de bajas en combate. “Es posible observar que en la región de Antioquia los registros se concentran en la subregión del Oriente Antioqueño, en especial en los municipios de Cocorná, Granada y San Luis”, dice el documento.

 

Eileen Buitrago, del Área de Asesoría Técnico Forense de Equitas, dijo que se puede reconstruir los desplazamientos que tuvieron las víctimas se puede analizar y ver los patrones de ocurrencia de los hechos. Particularmente en Antioquia, explicó, los militares no llevaron a personas de otros lugares del país, sino que recurrieron a otros municipios del mismo departamento.

 

La investigadora señaló que para hacer una reconstrucción de lo que pasó, en la investigación identificaron cinco espacios claves: el lugar de la muerte, el de la inspección del cuerpo, el lugar de la necropsia, de la inhumación y de la exhumación. “Lo que pudimos observar es que en varios casos hay una doble desaparición: la persona es retenida y llevada a otro lugar donde la familia no tiene información. Y, la segunda, que ocurre en el mismo cementerio, donde, en muchos casos, no hay este registro y trazabilidad”, explicó Buitrago.


En los casos de Cocorná, San Luis y Granada, Rutas del Conflicto y La Liga Contra el Silencio constataron varias circunstancias que representan un reto para la búsqueda e identificación de los desaparecidos. En Cocorná, el sepulturero señaló que existen bóvedas con partes de cuerpos diferentes. Y en 2022, ante la escasez de espacio en el cementerio, tuvo que trasladar restos y juntarlos, aunque en bolsas separadas, en una sola bóveda.

Bóveda del cementerio de Cocorná en el que reposan los restos de 14 personas, incluída una persona registrada como PNI y otra como ‘FAR’. Fotografía: Juan Carlos Contreras Medina.
Bóveda del cementerio de Cocorná en el que reposan los restos de 14 personas, incluída una persona registrada como PNI y otra como ‘FAR’. Fotografía: Juan Carlos Contreras Medina.

En San Luis, aunque existen registros de 85 personas no identificadas en los archivos de la iglesia, solo se han podido ubicar a 41 dentro del cementerio. En Granada, el sepulturero dijo que el número total de personas no identificadas estaba en un cuaderno extraviado.

 

La UBPD explicó que dentro del Plan Regional de Búsqueda del Oriente Antioqueño, la entidad tiene como una de sus líneas de investigación la de homicidios de personas presentadas como bajas en combate que derivaron en desapariciones. 

 

La entidad señaló que ha realizado intervenciones en tres municipios del Oriente Antioqueño, aunque se limitó a confirmar que uno de los tres es el de Granada. Agregó que ha hecho levantamiento de información en otros cementerios de la zona, incluidos los de San Luis y Cocorná. 

 

La UBPD señaló que en en el caso de Cocorná, “para garantizar la adecuada custodia de los CINR –Cuerpos Identificados No Reclamados– (algunos de los cuales fueron sometidos a la práctica de la desaparición), mantiene un diálogo permanente con el administrador del cementerio a fin de no adelantar más traslados sin que se lleve a cabo una investigación exhaustiva de cada caso”. La entidad agregó que para 2023, tiene como prioridad la intervención de este cementerio. (Ver respuesta completa de la UBPD).

 

Hasta la fecha, la Sección de Ausencia de Reconocimiento de la JEP ha ordenado medidas cautelares en varios cementerios de Antioquia, pero hasta ahora en ninguno del Oriente. El magistrado de esa sección, Gustavo Salazar, dijo que el tribunal tiene conocimiento de que esa región está “llena de esos casos”, pero que hasta ahora no han recibido ninguna solicitud en ese sentido desde la sección que lleva el Caso 03. “Estamos desbordados con 40 trámites de este tipo”, explicó Salazar.

 

Mientras la JEP avanza en las investigaciones, los familiares de las víctimas siguen exigiendo verdad, justicia y reparación. Continúan a la espera de las decisiones del tribunal sobre los militares del BAJES y del resto de unidades militares de la Brigada IV, que por la magnitud de los hallazgos, se convirtieron en referentes del horror relacionado a estos crímenes. 

 

En el caso de los habitantes de calle, vendedores ambulantes y otras personas vulnerables que fueron asesinadas y desaparecidas, el reto del Estado es mayor: encontrar a sus familias e identificar los cuerpos en medio de las difíciles condiciones de los cementerios, donde algunos sepultureros, como el de Cocorná, han reclamado que se quedan sin espacio y deben mover los cuerpos sin un registro claro sobre los desaparecidos, como en los casos de San Luis y Granada.

 

*El nombre fue cambiado para proteger la identidad de la fuente por razones de seguridad.

 

Actualizado el: Mar, 08/29/2023 - 07:24

El pueblo yukpa sigue en peligro y sin respuestas

Han pasado seis años desde que la Corte Constitucional falló a favor de la protección territorial de los indígenas, mientras siguen acorralados por la minería y a la espera de soluciones que les permitan gozar del territorio.

En la serranía del Perijá, en los límites entre los departamentos del Cesar y La Guajira, ha vivido por décadas el pueblo yukpa, indígenas recolectores, cazadores, pescadores y agricultores.  Antes de la colonización española habitaban un territorio entre el río Cesar y Maracaibo, Venezuela, sin embargo, con la independencia de los dos países, su tierra quedó dividida en dos naciones. 

Los indígenas han logrado sobrevivir a pesar de la pobreza, la falta de presencia integral del Estado, de la disputa de actores armados y la minería a cielo abierto  de empresas como la estadounidense Drummond y la suiza Prodeco, que destruyó parte de su territorio . Los yukpa se mantienen firme la lucha que han ganado en los estrados judiciales para proteger lo que les queda.  

Desde 2017 comenzaron una lucha jurídica para que el Estado y las empresas respetaran lo que consideran su territorio y  su gobernanza. Llevaron a los máximos tribunales colombianos la petición de hacer consulta previa para cualquier proyecto en lo que consideran su territorio.  Tras la sentencia de la Corte Constitucional y el fallo del Consejo de Estado poco se ha cumplido. Los seis resguardos de los yukpa siguen a la espera que sanen y delimiten el territorio que están solicitando mientras como lo explica uno de los gobernadores “ya no queda territorio por la contaminación de las mineras y el conflicto armado que no solo acabó con muchos de nosotros sino con la tierra”. 

Continúa la espera

Llegar hasta allí fue un camino largo pero que el pueblo yukpa vio necesario tras ver violentados sus derechos y no ser reconocidos como habitantes ancestrales de la Serranía del Perijá. La sentencia de la Corte Constitucional de 2017 recoge tres situaciones en las que el Estado no los tuvo en cuenta a la hora de tomar decisiones en lo que el pueblo indígena considera su territorio.  No se realizó la consulta previa. La primera, la implementación de una Zona Veredal Transitoria de Normalización en el municipio de La Paz para excombatientes de Farc.  La segunda, la posible constitución de Zonas de Reserva Campesinas en la Serranía que afectará sus territorios ancestrales. La tercera,  la sustracción de un pedazo de la  reserva forestal Los Motilones para hacer un botadero estéril- basurero de residuos de la exploración del carbón- y manejo de aguas de un proyecto minero llamado La Jagua Botadero el Palomo.

En la sentencia, la Corte reconoce las tensiones históricas por la tierra entre los yukpa y latifundistas, campesinos, colonos, ganaderos, palmicultores y mineros, “a lo que se sumó la situación de violencia padecida en razón de la presencia de grupos armados al margen de la ley. Lo anterior implicó que el pueblo Yukpa fuera confinado a vivir en las partes altas de la Serranía del Perijá en pequeños resguardos, donde se dificultan las labores de cultivo, caza, recolección y pesca debido a la fragilidad del ecosistema, en detrimento de su condición de seminómadas”, se lee en el fallo de la Corte.

Fue por ello, que la sentencia paró cualquier trámite, tanto la consolidación de la Zona de Reserva Campesina como Zona Veredal Transitoria, hasta que la Agencia Nacional de Tierras no delimite el territorio. Además, la Corte le pidió a la Dirección de Consulta Previa del Ministerio del Interior entre otras entidades, desarrollar el proceso de consulta previa para verificar los impactos que las explotaciones mineras pueden llegar a causar en la comunidad indígena.  

Los magistrados resolvieron que en un año la Agencia Nacional de Tierras (ANT) debía aclarar la delimitación y clarificación del territorio ancestral de los yukpa y al Ministerio de Ambiente atender y tramitar con celeridad las inquietudes del pueblo indigena sobre la sustracción y creación del botadero para las mineras. Han pasado seis años desde esta decisión sin que el Estado la cumpla.

La comunidad no se quedó quieta esperando las respuestas de las entidades tras el pronunciamiento de la Corte, sino que interpusieron una tutela que falló a su favor, pero las mineras decidieron apelar la decisión y esta llegó al Consejo de Estado.  El 3 de marzo de 2020 este tribunal administrativo  ratificó un fallo de tutela del Tribunal Administrativo del Cesar, en el que impidió la consolidación del basurero minero, que se desarrollaría en el área sustraída de la Zona Reserva Los Motilones y el río Magdalena por no cumplir con la consulta previa con el pueblo yukpa. Es decir, que impedía que el Ministerio de Ambiente levantara la figura juridica de protección ambiental, como lo es la Ley 2 de 1959, de un pedazo de tierra para poder desarrollar un proyecto.   Además de pedirle al Ministerio del Interior que tramitara la consulta y que no se otorgarán otros contratos mineros hasta que no se definiera el territorio ancestral: 

“Esta Sala no desconoce la gran importancia que tiene el sector minero para el desarrollo de la Nación, pese a ello, el presente asunto amerita otorgar prevalencia a los derechos a la consulta previa y diversidad étnica de la comunidad Yukpa, ante el grado de indefinición de los beneficios que podría traer la actividad minera de disposición de material estéril y manejo de aguas de escorrentía al conjunto de la población, incluyendo a los pueblos indígenas”.

Para los yukpa todo se ha quedado en el papel mientras que muchas familias han tenido que desplazarse forzosamente a las ciudades, lejos de las formas que les permiten sobrevivir, por los impactos en el territorio por la actividad minera y la presencia de grupos armados históricamente en estas tierras. 

Para darle cumplimiento a la sentencia de la Corte, en abril de 2018 se creó una mesa de trabajo entre el pueblo yukpa y el gobierno nacional del entonces presidente Iván Duque, en el que el Ministerio de Ambiente suspende la solicitud de sustracción de un área de la Reserva Forestal Serranía de los Motilones, que iba a ser usada como botadero y para la construcción de canales y piscinas de sedimentación, que permita el desarrollo del proyecto Minero La Jagua. La solicitd fue hecha por las sociedades Carbones de La Jagua S.A.,Consorcio Minero Unido S.A., y Carbones El Tesoro S.A  hasta tanto no se tenga certeza de la ampliación y el saneamiento del territorio ancestral.

Prodeco, subsidiaria de la multinacional Glencore, en una movida rápida pidió  renunciar a cinco títulos mineros alegando los bajos precios del carbón y a la sustracción de la Reserva hasta que no se cumplan las órdenes dadas por el alto tribunal. No es una tarea sencilla ese trámite porque el Estado debe aceptar la devolución y la empresa garantizar el trabajo de quienes por más de 30 años dependen de la actividad minera.

Sin embargo, todo cambió rápidamente cuando el Ministerio del Interior certificó que no hay presencia del pueblo yukpa en el área del proyecto minero. La Dirección de Bosques, Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos, del  Ministerio de Ambiente, ordenó continuar con el trámite que les otorgaba los permisos a las empresas mineras,  lo que llevó a sustraer las 10 mil hectáreas para el botadero y las  92,29 hectáreas de la reserva forestal donde habitan. Además de ignorar que la Reserva La Motilona y las pretensiones de territorio ancestral se solapan en 191 mil hectáreas. 

Un vocero de la comunidad califica el actuar de las entidades estatales como un despojo, una forma de arrebatar su territorio pese a las victorias judiciales que impedían la creación del basurero. 

Tras casi cuatro años de la sentencia de la Corte, el Estado solo ha aceptado tres títulos a Prodeco en 2021, empresa que produce aproximadamente el 21% del carbón nacional, según la Asociación Colombiana de Minería. Es decir, que la empresa todavía ante el Estado tiene licencias activas de explotación en La Jagua, mientras el pueblo sigue esperando que la Dirección de Consulta Previa cumpla con el requisito de  haber sustraído esa zona para el basurero. 

“No hay comida, no hay agua. No hay nada sin territorio”

El pueblo yukpa cansado de no ver resultados que esperaban y  pese a las órdenes de la Corte Constitucional presentaron el 3 de septiembre de 2020  una solicitud de medidas cautelares a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por el incumplimiento de la órdenes judiciales para la protección y así evitar el exterminio de los indígenas de la serranía del Perijá. 

En un texto de más de 150 páginas narraron cómo el Estado colombiano les ha dado largas en la delimitación de su territorio y por qué es de suma importancia tener tierra para una comunidad que vive de los cultivos de pancoger, la pesca y la caza, además de la responsabilidad de las empresas mineras en el detrimento ambiental del territorio ancestral y la violencia en contra de los indígenas yukpa.  “Nosotros no hemos podido volver a pescar porque los ríos están contaminados por las mineras. El territorio ha cambiado”, dice un vocero de la comunidad. 

Uno de los casos que más se menciona en la solicitud a la Comisión es el incumplimiento de la ANT tras compromisos adquiridos en 2018. Según los indígenas, la entidad no ha cumplido con las órdenes de la Corte. El entonces director de la Agencia Nacional de Tierras, Miguel Samper Strauss, priorizo el caso de los yukpa y la entidad trazó un cronograma para adquirir predios, sanear otros y ampliar los resguardos para garantizar así la soberanía alimentaria y  sobre el territorio, sin embargo, el pueblo indígena no siente que se haya avanzado.  

Rutas del Conflicto le preguntó a la ANT sobre la orden de la Corte en 2017 de delimitar el territorio. La entidad respondió que ha podido “espacializar el área pretendida por el pueblo Yukpa. Asimismo, se realizó la determinación preliminar de los predios inmersos en la pretensión”, como se muestra en la siguiente tabla

La Agencia afirma que de acuerdo a los recursos presupuestales y la capacidad técnica y operativa han podido analizar el 64% de los predios que están en el área solicitada por los indígenas. Al preguntarles por el compromiso que adquirieron en 2018, cuando se trazó un cronograma, respondió que “se ha adelantado desde la ANT un ejercicio acucioso de análisis predial, con miras a determinar los requerimientos y tiempos necesarios para adelantar el procedimiento de protección de la posesión del territorio ancestral. Lo cual implica una cantidad significativa de recursos financieros, humanos y administrativos, por cuanto la pretensión territorial abarca un área muy extensa que recae en 11 municipios del departamento del Cesar”. 

Además, la entidad agregó que en el proceso se debe notificar a las personas titulares de los predios pretendidos por los yukpa. Es decir que implica una gestión de buscar a 4.009 personas que han sido identificadas como propietarias en las primera fase de análisis. 

Respecto a la ampliación de los seis resguardos en miras de la protección de las comunidades y la soberanía alimentaria, la Agencias Nacional de Tierras advirtió que avanzó con la identificación y análisis de los predios inmersos en las pretensiones de los indígenas del pueblo Yukpa para los cuales necesitaban aclarar la naturaleza de 7.002 predios. Es decir, determinar si eran baldíos de Nación o eran propiedad privada. Sin embargo a marzo de 2023, la entidad ha podido comprar apenas 12 predios para la ampliación de los seis resguardos

 

“En 2021 se adelantaron visitas a territorio para recabar insumos tendientes al avance del procedimiento de ampliación y, específicamente, a la elaboración de los Estudios Socioeconómicos Jurídicos y de Tenencia de Tierras. Por otra parte, se levantó lo correspondiente a los censos para los resguardos indígenas de Caño Padilla, La Laguna-El Coso-Cinco Caminos y El Rosario- Bellavista-Yucatán”, se lee en la respuesta al cuestionario que envió Rutas del Conflicto a la Agencia. Así fue que, en 2023 se instauró una mesa de trabajo para darle celeridad a la solicitud de los yukpa como también fuera un espacio de articulaciones y concertaciones respecto a las tensiones por la tierra entre campesinos, colonos e indígenas. 

Aunque la entidad de tierras no ha resuelto el problema en su totalidad, es claro para los indígenas que no es el único responsable. En la solicitud que hacen a la Comisión ponen sobre la mesa una pregunta: en qué se ha gastado el Estado el dinero de regalías del cordón minero de la sierra del Perijá. Según el Dane, el 48% de los ingresos del Cesar provienen de la minería y sin embargo no hay acueducto, vías terciarias, electrificación ni centros de salud. Tampoco, como lo pudo constatar el asesor jurídico de los yukpa, en el Ministerio de Vivienda, Ciudad y Territorio se han radicado proyectos para garantizar agua potable no solo para los indígenas sino para la población que vive en la zona minera. 

Los yukpa no se han quedado esperando con los brazos cruzados, ante el incumplimiento de las sentencia de la Corte ni la del Consejo de Estado. El pueblo indígena interpuso al  Consejo Seccional de la Judicatura del Cesar iniciar un incidente de desacato a la orden de la sentencia T 713 DE 2017, sin embargo son conscientes que este proceso puede tardar años o décadas y por ello buscan que la CIDH brinde medidas cautelares urgentes. 

Mientras se esperan los pronunciamientos de la justicia nacional e internacional, la Defensoría del Pueblo alerta la situación del pueblo yukpa, señalando que sus prácticas económicas tradicionales, la soberanía alimentaria  y su movilidad siguen en riesgo. “Seguimos peleando por nuestro territorio, por lo que fue de nosotros, por los niños que mueren de hambre porque no tenemos dónde sembrar”, afirmó uno de los indigenenas yukpa.  

 

Actualizado el: Lun, 07/31/2023 - 10:02

Defender las comunidades y enfrentar la justicia

Hoy en día, Robert Daza es senador por el partido Polo Democrático y ha dedicado más de 40 años a la lucha campesina en el departamento de Nariño. Fue desplazado por el bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia y en 2013 fue uno de los voceros de la Cumbre Agraria, un proceso de unidad popular y unión de varios procesos organizativos tras el paro agrario de 2013. Sin embargo, su vida ha estado constantemente en riesgo, no solo por las amenazas ocasionales, sino también porque en 2020 fue capturado junto al líder de la Comisión de Interlocución del Sur de Bolívar, Centro y Sur del Cesar, Teófilo Acuña.

En la Operación Santa Marta, que se llevó acabado durante el 16 y 17 de diciembre de 2020,  dirigida por la Policía y la Fiscalía en los departamentos de Nariño, Meta y  Bolívar capturaron a Daza bajo el alias ‘Nacor’, quien supuestamente era un apoyo del Comando Central y conducción de Masas del ELN. Decían las autoridades que el líder social recibía órdenes directas del comandante de la guerrilla Pablo Beltrán.  A Teofilo Acuña lo capturaron bajo la premisa de “instrumentalizar a integrantes de organizaciones sociales” e infiltrar a los armados en las manifestaciones. 

Los dos líderes fueron puestos en libertad a los pocos días. La jueza de control de garantías de Pasto determinó que no representaban un riesgo y pidió que investigaran a los funcionarios por presuntas irregularidades en el caso. Para Robert Daza esa situación fue un caso de  “falsos positivos judiciales porque los líderes se han convertido en una molestia para el estado”. 

La situación de estos defensores no es muy distinta a la historia de Nini Cardoza, lideresa y coordinadora de la Mesa de Víctimas de Arauca o la de Héctor Sanchez en la vereda Rubiales de Puerto Gaitán, Meta. Rutas del Conflicto construyó una base de datos de 140 líderes y lideresas que han enfrentado procesos judiciales y da cuenta de varias patrones que siguen estos casos como lo son: la estigmatización, la judicialización,  la criminalización de defensa de los derechos humanos y el asesinato. 

Después del proceso judicial que enfrentaron en diciembre de 2020, a principios de 2022 fue asesinado Teofilo Acuña junto a su compañero de liderazgo Jorge Tafur y  menos de  seis meses después asesinaron al otro líder social, José Luis Quiñonez.

Los tres pertenecían a la Comisión de Interlocución, luchaban por la tierra para el campesino y la protección del complejo cenagoso de la Zapatosa.  Como se explica en el informe  Criminalización de la defensa de los derechos humanos, hecho por La Fundación Comité de Solidaridad con los Presos Políticos (CSPP), “el homicidio de Acuña es un claro ejemplo del patrón que siguen varios casos, para crear las condiciones propicias que justifican un ataque paramilitar que finaliza con sus vidas”

Como también lo manifestó el congresista Daza, “el asesinato de Acuña fue producto de la estigmatización. Los ‘paras’ decidieron declararlo un objetivo militar para acabar con su vida y continuar con las amenazas a los demás líderes”. 

Por ejemplo, Ruth Alicia López Guisa era una lideresa de derechos humanos, proveniente de Dabeiba, Antioquia, quien hacía parte de las organizaciones sociales Coordinadora Nacional Agraria y Cumbre Agraria en el departamento del Chocó. Desarrollaba proyectos de soberanía alimentaria con las comunidades. Junto a su familia, sobrevivientes de la Unión Patriótica (UP), habían sido desplazados por años debido a sus labores de liderazgo. Antes de llegar al Chocó estuvo coordinando varios procesos en la comuna 7 de Medellín, sin embargo, fue capturada y puesta en prisión durante un año al ser acusada de pertenecer a las milicias urbanas tras la Operación Orión. 

Fue dejada en libertad al no poder comprobarse ningún vínculo, pero su nombre quedó tachado y al regresar a Medellín tuvo que desplazarse nuevamente. En 2017, fue asesinada y mientras se llevaba a cabo el velorio, la directora seccional de Fiscalías Medellín declaró que “se pudo determinar que en el pasado Alicia era de las milicias y comandos armados”. Después de su muerte seguía siendo acusada de un delito sobre el que la justicia ya había determinado su inocencia. 

Robert Daza señala que la huella que deja sobre los líderes y las lideresas enfrentar un proceso judicial no se borra con declararlos inocentes o dejarlos en libertad. El congresista señala que  esto implica acabar con sus procesos organizativos, sus proyectos de vida y destruir el tejido social que han construido y además terminar con la credibilidad que tienen frente a su comunidad. “No hay medidas de protección para los líderes, toca crear medidas de autoprotección porque el Estado no nos protege”, explica Daza. Además, afirmó que enfrentar procesos judiciales interrumpe con los procesos organizativos y de formación que tienen con las comunidades. 

El desprestigio a la defensa de los derechos humanos

La Fundación Comité de Solidaridad con los Presos Políticos (CSPP) determinó que entre junio de 2019 y noviembre de 2021 86 defensores fueron detenidos. En cuanto al tipo de liderazgos se encontró que  un 74% de las personas criminalizadas eran defensores ambientales, seguido por quienes promueven el ejercicio de la protesta social, especialmente en los llamados paros agrarios y en las mingas indígenas. 

La base de datos de Rutas del Conflicto muestra que la mayoría de los líderes empezó su trabajo en la lucha campesina. Y como lo afirmaron varios de los líderes entrevistados para este reportaje,  se sigue construyendo la narrativa del enemigo interno. Es decir, que los líderes son vistos desde las instituciones como el ‘otro’ que hay que acabar o neutralizar.  Así también lo muestra el Informe Final de la Comisión de la Verdad en su tomo Colombia adentro que describe como un patrón histórico, el hecho de que al campesinado se le haya asociado con actores criminales, y que se difunda más esta idea cuando hay manifestaciones o protestas sociales. 

“Desde el inicio de las movilizaciones, empezó un proceso de criminalización. La fuerza pública señalaba a líderes y lideresas de la organización de ser miembros o colaboradores del Frente Bolcheviques del Líbano del ELN”, dice el informe de la Comisión, haciendo referencia al paro cafetero de 1995. Para la Comisión de la Verdad el campesinado fue  la principal víctima del conflicto armado interno. Durante la guerra, a los habitantes de las zonas rurales los despojaron de sus tierras, los torturaron, asesinaron, secuestraron, extorsionaron, reclutaron forzosamente, invisibilizaron, violentaron sexualmente, marginaron y criminalizaron. 

Según el informe del CSPP, la estigmatización ha sido el primer paso para la criminalización de los defensores de derechos humanos. “Se recurrió a la construcción del enemigo interno para justificar mecanismos de represión cada vez más violentos, se le otorgó un mayor protagonismo a la clasificación del “vándalo”, como ese enemigo al que hay que combatir, y los “actos vandálicos” como un tipo penal al que se da vida en los pronunciamientosde altos funcionarios y medios de comunicación”, señala el documento. 

Daza no solo ha enfrentado la detención del 2020 sino también en 2008 y 2012. En ninguna la Fiscalía ha podido mostrar al juez alguna prueba en su contra. Para el defensor, las judicializaciones se dan después de coyunturas de movilizaciones. “Vemos líderes judicializados en las jornadas de indignación, de paros, de cumbres o de las movilizaciones. Nosotros no somos guerrilleros o terroristas como quieren hacerle creer a la opinión pública”, afirmó el senador. 

La estigmatización hacia los líderes también se da cuando ejercen oposición a proyectos  minero energéticos o agroindustriales. Se les ve como el ‘enemigo’ que obstaculiza el desarrollo de la región.   No es gratuito que en las regiones donde hay más líderes judicializados haya más convenios de cooperación entre el Ministerio de Defensa con empresas del sector extractivo.  

La plataforma Centro Oriente, que reúne a varias organizaciones sociales, en voz de la abogada Marcela Cruz, afirmó que las capturas a los líderes sociales se dan no solo en marco de las movilizaciones a las empresas extractivas sino también cuando las comunidades exigen el mantenimiento de la infraestructura vial que utilizan las empresas. 

El CSPP determinó que entre 2019 y 2021 estaban en ejecución 365 convenios entre empresas del sector minero energético, la fuerza pública y la Fiscalía en 27 de los 32 departamentos. Antioquia es el departamento con más convenios, que a su vez tiene más líderes judicializados,  seguido de Meta , Tolima y Casanare. En su investigación la organización determinó que “    Estos convenios han contribuido a la militarización de los territorios y a la judicialización de defensores de derechos humanos que se oponen a las consecuencias de las economías extractivas”.

Es el caso de Hector Sanchez, un líder comunal y sindical en la vereda Rubiales, que cuenta con el complejo petrolero más grande de los Llanos Orientales. Sanchéz ha tenido que enfrentar por más de una década procesos penales. Rutas del Conflicto y La liga Contra el Silencio contó la historia de este líder en 2018, en que narró cómo había impactado la vida de este líder. Sin embargo en 2020 fue nuevamente capturado. 

Tanto el caso de Sanchez como Daza han sido casos mediáticos y como lo muestra CSPP, los medios de comunicación han sido una pieza fundamental para fortalecer la estigmatización a las labores de liderazgo. En muchas ocasiones, como lo afirma la defensoría jurídica de Centro Oriente, la prensa ha divulgado las capturas y proceso judiciales de líderes sin tener en cuenta los contextos y los antecedentes de los casos. 

“Según el registro de liderazgos y personas defensoras de derechos humanos judicializadas desde agosto de 2019 a octubre de 2021, de los 86 casos documentados, en el 61,6% hubo cubrimiento del proceso jurídico por parte de algún medio de comunicación, y en el 56,9% el medio de comunicación violó el derecho a la honra y del buen nombre de las personas acusadas, dando por hecho su culpabilidad frente a los cargos imputados”, dice el informe. Lo que trae consigo obstáculos en la defensa de los defensores, dejando su nombre y su trabajo en entredicho y desincentivando la labor social. 

Los procesos judiciales toman años para tener una sentencia y en algunos casos el proceso se vence y el líder social no puede demostrar su inocencia. En otros casos, los líderes deciden enfrentarse nuevamente a la justicia para lograr la reparación.  Más de 29 personas en Arauca que fueron capturadas masivamente el 12 de noviembre de 2002 y que permanecieron en la carcel hasta el 12 de febrero de 2004 piden que se declare administrativamente y patrimonialmente responsable al Estado y a la Fiscalía por la violación al derecho a la honra. 

Como lo muestra el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo, en el gobierno de Álvaro Uribe se presentaron varios episodios de detenciones masivas.or ejemplo, en Congreso Anual Cafetero del 10 diciembre de 2003, en su instalación el entonces presidente dijo que, “la semana pasada le dije al General Castro Castro que en esa zona (Arauca)  no podíamos seguir con capturas masivas de 40 o de 50 todos los domingos, sino de 200, para acelerar el encarcelamiento de los terroristas y golpear estas organizaciones. Esas capturas han sido masivas, pero no arbitrarias. Se han ajustado plenamente al ordenamiento jurídico. Se han hecho sobre el examen cuidadoso de un acervo probatorio”.

En 2007, el Juzgado 41 Penal de Bogotá absolvió a los detenidos por el delito de rebelión. Desde ese momento empezó la lucha jurídica por mostrar la inocencia y buscar la reparación por parte del Estado. Después de más de 10 años siguen a la expectativa de entender por qué fueron declarados como enemigos.  

Los líderes y lideresas sociales no solo deben enfrentarse a las constantes amenazas en razón de su labor sino deben enfrenfretar al Estado que los estigmatiza y los judicializa, y aún más cuando deciden exigir reparación.

 

Actualizado el: Mié, 07/26/2023 - 20:28

Explotación petrolera amenaza humedal del Lipa, en Arauca

Caño Limón, el yacimiento que permitió a Colombia volver a exportar petróleo en los ochenta, ha generado afectaciones ambientales y sociales en los últimos 40 años. Familias de 28 veredas reivindican el acceso formal a la tierra dentro y alrededor del área del campo petrolero. La empresa SierraCol está en proceso de renovación del permiso de vertimientos de aguas residuales y ha dialogado con los campesinos. 

 

Por: Fernanda Barbosa

El campo petrolero de Caño Limón está ubicado en el humedal del Lipa, un ecosistema inundable en los municipios de Arauca y Arauquita. Reconocido por ser rico en agua, fauna y flora, el humedal es parte del territorio ancestral de los hitnü y sagrado para otros pueblos indígenas de los Llanos Orientales. Actualmente está transformado por la explotación del hidrocarburo. 

“En septiembre de 1983 se produjo la mejor noticia para la historia de Ecopetrol y una de las mejores para Colombia: el descubrimiento del Campo Caño Limón, en asocio con OXY [la compañía estadounidense Occidental de Colombia]”, afirma Ecopetrol en la descripción de su historia empresarial, en la página web. Debido a este yacimiento, con reservas estimadas en 1.100 millones de barriles, Colombia volvió a exportar petróleo. La estructura construida también fue imponente: desde sus instalaciones parte el segundo oleoducto más largo de Colombia, el Caño Limón-Coveñas. En 2003, un nuevo contrato permitió la explotación en el estero mayor, es decir, en la laguna más grande del humedal. La plataforma Chipirón T.B. es la única offshore (alejada de la costa, generalmente en el mar) continental del país, construida en el centro del cuerpo de agua.  

Tras casi 40 años de explotación petrolera, el estero mayor se ha secado, según líderes locales, y estudios señalan la presencia de metales pesados en el agua. Pobladores señalan afectaciones a la salud de las personas y de los animales, incluyendo enfermedades en la piel, gastritis crónica y muerte del ganado. “Hay evidencias audiovisuales testimoniales, pero nuestra solvencia jurídica es muy inferior y no tenemos la capacidad para realizar estudios científicos”, afirma Orlando Barahona, presidente de Asojuntas (Asociación de Juntas Comunales) del municipio de Arauca. 

Monitoreos realizados por Corporinoquia (Corporación Autónoma Regional de la Orinoquía) en 2017, 2018 y 2022 indicaron la presencia de metales pesados en el agua aledaño al campo petrolero, según Álvaro Hernández, integrante de la Fundación por la Defensa del Agua, la Naturaleza y el Territorio Araucano (Danta). Cuestionada por Rutas del Conflicto vía derecho de petición y tutela, Corporinoquia no informó el resultado de los monitoreos. 

Una investigación del Observatorio de Conflictos Ambientales (OCA) de la Universidad Nacional de Colombia muestra que el análisis de la corporación en 2017 detectó niveles de bario por encima del máximo aceptable alrededor de la plataforma Chipirón, en el agua y en el suelo, además de contaminación por hidrocarburos. En la medición de 2018, Corporinoquia volvió a encontrar bario en aguas subterráneas, según el OCA. La corporación afirmó que desarrolla el monitoreo de sitios de interés establecidos en la mesa de diálogo con los campesinos, pero que “los resultados no pueden analizarse de manera general, ya que la incidencia de la temporada seca y la temporada de lluvia son factores determinantes”. 

En un informe de 2000, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) ya había llamado la atención para muestras de agua con “ligeros aumentos en algunas variables fisicoquímicas” en las corrientes naturales, que podrían “llegar a alterar” los ecosistemas del Lipa. En la vereda Sinaí, toda el agua disponible está contaminada con los vertimientos, afirma Hernández. Los pobladores han relatado la muerte de peces y enfermedades y malformaciones del ganado, incluyendo nacidos muertos entre los becerros. 

El investigador Alejandro Pulido, ingeniero químico y magíster en medio ambiente y desarrollo, registró metales pesados en aguas subterráneas de la vereda en 2021. Aún no existen estudios sobre los impactos del agua de Caño Limón en la salud humana, sin embargo, pobladores relataron a Pulido la recurrencia de problemas neurodegenerativos.

Además de la presencia de metales pesados, el humedal del Lipa ha sufrido un cambio en la dinámica de los cuerpos de agua. La alteración hídrica afectó por lo menos cuatro lagunas, 15 caños, dos depresiones inundables o conjunto de esteros y dos ríos, según el Environmental Justice Atlas (Atlas de la Justicia Ambiental, un proyecto internacional que documenta conflictos ambientales, coordinado desde la Universidad de Barcelona).  Específicamente en las veredas Bocas del Ele, Cañas Bravas, San José del Lipa y Alto Primores hubo taponamientos de caños y esteros realizados desde el inicio de la explotación petrolera, afirmaron las comunidades durante diálogo con la Federación Luterana Mundial y con el Centro de Información Sobre Empresas y Derechos Humanos, que realizaron una investigación sobre el Lipa. 

La preocupación por la dinámica del agua no es reciente en el departamento. Un derecho de petición enviado por la Procuraduría Agraria y Ambiental a la ANLA (Agencia Nacional de Licencias Ambientales) en enero de 2023 menciona la inquietud de la agencia, en 1989, con la legalización del uso del agua impactada por los vertimientos de la producción. También cita que el Instituto Nacional de los Recursos Naturales Renovables y del Ambiente (Inderena) llamó la atención por el impacto en la dinámica hidráulica en 1992. 

El año siguiente, el instituto pidió la revisión de la viabilidad ambiental del campo Caño Limón debido a “graves daños al ecosistema de los esteros”. Pulido considera que hay una “intencionalidad humana” en la extracción de agua del humedal. “La empresa fue canalizando ríos, bloqueando caños para que no pase el agua, construyendo carreteras que funcionan como muros de contención. Es un acumulado de infraestructura que ha hecho que el estero esté seco”, afirma.

La compañía SierraCol Energy opera Caño Limón desde 2020, cuando OXY vendió el activo al fondo de inversión The Carlyle Group. En ese entonces, Sierracol pidió un nuevo permiso para realizar los vertimientos y, como parte del proceso, ha dialogado con los pobladores este año. Entre las peticiones está el tratamiento de la totalidad del agua de los vertimientos, la construcción de un acueducto que lleve agua potable a las veredas y la reapertura de los caños. También defienden una restauración de los bosques a partir de la contratación de habitantes del Lipa para preservarlos, explica Hernández. Según Corporinoquia, los aportes de las comunidades están en análisis técnico, cuyos resultados se darán a conocer en una audiencia pública. 

La extracción de petróleo en el Lipa no solo afecta el agua, sino también se relaciona con violaciones a los derechos humanos, al trabajo y a la participación en las decisiones sobre el territorio, según el informe “Empresas y derechos humanos desde un enfoque comunitario: el caso del sector hidrocarburos en Arauca”, aún no publicado. La investigación, que realizó diálogos con pobladores en 2021, fue desarrollada por la Federación Luterana Mundial, el Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos – Capítulo Arauca, la Fundación Joel Sierra y el Centro de Información Sobre Empresas y Derechos Humanos.

La vulneración al territorio, explica el informe, ha ocurrido tras el desplazamiento forzado, la falta de titulación de la tierra y el cierre del acceso a la laguna del Lipa, ancestral para los pueblos indígenas hitnü, sikuani, makaguán, betoy y u’wa, según el documento. El derecho al trabajo se irrespeta en la medida en que la explotación de petróleo solo ofrece empleos por temporadas, exige experiencia laboral que los pobladores de la región no poseen y afecta la agricultura y la pesca con la contaminación del agua. Ya la participación se niega cuando los pobladores solo se enteran de los proyectos de explotación después que ya han empezado, y no tienen sus reivindicaciones consideradas, según el documento.

Cuestionada por Rutas del Conflicto, SierraCol afirma que “no vierte aguas residuales de sus operaciones, sino aguas tratadas que cumplen ampliamente con la normatividad ambiental colombiana y los instrumentos ambientales aplicables”. La empresa agrega que pasa por seguimiento y control periódicos de las autoridades ambientales competentes, y que ha mantenido un diálogo abierto, constante y transparente con las comunidades vecinas. 

Conceptos técnicos de la ANLA de 2020 y 2022 señalan que la empresa cumplió con su plan ambiental, incluyendo las medidas para el manejo de residuos y de aguas. Entre 2013 y 2018, Corporinoquia registró 11 procesos de investigación contra la OXY, pero no hay reportes de ninguna infracción por parte de la empresa o de Sierracol. La corporación consideró como cumplidas las medidas de compensación y mitigación implementadas en Caño Limón en 2009 y 2017. 

Familias campesinas reivindican territorio

Por lo menos mil familias viven actualmente en seis veredas dentro del área de Caño Limón, de acuerdo con líderes locales. A pesar de que las casas y ranchos no están en estructura de producción de petróleo, algunas se encuentran cercanas a los pozos. Otras 22 veredas se ubican alrededor del campo, en el área del humedal. Como no poseen títulos de propiedad, las familias campesinas temen perder sus tierras o ser expropiadas, según expresaron en los diálogos con la Federación Luterana Mundial y el Centro de Información Sobre Empresas y Derechos Humanos, en 2021. Si bien la población creció exponencialmente, ya había pobladores cuando se encontró el yacimiento petrolero.

El humedal del Lipa, parte del territorio histórico de los indígenas hitnü, recibió colonos a fines del siglo XIX, pero principalmente en los años 1960, impulsados por la expansión de la frontera agrícola promovida por el Instituto Colombiano de Reforma Agraria (Incora), disuelto en 2003. “En Arauca, es posible identificar una sucesión de ciclos extractivistas, empezando por las plumas de garza y otros productos de animales silvestres, a principios del siglo XX, y la extracción de petróleo, desde la década de los ochenta”, afirma Estefanía Montoya, socióloga e investigadora del OCA. 

En 1976, el Inderena decretó la zona como reserva forestal, debido a la importancia del humedal del Lipa y de sus especies de flora y fauna. Siete años después, en septiembre de 1983, derogó la condición de área protegida de toda la reserva. En el mismo mes, la compañía estadounidense OXY anunció que había encontrado el yacimiento en Caño Limón. 

La llegada de la petrolera tuvo como consecuencia el acaparamiento de la tierra, afirma Montoya. “El estero mayor del Lipa era una zona donde los hitnü tenían una fuente de provisión de proteína animal, porque pescaban. Inclusive, los usos culturales [del estero] estaban asociados a mitos alrededor de lo que ellos denominaban la laguna. Y eso se pierde porque estas zonas que eran sus medios de vida quedan dentro del complejo de la extracción”, explica. La socióloga añade que, aunque ya existieran conflictos con los colonos, los indígenas no habían perdido el acceso al territorio antes de la explotación de petróleo. 

Los pueblos sikuani, makaguán, betoy y hitnü realizaban en la laguna del Lipa sus rituales, danzas y cantos, explica Lorena Acevedo, jefe regional Arauca-Casanare de la Federación Luterana Mundial. Con la presencia de la petrolera, la unidad espiritual y cultural de los pueblos ha sido afectada. Los makaguán, incluso, han perdido su lengua originaria. 

“La laguna del Lipa era nuestra riqueza. Todo un proceso de lucha indígena ancestral. Es allí donde nació el primer indígena del departamento de Arauca. De allí fuimos desplazadas todas las comunidades (…). Hubo asesinatos, violaciones a mujeres y niñas, pérdida de la identidad cultural cuando fuimos desplazados de este hermoso territorio”, afirmó una autoridad indígena makaguán perteneciente a la Asociación de Cabildos y Autoridades Tradicionales Indígenas del Departamento de Arauca (Ascaditar), durante diálogo con la Federación Luterana Mundial (FLM).

En el momento de la firma del contrato de concesión a la OXY, 151 familias campesinas vivían en el área de Caño Limón y fueron desplazadas, según estudio de la FLM publicado en 2015. Álvaro Hernández, de la Fundación Danta, explica que las familias tenían trámites en proceso en el Incora, pero que aún no habían firmado escrituras. Por eso, la negociación con la empresa se hizo con base en su trabajo de mejoras en los predios. De las 151 familias, solamente 58 fueron reubicadas. “La gente se cansó de esperar y volvió a su tierra en Caño Limón”, afirma. Los desplazados a Arauca y Arauquita eran campesinos, y no estaban acostumbrados a la lógica de una ciudad. Algunos relataron haber estado en situación de calle, afirma Lorena Acevedo. 

Debido a los incumplimientos, por lo menos 84 familias ocupaban, en 2010, las veredas La Osa, el Vivero, Corralito y Líbano de Arauquita. La OXY solicitó un proceso de desalojo, según el informe de la federación. Sin embargo, el Consejo de Estado falló en favor de las familias en abril de 2011, y determinó que el Incoder (Instituto Colombiano de Desarrollo Rural, liquidado en 2016 y que había reemplazado al Incora) las reubicara. Otras dos decisiones judiciales, una de ellas de la Suprema Corte de Justicia, reconocerían en 2014 a las familias como desplazadas forzosamente, evitando su desalojo. Desde entonces, la población de Caño Limón creció. 

“No solamente fueron esas [familias], sus hijos y sus nietos que ya habían crecido. Vino mucha gente colombiana que se había ido para Venezuela y, por la mala situación allá, se regresó y paró en Caño Limón. También, familias que no tenían trabajo aquí en Arauca y en Arauquita, o de los municipios más cercanos”, afirma Hernández. Orlando Barahona agrega que la actividad petrolera motivó la migración hacia Caño Limón, en busca de trabajo y que, después de 2016, llegaron también migrantes venezolanos. 

La organización de los pobladores para permanecer en el territorio culminó en procesos como la iniciativa comunitaria Territorio Campesino Agroalimentario Laguna del Lipa, en el que el campesino “respeta las especies, no deforesta y cuida la fauna”, según Barahona. La apuesta es por generar un marco legal, que considere el gobierno propio, el cuidado de lo ambiental, el derecho internacional humanitario y la soberanía alimentaria, agrega el presidente de Asojuntas. 

SierraCol afirma que migración hacia la zona “corresponde a varios procesos de transformación comunitaria” y que “en ningún caso hay personas viviendo en situación de riesgo asociado a actividades de la compañía”. El aumento de la seguridad en la zona tras la firma del acuerdo de paz de 2016 entre la entonces guerrilla de las Farc y el Gobierno nacional también puede haber atraído migrantes, considera Alejandro Pulido, investigador del OCA. 

En los municipios de Arauca y Arauquita, diferentes actores han hecho presencia históricamente, incluyendo las Farc (hasta 2016), el Eln, los paramilitares del Bloque Vencedores de Arauca y bandas criminales. Como están en la frontera con Venezuela, los actores armados han disputado el contrabando y las rutas de narcotráfico. Por un lado, con la OXY llegó la fuerza pública a la zona, como un nuevo actor. En la investigación Convenios de Fuerza y Justicia, Rutas del Conflicto documentó tres contratos de cooperación entre la empresa y las fuerzas militares, siendo dos con el Ejército y uno con la Armada. Por otro lado, el complejo de Caño Limón y los oleoductos han sufrido varios ataques a su infraestructura, principalmente realizados por el Eln.

El impacto ambiental

La explotación petrolera ha transformado el humedal del Lipa, un ecosistema rico en fuentes hídricas, que está cada vez más seco. La importancia del humedal se puede ver en la diversidad de flora y fauna. Una investigación del Instituto Humboldt y de la Fundación Orinoquía Biodiversa registró 675 especies en 2017, entre plantas, peces, mamíferos, anfibios, reptiles y aves. Según la organización ambiental BirdLife International, en el humedal hay 259 especies de aves y 450 de plantas. “Los ecosistemas estratégicos como los humedales y páramos son ecosistemas que se tienen que proteger”, afirma Juan Manuel Rengifo, geógrafo e investigador del OCA.

El estero mayor llegó a tener más de 10 kilómetros de extensión y hasta siete metros de profundidad. Para cruzar el estero, se llevaba hasta 12 horas en barco. Actualmente, durante el verano se puede recorrer el mismo camino por carretera, en un trayecto de 20 minutos entre la población La Pesquera y el municipio de Panamá de Arauca, relata Álvaro Hernández. 

Foto satelital

Las imágenes satelitales muestran la transformación de la cobertura natural del humedal del Lipa. En la imagen de 2001, se ve el predominio de coberturas naturales o moderadamente intervenidas de humedales, sabanas y bosques. En la de 2022, la expansión de la frontera agrícola y la fragmentación de las coberturas naturales. Fuente: Análisis de caso “En busca del Lipa. Conflicto ambiental en la llanura inundable” (2022), realizada por el Observatorio de Conflictos Ambientales (OCA), del Instituto de Estudios Ambientales (IDEA) de la Universidad Nacional de Colombia

Chipirón T.B., la plataforma construida en el estero mayor del Lipa, profundizó el problema. Con más tierra fértil disponible tras la disminución del volumen del estero, aumentó el cultivo de arroz, que también drena el agua. “La laguna se fue desapareciendo y los cultivadores de arroz corrieron sus cercas”, agrega el integrante de la Fundación Danta. La explotación petrolera también fue una impulsora directa e indirecta de la deforestación en el área, tanto con la construcción de la infraestructura como con el impulso para la llegada de nuevos colonos, afirma Rengifo. 

Las comunidades indígenas consideran que hubo un ecocidio, es decir, una destrucción del ambiente, y “que la laguna perdió su ser, que perdió incluso su espíritu”, afirma Lorena Acevedo, de la FLM. 

Cuestionado sobre la conservación del humedal, Parques Nacionales Naturales de Colombia afirma que adelanta un proceso de conformación de Nueva Área Protegida de Ámbito Nacional en los municipios aledaños al Lipa. Sin embargo, la posibilidad de recuperación del humedal y del estero mayor no es unánime entre los investigadores y líderes locales. “Lamentablemente, no veo manera de recuperarla [a la laguna], yo soy escéptico. Cuando llegué allá, yo lo vi y lo caminé y dije: ‘El estero se secó’”, afirma Pulido. 

La comunidad defiende la instauración de una zona de restauración en el Lipa, pero la situación es compleja: además del campo petrolero, hay familias que habitan la antigua zona inundable. Aunque se lograra recuperar el curso de los caños y el volumen de los esteros, las veredas podrían resultar inundadas, generando un nuevo desplazamiento para los campesinos. “Nosotros queremos que, por lo menos en partes, se dé retorno a lo que era la laguna. Porque, en este momento, se están desapareciendo los animales, los chigüiros, los tigres, los pumas… Allá ya no se consigue un pescado para un remedio, cuando esa era la gran riqueza de toda la unión que estaba en esa laguna”, cuenta Hernández. 

Rengifo también entiende que hay espacio para la recuperación del humedal. “Nunca va a ser lo que era, pero creo que las condiciones están dadas: la depresión sigue estando, los ríos se siguen desbordando y las inundaciones se siguen presentando. Pienso que la intervención física podría ser de alguna forma sencilla para restituir los mecanismos naturales de inundación”. El geógrafo considera importante que se haga un censo poblacional, para entender cuántas personas están en el área, y que el Estado estudie la expropiación de las tierras, ya que la producción petrolera en el campo viene en declive y que hay una discusión internacional sobre la sustitución de la energía del petróleo por otras, más sostenibles. 

Cuestionada sobre el tema, SierraCol afirma que “no es cierto que el estero El Lipa se haya secado”, tampoco que realice acciones que puedan “resultar en la desecación de ese ecosistema”. Según la empresa, el volumen hídrico del lugar es variable, y depende de las temporadas de lluvia o de sequía propias de la Orinoquía. Además, cita intervenciones hechas por otros actores que afectan al humedal. En concepto técnico de 2020, la ANLA señaló que la laguna presentaba una lámina de agua cubierta por vegetación flotante.

Ecopetrol afirma que la estrategia de manejo ambiental en Caño Limón es una obligación del contrato con SierraCol, que prevé “la conservación de un ambiente sano, tomando las precauciones necesarias para proteger el medio ambiente, la vida humana y la propiedad de otros, y prevenir la contaminación del área contratada”. SierraCol también informa que ha aportado importantes “beneficios económicos, laborales y sociales al departamento de Arauca y al país”, incluyendo conexión eléctrica, servicios de salud y de educación, vivienda e infraestructura comunitaria, además de la generación de empleo, del desarrollo del tejido empresarial y de la inversión voluntaria que realiza en el departamento. Rutas del Conflicto ha contactado a la empresa OXY en Estados Unidos por correo, pero no obtuvo respuesta.

Actualizado el: Dom, 07/23/2023 - 09:28

Carreteras de doble vía: entre la deforestación y la movilidad en el Guaviare

Las carreteras Marginal de la Selva y la Calamar-Miraflores son los principales focos de deforestación y riesgo de acaparamiento de tierras en el departamento. Las vías, sin embargo, son esenciales para abastecer y transportar a las poblaciones locales.

 

Por Fernanda Barbosa

El área de influencia de la Marginal de la Selva y de la carretera Calamar-Miraflores ubicó al Guaviare y al sur del Meta como el segundo mayor núcleo de pérdida de bosques del país en 2021, con 15,7% de la deforestación nacional, según datos del Ideam (Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales). La expansión de vías no planificadas facilitó “la conversión de los bosques en pastizales para acaparar tierras o para la expansión de prácticas ganaderas no sostenibles”, informa el sistema de monitoreo del instituto, que también identificó talas realizadas para el autoconsumo y para cultivos de coca. En visita a Calamar en febrero de este año, la ministra de Ambiente, Susana Muhamad instó a la Fiscalía General de la Nación a investigar los “terratenientes fantasmas” que compran tierras ilegalmente en área de reserva forestal en Guaviare.

La Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS) también documentó un crecimiento de las vías ilegales alrededor de las carreteras. En el caso de la Marginal de la Selva, la deforestación ha afectado el Resguardo Indígena Llanos del Yari – Yaguará II y veredas aledañas a él, en San José del Guaviare y La Macarena (Meta), según el Ideam. Los indígenas del resguardo han visto con preocupación el avance de la carretera, y han trabajado en procesos para detener la deforestación de la mano de diferentes organizaciones, según reportaje de Rutas del Conflicto. La pérdida de bosques a lo largo de la vía Calamar-Miraflores se ha dado en la zona de reserva forestal de la Amazonía, establecida por la Ley Segunda, de 1959. 

Las dos carreteras tienen historias diferentes, pero ambas ocuparon el noticiero nacional en los últimos años. La Marginal de la Selva es parte de un proyecto internacional de transporte e hizo parte de la apuesta del gobierno de Juan Manuel Santos para la infraestructura nacional. En 2018, el entonces presidente afirmó en entrevista que ya no se construiría la infraestructura de la carretera, debido al riesgo ambiental. La vía sin pavimentar sigue siendo el principal corredor de transporte entre San José del Guaviare y el noroccidente del departamento. 

La carretera entre Calamar y Miraflores ganó los titulares en 2019 cuando, debido a la falta de permisos ambientales para las obras, los alcaldes de ambos municipios fueron judicializados e imputados por deforestación. La justicia cerró la obra en 2019, la reabrió el año siguiente durante la pandemia de covid-19 y la volvió a obstruir en marzo de 2021. Ese mismo mes, el área de influencia de la carretera figuraba en la alerta temprana de deforestación del Ideam. La vía, también destapada, es el único medio de transporte terrestre entre Miraflores, en el sur del Guaviare, y la capital del departamento. 

“Las carreteras son un agente de transformación quizá de los más fuertes que existen frente a la a los ecosistemas que aún están conservados. Alrededor de las carreteras surgen predios, surgen parcelaciones, surge especulación de la tierra, surgen nuevas poblaciones, nuevos asentamientos. Si eso no se controla, va a haber una afectación mayor a los ecosistemas”, afirma Juan Manuel Rengifo, investigador del Observatorio de Conflictos Ambientales (OCA), de la Universidad Nacional de Colombia. 

Entre 2018 y 2021, el Guaviare perdió un promedio anual de casi 25 mil hectáreas de bosque, según datos del Ideam. La deforestación llegó a su pico en los años anteriores, tras la firma del acuerdo de paz entre el Gobierno nacional y la entonces guerrilla de las Farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), que dejó de tener el control sobre el territorio. Entre 2016 y 2017 se perdieron más de 38 mil hectáreas y, entre 2017 y 2018, más de 34 mil. Un video de la FCDS de 2018 ya mostraba imágenes aéreas de la deforestación alrededor de la Marginal de la Selva. 

Si bien la construcción de las carreteras es un factor de deforestación, también es una demanda histórica de los pobladores de áreas lejanas a los grandes centros del país. Sin buenas vías, les vuelve más caro transportar sus cosechas, lo que ha afectado su calidad de vida. En la región del Guayabero, la falta de infraestructura ha dificultado el éxito de proyectos de sustitución de cultivos de uso ilícito, según pobladores. En Miraflores, es por la carrera desde Calamar que llega el agua potable y los alimentos que no se producen localmente. También es por la vía que se tiene un acceso más rápido a hospitales, ya que el tiquete de avión no siempre cabe en el bolsillo de los campesinos. 

“Si tú hablas con la gente de Miraflores, te va a decir que quiere la carretera; si tú hablas con la gente Calamar, te va a decir que quiere la carretera”, afirma Javier Revelo Rebolledo, profesor de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario. El profesor defiende que se entiendan los contextos locales desde su complejidad, sin invisibilizar las necesidades de las poblaciones rurales. 

Las vías son un elemento importante de conectividad para el país, y no deben ser estigmatizadas, agrega Maryi Serrano, coordinadora de ordenamiento territorial y planeación del desarrollo en la FCDS. Sin embargo, su estructura debe ser adecuada a cada lugar. “¿Las comunidades que viven allá necesitan una vida con cuatro carriles y velocidad de 80 kilómetros por hora, o una vía que les permita sacar sus productos y tener acceso a servicios públicos?”, cuestiona. 

La discusión sobre las carreteras se da en un contexto histórico de conflicto en el Guaviare. Javier Rebolledo afirma que el Estado ha estigmatizado a los campesinos y colonos que han reclamado la formalización de sus tierras, primero considerándolos como insurgentes, después como narcotraficantes y, ahora, como deforestadores. “Hay una relación muy tensionante entre el Estado y los campesinos”, explica. 

Las protestas de los campesinos en la región del Guayabero, por donde pasa la Marginal de la Selva, se intensificaron en junio de 2020, tras operativos de las fuerzas militares para la erradicación forzada de coca. Los pobladores denunciaron la violación de derechos humanos durante los operativos, retención del ganado y procesos en contra de pobladores, por tala irregular. Según la Fundación DHOC, se han realizado diálogos directamente con la Fiscalía sobre la judicialización de 130 campesinos. 

En marzo de este año, tras 43 días de manifestación en Los Pozos, Caquetá, y de enfrentamientos que resultaron en tres muertos (dos campesinos y un agente de la policía), el Gobierno ha llegado a acuerdos con los campesinos de Meta, Caquetá y Guaviare. Entre ellos está el establecimiento de una comisión mixta de derechos humanos, la suspensión de la prohibición del ganado en áreas de parques naturales hasta 31 de marzo de 2024 y un compromiso de las comunidades para frenar la deforestación en la Amazonía. 

Por los caminos de la colonización en los Llanos

El trayecto de la Marginal de la Selva en el Guaviare pasa por dos sustracciones de la reserva forestal de la Amazonía. Es decir, 483 mil hectáreas que fueron parte del área protegida, pero, después de resoluciones del Inderena (Instituto Nacional de los Recursos Naturales Renovables y del Ambiente), se destinaron a la colonización. 

“Esas sustracciones tenían el fin de dotar de tierra a los campesinos que venían en los proyectos de colonización. El problema es que las promesas del Estado no se cumplieron: no llegaron los equipamientos, no llegaron los servicios públicos, no llegó la institucionalidad que iba a garantizar una serie de derechos”, agrega Rengifo. Las sustracciones de las áreas de reserva dinamizaron el mercado de tierras en el Guaviare a finales de la década de 1980. Los primeros colonos vendieron los predios a nuevos actores, incluyendo terratenientes y narcotraficantes, según estudio sobre la deforestación realizado por Rengifo y Jenny Santander, también investigadora del OCA. 

Después de 1987, solamente 2,9% de la superficie de la sustracción estaba en las manos de los fundadores, y 97,1% con nuevos compradores, de acuerdo con informe publicado en 1999 por el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas (Sinchi). Así, se aceleró “la colonización fuera de los límites legales” y se incentivó “el mercado de las tierras mejor localizadas y susceptibles de legalización”, según la publicación. El Plan Nacional de Desarrollo 2014-2018, del gobierno Santos, consideraba al Guaviare como como parte de la región de los Llanos, para la que se destinaban proyectos económicos agrícolas. La ganadería y los cultivos de cacao y caucho se han hecho presentes tanto en la zona de reserva campesina como fuera de sus fronteras, en la reserva forestal, según el estudio de Rengifo y Santander.  

“La deforestación ocurre en zonas de difícil control estatal, pero, al mismo tiempo, históricamente lo que ha ocurrido es que la transformación del paisaje es el primer paso para un proceso de construcción de Estado. La deforestación va ampliando la frontera política, no solo la agrícola”, afirma el profesor Javier Rebolledo. En el departamento del Guaviare, políticos que buscaban votos llevaron recursos y maquinaria para apoyar a las Juntas de Acción Comunal en la ampliación de carreteras en zonas de reserva forestal, retrató Rutas del Conflicto en reportaje sobre carreteras en el resguardo Nukak

Actualmente hay tres nuevas áreas de sustracción del área de la reserva en evaluación, una de 3.621 hectáreas en Miraflores y dos, que superan las 93 mil hectáreas, en San José del Guaviare, todas solicitadas por la URT (Unidad de Restitución de Tierras) para reparar víctimas del conflicto armado, según el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible. 

Marginal de la Selva: Un proyecto transnacional

La Marginal de la Selva es un proyecto planeado desde la década de 1960 para conectar la región amazónica y permitir un nuevo camino entre Ecuador, Colombia y Venezuela. La carretera es parte de una agenda común de doce países, la llamada Iniciativa de la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA). En Colombia, integró la apuesta de la presidencia Santos para el crecimiento de la infraestructura del país en veinte años, presentada en el Plan Maestro del Transporte Intermodal (2015-2035). El apoyo institucional a la vía también está en el Plan de Desarrollo Departamental del Guaviare 2016-2019, realizado bajo el gobierno del entonces gobernador Nebio Echeverry, que cita a la vía como parte del valor turístico del departamento.

La construcción de infraestructura en el tramo entre San José del Guaviare y San Vicente del Caguán (Caquetá), sin embargo, causó controversias ambientales. Estudios realizados en 2015 “detectaron los alto riesgos ambientales que implicaba la intervención de ese corredor”, debido a que “se encuentra muy cerca de las áreas de influencia del Parque Nacional de la Macarena y de la Reserva Forestal Protectora de la Lindosa y además atraviesa sectores selváticos de alto valor ambiental”, según el Invias (Instituto Nacional de Vías). 

El trayecto de la carretera es parte del piedemonte amazónico, un corredor ecológico que conecta la selva con los ecosistemas andinos, y que ya está deforestado. “Prácticamente el último lugar donde esa conexión ocurre está entre el Parque Nacional de La Macarena y el Parque Nacional del Chiribiquete, y justamente por ahí pasa la Marginal de la Selva. Entonces, si se vuelve una vía nacional, esa última conexión quedaría rota”, afirma Rengifo. Datos de la FCDS muestran que los 295 kilómetros de la Marginal de la Selva en el Guaviare fueron constantemente deforestados en los últimos años. Se perdieron 5.942 hectáreas de bosque entre 2018 y 2019; 5.626 hectáreas entre 2019 y 2020, 4.696 entre 2020 y 2021; y 5.500 entre 2021 y 2022, considerando un perímetro de 5 kilómetros a los márgenes de la vía. 

La deforestación alrededor de la vía no se restringe al departamento del Guaviare y se ha intensificado después de la firma del acuerdo de paz entre la exguerrilla de las Farc y el Gobierno nacional, en 2016. La deforestación en el corredor Andes-Amazonía, que incluye los departamentos de Putumayo, Caquetá y Guaviare, además de sur del Meta, creció un 65,8% (129.717 hectáreas) entre 2017 y 2018, según el estudio de Rengifo y Santander. 

La expectativa generada por el acuerdo de paz y los anuncios de inversión nacional atrajo a compradores de tierras al lado de la vía. “En cualquier lugar donde uno diga ‘aquí voy a montar un proyecto auspiciado por el Gobierno’, pues obviamente se dispara el valor de la tierra, y llega gente a comprar”, afirma Angélica Rojas, coordinadora regional de la FCDS en el Guaviare.

Considerando el impacto ambiental, el entonces presidente Santos afirmó a la Revista Semana en 2018 que el tramo de la vía entre San Vicente del Caguán y San José del Guaviare no se construiría, y que otras 12 carreteras clandestinas serían destruidas. Sin embargo, la deforestación ha continuado. Cuestionado por Rutas del Conflicto, el Invias afirmó que La vía San Vicente del Caguán – San José del Guaviare “correspondería en un futuro” a la Ruta 65, cómo se denomina oficialmente la Marginal de la Selva, y que, actualmente, el tramo no está a cargo del instituto. 

Calamar-Miraflores: “vía de la legitimidad”

La construcción de la carretera Calamar-Miraflores empezó en los años 1980, como un camino abierto por caucheros con brújula en manos, según pobladores locales. Las familias asentadas, algunas productoras de coca y otras de diferentes cultivos agrícolas, siguieron abriendo la vía. Campesinos narran el trabajo comunitario realizado en la carretera en el documental “La carretera prohibida de Colombia. Una experiencia reveladora”, de CaminanTres y Dignidad Estereo, publicado en abril de este año.

“Esta es la vía de la legitimidad, hecha por el pueblo, pero también es una vía satanizada”, afirma José Beltrán Poveda, presidente de la Junta de Acción Comunal de La Esperanza y secretario de Asojuntas (Asociación de Juntas Comunales) de Miraflores. Sin la carretera, los costos de transporte de los víveres triplican, según el poblador. Por la vía, un viaje desde Miraflores hasta San José del Guaviare dura cerca de diez horas, y cuesta 130 mil pesos. En avioneta, el trayecto es rápido, pero el costo llega a 450 mil pesos por tramo. El transporte fluvial hasta Calamar es también una opción, pero más cara y más larga que por carretera. Dependiendo del peso, se puede gastar las mismas diez horas en barco, más dos horas en carro hasta San José, con un costo estimado de 180 mil pesos, según Beltrán Poveda.  

Desde 2015, en el contexto de las negociaciones para el acuerdo de paz, nuevos actores llegaron al territorio, con recursos para comprar tierras alrededor de la carretera. “Si fuera el campesinado el que llega con dinero a negociar esas fincas, no pasaría las necesidades que pasan. No hay una relación entre lo que se tumba y lo que tiene el campesino”, afirma William Tribales, integrante de la Asociación Digital Cobosques y del canal Pipe Quida. 

El tamaño de los lotes, su expansión y el aumento de la deforestación son los factores que indican que hay un acaparamiento de tierras “asociado con grandes capitales”, afirma Maryi Serrano, de la FCDS. “Para un pequeño campesino, es muy difícil hacer una deforestación de una zona de 100 hectáreas en un solo año, porque eso cuesta. Se necesita dinero para poder deforestar 100 hectáreas y se necesita dinero para poder hacer una carretera, entonces eso necesariamente no está asociado a una economía campesina”, agrega.

Debido a la falta de licencias ambientales, la Justicia prohibió las obras en la carretera en 2019, y la reabrió el año siguiente en medio a la pandemia de covid-19. En ese entonces, la vía recibió recursos nacionales para su mantenimiento que superaron los 878 millones de pesos, según Invias. Una nueva decisión judicial, de marzo de 2021, volvió a cerrar la vía, pero la prohibición no detuvo la deforestación. La pérdida de bosques entre 2021 y 2022 fue de 2.225 hectáreas, ante 1.721 en el período anterior, según estudio de la FCDS, que consideró el tramo de 60 kilómetros de la vía y un perímetro de cinco kilómetros a los márgenes. 

“En la época de pandemia, se asumía que no iba a haber mayor movimiento, pero no fue así, se siguió deforestando”, explica Angélica Rojas, coordinadora de la FCDS en el Guaviare. Entre 2019 y 2020, la deforestación también fue significativa, con 1.890 hectáreas perdidas y, entre 2018 y 2019, aún más grande: 2.148 hectáreas. 

“Estaban metiendo camiones grandes, tractomulas, cisternas… eso requiere abrir más la carretera. Queremos algo básico, una trocha ecológica, pero nadie nos ha parado bolas”, agrega Beltrán Poveda.

Guardianes de la vía 

Para conciliar la necesidad de la vía con la protección del área de reserva forestal, Beltrán Poveda defiende una gestión entre la institucionalidad y los campesinos. “Queremos pensar en un proyecto de largo plazo. Proponemos ser guardianes de la vía queremos reforestar lado y lado de la carretera y hacer caminos para los animales”, afirma. Según el líder, Miraflores está esperando una visita de la ministra de Ambiente y Desarrollo Sostenible para dialogar sobre la propuesta. 

William Tribales coincide en que es importante que la institucionalidad encuentre a una solución pactada con los pobladores. “Es llegar al territorio y escuchar a esas personas que de verdad están comprometidas, que tienen una vivencia y una experiencia”, afirma. El ambientalista defiende que se realicen alianzas con investigadores y universidades, para buscar una “transformación de gran impacto” para las carreteras. 

“En un área tan sensible como la Amazonía, se necesita mirar si las vías están cumpliendo con los criterios ambientales”, afirma Maryi Serrano, de la FCDS. Desde 2019, la Fundación ha promovido los Lineamientos de Infraestructura Verde Vial en Colombia para prevenir, mitigar y corregir los impactos negativos de las vías para las personas y los ecosistemas. 

Dentro de los lineamientos está la formación de miembros de las comunidades como gestores viales, para que participen de los diagnósticos sobre los efectos de las vías y de la implementación de criterios de preservación. También se realiza la instalación de cámaras para mirar el comportamiento de los animales y la adecuación de la infraestructura para preservar sus corredores. Las carreteras verdes se incorporaron en dos documentos CONPES, en procesos de adjudicación de Invias y en requerimientos pedidos por la Agencia Nacional de Infraestructura. 

Para preservar el entorno de las carreteras, también es necesario identificar a los acaparadores de tierras en el Guaviare. Beltrán Poveda defiende medidas por parte del Gobierno nacional y la realización de veedurías al lado de las Juntas de Acción Comunal. Juan Manuel Rengifo, investigador del OCA, afirma que la deforestación es un síntoma de la expansión de la frontera agrícola, que ha sido motivada por el Estado. Por eso, sería necesario reunir voluntad política y económica para repensar esta expansión. “Es como si la deforestación ocurriera a espaldas del Estado, pero el Estado tiene una gran responsabilidad”, explica. 

 

 

Actualizado el: Mié, 07/19/2023 - 14:32

El diálogo entre la sociedad civil y la institucionalidad fue el protagonista en el evento Actores Económicos, Construcción de Paz y Garantías de No Repetición

Esta reunión fue organizada por el Centro de Información sobre Empresas y Derechos Humanos (CIEDH), una organización internacional que hace seguimiento a la conducta empresarial en materia de derechos humanos y que desde 2019 monitorea el tratamiento que las instituciones nacionales le han dado a la relación entre actores económicos y conflicto armado.

Organizaciones de la sociedad civil de Antioquia, Arauca, Boyacá, Casanare, César, Chocó, La Guajira, Meta, Putumayo y Bogotá fueron invitadas a este evento que se llevó a cabo en el Hotel Dann, en la capital, el 30 y 31 de mayo. Fabián León, director del CIEDH explicó la importancia y necesidad de este tipo de reuniones. “Este año iniciamos los acercamientos con el Comité de Seguimiento y Monitoreo (CSM) de la Comisión de la Verdad para que ellos puedan incluir en su trabajo un esquema de indicadores que incluya o que permita ver medidas frente a la actuación de actores económicos en el marco del conflicto”, cuenta León.

El investigador afirma que en el informe de la Comisión de la Verdad se hizo una mención genérica de la participación y afectaciones que causaron las empresas a los derechos humanos de distintas comunidades de Colombia. Además, León menciona que desde el Centro de Información se detectó un vacío en la discusión nacional sobre la participación de actores económicos. “Desde la institucionalidad, como lo es la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), no es posible vincular en algún tipo de responsabilidad al empresariado. Solo es posible que ellos se sometan voluntariamente como terceros ante la JEP a pesar de que el sector económico fue protagonista en el conflicto”, dice León.

Por eso, en los dos días que duró el evento se invitó al Comité de Seguimiento de la Comisión y al magistrado Óscar Parra para que este tema se incluya en la agenda pública y en la discusión actual sobre la implementación de los Acuerdos de Paz. “Los actores económicos no quedaron vinculados formalmente a los Acuerdos y hoy siguen presentándose formas de violencia que son denunciadas con clamor desde las comunidades, por lo que es necesario una justicia y reparación efectivas”, afirma el director del CIEDH.

Debido a la responsabilidad y participación en el conflicto armado de las empresas es que este evento es un espacio propicio para el diálogo entre distintas organizaciones de la sociedad civil que han monitoreado violaciones de derechos humanos por parte del sector económico. Así lo afirma Islena Rey, presidenta del Comité Cívico por los Derechos Humanos del Meta (CCDHM). 

Rey dice que tras el evento se llegaron a distintas conclusiones y que es necesario que se implementen en aras de avanzar en el esclarecimiento de la verdad y en la no repetición. “Primero,dijimos que es imprescindible la prohibición de la contratación de mercenarios por parte de las empresas. Segundo, a todos nos pareció necesario el desmonte de los batallones minero energéticos porque no es posible que haya seguridad privada para las empresas mientras las comunidades están indefensas. Tercero y último, manifestamos que es imperativo el hallazgo de víctimas de desaparición forzada”, contó Rey. 

En el segundo día del evento participó el magistrado de la JEP Óscar Parra, quien es el relator del macrocaso 08 de la Jurisdicción Especial que investiga los crímenes cometidos por la fuerza pública, agentes del Estado en asociación con grupos paramilitares, o terceros civiles en el conflicto armado. 

El magistrado Óscar Parra durante su participación en el evento/ Foto: CIEDH

Después de que acabó la jornada de la mañana en la que habló el magistrado Parra, Islena tuvo la oportunidad de acercarse a hablar con él en representación de la CCDHM y hacerle varias solicitudes en una muestra de que a través de este tipo de eventos es posible acercar a la sociedad civil y víctima del conflicto con la institucionalidad.

“Mi petición al magistrado Óscar Parra fue la de profundizar en las investigaciones y escuchas de los postulados, paramilitares, policías y militares implicados en los asesinatos y desapariciones de los miembros del CCDHM. Igualmente, le solicité que investigara a los contratistas de las empresas de hidrocarburos que a través de la tercerización que hicieron con paramilitares y sicarios violaron los derechos de la población.”, relató Rey. 

La lideresa concluye que no se puede dejar de lado la participación de las empresas en el conflicto y que por eso es importante la integración de distintas organizaciones de la sociedad civil de diversas partes del país para esclarecer lo sucedido durante la guerra debido a que cada víctima tiene una historia que merece ser contada. “Lo importante es lograr que estos hechos vergonzosos jamás vuelvan a repetirse. Los culpables de crímenes de lesa humanidad, como los ocurridos, deben ser judicializados y obligados a devolver las tierras robadas e indemnizar integralmente a las víctimas”, afirma Rey.

El director del CIEDH dijo que uno de los logros del evento fue el acercamiento de la sociedad civil con la institucionalidad colombiana, pero también con Naciones Unidas. De esta manera, afirma León, el diálogo se puede transformar en acciones para salvaguardar la vida de distintas comunidades en el país. “Vamos a continuar el relacionamiento con el Comité de Seguimiento en aras de contribuir en la construcción de un enfoque de derechos humanos afectados por las empresas y continuaremos con el respaldo a las organizaciones para que puedan aportar al esclarecimiento de la verdad”, sostuvo León. 

 

 

 

Actualizado el: Lun, 07/17/2023 - 15:52

Una remediación pendiente: la contaminación de la industria petrolera no se atiende pese a la legislación vigente

Perú, Colombia, Ecuador y Bolivia contemplan la reparación de los daños ambientales en su normativa actual, sin embargo, según los expertos consultados, “falta decisión política” para hacer cumplir las leyes. 

En Bolivia avanzan los planes de expansión de la actividad de hidrocarburos y en Ecuador se debate aún, en cortes internacionales, un caso emblemático de contaminación.

En Perú ningún pasivo ambiental ha sido completamente remediado hasta el momento, mientras en Colombia se acaba de aprobar una ley para catalogar los daños ocasionados por la actividad petrolera. 

Autor: Yvette Sierra / Mongabay Latam.

“Ahora que la tendencia mundial es el abandono de los combustibles fósiles llegó el momento de extraer hasta la última gota de provecho de nuestro petróleo”, dijo el presidente Guillermo Lasso en mayo de 2022 durante su Informe a la Nación. Las declaraciones del mandatario fueron tomadas como una afrenta por las comunidades indígenas y locales, sobre todo de la Amazonia, que llevan décadas esperando la remediación de los daños ambientales generados por las operaciones petroleras. Según información oficial, Ecuador acumula en total 4675 pasivos ambientales y “fuentes de contaminación” de esta industria en todo el territorio nacional.

Bolivia y Perú no están al margen de la carrera por expandir la explotación de hidrocarburos en la región, mientras sigue pendiente la limpieza de los daños causados. El gobierno de Luis Arce anunció recientemente sus planes de exploración y explotación de hidrocarburos para este 2023 y el 2024. Son 18 los proyectos en marcha con los que Bolivia espera revertir la crisis de gas y los subsidios al diésel que agobian al país desde hace algunos años. Mientras tanto, Perú ha puesto sobre la mesa un proyecto de ley que busca modificar la legislación sobre áreas naturales protegidas para abrir estos espacios al mercado de los hidrocarburos. 

El presidente Gustavo Petro, que enfrenta una grave crisis política en estos días, anunció durante el Foro Económico Mundial celebrado en enero de este año en Davos, Suiza, que urge “descarbonizar” la economía para enfrentar la crisis climática que afecta al planeta. El Plan Nacional de Desarrollo de Colombia incluye un espacio dedicado a potenciar la extracción de minerales estratégicos para allanar el camino hacia una transición energética. Sin embargo aún no hay acciones concretas en marcha y la remediación de 106 Impactos No Resueltos sigue en proceso o en estado pendiente.


Pasivo ambiental, rellenado con tierra oscura para cubrir el olor del derrame que sucedió hace algunos años atrás, en la base de Shiviyacu, ubicado en la selva peruana. Foto: Patrick Wesember.

La investigación realizada pudo establecer que de los 8278 pasivos ambientales y otros impactos petroleros identificados en Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú, aún quedan por remediarse la mayoría, un total de 6371. Este escenario va en contra de las leyes que contemplan la protección ambiental e incluso la reparación de los daños causados por las empresas o el Estado en los cuatro países. Y en algunos casos, como ha sucedido en Bolivia y ahora podría pasar en Perú, el panorama es aún más crítico, pues los planes de explotación incluyen las áreas naturales protegidas y los territorios indígenas. 

¿Qué decisiones políticas afectan la atención de más de ocho mil desechos petroleros?¿Cuáles son las tareas pendientes que tienen las autoridades?

 


Ecuador: una historia de contaminación

“Sinceramente, no me parece adecuado denominar pasivo ambiental a algo que está activo y que sigue causando daño”, dice Pablo Fajardo, el abogado ecuatoriano que lleva casi 20 años  enfrentándose a la gigante petrolera estadounidense Texaco-Chevron en el caso de contaminación por petróleo más emblemático de Latinoamérica. 

Fajardo se refiere así a los daños ambientales que ha dejado esta empresa petrolera en las provincias de Sucumbíos y Orellana, en la Amazonía ecuatoriana, donde —según información del Ministerio del Ambiente, Agua y Transición Ecológica enviada a esta alianza periodística— 1107 pasivos, entre ellos piscinas llenas de petróleo, fosas y derrames de hidrocarburo, permanecen sin remediación.

“Eso refleja la pobre política de Estado y su capacidad de control porque si una empresa petrolera causa un derrame tiene la obligación de repararlo inmediatamente. Si no lo hace, el Estado debe actuar para proteger los derechos de la población, pero acá, resulta que tenemos un estado cómplice de los derrames y no es capaz de exigir esa reparación a quien lo causó”, repite visiblemente molesto Fajardo. 

Para el abogado, lo que hace falta en Ecuador es voluntad política. “Existe legislación, existe el marco constitucional. Está el Código Orgánico del Ambiente, la Ley de Gestión Ambiental, hasta en la misma Constitución de la República del Ecuador se determina la obligación que tienen de restaurar inmediatamente los daños ambientales. No hay voluntad política, y el gobierno o los gobiernos por intentar, según ellos, incrementar las inversiones extranjeras de las transnacionales, lo que hacen es no exigirles un adecuado control ambiental”, precisa. 

La ex asambleísta Mariuxi Sánchez, representante de la provincia de Orellana del partido Unión por la Esperanza, reafirma que “hace falta voluntad política” para cumplir con la reparación de los pasivos ambientales. En San Carlos, en la provincia de Orellana, señala Sánchez, todavía hay personas que tienen sus viviendas sobre pasivos ambientales y que no lo sabían porque se trata de piscinas que fueron cubiertas, eso es lo que asegura dejó Texaco-Chevron. “Imagínese consumir agua contaminada con el crudo, por eso, se sospecha que los altos índices de cáncer que existen en la provincia de Orellana se deben a esta fuente de contaminación”, dice la ex asambleísta.

Cruzando la pequeña ciudad de Shushufindi está la refinería donde los tanqueros cargan y transportan el crudo hacia Esmeraldas, en la costa ecuatoriana, para su exportación. Al menos un mechero está encendido en esas instalaciones, quemando gas y soltándolo a la atmósfera. Foto: Armando Lara.

Sánchez recuerda que en el 2012 estuvo en una de las zonas contaminadas por la operación de Texaco - Chevron y pudo ver una piscina de casi un kilómetro de largo. “Cuando estaban haciendo la inspección se dieron cuenta de la magnitud que tenía esta piscina, fue terrible. Y era muy doloroso escuchar a las personas de las comunidades cuando me contaban sobre los problemas de salud que tenían. Conocí a una señora que me dijo que su hermana, su cuñado y su sobrina fallecieron con cáncer, pero además, la única sobrina que había sobrevivido hasta ese momento también tenía cáncer”, narra la representante del partido Unión por la Esperanza.

Los pueblos indígenas de las provincias de Orellana y Sucumbíos, donde operó la transnacional Texaco-Chevron, mantienen una disputa legal con las empresa en cortes internacionales, pese a que la compañía norteamericana perdió un juicio en Ecuador en el que se le impuso una sanción de casi 9000 millones de dólares que hasta ahora no ha pagado. “Hemos tenido un ministro de Hidrocarburos, Fernando Santos Alvite, que fue abogado de Chevron, y que durante este último gobierno pretendía negar la existencia de los pasivos ambientales dejados por esta empresa”, dice Mariuxi Sánchez, refiriéndose a los funcionarios que estuvieron vinculados a la actividad petrolera en el sector privado.

Bolivia: leyes que no se cumplen

La falta de decisión política también fue resaltada en Bolivia. La senadora Cecilia Requena, del partido Comunidad Ciudadana, asegura que “no existe la capacidad ni siquiera de aplicar la normativa vigente, ni la Constitución boliviana [Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia]  que es aparentemente en el texto muy avanzada, así como normas, diría yo, declarativas como la Ley de los Derechos de la Madre Tierra”.

Esta ley, aprobada en el año 2010 durante el gobierno del ex presidente Evo Morales, contempla los derechos a la diversidad de la vida, el agua, el aire limpio, el equilibrio y la restauración oportuna y efectiva de los sistemas de vida afectados por las actividades humanas directa o indirectamente, además del derecho a vivir libre de la contaminación. Sin embargo, en la práctica, esta norma, como muchas otras, solo se queda en el papel.

Requena, integrante de la Comisión de Tierra y Territorio, Recursos Naturales y Medio Ambiente del Senado de Bolivia, señala que el extractivismo, particularmente de hidrocarburos, ha generado una renta al país que ha permitido al Movimiento Al Socialismo (MAS) —en el gobierno por más de 15 años— mantenerse en el poder. “Los veo como adictos al extractivismo e incapaces de entender a Bolivia en un contexto del siglo XXI. Celebran la industrialización, pero estamos hablando de recursos naturales no renovables. Hay una incapacidad de ver que Bolivia podría tener otras economías sostenibles, como la economía del bosque que podría incluir servicios ambientales. Y ahora está la locura de entrar a la Amazonía, que es lo único que nos ayudaría en la resiliencia climática”. 


En el Senado, comenta Requena, intenta hacerle frente a la expansión de las actividades de hidrocarburos, pero su bancada no logra mayores resultados pues el MAS, movimiento que llevó a la presidencia a Luis Arce, tiene la mayoría. “Estamos concentrados en la fiscalización y en la denuncia, pero también en la generación de una narrativa con una visión distinta de lo que podría ser Bolivia. Tampoco nos hemos rendido por completo en el ámbito de la normativa, pero lo estamos haciendo de manera, digamos, estratégica”. 

Hay un tema adicional que menciona la senadora del partido Comunidad Ciudadana que es la falta de información y transparencia del gobierno sobre la actividad petrolera. Esta situación se ha podido constatar durante la construcción de la base de datos para esta investigación, puesto que tras varios pedidos de información realizados a las instituciones del gobierno boliviano los datos recibidos solo dan cuenta de 101 pasivos y pozos abandonados dentro de áreas naturales protegidas, pero no se informa sobre otras zonas de explotación petrolera.

“La falta de acceso a la información es sistemática y, a estas alturas, yo le puedo decir que es deliberada en muchos casos. Es una forma de cubrirse de una fiscalización ya sea de la sociedad civil, de los medios o del Parlamento”, dice la senadora. “Bolivia es uno de los pocos países de la región que no tiene una ley de acceso a la información. Comunidad Ciudadana ha presentado dos proyectos de ley de acceso a la información en estos dos años y medio de legislatura, pero no se aprueban. Es una falta de voluntad clarísima”, agrega.


Líder indígena de Caigua muestra la quebrada que lleva el mismo nombre de su comunidad con las emanaciones de petróleo que dañan el Parque Nacional Aguaragüe. Foto: Miguel Surubi.

Patricia Molina, directora general del Fondo Boliviano sobre Medio Ambiente y Desarrollo (Fobomade), organización de la sociedad civil que se enfoca en acciones en torno a políticas ambientales, seguimiento y fiscalización de la gestión ambiental, señala que el problema de los pasivos ambientales lleva muchos años y que incluso durante el proceso de privatización y capitalización en Bolivia, que empezó en 1985 con una serie de reformas económicas, se realizó “una auditoría petrolera que incluyó un acápite de los pasivos pero que fue un documento casi secreto, porque la idea era no pasarle estos pasivos a las empresas que estaban llegando para invertir”.

La experta explica también que hay varios vacíos en la norma vigente y que uno de ellos está relacionado a lo que debería ser considerado un impacto de la actividad petrolera. “En las normas bolivianas, inclusive la Constitución, la parte operativa es inexistente y obviamente hace nulos cualquier pasivo proveniente de la fase de exploración. Se considera impacto muy bajo, entonces, solamente se consideran los impactos de la explotación”, agrega Molina. 

Los pasivos ambientales que ha dejado la actividad petrolera principalmente en el Chaco “son muy graves”, señala la experta de Fobomade. Básicamente, se trata de “pozos abandonados que están eliminando hidrocarburos, gases y desechos en una zona muy importante que es la Serranía del Aguaragüe, donde se origina toda el agua de una región que ya de por sí es seca”.

Perú: miles de pasivos sin completar remediación

“En algún momento encontramos un caso emblemático en Tumbes. Era un pasivo petrolero donde todavía brotaban restos de petróleo y, eventualmente, salía fuego. Y las personas lo consideraban como un atractivo turístico, como aguas termales. Adultos y niños se bañaban en ese pozo sin saber que era un pasivo petrolero”, recuerda Lissette Vásquez, adjunta en Medio Ambiente, Servicios Públicos y Pueblos Indígenas de la Defensoría del Pueblo. “Este es solo un ejemplo del riesgo que significan para la integridad de las personas”.

Desde el año 2014, Perú cuenta con un inventario de pasivos de hidrocarburos. Este inventario contiene más de 3000 pasivos ambientales en nueve regiones del país, la mayoría ubicados en la costa peruana, en las regiones de Tumbes y Piura, según la información recibida para esta investigación.

Existe, además, otra categoría para denominar a los lugares contaminados o afectados por petróleo y son los llamados “sitios impactados”, que corresponden específicamente a los puntos contaminados en el Lote 192 —antes 1AB— ubicado en la región Loreto, en la Amazonía peruana. Según el Organismo de Evaluación y Fiscalización Ambiental (Oefa) actualmente existen 171 sitios y ninguno ha sido remediado. 

Niño de la comunidad de Andoas, muestra un documento donde da positivo a plomo y cadmio. Foto: Patrick Wesember.


Vásquez menciona que en el año 2015 la Defensoría publicó el informe Un llamado a la remediación, en el que advertía sobre los retrasos en la atención de los pasivos ambientales y recomendaba al Estado peruano, puntualmente al Ministerio de Energía y Minas, que por lo menos se priorice la remediación de aquellos pasivos que significaban un alto riesgo para la salud, la seguridad y la calidad ambiental. Han pasado ocho años y no se ha avanzado, señala Lissette Vásquez. 

“Hay una deuda histórica con la población indígena de la región Loreto por la contaminación petrolera que ha habido a lo largo de todos estos años y se requería una medida urgente que de alguna manera se ha propiciado con este fondo de remediación”, dice la funcionaria de la Defensoría, en referencia al Fondo de Contingencia para la Remediación Ambiental creado en en el 2015 y que tenía por objetivo atender los puntos de alto riesgo. 

Pero también están los más de 3000 pasivos ubicados principalmente en las regiones de Tumbes y Piura, en la costa norte del país. “Estas dos regiones son, históricamente, donde se inició la exploración petrolera y las poblaciones que están asentadas en zona petrolera siempre son afectadas. Se pone en riesgo su vida, su salud, su derecho a un ambiente sano y equilibrado”, agrega Vásquez. 

El marco normativo existe, lo que hace falta es gestión, que las autoridades cumplan con su labor y el Estado priorice la implementación de estas acciones, explica la funcionaria. “En Perú, ninguna entidad del Estado podría argumentar la falta de marco jurídico para lograr la remediación de estos lugares afectados por la actividad petrolera”, dice Vásquez y agrega que es el Ministerio de Energía y Minas la autoridad responsable del proceso de remediación. 

Para la congresista Ruth Luque, de la bancada Cambio Democrático - Juntos por el Perú, uno de los problemas es la falta de articulación entre los sectores responsables del sector hidrocarburos. “Hay una fragilidad institucional fuerte de todo el sistema de gestión ambiental en general. No hay quien haga un monitoreo y seguimiento constante del impacto en la salud de la población afectada. Eso quedó evidenciado en el [derrame] de Repsol”, menciona la congresista y vicepresidenta de la Comisión de Pueblos Andinos, Amazónicos y Afroperuanos, Ambiente y Ecología del Congreso de la República. 

Lo más reciente en Perú es la propuesta para modificar la Ley de Áreas Naturales Protegidas y permitir la exploración y explotación de hidrocarburos en las áreas protegidas de mayor nivel de conservación como son los parques nacionales, santuarios nacionales y santuarios históricos. Esta propuesta de cambio en la legislación ha sido planteada por el Ejecutivo y pone en evidencia el interés de abrir los espacios más biodiversos a las actividades de extracción de petróleo y gas. 

Colombia: una ley en camino

“La deuda no es solo ambiental sino que también es una deuda legislativa, de reconocimiento de esas afectaciones ambientales”, explica Cristian Avendaño, del Partido Verde en la Cámara de Representantes de Colombia. “Se tiene que empezar esa caracterización de los pasivos, superar el déficit legislativo que hay para el reconocimiento de los pasivos y abrirle paso a una reglamentación por parte del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible a los mecanismos de compensación ambiental”, agrega.

El legislador se refiere al proyecto de ley presentado en octubre de 2022 por su agrupación política con el fin de regular y gestionar los impactos ambientales que han dejado las actividades extractivas, así como los rellenos sanitarios acaba de ser aprobada en el Senado de la República de Colombia y ha sido enviada al presidente Gustavo Petro para su aprobación final.  

En Colombia estaba pendiente una legislación que caracterice de manera concreta los impactos ambientales dejados por las actividades petroleras, así como por la minería y otras actividades extractivas. En el caso del sector hidrocarburos se conoce como “impactos no resueltos” a los daños causados por esta actividad que, según la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales, suman 161 en los departamentos de Antioquía, Boyacá, Putumayo y Santander. 

Con la propuesta de ley se busca saldar la ausencia de información y crear un registro oficial que reúna los impactos causados por las actividades extractivas. “De acuerdo con esta ley,  el Ministerio del Ambiente y Desarrollo Sostenible tendrá la responsabilidad de clasificar y determinar los pasivos ambientales. Luego, con esta clasificación, el Congreso tendrá la responsabilidad de redactar otro proyecto que permita darle una vía mucho más amplia y específica a las compensaciones ambientales”, dice Avendaño. 


Petróleo entre el colchón de junco de la Ciénaga de Palagua, en Boyacá. Foto: Juan Carlos Contreras.

Cuando se le pregunta a Avendaño por qué se ha tardado tanto Colombia en atender ese vacío legal, responde que lo que ha primado en el país ha sido una “visión conservadora y extractivista de los gobiernos. Todo esto tiene que ver con una visión antropocentrista de desarrollo de los ecosistemas”. 

Armando Sarmiento, profesor del departamento de Ecología y Territorio de la Facultad de Estudios Ambientales de la Universidad Javeriana, explica que la actividad petrolera en Colombia, en términos de volúmenes y campos de producción, es reciente. Según el portal de la Agencia Nacional de Hidrocarburos, la baja producción de petróleo a inicios del siglo XXI llevó a pensar que el país tendría que importar combustibles. Esto no ha sido así y, actualmente, según el Ministerio de Minas y Energía, “las reservas probadas de petróleo pasaron de 2039 millones de barriles reportados en 2021 a 2074 millones de barriles en 2022”.

En cuanto a la normativa actual, Sarmiento asegura que “la autoridad ambiental es rigurosa, pero aún hay cosas por mejorar. Sin embargo, en los últimos 30 años ha tenido una evolución importante y tenemos instrumentos de control y seguimiento”. El experto menciona, por ejemplo, que con la Ley Ambiental de 1993 —mediante la cual se crea el Ministerio del Ambiente— surge la figura de la licencia ambiental y se comienzan a desarrollar los estándares metodológicos que rigen actualmente la actividad petrolera. 

Mauricio Cabrera, asesor en Relaciones de Gobierno y Relaciones Internacionales del Fondo Mundial para la Naturaleza Colombia (WWF por sus siglas en inglés) señala que lo principal de esta ley que acaba de ser aprobada es “contar con una definición de pasivo ambiental, porque sin definición adoptar acciones es muy complejo. En un año debe tenerse la reglamentación y la definición de pasivo ambiental por subsectores. Han sido 20 años peleando por esta ley".

Cabrera también considera que la aprobación de la ley en Colombia es un mensaje para  el resto de países de la región que no cuentan con leyes para los pasivos ambientales. “Es importante que se avance a nivel regional y se reglamente el manejo de los pasivos en toda Latinoamérica, además que se cuente con legislación para otras actividades extractivas como la minería ilegal, que es un generador de pasivos principalmente en la Amazonía", precisa el experto. 
 

Actualizado el: Mar, 06/27/2023 - 11:24

Colombia: los daños ambientales de la explotación petrolera han transformado a Puerto Boyacá

* En el municipio de Puerto Boyacá, en Colombia, la actividad petrolera es responsable de 109 sitios contaminados, de los cuales 37 corresponden a Mansarovar Energy según datos proporcionados por la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA). En total, la ANLA ha registrado a nivel nacional 161 “impactos no resueltos”, como los clasifica el Estado.

* Desde 1946, la empresa estadounidense Texas Petroleum Company comenzó la explotación de hidrocarburos en Puerto Boyacá; casi 50 años después, Omimex de Colombia adquirió esos activos y hoy pertenecen a Mansarovar Energy. En tan solo uno de sus campos, la empresa tiene 95 pozos en producción y 185 abandonados.

* Pescadores, ganaderos, habitantes e incluso las autoridades del municipio de Puerto Boyacá han presentado denuncias judiciales por las afectaciones al ecosistema y a los cuerpos de agua de la región, sin que hasta ahora se hayan realizado acciones de remediación de los lugares contaminados.

 

Por Catalina Sanabria Devia

*Esta investigación es una alianza entre Mongabay Latam y Rutas del Conflicto 

José Celestino Trujillo es pescador y vive hace casi 80 años en la vereda Muelle Velásquez, en Puerto Boyacá. Durante décadas ha sido testigo de las transformaciones que ha sufrido ese territorio que lo vio nacer. Uno de los sitios en donde más se observan esos cambios, dice, es la Ciénaga de Palagua, el segundo espejo de agua dulce más importante del departamento de Boyacá, después de la Laguna de Tota. Este territorio pantanoso es hábitat de por lo menos 160 especies y uno de los lugares en donde se refleja la contaminación que ha dejado la industria petrolera que opera en la zona desde hace más de cinco décadas.

En su juventud, José Celestino se dedicaba a pescar en la Ciénaga de Palagua, que se ubica en el valle del río Magdalena, a unos 36 kilómetros del casco urbano de Puerto Boyacá. Celestino recuerda que en una red cabían tres o cuatro peces que en la región se conocen como bocachicos, cada uno con una extensión equivalente a la de un antebrazo humano. Hoy ya casi no se encuentran estos peces; si los hay, su tamaño disminuyó a tal punto que son del mismo largo de una mano.

Mongabay Latam y Rutas del Conflicto visitaron la zona. Durante el recorrido, no sólo evidenciaron las afectaciones que ha dejado la industria petrolera en el lugar, también escucharon a los habitantes de la vereda Muelle Velázquez. Ellos afirman que alrededor de 200 hectáreas de la ciénaga están contaminadas con residuos de hidrocarburos.   

José Celestino Trujillo, integrante de Asopezpalagua. Foto: Juan Carlos Contreras

 

La contaminación en Campo Velásquez

En 1946, la Texas Petroleum Company inició la explotación de Campo Velásquez, el cual se encuentra al sur de la Ciénaga de Palagua, en la jurisdicción de las veredas Calderón y Velásquez. Casi 50 años después, Omimex de Colombia adquirió estos activos y hoy pertenecen a Mansarovar Energy. En su página oficial, la misma petrolera señala que en Campo Velásquez cuenta con 95 pozos petroleros en producción, 185 abandonados y 32 cerrados, sin que especifique la diferencia entre unos y otros. Allí se producen alrededor de 3270 barriles de crudo por día. 

Milton Guzmán, administrador y socio honorario de la asociación de pescadores Asopezpalagua, cuenta que la empresa Mansarovar Energy adquirió los oleoductos subacuáticos que en un principio pertenecieron a la Texas Petroleum Company y luego a Omimex de Colombia. De acuerdo con Milton, las tuberías, por falta de mantenimiento y por la gran cantidad de crudo que bombeaban, solían romperse y el hidrocarburo se vertía en el agua. “A los tres o cuatro días veíamos la inmensa mortandad de peces”, expresa José Celestino, también integrante de Asopezpalagua. 

Debido a su producción petrolera en Campo Velásquez, la empresa Mansarovar Energy es responsable de 37 de los 109 sitios contaminados por la actividad petrolera que existen en el municipio de Puerto Boyacá, de acuerdo con los datos entregados por la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) para esta investigación.

Esos puntos de contaminación podrían ser considerados en el resto de Latinoamérica como “pasivos ambientales”, un concepto que se usa para referirse a los daños a ecosistemas y comunidades a largo plazo y que han sido provocados por proyectos extractivos, mineros o los rellenos sanitarios que se encuentran abandonados. Aunque esta figura no existe legalmente en Colombia, en el Congreso de la República avanza un proyecto de ley con el que se busca, entre otras cosas, crear el Registro Nacional de Pasivos Ambientales (REPA). Por ahora, esos impactos petroleros con las mismas características que un pasivo ambiental son denominados por el Estado colombiano como “impactos no resueltos”.

La base de datos construida para esta investigación transnacional logró establecer que en Colombia existen por lo menos 161 “impactos no resueltos”. Estos lugares contaminados se concentran en Boyacá, Santander, Antioquia y Putumayo.

Zona en donde se encuentra la tubería subacuática en la Ciénaga de Palagua. Foto: Juan Carlos Contreras

El Aceitero, localizado en la zona de la Ciénaga de Palagua, por ejemplo, es una de las áreas afectadas por la contaminación de hidrocarburos en Puerto Boyacá. Los pescadores le llaman así precisamente por la abundancia de petróleo que hay en sus profundidades. Al prender los motores de los botes o meter un listón de madera al agua, el hidrocarburo se hace visible en la superficie. 

Leonardo Granados es abogado, asesor de la Alcaldía de Puerto Boyacá para la defensa estratégica del territorio y director de la Corporación San Silvestre Green, una organización no gubernamental que tiene como propósito contribuir al desarrollo sostenible. Granados asegura que en el punto en donde se encuentra El Aceitero confluye el daño medioambiental: “Después de georreferenciar las zonas de contaminación y los predios afectados por las operaciones en Campo Velázquez de Mansarovar, se concluye que las aguas corren a la Ciénaga de Palagua y llegan al Aceitero. Esto ha generado un 90% de pérdida hídrica y de pescado”.

Imágenes de la zona conocida como El Aceitero, en donde se evidencia el petróleo. Fotos: Juan Carlos Contreras

 

La Ciénaga de Palagua está conformada no solo por sus 180 hectáreas de espejo de agua, sino también por las 1200 que tiene de humedal. Las fincas aledañas se surten del agua que proviene de este cuerpo hídrico, así lo explica Mauricio Salazar, ingeniero forestal, coordinador de la Unidad de Gestión Ambiental Municipal (UGAM) de Puerto Boyacá hasta finales de 2022 y fundador de la Mesa Ambiental del municipio. En época de precipitaciones, explica Salazar, la lluvia se mezcla con el petróleo, circula por las veredas y finalmente desemboca en la ciénaga.

En 2021, los dueños de 18 predios iniciaron acciones penales y administrativas en contra de la empresa Mansarovar Energy por la contaminación del agua en la zona; aunque aseguran que son más los afectados.

Uno de los predios contaminados es El Jordán. De acuerdo con la ANLA, este lugar es uno de los 37 pasivos ambientales que acumula la petrolera en esta región. Según Édgar y Giovanny Bermúdez, padre e hijo ganaderos propietarios de El Jordán, su finca ha sido afectada por las operaciones en Campo Velásquez. Hace dos años, ellos intentaron abrir jagüeyes, unos lagos pequeños para que sus animales se hidrataran. Para su sorpresa, el agua estaba llena de petróleo. 

“Nos comunicamos con la empresa, en ese momento había personal para que fuera a revisar. Tomaron unas pruebas y dijeron que en efecto había contaminación, pero nunca volvieron ni nos dieron respuesta. Mansarovar siempre ha estado enterada de esa situación”, cuenta Giovanny. 

Los Bermúdez ahora solo tienen terneros. Cuentan que cuando tenían vacas, los animales se deshidrataban y si tomaban del agua contaminada se enfermaban, perdían peso, abortaban y morían. Y es que en época de verano, la temperatura en la zona alcanza hasta los 40 grados centígrados y los pozos de agua potable se secan.

Rutas del Conflicto y Mongabay Latam buscaron por varios medios una entrevista con Mansarovar Energy para obtener su versión de los hechos. La empresa respondió únicamente un par de preguntas. Sobre el Aceitero, asegura haber realizado las actividades de diagnóstico de primera fase para así establecer una estrategia de intervención. En cuánto al Jordán, Mansarovar afirma no tener permiso de acceso al predio. 

Giovanny Bermudez aclara que al no haber sido posible una conciliación directa con la petrolera, él acudió a Leonardo Granados y solicitó a Mansarovar que todo lo correspondiente al caso lo trataran con su representante legal. “Generalmente, cuando a las empresas se les da permiso para ingresar a un predio, entran a eliminar evidencias. Como estamos en un proceso con la Fiscalía General de la Nación para hacer el recaudo de material probatorio, la petrolera podría incurrir en el delito de destrucción y ocultamiento del mismo. Por tal motivo, no se le ha permitido el ingreso a la finca”, explica el abogado Granados.

Malas herencias y daños no remediados

Mansarovar Energy inició sus operaciones en el territorio hace tres lustros, pero los perjuicios ambientales se remontan a mediados del siglo pasado, cuando la Texas Petroleum Company llegó a Puerto Boyacá a dedicarse a la explotación de hidrocarburos en Campo Velásquez durante décadas. Luego, en 1995, la compañía estadounidense vendió sus activos a Omimex de Colombia y finalmente pasaron a ser de Mansarovar Energy, una empresa creada en 2006 tras la unión de la estatal india ONGC-Videsh y la estatal china Sinopec.

Tal cómo informó el diario El Tiempo, a mediados del siglo pasado, la Corte Suprema de Justicia falló a favor de la Texas Petroleum Company determinando que no se pagaran regalías por la producción petrolera en Campo Velásquez. Ni siquiera hoy en día, bajo la administración de Mansarovar, se han pagado regalías al Estado por su producción. 

Texas Petroleum fue la primera responsable de los impactos ecológicos en la zona, pues según el hoy disuelto Instituto Nacional de los Recursos Naturales Renovables y del Ambiente (INDERENA), la empresa realizaba sus actividades sin consideraciones ambientales, sus equipos eran obsoletos y no trataba los vertimientos de petróleo que ocasionaba.

 

Válvula de pozo petrolero en Campo Velásquez. Foto: Juan Carlos Contreras

José Celestino recuerda que la empresa estadounidense, en vez de remediar los daños causados, trataba de encubrirlos. Con maquinaria pesada removía el petróleo que se encontraba en tierra y cuando había demasiado en el agua, le prendía fuego. Según José Celestino y más habitantes de la zona, en la década de los sesenta la petrolera lanzó desde una avioneta semillas de junco, una especie de planta acuática. Hoy en día hay aproximadamente 50 hectáreas de junco ocupando la Ciénaga de Palagua. “Ahí es donde está la joya de la contaminación y la taparon”, reclama el abogado Granados.

El ingeniero Salazar cuenta que el buchón de agua (Eichhornia crassipes), también conocido como taruya, igualmente ha sido utilizado para cubrir el petróleo que se encuentra en el fondo del Aceitero. Al ser una especie introducida no hay un control biológico sobre ella y se ha vuelto invasora. “Se reproduce sin que nada la detenga”, explica. Además, cuando estas plantas mueren, la materia orgánica se deposita en el fondo, formando un tipo de colchón. Así, la ciénaga se ha secado poco a poco, ha perdido oxígeno y el espejo de agua es cada vez menor.

Junco y taruya en medio de la Ciénaga de Palagua. Foto: Juan Carlos Contreras

“Nosotros pedimos que toda esta área sea removida, que se saque el junco contaminado y se filtre, se limpie la ciénaga, pero no lo hacen porque es costoso. La compañía dice que todo está perfecto, que según los documentos ha cumplido. Sin embargo, la evidencia en el terreno es diferente. Tiene que prevalecer la realidad sobre el papel”, sugiere Milton Guzmán, administrador y socio honorario de Asopezpalagua.

Frente a los daños ambientales, en 1994 el municipio de Puerto Boyacá presentó una Acción Popular contra la Texas Petroleum Company. En 2008 el Juzgado Sexto Civil del Circuito de Bogotá declaró responsables a la Texas Petroleum Company y a Omimex de Colombia por el “deterioro del medio ambiente y de los recursos naturales renovables en las áreas de Campo Velásquez y Campo Palagua”, este último ubicado al norte de la ciénaga. Así, el juzgado sentenció a las petroleras al cumplimiento de un plan de manejo especial para la recuperación de la ciénaga, el cual se encuentra en la resolución 782 del año 1993 del INDERENA.

A su vez, los integrantes de Asopezpalagua emprendieron una acción popular paralela que ganaron en 2010. En este caso, el Juzgado Tercero Civil del Circuito de Bogotá ordenó algo más específico: “Les dijo a las compañías petroleras que deben hacer un estudio del fondo de la ciénaga, porque los sedimentos están completamente llenos de hidrocarburos, que es lo que ha dañado a los peces y lo que ha acabado con la pesca”, explica el abogado Granados.

El 24 de noviembre de 2022 representantes de la Procuraduría General de la Nación, la Defensoría del Pueblo, la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA), la Corporación Autónoma Regional de Boyacá (Corpoboyacá), la Unidad de Gestión Ambiental Municipal (UGAM) y Asopezpalagua realizaron una visita a la zona para corroborar si se ha cumplido lo dictado en las sentencias. Iniciaron el recorrido en el pozo 100, denominado Puerto Nuevo, pasaron por la batería 3 y finalizaron en Muelle Velásquez. También estuvieron en El Aceitero. Durante el trayecto fueron testigos del petróleo que hay entre los colchones de junco. “Esperamos que el juez tome medidas ante el desacato y se obligue a la empresa a cumplir después de 30 años”, expresa Guzmán de Asopezpalagua.

Según ha informado la Corporación San Silvestre Green, por escritura pública No. 4253 del 30 de noviembre de 2006, Omimex de Colombia pasó a ser Mansarovar Energy y adquirió no solo los activos de Campo Velásquez, sino también los pasivos ambientales. Por lo tanto, tendría que hacerse responsable de remediar ecológicamente la zona. En palabras de Mauricio Salazar, anteriormente coordinador de la Unidad de Gestión Ambiental Municipal (UGAM) de Puerto Boyacá: “No podemos seguir permitiendo que la industria petrolera que ha causado tanto daño al medio ambiente y al ecosistema quede impune como sucedió con Texas, Omimex y como prácticamente está sucediendo ahora con Mansarovar”.   

Campo Moriche, donde la contaminación continúa 

Campo Moriche es otra de las áreas de explotación de Mansarovar Energy en Puerto Boyacá y, al igual que en Campo Velásquez, sus operaciones han generado varios impactos ambientales. Dos de ellos sucedieron el 8 de junio de 2020 y el 9 de septiembre del mismo año en la vereda el Ermitaño. La ruptura de una de las tuberías provocó dos derrames de petróleo que afectaron el suelo, los cuerpos de agua, la fauna y la flora del territorio. En ese momento Herman Amaya, director de la Corporación Autónoma Regional de Boyacá (Corpoboyacá), aseguró que únicamente el derrame de septiembre generó daños irremediables, pues se produjo a tan solo tres kilómetros del río Magdalena.

Mansarovar reportó las contingencias a la ANLA, a través de la Ventanilla Integral de Trámites Ambientales en Línea (VITAL). En el caso del derrame del 9 de septiembre indicó que se habían derramado tres cuartos de barril de crudo. El 11 de septiembre de 2020, representantes de Corpoboyacá y funcionarios de la Alcaldía de Puerto Boyacá realizaron una visita técnica a la zona para constatar los datos. “Se evidenció que cerca de 100 barriles de crudo se derramaron en 1.200 metros cuadrados de Campo Moriche, de los cuales 15 eran de petróleo crudo neto”, publicó Corpoboyacá. La empresa otorgó datos alejados de la realidad, pues tan sólo ese  derrame fue mucho mayor y más grave de lo que había señalado. 

En ese entonces, en las redes sociales se viralizaron las imágenes de unos chigüiros —una especie de roedor conocido también como capibara— que, por el derrame, estaban bañados en petróleo. Mauricio Salazar fue quien tomó esas fotografías. “Encontramos a los chigüiros completamente contaminados. Por lo general ellos ven a un humano y se esconden, pero estaban tan aletargados que se quedaron ahí, quietos. Ese terreno era inestable y no conocíamos su profundidad, nuestro peso hacía peligroso intentar agarrar a los animales. La idea era que lo hicieran personas con trajes especiales y que los limpiaran, pero luego vi en un informe que habían muerto”, menciona el ingeniero.

Mauricio Salazar, coordinador de la Unidad de Gestión Ambiental Municipal (UGAM) hasta diciembre de 2022. Foto: Juan Carlos Contreras.

Salazar realizó varias visitas para inspeccionar el terreno y cuenta que Mansarovar siempre daba el mismo recorrido e impedía el paso hacia algunas zonas. Además, debido a la pandemia del COVID 19, había protocolos de bioseguridad y permisos especiales que tramitar. Desde su punto de vista, esto le ayudó a la empresa a ganar tiempo para que, cuando llegaran las entidades competentes a revisar el área, todo estuviera en orden. 

En una de las inspecciones, el entonces coordinador de la UGAM oyó maquinaria pesada. Vio dos bulldozer tumbando media montaña, lo cual se le hizo extraño porque nunca había recibido documentos informando que se iba a hacer un movimiento grande de tierra. “Subí y al otro lado de la loma había lo que parecía ser un mar de agua contaminada, algo impresionante. Yo no captaba qué era eso y cuando lo analicé, era crudo puro. Lo estaban ocultando”, asegura Salazar. 

Mongabay Latam y Rutas del Conflicto preguntaron a Mansarovar Energy su posición frente a que se le acuse de dar datos erróneos sobre los derrames en Campo Moriche e intentar encubrirlos. La empresa no se refirió a estos hechos en específico, pero manifestó que la ANLA, en su última visita realizada en marzo de 2023, constató de forma directa la finalización de actividades de remediación y de los estudios ambientales. Esta alianza periodística solicitó una entrevista a la ANLA para contrastar la información. Sin embargo, para la fecha de publicación del reportaje, no hubo respuesta por parte de la entidad.

Iniciativas, reclamos y exigencias

Según Jicly Mutis, desde su alcaldía se ha invertido en la compra de predios de interés hídrico y en programas de reforestación en  los alrededores de las cuencas. Sin embargo, tanto él como Granados concuerdan en que la encargada directa de limpiar y remediar la Ciénaga de Palagua es la empresa Mansarovar Energy. Según el abogado, la ANLA también tiene una responsabilidad de omisión frente a los impactos ambientales ocasionados por la petrolera.

“Es inadmisible que no haya sanciones ejemplares. Estamos pidiendo al Ministerio de Medio Ambiente un control preferente. Puerto Boyacá es víctima, debe ser indemnizado como tal y sus áreas deben ser reparadas. La vocación de este territorio es el ecoturismo y la gastronomía, pero la contaminación le está impidiendo esa vía de desarrollo alternativa a la industria del petróleo”, explica Granados.

En la actualidad, la Corporación San Silvestre Green le exige a la Fiscalía la imputación de cargos a Mansarovar Energy por los delitos de daño de recursos naturales, contaminación con yacimiento de hidrocarburo, fraude procesal, ocultamiento de material probatorio y, en el caso específico de Campo Velásquez, fraude a resolución judicial por el incumplimiento de las sentencias. Granados calcula que las sanciones serán por alrededor de nueve mil millones de pesos, lo que equivale a 1 871 697 dólares. 

El abogado explica que en el caso del Campo Moriche ya se tomaron las pruebas de laboratorio y se está a la espera de la cita por parte del fiscal para ratificación y ampliación de hechos y así proceder a la imputación. 

Para Campo Velásquez el proceso es más lento porque la cantidad de área afectada es mayor y es necesario tomar bastantes pruebas de laboratorio. Granados espera que antes de junio de 2023 se atribuyan cargos contra Mansarovar Energy. Según él, por primera vez en la historia del gobierno colombiano se presenta la oportunidad para sentar un precedente frente a los pasivos ambientales.


 

 

 

 

 

 

Actualizado el: Mar, 06/27/2023 - 10:58

"Escuela Guayabal: olvidar la vida, aprender la muerte”

Jhonatan* lo presenció todo. Los oídos le zumbaron al primer disparo, el primero de varios que escuchó detonar de una pistola nueve milímetros en la humanidad de Eyder Andrés Galindo, su amigo de 13 años. En esos días sus vidas dieron un vuelco hacia un abismo de difícil retorno. 

 

Por: Anghel Katerine Aldana Sierra

Apenas habían pasado algunas semanas desde que Eyder, de su puño y letra, escribió un mensaje para su mamá, Ana Patricia: “Mami, no se preocupe que yo voy a estar bien. Lo hago por usted. Me voy a trabajar porque no sirvo para el estudio. No vaya a llorar. La quiero mucho a usted y a mi hermana (…)”. El trozo de papel reposó sobre la cama hasta que Ana Patricia llegó en horas de la noche a su casa luego de una larga jornada de trabajo, de donde conseguía el sustento para su familia como madre cabeza de hogar.  

Antes de salir esa mañana del 16 de junio del año 2004, Ana Patricia vio a su hijo Eyder dormido en su cama, la última imagen que tendría de él nacido en la noche del 12 de octubre de 1990, en Puerto Caicedo, Putumayo, cuando ella tenía apenas 16 años.  Era alto y su corporalidad generaba la impresión de tener más años. Como cualquier otro niño de su edad, disfrutaba jugar con sus amigos del barrio, aún no le cogía interés al estudio y cuando salía del colegio solía escaparse un rato a jugar billar. Allí, entre tacos, carambolas y tres bandas, conoció a un joven quien le ofreció a él y a su amigo Jhonatan ganar en un mes 600 mil pesos recogiendo arroz en una finca del Casanare. Para Eyder esta oferta representaba la posibilidad de ayudar a su madre, que, para pagar una casa propia, trabajaba en dos empleos de día y de noche, significaba en últimas, un alivio a su angustia y una oportunidad de tener un futuro mejor para él y su familia. 

“Cuando llegué en la noche mi hijo ya no estaba. Desde ese día no sé nada de él, no se ha comunicado conmigo. (...) ese día mi hijo estaba en la casa, y mi hermana quien vive conmigo me contó que un señor fue a buscarlo y que mi hijo salió con él, pasó el día y no apareció”, le contó Ana Patricia a la Fiscalía General de la Nación.

La noche (la vida) se hizo angustia, zozobra, llanto. A primera hora del siguiente día Ana Patricia emprendió su búsqueda. Los vecinos, los amigos, las calles. Sin poder obtener respuestas, acudió al CAI del barrio, pero los policías le dijeron que debía esperar 72 horas. La injusticia hecha costumbre. Un patrullero la acompañó por hospitales, ollas y calles olvidadas, pero no hallaron ningún rastro de Eyder. 

10 días después, Ana Patricia volvió a intentar poner la denuncia, y se dirigió a las instalaciones de la SIJIN, en la carrera Quinta con calle Sexta. Esta vez sí le fue recibida, pero nada pasó. Lo único que resultó de aquel día fue un papel que dejó constancia de la denuncia, de la impunidad. Sola y desorientada no sabía qué hacer: “Entonces llegó un momento en que nadie me ayudaba”.

El comienzo de la ausencia 

Llegó octubre sin Eyder. Para entonces se rumoraba que varios muchachos habían sido desaparecidos del barrio; como ocurría en el de al lado; en el sur oriente y sur occidente; en Bogotá, Villavicencio, Girardot, Santander. Al cabo de unos meses, comenzaron a llegar a las casas de estas familias, sumidas en la angustia, llamadas de militares que les informaban que sus hijos habían sido capturados en operaciones del Ejército. En unas cuantas, las voces fueron de desconocidos que les indicaron recoger a sus hijos en terminales de transporte malheridos. En otras (muchas) los teléfonos nunca sonaron.   

Un día, Ana Patricia recibió la noticia de que habían encontrado a Eyder y que estaba en una de las instalaciones del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Esto la llenó de alegría y muy temprano salió al encuentro con su hijo. Al llegar, se percató que había muchos jóvenes que fueron acogidos de forma transitoria, y allí, Ana Patricia buscó pero no encontró la mirada que buscaba. A todo el que se le cruzó le preguntó por Eyder. En eso, se topó con Jhonatan, que le contó que ambos habían sido reclutados por las Autodefensas Campesinas del Casanare, pero que de su hijo no sabía nada más.

Ana Patricia casi no logró reconocer a Jhonatan, era entonces mucho más alto. Lo distinguía desde tiempo atrás porque vivía en la misma cuadra. Tenía 17 años y había nacido en el Espinal, Tolima, el 18 de noviembre de 1986: 

“[luego de salir del Tolima] Duré un tiempo en la calle aquí en Bogotá, a veces pintaba, echaba pisos, lo que me saliera, vendía dulces, lo que me saliera, luego me fui para donde mi mamá, porque supe en donde vivía aquí en Bogotá, como en 1998”, le contó Jhonatan a la Fiscalía.

Desde entonces, vivió en el barrio Los Libertadores. En el 2000 conoció a Eyder y se hicieron amigos. Gracias a su relato, Ana Patricia conoció que aquel 16 de junio de 2004 a su hijo lo reclutaron junto a otros seis jóvenes del barrio y se encontraba en el Casanare. Seguramente las palabras no encontraron salida de la boca de Jhonatan para narrarle a la angustiada madre todo lo que sabía sobre Eyder. 

Por buscar: objetivo militar 

Los días de angustia y las noches de insomnio siguieron transcurriendo ante la ausencia de Eyder y de respuestas. No siendo suficiente, desde que Ana Patricia emprendió la búsqueda, recibió de forma constante amenazas, engaños y extorsiones de los armados que acechaban en el barrio, quienes vieron en su desespero una oportunidad de lucro. Lo primero fueron las llamadas para recordarle que acudiera al silencio y a la quietud.

Llegó mayo de 2005 sin Eyder, era el Día de la Madre y el celular de Ana Patricia sonó.

“(…) recibí una llamada de una voz muy similar a la de mi hijo. Me dijo: ‘Feliz día mamá’, escuché una canción llanera de madre y colgaron”, escribió la madre de Eyder en una carta que le envió a la Fiscalía.

En horas de la madrugada de un día de noviembre de ese mismo año, un hombre desconocido se presentó a la casa de Ana Patricia. Aseguró haber sido enviado por su hijo y tener un número de celular para ponerse en contacto con él, pero que preguntara por ‘El Negro’. A pesar del miedo y en su desespero por no dejar ir la única luz que se asomaba desde su desaparición, lo dejó entrar y subió al segundo piso de la vivienda para dejar grabado en papel los números que le permitirían escuchar de nuevo la voz de Eyder. Bajó presurosa la escalera. El hombre entregó los datos y partió junto con 500 mil pesos que robó ante el descuido de la madre angustiada. Al cabo de unos cuantos segundos respiró hondo y marcó desde su celular: “Llamé insistentemente hasta que por fin me contestaron y en cuanto pregunté por ‘El Negro’ me pasaron a varias personas y posteriormente me colgaron”, dice la carta que mandó a la Fiscalía.

La violencia no dio tregua y tuvo que vender su casa a bajo precio y desplazarse a otro barrio para su protección y la de los suyos. Durante varias semanas las noches las tuvo que pasar en lugares diferentes: “Posteriormente mi vida fue un infierno pues fui declarada objetivo militar para ser dada de baja en cualquier parte”, contó en la carta.

Con el paso de los años, los violentos siguieron convirtiendo el dolor y la esperanza de Ana Patricia en ganancia para ellos. Para junio del año 2007, recibió una llamada de un hombre que le aseguró ser de las Autodefensas Campesinas del Casanare y la instigó para que se reuniera con él. 

“Me explicó que para ver a mi hijo necesitaba entregarle DOS MILLONES DE PESOS (…) y 15 días después UN MILLON QUINIENTOS MIL PESOS (…) me garantizaban que primero hablaría con él por teléfono y que después acordarían conmigo cuándo poder verlo. Después de recurrir a préstamos, de ir de un lado para otro, cumplí con las cantidades exigidas. Sin embargo, días después me exigieron CINCO MILLONES DE PESOS (…) yo les dije que no contaba con ese dinero, pues yo era una mujer trabajadora de escasos recursos económicos (…) días después me llamaron para informarme que me tenían vigilada, que no fuera a cometer un error y salir corriendo a contarle a la Policía nada, sino quería recibir a mi hijo en una bolsa”, señaló la madre a la Fiscalía.

Los llamados (gritos) que Ana Patricia hizo ante la justicia no fueron escuchados. En agosto de 2005 interpuso por tercera vez la denuncia en la Unidad de Reacción Inmediata de Paloquemao. Pasado un mes, sin búsqueda, se abrió una investigación previa asumida por la Fiscalía 330 que, en ese mismo junio de 2007 en que Ana Patricia fue forzada a entregar 3 millones de pesos a los estafadores, cerró la investigación, quedando así durante los siguientes tres años. Ante los investigadores los alias fueron nombrados; los lugares fueron señalados; los ojos cafés, la nariz chata, el pelo negro y crespo, la estatura de 1.65, la piel morena, el nombre y apellido del reclutador fueron reseñados; la madre entregó la información que a pesar de las amenazas había recolectado, pero la justicia nunca llegó. 

El reclutador

En el barrio los muchachos lo conocían como Pablo*, era un joven al que le sobraba calle. Meses atrás había estado recluido en la correccional para menores “El Redentor”.  Era amigo de infancia de varios jóvenes con quienes jugaba micro en las canchas del barrio. Entre sus amigos estaban Sebastián, Fernando, Emerson, Manuel y Ricardo* con quienes celebró al recobrar la libertad.  

“Era amigo de toda la vida, él vivía en el barrio Los Libertadores, y vendía dulces en los buses y robaba”, señala la declaración de uno de ellos ante la Fiscalía.

De la “correccional” trajo una propuesta de trabajo para sus amigos que se rebuscaban la vida limpiando los vidrios de los carros y vendiendo pañuelos en el centro: unos primos suyos necesitaban gente para trabajar en fincas recogiendo arroz o raspar coca en el Casanare a cambio de 600 mil pesos mensuales y un día de descanso a la semana. Sin dudarlo aceptaron la oferta de trabajo. Al día siguiente los primos de Pablo los llevaron hasta el barrio La Sevillana, les dieron plata para los pasajes y los montaron en un bus intermunicipal con destino al municipio de Monterrey, no sin antes ponerlos bajo el cuidado del conductor, que era cercano a los suyos. 

Luego de hacer la primera parada en Villavicencio, el bus fue detenido por un retén del Ejército en la vía, los muchachos se bajaron, mostraron sus documentos y luego fueron interrogados: “Nosotros dijimos que íbamos para Monterrey, entonces ellos nos dijeron que a qué, les dijimos que a recoger arroz, entonces un soldado de esos se rió y nos dejaron seguir”, contó uno de los jóvenes a la Fiscalía.

La instrucción del conductor era dejarlos en la bomba que queda a la entrada de Monterrey. Eran las siete de la noche y los jóvenes descendieron.  

“Una vez llegamos allí un hombre (…) nos contacta y nos dice que nos va a llevar a un hotel, nos montamos en un taxi como con platón, y nos dirigimos hacía el monte trocha hacia arriba, como a los 20 o 30 minutos paramos en una casa donde habían (sic) tres personas (…) ellos nos dieron la bienvenida, y nos preguntaron que a qué veníamos, y les dijimos que a coger arroz y ellos nos dijeron ‘¿a coger arroz o a raspar gente?’, les dijimos que cómo así, y ellos nos dijeron: ‘Bienvenidos a las Autodefensas del Casanare de Martín Llanos’, y nosotros preguntamos [que] qué eran las autodefensas y ellos nos contestaron: “Maricas, los paracos”.

A las pocas semanas la misma propuesta de trabajo llega a oídos de Jhonatan, quien le comentó a Eyder y a otro amigo del barrio de nombre Alejando. Ambos accedieron y fijaron el día de partida. Pablo llegó primero a donde Eyder, quien por miedo a la negativa de su madre no contó de sus planes, solo dejó una nota y siguió a su amigo del barrio. A los pocos minutos tocaron a la puerta de Jhonatan, y le dieron la razón de que Pablo los estaba esperando en una cafetería a pocos pasos de allí. Los dos muchachos y el reclutador comieron pan y gaseosa. 

“[Pablo] dijo: ¿dónde está el pelado? [respondimos] está en la casa y nos dijo: ‘camine lo buscamos, porque es urgente’. Lo sacamos. Nos fuimos el ‘tercio’”, declaró Jhonatan a la Fiscalía.

Caminaron y se encontraron con alias “El Mono”, otro de los reclutadores. El sujeto, que iba en una moto, los invitó a comer algo, luego los miró y seleccionó.

“Ahí nos eligió a Eyder y a mí, a Alejandro no porque era muy bajito y que no tenía cuerpo para estar allá. El ‘man’ sacó el rollo de billetes y nos dio plata. En ese momento llegó otro al que le decíamos El Tigre, a él lo llevó otro [reclutador] (…) después supimos que en cada barrio había un reclutador”, contó Jhonatan a la Fiscalía.

Alias el Tigre, que también fue reclutado pero que conocía para dónde y a qué iba, quedó como encargado de los muchachos. Así, dejando atrás a Alejandro, partieron en un bus hacia La Sevillana. La misma ruta, el mismo procedimiento. 

“(…) llegamos y el man del bus dijo ¿cuáles son? En ese bus nos llevaron hasta Monterrey, Casanare. (…) ahí nos estaban esperando en una bomba al lado donde paran los buses, y que nos estaba esperando [alias Murdoc en] un taxi. (…) nos subimos al taxi y nos llevaron por allá a una finca (…) nos recibe un señor, una señora y los hijos. Nos dijeron que por la mañana nos llevaban a otra finca, más ‘pa dentro’. (…) llegamos y pensé que estábamos en la guerrilla, porque yo vi armas, estaba la gente uniformada como los soldados. Nos recibió el comandante HK. Nos dijo que no estábamos en la guerrilla sino en los paracos”, contó Jonathan a la Fiscalía.

Escuela Guayabal: olvidar la vida, aprender la muerte“(…) ese día aprendimos que cuando alias ‘3-50’ se paraba tres veces frente a uno de los reclutados, ese se moría (…) ese día mataron a uno (…) el recibimiento fue que los nuevos teníamos que picar al que mataron con hacha, machete o lo que fuera, cavarle la fosa y enterrarlo”, contó uno de los testigos a la Fiscalía.

Los primeros en llegar fueron Sebastián, Emerson, Manuel y Fernando a la Escuela Guayabal. La llegada para todos era igual, una frase que los aterrizaba en la realidad y hacía claro el engaño en el que los hicieron caer: “Bienvenidos a las Autodefensas Campesinas del Casanare”. Les hacían quitar la ropa que traían, les daban uniforme, algunas cosas para la vida en filas, los ‘calveaban’ y se daba inicio al curso cuando se completaba el cupo mínimo de ‘nuevos reclutas’. 

Lo que fue una escuela veredal donde niños y niñas se formaban, leían, escribían y dibujaban la vida, se convirtió en una escuela de la muerte al mando de un exmilitar, donde se configuraba el proceso de degradación de la humanidad propia y la del otro. El acercamiento a las prácticas y la actitud para la muerte se aprendió sobre la vida y los cuerpos de sus propios compañeros. 

“(…) cuando llegamos allá ‘3-50’ hizo formar a todo mundo que íbamos para curso y nos dijo: ‘Ustedes los nuevos formen a este lado’ y le dijo a los otros muchachos: ‘Ustedes todos a tierra’ y el comandante empezó a hablar y comenzó a regañar a todo mundo y cuando ya estábamos en el piso escuché cuatro disparos, cuando vi al muchacho que le había metido los cuatro tiros en la cabeza y entonces nos dijo: ‘Muchachos, perdonen la bienvenida pero es que acá las leyes son para cumplirlas: y nos dijo ‘Ustedes los nuevos cojan un hacha y me lo pican, los quiero ver en 10 minutos con un pedazo de ‘Aladino’ y si no los mato a ustedes’ y ahí empezamos a hacer el curso de entrenamiento”, le contó uno de los testigos a la Fiscalía.

Como ‘Aladino’, quedaron en las escuelas paramilitares muchos otros niños, niñas y adolescentes usados para instruir sobre prácticas de homicidio y descuartizamiento. Acto que era además empleado como amenaza colectiva para los que apenas miraron con ojos quietos (o los que prefirieron apagar la mirada, pero igual los sonidos los alcanzaron) sobre lo que les pasaría si faltaban al dicho de su comandante; herramienta de terror para garantizar la obediencia. 

Faltando algunos días para finalizar el curso, vieron llegar a Jhonatan y a Eyder, apenas se vieron se reconocieron, alcanzaron a compartir algunos días y se separaron. El grupo de jóvenes en el que se encontraban los cinco muchachos recibió el nombre de ‘Tornado’. Comenzó el curso para los nuevos. El mismo recibimiento:

“(…) nos dieron la bienvenida y dijeron todo el mundo boca abajo y dijeron pasen los enfermos, los nuevos y los antiguos, y entonces el comandante ‘3-50’ pasaba por encima de cada uno y hablando de dios y todo eso (…) entonces pasó una muchacha embarazada adelante y la colocó boca abajo y nos dijo que nos colocáramos de pie todos y ahí le descargó 35 tiros a la muchacha en la espalda y a mí me dijo que le quitara la cabeza con un hacha o con un machete y si no lo hacía me mataba, y a Eyder le dijo que le quitara los brazos y a otros nuevos que le quitaran las piernas y a otro que le sacara el feto del vientre y que abrieran una fonda y que la echáramos ahí por pedazos y nosotros lo hicimos, nos tocaba o nos mataban, estábamos resignados”, contó uno de los jóvenes a la Fiscalía.

Estas escenas hicieron parte de su día a día, mientras padecían duros entrenamientos físicos, malos tratos e insultos. 

“(…) nos hacían disparos a los pies, nos hacían cantar toda la noche o quedarnos en el río, la comida a veces era escasa o a veces era buena, el castigo común para todos era un palazo en la espalda por bajar los brazos”, dijo Jonathan a la Fiscalía.

 A su llegada también los registraron en una base de datos, les tomaron fotos y guardaron información personal, que era además usada para amenazarlos y evitar que escaparan o desobedecieran las órdenes impartidas

“(…) al otro día del entrenamiento llegaron a tomarnos fotos, nos dieron toda la información nuestra, de dónde vivíamos, quiénes eran nuestros padres y familiares y todo lo importante, y comenzamos entrenamiento. Duró un mes porque había muchos combates con otros paramilitares”, señaló Jhonatan en su declaración.

Al paso de varios días de iniciado el curso Eyder se dislocó el hombro, no soportó los duros entrenamientos y el peso de una parte de una res que tuvo que cargar monte arriba. Desde que llegó, alias ‘3-50’ o ‘La Perra’ lo cogió entre ojos por su color de piel, el único muchacho afro del curso, lo insultaba, pegaba y lanzaba disparos a los pies. Un día muy temprano en la mañana los levantó a todos para el entrenamiento, luego los hizo formar y comenzó su ritual.

“(…) nos hicieron la diana, como todos los días a las 4 de la mañana y nos hicieron formar a las 5 de la mañana, en ese tiempo estábamos en entrenamiento pasando pista, arrastre bajo, zigzag, obstáculos, y en formación dijo: ‘Pasen los enfermos al frente’. Como Eyder estaba enfermo del hombro, por pasar [el] pasamanos se le zafó el hueso y el comandante dijo que él no podía pasar pasamanos y como era el único negro, el comandante lo tenía entre ojos, y lo hizo pasar al frente conmigo y nos hizo poner boca abajo a todos y pasaba por encima de nosotros sin tocarnos, dando zancadas, nos iba diciendo que la vida era muy hermosa y que había que aprovecharla y ya sabíamos que cuando se pasaba tres veces y se paraba al frente de uno de nosotros, era ya muerto, entonces se paró la tercera vez frente a Eyder y fue cuando le descargó toda la nueve en la espalda (…) quedó al lado de la pista, en la misma escuela”, contó el testigo a la Fiscalía

Jonathan se rehusó a hacer parte del proceso metódico de sevicia, que se ponía en marcha cada vez que alguno de ellos era asesinado, sobre el cuerpo sin vida de su amigo. La imagen quedó congelada en su memoria: el cuerpo que ya no era unidad desnudo en una fosa; una nueve milímetros; zumbidos en los oídos. 

“(…) Nosotros con Eyder nos conocíamos desde niños, de toda una vida. Eyder era menor que yo, él tenía 13 años pero era alto, a mí me duele ver cómo mataron a mi amigo, yo recuerdo muchas cosas de eso, a veces se tienen pesadillas y los recuerdos vuelven”, contó Jonathan en su declaración.

Salir del abismo 

Al cabo de un mes finalizó el curso y se pasó al combate en el monte. A todos los mandaron a integrar diferentes grupos de combate. Jhonatan fue llevado al que comandaba en ese entonces alias ‘Selva 3’, su apodo de guerra fue ‘Pantera’. Tiempo después lo llevaron a hacer un curso táctico para hacer parte de ‘La Móvil’, que era el grupo encargado de la seguridad de Héctor Buitrago, alias ‘Martín Llanos’, al cabo de unas semanas quedó en medio de una operación militar y fue capturado: “(…) El Ejército llamaba entonces a los comandantes y les avisaba [de las operaciones] y ahí es ya cuando nos capturó el Ejército y a otros que no capturó los cogieron los paramilitares y los mataron”, contó Jonathan a la Fiscalía.

Sebastián, estuvo en un grupo liderado por alias ‘Berlín’ y recibió el apodo de ‘Conejo’. Emerson fue llevado a otro que delinquía en el departamento de Boyacá al mando de alias ‘Mancuso’. Fernando, de 17 años, fue apodado ‘Johan’ y llevado por un corto periodo a apoyar el grupo ‘La Móvil’ mientras era asignado a una contraguerrilla. Para esos años la guerra entre los de ‘Martín Llanos’ y el Bloque Centauros llegaba a su punto más alto, en medio de un proceso de paz que nunca inició:

“(…) [en una ocasión] cuando el señor comisionado de paz el señor Luis Carlos Restrepo quiso establecer la mesa de diálogo para la desmovilización del grupo (…) [Restrepo] le indicó a ‘Martín Llanos’ que lo primero que tenía que hacer era entregar a los menores de edad y en un segundo grupo entregar a los demás integrantes. Que si no entregaba al menos tres menores de edad no podía realizar la desmovilización, entonces ‘Martín Llanos ‘descargó fuerte su pistola sobre la mesa y dijo que entonces no habría desmovilización ya que él en sus filas no tenía menores de edad”, cuenta uno de los jóvenes.

El regreso a casa de los seis muchachos no fue igual para todos. Jhonatan fue capturado por el Ejército en la Operación Santuario a finales del año 2004. Emerson también fue capturado por el Ejército pero tras año y medio de haber sido reclutado. Fernando se reencontró con Manuel cuando fue llevado por segunda vez al grupo  ‘Pantera 1’. Debido a la precaria situación que atravesaban se escaparon y se resguardaron en una finca hacia los lados del departamento de Boyacá: “Cuando nos fuimos a entregar nos salió una escuadra del Ejército y nos entregamos a ellos, pero querían era como matarnos, ‘legalizarnos’, en ese momento apareció un carro blanco y rojo que era de la Cruz Roja (...) [ellos] nos subieron y nos llevaron para la base militar”, cuenta uno de los jóvenes.

Por su parte, Sebastián fue dejado en libertad luego de dos años como combatiente, gracias a la intervención de la esposa de alias ‘Boyaco Miguel’ o ‘Coyote’ que le solicitó dejarlo en libertad debido a su estado de salud. El relato de este último sobre lo que tuvo que hacer para liberarse de sus captores muestra su desespero ante la situación extrema a la que fueron sometidos:   

“Yo vi que a un compañero le dieron de baja, o sea la salida por estar enfermo, yo también me hice el enfermo, de los ojos, y me iban a matar, el comandante alias 05 me iba a matar, yo me salvé fue por la mujer de ‘Coyote’, a mí me pasaba de todo, tenía un hueco en una pierna ya todo llenó de gusanos, yo me pegaba con las piedras en la cara hasta sangrarme los ojos haciéndome el ciego y me salvé más de una vez de que me mataran”, le narró la víctima a la Fiscalía.

Sin Eyder

19 años han transcurrido desde su desaparición y reclutamiento forzado. Poco más de 30 desde que Ana Patricia llegó a Bogotá con Eyder en sus brazos con la esperanza de estar en un lugar más seguro y tener mejores posibilidades de salir adelante. Como ella narra, al llegar se propuso construir un futuro para su hijo sin importar el trabajo o sacrificio que implicara. Su mayor meta fue hacerse a una casa propia donde no pasaran necesidades ni humillaciones, con dos empleos y mucho llanto logró tenerla. 

En la entrada de esta casa, Eyder se sentaba con sus pequeñas amigas de la cuadra para contarles historias sobre viajes, travesuras y hazañas que había vivido apenas en su mente, todo para hacerlas pasar un rato de risas. En la cocina, Eyder aprendió a cocinar mirando e imitando a Ana Patricia, lo que sirvió para que, a sus 12 años, pudiera cuidarla cuando estuvo embarazada. En la sala, se sentaba junto a ella para ayudarla a organizar los gastos y amortiguar su angustia por las deudas que la aquejaban. Cada lugar lo irradió con su alegría. De esta casa lo sacaron con engaños y lo llevaron a la profundidad de la cordillera oriental, donde se encuentra la vereda Guayabal en el municipio de Monterrey, bañada por las quebradas que se desprenden del río Túa que atraviesa el municipio de norte a sur. Allí fue llevado y allí permanece bajo el cobijo de la tierra. 

Las tres labores de búsqueda emprendidas por la Fiscalía en estos 19 años han sido infructuosas e insuficientes, a pesar de las acciones realizadas por la Fundación Nydia Erika Bautista, organización de familiares de víctimas de desaparición forzada que ha representado y acompañado a la familia desde el año 2010. Ana Patricia sigue esperando encontrar a su hijo y mantener viva su memoria, esa, la de un niño independiente, amoroso y especial que a sus 13 años “era pura recocha”, como ella dice.  

Llegó 2023 sin Eyder.              

Actualizado el: Vie, 06/16/2023 - 15:23

Las vías ilegales llegaron al Parque Nacional Natural Serranía del Chiribiquete

El Parque Nacional Natural Serranía del Chiribiquete y el resguardo indígena Llanos del Yarí Yaguará II se encuentran en alto riesgo por la construcción de carreteras ilegales en los departamentos de Meta, Guaviare y Caquetá. Las vías que los atraviesan y se expanden a una velocidad alarmante han causado una tala descontrolada en la Amazonía colombiana.

Por: Sabrina Bastidas Iguarán y Pilar Puentes E

La situación de la tala masiva para la construcción de carreteras en los departamentos de Meta, Guaviare y Caquetá continúa y se acelera cada vez más, lo cual representa una amenaza para el Parque Nacional Natural Serranía del Chiribiquete y el resguardo indígena Llanos del Yarí Yaguará II. Estas carreteras, que atraviesan territorios indígenas y zonas protegidas, se están expandiendo a una velocidad alarmante, lo que ha generado preocupación tanto en las poblaciones locales como en los organismos de monitoreo, debido a las consecuencias que esto podría tener en el ecosistema y las comunidades de la región.

A principios de mayo, la Sociedad Zoológica de Frankfurt (FZS por sus siglas en inglés) alertó que personas  habían comenzado a abrir una nueva vía ilegal en la zona norte del resguardo, en la vereda Montebello de Calamar, Guaviare, cerca del municipio de La Macarena, Meta. Mediante un monitoreo satelital realizado durante 46 días, la FZS evidenció que, en tan solo un mes y medio, se construyeron 12 kilómetros de carretera con ocho metros de ancho. Según esta organización, esto equivaldría a la tala diaria de "241 metros de bosque denso amazónico".  Avanzando con ese seguimiento, la FZS identificó el pasado 18 de mayo que la vía nueva ya se unió con la vía de Cachicamo y tiene una longitud de 22,7 km. Adicionalmente, el 23 de mayo se realizó un sobrevuelo a baja altura para verificar la afectación por la construcción de esta vía que verificó dicha información.

Las vías que se expanden por la Amazonía están cada vez más cerca de unirse con ‘La Marginal de la Selva’. Fotografía de la FZS
Las vías que se expanden por la Amazonía están cada vez más cerca de unirse con ‘La Marginal de la Selva’. Fotografía de la FZS

La FZS en una entrevista con Rutas del Conflicto mencionó que del 19 de abril hasta el 4 de mayo se habían construido “1400 metros más de esa vía, lo que quiere decir que ya van casi los 14 o 15 kilómetros de carretera nueva”. Esto la ubica a tan solo 4 kilómetros del PNN Serranía del Chiribiquete. Además, se presume que podría conectar con otra vía ilegal que ya atraviesa el parque y se comunica con Cachicamo hacia el oriente del resguardo y con el centro urbano de La Macarena al noroccidente, lo que resultaría en la unión de la vía con la llamada"Marginal de la Selva", una carretera proyectada desde el mismo Estado desde hace varias décadas, cuya construcción se canceló por los problemas ambientales que traería.

De acuerdo con la FZS hay dos puntos claves que causan preocupación por la expansión de la carretera. El primero, es que se adentra dentro de un territorio que está legalmente constituido como resguardo indígena, por lo que cuenta con un tema de conservación, tanto natural como de los pueblos indígenas dentro de esta figura. El segundo, es que se está conectando con otras vías, muchas de estas que vienen desde La Macarena, de manera desordenada. “Eso produce unas presiones al territorio indígena y, a la vez, al acercarse tanto a un área protegida tan importante, va a empezar a hacer más vulnerables los objetivos de conservación y protección del tema de los pueblos en aislamiento voluntario”, comentaron investigadores de la organización. 

La deforestación como consecuencia de la construcción de vías es cada vez mayor. Fotografía de la FZS
Sobrevuelo realizado por la FZS de la carretera ilegal que se acerca a PNN Serranía del Chiribiquete 

El riesgo inminente está en que las carreteras facilitan el desplazamiento de comunidades “hacia el interior del resguardo y va a conectar otras vías que en este momento no son tan evidentes como la que tenemos en las imágenes, pero que sí pueden convertirse en vías principales, eso va a afectar el territorio de resguardo y de los pueblos indígenas asentados como es el caso de Yaguará”, añadió uno de los investigadores. 

Además, los miembros de las comunidades de la zona también han denunciado que no se conoce quiénes son las personas que están abriendo estas vías. La FZS explicó que para poder construir una vía del nivel de la que monitorean, “requiere una inversión alta”.   Considerando que se abren aproximadamente 100 metros de vía al día, los investigadores de la organización concluyen que no son campesinos trabajando con palas, sino que hay maquinaria involucrada. No obstante, la Sociedad no tiene información sobre quién está financiando la construcción de esta carretera. 

La deforestación aumentó 

En los departamentos de Guaviare y Caquetá, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) tenían el control territorial. Este grupo abrió trochas que desde hace ya varios años se han venido convirtiendo en vías ilegales que atraviesan la selva espesa. Esto ha ocasionado deforestación masiva, pero también ha puesto en riesgo a las comunidades que habitan en el territorio. 

La deforestación como consecuencia de la construcción de vías es cada vez mayor. Fotografía de la FZS

En el especial de Rutas del Conflicto con Mongabay Latam Vías ilegales atraviesan resguardo indígena y parque nacional en la Amazonía de Colombia, la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS) denunció la ampliación de la vía Puerto Cachicamo - La Tunia en Caquetá. Para 2021, esta contaba con 66 kilómetros, iniciando en la Marginal de la Selva y extendiéndose hasta pasar por el PNN Serranía del Chiribiquete y el Resguardo Yaguará II, llegando finalmente al río La Tunia. 

Entre 2020 y 2021, como fue documentado en este especial, cerca de 7.492 alertas de deforestación  corresponden solamente a esta vía ilegal. Sin embargo, esta no es la única de la cual se ha tenido registro y monitoreo desde la FCDS. 

En este mismo periodo, dos vías más estaban siendo estudiadas. La primera correspondía a La Tunia - Camuya y tenía 58 km, de los cuales algunos atraviesan el PNN Serranía del Chiribiquete, una zona protegida. La segunda vía es La Playa - Río Yarí, de 33 km. 

El informe Seguimiento a la transformación de la cobertura natural en el Resguardo Llanos del Yarí - Yaguará II 2021, de la FZS, mostró que en 2022, se deforestaron 609 hectáreas dentro del territorio entre enero y diciembre. Señalaron también que el 59% de ese total (359.01 hectáreas) se taló en el último trimestre del año. El paso de la deforestación es cada vez más acelerado, pues en enero de 2022, 692,4 hectáreas nuevas fueron deforestadas. El informe señala que esto representa “960 campos de fútbol del tamaño del Maracaná, o sea toda el área urbana de la ciudad de Cali”. 

La construcción de estas vías ilegales y la deforestación que han ocasionado también han puesto en jaque la seguridad de las comunidades indígenas. En 2004, la comunidad del resguardo indígena Yaguará II sufrió un desplazamiento masivo por amenazas de las FARC. Cuando quisieron regresar a su territorio, siguieron enfrentándose a la inseguridad y al ingreso de colonos e indígenas de otras etnias que dificultaron su retorno.  

El Resguardo Yaguará II fue creado el 22 de febrero de 1995, cuando el Instituto Colombiano de Reforma Agraria le entregó este territorio a comunidades de las etnias pijao, tucano y piratapuyo. Desde entonces, la familia Bocanegra asumió el liderazgo y la gobernanza del resguardo, pero todos sus integrantes tuvieron que dejar, no solo la región, sino el país, ante las amenazas  y el desplazamiento forzado.

Más de 90 familias regresaron al resguardo en 2020 con la esperanza de reconstruir sus vidas después de haberlo abandonado cuando las FARC tomaron control de la zona y los indígenas se vieron obligados a trasladarse al área urbana de San Vicente del Caguán. Sin embargo, al intentar regresar al territorio, se encontraron con amenazas y el control de las disidencias de la guerrilla. A pesar de las medidas cautelares otorgadas por el Juzgado Primero Civil del Circuito Especializado en Restitución de Tierras en Ibagué para proteger a la comunidad del resguardo Llanos del Yarí - Yaguara II como víctima colectiva del conflicto, estas medidas no lograron protegerlos completamente.

Tampoco blindó al resguardo de la carta enviada en 2021 al entonces presidente Iván Duque, en el que le advertían del peligro en que estaban. En la misiva que le llegó a Duque mencionaba que: “Estas personas (los grupos armados ilegales) nos advirtieron que nadie podía oponerse a la tala y quema del bosque y a la siembra de cultivos de uso ilícito. También nos prohibieron cualquier relación o visitas de funcionarios públicos o entidades que trabajen para el Estado en el resguardo. Y nos exigieron suspender los procesos de reclamación de tierras que estamos llevando a cabo”. 

Ahora en medio de la crisis territorial por el desplazamiento de gran parte de las comunidades del resguardo, deben esperar la respuesta de un juez en el proceso que llevan en la Unidad de Restitución de Tierras que se encuentra en etapa judicial desde 2019. Mientras la deforestación aumenta, la familia que había liderado por décadas sigue exiliada por las constantes amenazas y el resto de la población sigue luchando por proteger el Parque Nacional Chiribiquete. 

 

 

Actualizado el: Jue, 06/08/2023 - 10:10